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El lunes treinta de septiembre, Bea me para en la escalera con una carpeta de plástico azul debajo del brazo.
—¿Tienes algo esta semana?
Tengo la carpeta de referencias, que ya he terminado dos veces porque la primera me la devolvió con una sola palabra escrita en el margen, «Obvio», y la segunda con otra, «Mejor».
Tengo una traducción de un informe de tendencias del inglés que nadie me ha dicho para qué es.
Tengo el pósit en la funda del móvil, que no es trabajo.
—No.
—Ahora sí. —Me da la carpeta—. Concurso público. Salimos cuatro agencias, entregamos el veinticinco de noviembre y presentamos el veintiséis. Álvaro lleva la creatividad, yo la estrategia, Diego el presupuesto. Tú estás en el equipo.
—¿Yo?
Bea me mira desde dos escalones más arriba, lo que la hace todavía más alta.
—Eres la única de la agencia que tiene la edad del target. —Lo dice como diría que soy la única que tiene coche—. Léete el pliego entero. Mañana a las once, reunión en Zahara.
Y sigue subiendo.
No lo abro en la escalera. No sé por qué.
Lo llevo a mi mesa y lo dejo encima del portátil y lo miro un rato, la carpeta azul con una pegatina blanca que pone IJCD — Campaña 2031 — Pliego técnico, y siento una cosa en el estómago que no es nervios, o no solo nervios.
Es la sensación de cuando en el Mar Menor pisas algo en el fondo que no ves, y no sabes si es una piedra o un bicho, y durante un segundo el pie decide antes que tú.
Lo abro.
IJCD son las siglas del Instituto de Juventud y Convivencia Digital.
Lo busco: un organismo público nuevo, de hace cinco años, con una web azul y blanca, una directora general con cara de haber sido jueza y una directora de comunicación que se llama Inma Vilches y que en la foto oficial sale sin sonreír.
El pliego tiene sesenta y dos páginas. Las primeras quince son cláusulas administrativas, solvencias técnicas, criterios de adjudicación con porcentajes: la oferta económica pesa un treinta; la propuesta creativa, un cuarenta; el plan de medición y los indicadores comprometidos, otro treinta.
Luego viene lo que ellos llaman el objeto del contrato.
Lo leo en la mesa, con Ramona haciendo ruidos de avión al fondo. Lo leo otra vez en el metro. Lo leo por tercera vez en casa, en la cama, a la una de la mañana, con la luz de la mesilla y el rodillo encima de la estantería, horizontal, mirándome.
Campaña de sensibilización dirigida a la población de 15 a 29 años para la prevención de la difusión no consentida de imágenes de contenido íntimo.
Sigue. Tiene tres apartados de diagnóstico, con datos y gráficas sacadas de una encuesta del propio instituto.
Leo que una de cada cinco chicas de entre dieciocho y veinticuatro años declara haber sufrido la difusión de alguna imagen íntima sin su permiso.
Leo que en el ochenta por ciento de los casos la imagen se tomó o se envió en un contexto de confianza.
Leo, en un apartado que se llama Dinámica de la difusión, que la mayor parte del daño no lo produce el primer envío, sino los reenvíos sucesivos, y que los reenviadores declaran mayoritariamente no haber tenido intención de causar daño y no conocer a la víctima.
Leo que la víctima tipo experimenta aislamiento social, abandono o bajo rendimiento de los estudios y ruptura de relaciones de amistad, y que un porcentaje significativo desconfía de su propio entorno inmediato durante el periodo de mayor circulación.
Dejo el pliego encima del edredón.
Me quedo mirando el techo. Tiene una grieta que va desde la lámpara hasta la esquina, fina, como un río en un mapa, y la sigo con los ojos de un extremo a otro, varias veces, despacio.
Periodo de mayor circulación. Así se llama. Tiene nombre y todo.
Fueron seis semanas. De Semana Santa a finales de mayo.
Seis semanas en las que yo no dejé de mirar las caras de la gente en el tranvía para ver quién lo había visto, en las que dejé de ir a clase de Anselmo porque en la última fila se sentaban dos que se reían,
en las que Vera se fue a Alicante sin despedirse y yo pensé durante tres días que había sido ella.
Desconfianza hacia el entorno inmediato.
Ruptura de relaciones de amistad. Bajo rendimiento de los estudios.
Alguien, en algún despacho azul y blanco, se había sentado a escribir mi segundo semestre de carrera con esas palabras, sin saber que era el mío, y le había salido bastante bien.
Y los reenviadores declaran no conocer a la víctima.
Adri no me conocía, casi. Los catorce del grupo del instituto de Adri no me conocían nada. Pablo el de la bota, el de «ere tu la del video», me conocía de verme en una novatada. Ninguno de ellos quería hacerme daño. Lo sé porque luego, en comisaría, Adri lloró, y no lloraba por él.
