Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 3
6%

3

El domingo a las nueve y cinco estoy en el andén de Tetuán, dirección Valdecarros, y me suena el móvil.

No tengo que mirarlo para saber quién es.

En Murcia, estos dos últimos años, la llamada me pillaba en el piso de la calle Acisclo Díaz, con el portátil abierto y un táper recalentado, o en el autobús de vuelta de algún rodaje de clase, y siempre a la misma hora,

porque mi padre llama los domingos a las nueve y cinco desde hace tanto tiempo que ya no sé si empezó él o empecé yo a esperarla.

Las nueve para cerrar la recepción. Los cinco minutos para sentarse en el escalón de la oficina, encender el cigarro que dice que ya no fuma y marcar.

—Dime, papá.

—¿Qué tal, hija?

De fondo, la depuradora. La reconozco como reconozco la voz de mi padre: un zumbido grave, constante, de máquina vieja que no se rinde.

La cambiaron el invierno que yo estaba en Bolonia, cuando la cuenta del camping todavía estaba embargada y nadie me lo decía, y todavía no sé de dónde sacó el dinero.

La nueva suena igual que la vieja. O a lo mejor soy yo, que la oigo igual.

—Bien. En el metro.

—¿Un domingo?

—He quedado.

—Ah. —Una pausa en la que sé que está esperando que diga con quién, y que no lo va a preguntar—. ¿Y el trabajo?

—Bien. Raro. Hay una piscina en el jardín y no se baña nadie.

—¿Y está limpia?

Me río. Es lo primero que ha preguntado de Madrid: si la piscina está limpia. Treinta años de camping.

—Verde.

—Pues eso es la bomba, que no la ponen. O el cloro. —Lo dice muy serio, como si fuera a coger el coche y venir a arreglarla—. ¿Y la chica del piso?

—Wafa. Bien. No habla mucho.

—Mejor.

Por el túnel viene una luz. Se oye antes que se ve: un rumor que sube por las vías y se te mete en el pecho.

—Papá, que viene el tren.

—Venga, venga. Cuídate.

—Y tú.

Cuelgo. Ha durado un minuto y cuarenta segundos, según la pantalla.

En Bolonia hubo domingos de una hora. Me subo al vagón y me agarro a la barra y pienso que tendría que haber esperado al siguiente tren, que pasa en cuatro minutos, y que no lo he hecho, y que no sé por qué no lo he hecho.

Luego pienso que es una tontería, que mi padre tampoco tiene nada que contar un domingo de septiembre con el camping medio vacío, y que la semana que viene hablamos más.

Lavapiés es otro Madrid. Ya voy entendiendo que esta ciudad son veinte ciudades puestas una al lado de la otra que no se saludan.

Salgo del metro a una plaza en cuesta, llena de gente sentada en el suelo y en los bancos, con latas, con perros, con niños que corren en calcetines a las diez de la noche.

Huele a comino y a porro y a la fritura de un sitio que vende samosas por un euro.

Hay una mezquita en un bajo, un teatro en otro, una frutería abierta un domingo por la noche con la luz de un fluorescente azul.

Todo sube y baja. Las calles son estrechas y torcidas y los balcones están tan cerca que en algunas se podría pasar una sartén de una casa a la de enfrente.

Román me espera en la puerta de un bar pequeño con las mesas en la calle, en una cuesta tan empinada que las patas de las sillas están calzadas con cartones.

Está igual. Esa es la primera cosa que pienso, y me alegra de una manera tonta, como cuando vuelves a un sitio y la panadería sigue ahí.

Un poco más delgado. El pelo más corto. Una chaqueta vaquera que tiene desde segundo de carrera.

La misma forma de estar de pie, como pidiendo perdón por ocupar sitio.

—Baresa —dice.

—Vidal-Quadras.

Nos abrazamos. Huele a suavizante barato y a tabaco de otra gente.

—Llegas tarde —dice.

—Me ha llamado mi padre.

—Ah. Entonces llegas pronto.

Nos sentamos. Pedimos dos cañas y unas bravas y algo que en la carta se llama «fingers de pollo a la madrileña» y que nos pedimos solo para averiguar qué es.

Román vive aquí desde hace un año. Vino a hacer un máster en Madrid cuando acabamos, se quedó cuando se acabó el máster, y ahora trabaja en una productora de publicidad en Legazpi, de ayudante de producción,

que según él quiere decir que su trabajo consiste en conseguir cosas imposibles antes de las siete de la mañana.

La semana pasada consiguió una jirafa de peluche de tres metros un martes a las cinco.

La anterior, un permiso para cortar la Gran Vía que al final no hizo falta porque el cliente cambió de idea.

—¿Y te gusta? —le pregunto.

—Me gusta que no me da tiempo a pensar si me gusta.

—Eso es muy triste, Román.

—Es muy madrileño. —Levanta la caña—. Por la mudanza.

