Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 2
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La máquina de café de Oleaje tiene nombre.

Se llama Ramona, y lo sé porque lo pone en una etiqueta de rotulador pegada en el costado, y porque el martes a las doce y diez, cuando me acerco a ella con la taza que me han dado —blanca, con la ola del logo en azul—, un chico que está esperando delante me dice, sin mirarme:

—No le des al capuchino. Ramona no hace capuchinos. Hace una cosa que se parece a un capuchino como yo me parezco a Brad Pitt.

Tiene veintitantos, el pelo castaño muy corto, unas gafas redondas de montura fina, una camisa de cuadros remangada y un acento que no ubico. Levantino, pero no de Murcia. Más cantado.

—¿Y qué le doy?

—Al solo. Y luego le echas leche de la nevera. —Señala una nevera pequeña debajo de la encimera—. La de avena es de Carla, de cuentas, y la tiene contada. No la toques ni muerta.

—Vale.

—Diego. —Ahora sí me mira, y me tiende la mano—. Cuentas. Tú eres la de prácticas de Álvaro.

—Soy la de prácticas de Bea, creo.

Diego se ríe por la nariz.

—Eres la de prácticas de los dos, que es peor.

Ramona hace un ruido de avión despegando y le escupe un café en la taza. Él no se va. Se apoya en la encimera, sopla, y se queda ahí conmigo como si tuviéramos una cita, mientras le doy al botón del solo.

—¿De dónde eres? —le pregunto.

—De Alzira. Valencia. ¿Tú?

—Los Alcázares. Murcia.

—El Mar Menor —dice, y por primera vez en dos días alguien en esta ciudad pone un sitio en el mapa cuando digo de dónde soy—. Fui de pequeño con mis padres. Me picó una medusa en un pie y me tiré llorando toda la tarde.

—A todo el mundo le picó una medusa en el Mar Menor.

—Es el precio de la entrada. —Sopla otra vez—. Oye, ¿te han explicado cómo va esto?

—Bea me ha dicho que aquí se viene a que te vean.

Diego se queda con la taza a medio camino de la boca.

—¿Eso te ha dicho? ¿El primer día?

—El primer día.

—Pues te ha tratado bien. A mí el primer día me dijo que el baño de la segunda tenía la cisterna rota.

Y ahí, en voz baja, con la taza delante de la boca como si alguien pudiera leerle los labios, me hace el mapa. Así lo llama él: el mapa. Me lo hace en cinco minutos, en la esquina de Ramona, y es lo más útil que me ha dicho nadie en Madrid.

Arriba del todo, en la tercera planta, en un despacho que nadie pisa sin que lo llamen, está Gonzalo Vergés, que es el socio fundador, el dueño del palacete, el que sale en las fotos de los premios y el que firma las nóminas.

No se le ve casi nunca. Cuando se le ve, dice Diego, es porque algo va a cambiar.

Debajo de Gonzalo hay dos personas que importan, y las dos están en la primera planta, una a cada extremo de la sala, y no se hablan.

—¿Cómo que no se hablan?

—Que no se hablan. Se mandan correos. A veces con copia a Gonzalo.

—Diego se encoge un poco, divertido—. Bea lleva estrategia, que es lo que se le cuenta al cliente y lo que se mide.

Álvaro lleva creatividad, que es lo que se hace.

Bea dice que Álvaro hace anuncios para ganar premios.

Álvaro dice que Bea hace anuncios para ganar excels.

Y los dos tienen razón, que es lo que les jode.

—¿Y tú con quién estás?

—Yo estoy en cuentas. Yo estoy con el cliente. —Se señala el pecho—. Yo soy el que llama a la gente para decirle que su anuncio llega tarde. Nadie me odia porque nadie me ve.

—¿Y yo?

Diego me mira de arriba abajo, sin malicia, como si estuviera calculando un presupuesto.

—Tú vas a estar en medio —dice—. Suerte.

El martes y el miércoles aprendo el edificio.

Aprendo que en la segunda planta están las salas de reuniones, cada una con nombre de playa: Bolonia, Zahara, Rodalquilar, La Concha.

No hay ninguna del Mediterráneo. La del fondo, la más grande, con una mesa de madera maciza de diez metros, se llama Cantábrico, y me dice Diego que ahí solo se entra para ganar o para perder una cuenta, nunca para otra cosa.

Aprendo que la gente llega a las diez y media, a las once, y que a las siete y media sigue todo el mundo, y que a las nueve también, y que nadie se va antes que su jefe.

Aprendo que en creatividad trabajan en parejas, un redactor y un director de arte, y que se sientan juntos y a veces no se dicen nada en toda la mañana y luego, de golpe, se ríen los dos a la vez de algo que ha escrito uno en un papel.

Y aprendo, el miércoles por la tarde, lo que dice Diego de Gonzalo.

Estoy en mi mesa ordenando una carpeta de referencias que me ha pedido Bea —anuncios de campañas públicas de los últimos diez años, de tráfico, de violencia de género, de vacunas, con una columna para decir qué funcionó y otra para decir por qué— cuando la sala cambia.

No hay otra forma de describirlo. No se hace el silencio, porque ya había silencio.

Es como cuando baja la presión antes de una tormenta y la piel se entera antes que tú.

Levanto la vista.

Un hombre de unos cincuenta años cruza la planta por el pasillo central, despacio.

Traje gris sin corbata, el pelo blanco peinado hacia atrás, moreno de barco.