Pienso en llamar a alguien. Son la una y veinte.
Jimena estará durmiendo porque entra a las ocho.
Román estará durmiendo porque se levanta a las cinco para conseguir jirafas.
Lucía tiene un bebé que la despierta a las cuatro, y no quiero ser la que la despierte a la una.
Mi padre no sabe nada de esto más allá de lo que le contó Lucía por encima y lo que él decidió no preguntar, y así está bien, y así se va a quedar.
A Matteo se lo conté a oscuras, en su estudio de la Bolognina, y él no preguntó nada que yo no contara, y al día siguiente una foto desapareció de un Instagram sin que nadie dijera una palabra.
Pero Matteo está a mil quinientos kilómetros, en una cocina con la persiana bajada, y yo le mandé un corazón rojo en mayo, y eso es todo lo que hay.
Apago la luz.
No me duermo. A las dos y diez oigo la llave en la cerradura: Wafa, que vuelve de un turno de tarde que se ha alargado.
La oigo quitarse los zapatos en el pasillo, sin encender la luz, para no despertarme.
La oigo abrir la nevera y cerrarla. La oigo quedarse un rato de pie en la cocina, sin hacer nada, que es lo que hace cuando vuelve de un turno malo, según he ido aprendiendo en dos semanas.
Me levanto. No sé para qué.
Ella está apoyada en la encimera con un vaso de leche en la mano y la mascarilla todavía colgando de una oreja. Me mira. Yo la miro. Llevo una camiseta vieja de la Fica que me queda por las rodillas.
—¿Te he despertado? —dice.
—No. No podía dormir.
Ella asiente, como si eso fuera una información médica, y bebe. No pregunta por qué. Yo no pregunto cómo ha ido el turno. Nos quedamos las dos en la cocina, en la luz de la nevera que ha dejado un poco abierta, con el ruido del patio de luces, donde el del tercero está fumando a pesar de la hora.
—¿Quieres leche? —dice al final.
—Vale.
Me sirve un vaso. La bebo de pie, a su lado.
Está templada, porque la nevera no enfría bien la puerta, y sabe a la leche que me daba mi padre de pequeña cuando me despertaba con pesadillas, antes de que mi madre se fuera, cuando todavía no sabía que las pesadillas podían estar en la vida y no en el sueño.
—Buenas noches —dice Wafa.
—Buenas noches.
Y se va a su cuarto. Y eso es todo. Y es mucho.
Al día siguiente, a las once, en la sala Zahara, que tiene un ventanal al jardín de atrás y una foto enorme de unas dunas en la pared, Bea abre la reunión con el pliego proyectado en la pantalla.
Estamos seis: Bea, Álvaro, Diego, una pareja creativa que se llama Lucas y Maite y que siempre se sientan pegados, y yo, en la esquina de la mesa, con el Bic azul de Román y una libreta.
—Esto es lo que quieren —dice Bea, y señala el apartado de la dinámica de la difusión—.
Una campaña que no hable a las víctimas, que para eso ya hay protocolos.
Que hable a los que reenvían. Que son todos.
—Pasa de página—. Y quieren medirlo. Treinta por ciento de la nota en el plan de medición.
Eso no lo había visto en un concurso público en mi vida.
Alguien en ese instituto ha tenido una mala experiencia con una agencia.
—O con varias —dice Álvaro, que está sentado de lado en la silla, con un pie apoyado en la de al lado y el pliego enrollado en la mano como un catalejo.
Bea no lo mira. Sigue.
Durante una hora hablan de targets, de canales, de plataformas, de alcance y frecuencia, de influencers sí o influencers no.
Lucas propone un falso reality. Maite propone una app.
Diego pregunta cuál es el presupuesto real y Bea dice una cifra con seis ceros que hace que Lucas silbe.
Nadie me pregunta nada. Yo tomo notas, y en las notas escribo todo lo que dicen, y en el margen, sin darme cuenta, dibujo catorce rayitas en fila, como las que se hacen en las paredes de las cárceles de las películas.
Al final, cuando ya se levantan, Álvaro se queda mirándome desde su silla ladeada.
—¿Tú qué piensas, Nerea?
Se paran todos. Bea con el portátil a medio cerrar. Diego con la taza en la mano.
Podría decirlo. Podría decir: yo sé cómo es esto, lo sé desde dentro, sé cuánto dura el periodo de mayor circulación y qué cara pone la gente del tranvía. Tengo las palabras en la boca. Las noto ahí, detrás de los dientes, como cuando vas a estornudar.
—Que es un tema difícil —digo.
Álvaro me mira un segundo de más. No dice nada. Asiente despacio, como si hubiera oído otra cosa.
—Lo es —dice.
Y se levanta, y salen todos, y yo me quedo recogiendo mi libreta con las catorce rayitas en el margen, y la cierro, y me la llevo apretada contra el pecho hasta mi mesa.