—Por la mudanza.

Le cuento Oleaje. El palacete, el neón rosa, Ramona, el mapa de Diego, el hombre del pelo blanco que hace que todo el mundo teclee más fuerte.

Le cuento lo de Bea, «aquí se viene a que te vean», y Román silba bajito.

Le cuento lo del pósit. Le cuento el jueves por la tarde, la silla del revés, el plano de las 7:14.

No le cuento cómo me ha mirado. No sé contarlo todavía, y además no es nada.

Román escucha como escucha siempre, con el tenedor quieto a medio camino, sin interrumpir. Cuando acabo, pincha una patata y se la come.

—¿Álvaro Redondo? —dice.

—¿Lo conoces?

—Lo conoce todo el mundo. Hizo lo del abuelo que aprende a usar el móvil para ver a la nieta.

El de la compañía de teléfonos. Ganó todo lo que se podía ganar.

—Deja el tenedor en el plato—. En la productora dicen que es de los buenos.

De los que saben lo que quieren en el rodaje y no te hacen repetir cuarenta tomas por inseguridad.

—¿Pero?

—No he dicho pero.

—Lo has dicho con la cara.

Román se ríe.

—No hay pero. —Y luego, más bajo, mirando las bravas—: Solo que me alegro de que te haya elegido alguien que sabe lo que hace. Y ya está.

Hay algo que no dice, y los dos sabemos que no lo dice. Lo dejamos en la mesa, entre los fingers, que resultan ser croquetas de pollo alargadas, y seguimos.

Hablamos de Murcia. De la gente de clase, de quién sigue, de quién se ha ido a Barcelona a hacer vídeos de moda y de quién se ha metido a opositar a profesor.

Román me cuenta que Adri trabaja ahora en una agencia de influencers en Valencia, y lo dice sin mirarme y yo no digo nada, y él pasa a otra cosa enseguida, a su madre, que ha montado una tienda de telas en Cieza donde estaba la ferretería.

Le cuento que Jimena se ha sacado la plaza en el Arrixaca.

Que Lucía ha abierto por fin su peluquería.

Que mi padre ha puesto la ese que faltaba en el cartel del camping, la que guardaba desde el temporal de 2019, y que tardó un año más en ponerla del que dijo, y que ahora el cartel pone LAS SALINAS entero y a mí me da pena, porque me había acostumbrado a LAS ALINAS.

A las once y media, cuando el camarero empieza a apilar sillas a nuestro alrededor para que captemos la indirecta, Román me pregunta.

—¿Y Matteo?

Lo dice sin peso. Como quien pregunta por el tiempo en un sitio donde has estado de vacaciones.

—Bien, creo. Tiene la trattoria. Ahora es suya, Gianni se ha jubilado. —Le doy vueltas al posavasos—. Me mandó una foto en mayo, cuando acabé la carrera. Una foto de la cocina vacía, con la persiana bajada. Nada más.

—¿Y tú qué le contestaste?

—Un corazón.

—Un corazón.

—Un corazón de los rojos, Román, no de los amarillos.

Él asiente muy serio, como si le hubiera dado un dato técnico importante. Y no pregunta más. Espera un rato, por si yo quiero seguir, y cuando ve que no quiero, pide la cuenta.

Esa es una de las cosas que más quiero de Román. Pregunta una vez y luego se calla, y en ese silencio te deja la puerta abierta, sin empujarte a pasar.

Pagamos a medias con Bizum, discutiendo por noventa céntimos. Me acompaña hasta el metro por calles que bajan y suben. En la boca de Lavapiés, antes de despedirnos, se mete la mano en el bolsillo de la chaqueta vaquera y saca un bolígrafo.

Un Bic azul, normal, de los de la tapa mordida.

—Para el primer día —dice.

—Ya he tenido el primer día.

—Para el primer día de verdad. —Me lo pone en la mano—. El que cuenta. Ese todavía no ha llegado.

Me lo guardo en la mochila. En el metro de vuelta me acuerdo de otro boli, en otra facultad, hace cuatro años, que me prestó un chico de Cieza el primer día de clase y que nunca me pidió que le devolviera.

Y me pregunto si él se acuerda, si lo ha hecho a propósito o le ha salido solo.

Y decido que da igual, que con Román las dos cosas son lo mismo.

Cuando llego al piso, Wafa está en el sofá con la luz apagada, viendo una serie coreana en el móvil con los auriculares puestos. Levanta la mano sin apartar la vista del móvil. Yo levanto la mía. En mi cuarto, el rodillo sigue en la estantería, horizontal, como un remo.

Me acuesto sin cenar, porque las croquetas alargadas han hecho de cena, y antes de dormirme miro el registro de llamadas. Papá, 21:05, 1 min 40 s.

La semana que viene hablamos más, pienso otra vez, y me duermo.