Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) 1
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Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4)

Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4)

Por Alma Llobet

© inepub.com

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El AVE entra en Chamartín a las nueve y veintidós, y lo primero que hago en Madrid es buscar el mar.

No lo hago a propósito. Es un gesto que tengo desde niña, como el de palparme el bolsillo para ver si llevo las llaves: llego a un sitio nuevo y los ojos se me van solos hacia donde debería estar el agua.

En Bolonia tardé semanas en quitármelo. En Murcia no me lo quité nunca, porque en Murcia siempre supe hacia dónde quedaba, a cuarenta kilómetros, detrás de la sierra, y bastaba con saberlo.

Aquí no hay hacia dónde. Salgo del andén arrastrando la maleta y miro arriba, a un techo de hormigón y cristal, y a los lados, a pantallas que anuncian un musical y un banco, y no hay ninguna dirección en la que pueda poner la mano y decir: por ahí.

Madrid es lo más lejos del mar que he vivido nunca.

Lo sabía en Murcia, sobre el mapa, con el dedo.

Ahora lo sé con el cuerpo, y es otra cosa.

Llevo una maleta, la grande, la que ya no cojea porque en junio le cambié la rueda por seis euros en una tienda de la calle Trapería.

Y una mochila. Y, envuelto en mi jersey gordo, de manera que parece que llevo un bebé muy delgado debajo del brazo, un rodillo de madera de sesenta centímetros que me regaló la madre de un chico al que quise en otra ciudad, hace dos años, y que no he usado desde entonces ni una sola vez.

No sé por qué me lo he traído. Mi padre me vio envolverlo anoche en la recepción del camping y no dijo nada, que es lo que dice mi padre cuando tiene una opinión.

El metro huele a freno y a colonia de otra gente.

Cambio en Nuevos Ministerios siguiendo unos carteles que parecen pensados por alguien que odia a los que llevan maleta, y en la línea uno un señor me mira el jersey con el rodillo dentro durante tres estaciones seguidas, muy serio, como si fuera a pedirme la documentación del bebé.

Me bajo en Tetuán. La boca de metro me escupe a Bravo Murillo, que es una calle larga y ancha y ruidosa donde todo se vende en todos los idiomas: fruterías con carteles en árabe, locutorios, una peluquería dominicana con la música muy alta a las diez de la mañana, un Mercadona,

una tienda de colchones que lleva un año liquidando por cierre.

Me gusta. No me lo espero, pero me gusta. Nadie mira a nadie y todo el mundo va a algún sitio.

El piso lo encontré en Idealista desde Murcia, en agosto, con la persiana bajada para que no entrara el sol y el ventilador apuntándome a la cara.

Habitación en piso compartido, Tetuán, cuatrocientos cincuenta con gastos, una compañera, «enfermera, horarios raros, busco a alguien tranquila que no dé fiestas y que no me pregunte cómo ha ido el turno».

Fue lo último lo que me hizo escribir. Me contestó a los diez minutos con un audio de veinte segundos que decía que sí, que vale, que el uno de septiembre o el quince, que le daba igual, y que la llave estaba en el bar de abajo si ella no estaba.

No me pidió nómina, ni aval, ni que le contara mi vida. Me dio tanta paz que casi lloro.

El portal está en una calle que baja de Bravo Murillo, estrecha y torcida, con los coches aparcados con dos ruedas encima de la acera. Es un edificio de ladrillo de los años sesenta, de cinco plantas, con un portero automático al que le faltan la mitad de los botones.

No tiene ascensor.

Me quedo mirando la escalera con la maleta a los pies, y me río sola, en voz alta, en el portal.

En Bolonia fueron cuatro pisos de piedra con cinco metros de techo por planta.

Esto es un cuarto sin ascensor con los techos normales, así que en teoría es la mitad.

En la práctica, la maleta pesa lo mismo que pesaba allí y yo tengo dos años más.

Subo.

En el rellano del cuarto, la puerta B se abre antes de que llame.

Detrás hay una chica de mi edad con un pijama sanitario de color azul, el pelo recogido en un moño que se le está deshaciendo por un lado y las marcas de la mascarilla todavía en la cara, dos rayas rojas desde la nariz hasta las orejas,

como si se hubiera pintado para una guerra y la guerra ya hubiera acabado.

—Nerea —dice. No es una pregunta.

—Wafa.

—Te he oído subir. —Mira la maleta y luego el jersey—. ¿Qué es eso?

—Un rodillo.

—¿De pintar?

—De pasta.

Me mira un segundo más, con unos ojos oscuros y muy cansados que no se sorprenden de nada, y asiente como si le hubiera dicho que es un secador.

—Vale. Pasa.

El piso es pequeño y está limpio de una manera que se nota que es de alguien que limpia cuando no puede dormir.

Un pasillo, una cocina estrecha con una ventana a un patio de luces, un salón con un sofá gris y una planta enorme que ocupa media esquina y que parece más sana que las dos que vivimos aquí, un baño, dos habitaciones.

La mía da a la calle. Tiene una cama, un armario, una mesa pegada a la ventana y una estantería vacía, y la luz entra de lado, amarilla, porque el sol todavía está bajo.

—El agua caliente va bien —dice Wafa desde la puerta—.

La lavadora centrifuga como si fuera a despegar, no te asustes.

El del tercero fuma en el patio y sube el olor.

Los martes pasa la basura a las once de la noche y hace un ruido que parece que se acaba el mundo. —Bosteza sin taparse la boca—. Y ya.

—¿Y ya?