No mira a nadie. Nadie le mira a él. Pero nadie deja de teclear, y eso es lo raro: veinte, treinta personas teclean a la vez, más fuerte, más seguido, como si se hubieran puesto de acuerdo,

como si fueran los grillos de una noche de agosto que de repente cantan todos más alto porque ha pasado alguien por el camino.

Llega al fondo, a la mesa de Bea. Le dice algo que no oigo.

Bea asiente una vez. Él da la vuelta y sale por donde ha entrado, y sube.

Los grillos siguen un minuto más. Luego se calman.

Miro a Diego, dos mesas más allá. Él no me mira, pero levanta un poco las cejas por encima de la pantalla, como diciendo: ese.

El jueves llego a las once y cuarto, y a las siete de la tarde todavía no ha pasado nada.

A las siete y cinco, mientras intento entender una tabla de audiencias que me ha mandado Bea con la instrucción «entiende esto», oigo una voz en la escalera.

Una voz de hombre, grave y un poco ronca, que viene hablando por teléfono y se ríe de algo.

Y la sala vuelve a cambiar, pero al revés que con Gonzalo: la gente levanta la cabeza.

Una chica de arte se quita los cascos. Dos redactores se giran en la silla.

Álvaro Redondo entra en la planta con una mochila al hombro, la cara quemada del sol de Tarifa y una camiseta gris que ha dormido en una furgoneta.

Tiene treinta y muchos, el pelo castaño con canas en los lados que no se ha molestado en disimular, barba de cinco días y una forma de andar como si estuviera cansado y aun así tuviera ganas de algo.

Cuelga el teléfono. Saluda con la mano a toda la sala a la vez, sin pararse.

Deja la mochila en una mesa al fondo, la contraria a la de Bea, en la otra punta. Y viene hacia mí.

No hacia la zona de mi mesa. Hacia mí.

—Nerea —dice.

Me levanto, no sé por qué. Como en el colegio.

—Hola.

—Siéntate, por favor, que me haces sentir viejo. —Coge una silla de la mesa de al lado, le da la vuelta y se sienta a horcajadas, con los brazos en el respaldo—. ¿Qué tal los primeros días? ¿Te ha dicho ya Bea que aquí se viene a que te vean?

Me río, porque no me lo espero.

—El lunes.

—Siempre lo dice el lunes. —Sonríe. Tiene arrugas en los ojos, de las de reírse o de las de estar al sol, o de las dos—. Es buena frase. Es verdad, además. Lo único que no dice es que hay una forma de que te vean que te ayuda y otra que te hunde, y que desde dentro se parecen muchísimo.

—¿Y cuál es cuál?

—Eso te lo diré otro día.

Me mira. Y ahí lo noto por primera vez, lo que luego tardaré tanto en saber nombrar: que mira como si tuviera todo el tiempo del mundo para mirarte a ti en concreto, aunque tenga el móvil vibrando en el bolsillo, aunque haya treinta personas a su alrededor fingiendo que no escuchan.

—¿Encontraste el pósit?

—Sí.

—¿Y sabías qué plano era?

—Claro que sí.

—Claro que sí —repite él, bajito, como si se lo apuntara—.

Fui jurado en el festival de cortos universitarios de mayo, en la Cineteca.

Doce horas de trabajos de fin de grado. Chicos de veintitrés años haciendo películas sobre la soledad del hombre moderno con drones.

—Hace una mueca—. Y de repente un señor holandés con las piernas blancas se va a bañar en enero, y al fondo hay un hombre en una ventana que le dice adiós.

Veintidós segundos. ¿Quién es el de la ventana?

Tardo en contestar.

—Mi padre.

—¿Sabía que lo grababas?

—No.

—Por eso es bueno. —Asiente despacio—. Os dieron una mención.

Deberían haberos dado el premio, pero el premio se lo llevó uno con drones, porque en los jurados siempre hay alguien que ha pagado un dron.

Te busqué al día siguiente. Pedí a recursos humanos que te escribieran.

—Se encoge un poco de hombros, sin disculparse—.

Te he elegido yo, Nerea. No se lo digas a nadie, porque aquí eso te lo cobran.

Pero no te voy a decir que no, si me lo preguntas.

No sé qué contestar. Nadie me ha elegido nunca así, con esas palabras, a la cara.

Me eligió Aitor, hace cuatro años, y tardé ocho meses en entender para qué.

Me eligió Matteo, y no lo dijo nunca, porque él no decía esas cosas: las hacía.

Esto es otra cosa. Esto es un hombre de treinta y ocho años con la cara quemada, sentado al revés en una silla, que me dice lo que ha visto de mí sin pedirme nada a cambio.

O eso me parece. Es jueves y son las siete y cuarto y todavía no sé nada.

—Gracias —digo.

—No me las des. Trabaja. —Se levanta, devuelve la silla a su sitio con un empujón del pie—. Y no le hagas mucho caso a Diego, que te habrá hecho el mapa.

Me pongo roja. Él se ríe.

—El mapa de Diego está bien —dice, ya dándose la vuelta—. Solo le falta una cosa.

—¿Cuál?

Álvaro se para. Mira hacia el fondo de la sala, hacia la mesa de Bea, que lleva todo el rato con los ojos en la pantalla y los hombros quietos, demasiado quietos para alguien que no está escuchando. Y luego me mira a mí.

—Que en el mapa estás tú también —dice—. Desde el lunes.

Y se va a su mesa, y yo me quedo mirando la tabla de audiencias que no entiendo, y durante veinte minutos, aunque la leo de arriba abajo cuatro veces, sigo sin entenderla.