—Ya. Me he tragado doce horas de urgencias. Me voy a dormir hasta las cuatro. Si llaman al timbre no abras, que es el del gas y no es el del gas.

Me río. Ella no, pero algo se le mueve en la cara que podría serlo.

—¿No me preguntas nada? —le digo.

—¿Tú me vas a preguntar cómo ha ido el turno?

—No.

—Pues ya está.

Y cierra su puerta. Y yo me quedo en mi habitación nueva, en una ciudad sin mar, con un rodillo en los brazos, y lo primero que hago es ponerlo encima de la estantería vacía, en horizontal, como se coloca un remo en una pared de bar de playa. Queda ridículo. Lo dejo.

A las doce tengo que estar en la agencia.

La agencia se llama Oleaje. Cuando leí el nombre por primera vez, en el correo, me reí con la boca cerrada, en la mesa de la cocina de mi padre, porque de todos los sitios del mundo que me podían ofrecer mi primer trabajo en serio, tenía que ser uno que se llamara como el agua.

Luego busqué en la web y vi que tenían tres Soles de Oro, un león de algo y una lista de clientes que parecía el índice de un periódico, y dejé de reírme.

Está en la calle Zurbano, en Chamberí, que es otro Madrid.

Salgo del metro en Alonso Martínez y la ciudad cambia de golpe, como cuando entras en una iglesia: las aceras son anchas y limpias, los árboles tienen el tronco pintado de blanco,

hay porteros de uniforme barriendo portales de mármol y señoras con perros que parecen peinados en la misma peluquería que ellas.

Nadie vende nada en ningún idioma. Aquí no hay locutorios.

Aquí hay tiendas que no se sabe qué venden, con un solo jarrón en el escaparate.

Oleaje es un palacete. No encuentro otra palabra.

Un edificio de tres plantas de piedra clara, con balcones de hierro y un jardín delantero con dos palmeras y una verja, metido entre dos bloques de pisos como una tarta entre dos cajas de zapatos.

En la verja, una placa de latón muy pequeña con el nombre. Nada más. Como si no hiciera falta.

Llego a las doce menos veinte, porque en el correo decía «a las doce, que por la mañana aquí no hay nadie», y eso me pareció tan raro que por si acaso vine antes.

Tenía razón el correo. Me abre una recepcionista con el pelo platino y unas uñas verdes que me dice que me siente, que ahora baja Bea, y me siento en un sofá de terciopelo mostaza, debajo de un neón de color rosa que dice, en letras redondas, NADIE SE ACUERDA DEL SEGUNDO.

Lo miro un rato largo. No sé si es una broma. En esta planta no hay nadie más que la recepcionista y un chico con cascos que cruza con un portátil abierto sobre el antebrazo, como un camarero con una bandeja.

Bea baja a las doce y cuarto.

Es alta, más que yo, y tiene treinta y pocos años, y viste como si no le importara la ropa, que es la manera más cara de vestir: pantalón negro, camisa blanca, zapatillas blancas, nada más, todo de una tela que no se arruga.

El pelo corto, a la altura de la mandíbula.

Unas gafas de pasta que se quita al verme, como si para mirarme no le hicieran falta.

—Nerea Baresa.

—Sí.

—Bea Losada. Dirección de estrategia. —Me da la mano rápido y fuerte, una sola sacudida—. Vas a estar conmigo y con creatividad, a medias, y a ratos donde haga falta. ¿Te han mandado el contrato?

—Sí.

—¿Lo has leído?

—Sí.

—¿Entero?

Dudo. Ella lo ve.

—Léelo entero —dice—. Todo lo que firmes aquí, léelo entero. Es el mejor consejo que te voy a dar en un año, y es gratis.

Me lleva escaleras arriba. La primera planta es una sala enorme de techo alto, con las paredes tiradas y las vigas a la vista, mesas largas de madera con veinte o treinta personas trabajando con cascos y en silencio, y unas cristaleras al fondo que dan al jardín de atrás.

Huele a café y a madera nueva. Nadie levanta la vista.

Una pantalla gigante en la pared del fondo pasa anuncios sin sonido: un coche por una carretera de montaña, una niña comiendo un yogur, un señor mayor bailando en una cocina.

—Contrato formativo, un año —dice Bea sin dejar de andar—. Eso ya lo sabes. Lo que no pone en el contrato es cómo funciona esto, así que te lo digo yo, una vez. Aquí no se viene a trabajar. Trabajar trabaja todo el mundo. Aquí se viene a que te vean.

Se para delante de una mesa vacía junto a la ventana, con un portátil cerrado encima y una silla que todavía lleva el plástico en el respaldo.

—Esta es la tuya.

—¿Y quién tiene que verme?

Bea me mira. Por primera vez, creo, me mira de verdad, no como se mira a alguien a quien le estás enseñando la oficina.

—Eso lo vas a averiguar sola —dice—. Y cuanto antes lo averigües, mejor para ti.

Y se va.

El resto del día es lo que es el primer día en cualquier sitio.

Una chica de recursos humanos me da un usuario, una contraseña que tengo que cambiar y una tarjeta para la puerta con mi foto del DNI, que salgo con cara de haber visto un accidente.

Me dan acceso a un servidor con cuatrocientas carpetas.

Me meten en once grupos de chat, uno de ellos se llama «Comida los viernes» y tiene ciento doce mensajes sin leer, casi todos gifs.

Nadie me presenta a nadie. A la una y media, la sala se vacía de golpe hacia algún sitio y yo me como un sándwich de la máquina en mi mesa, mirando el jardín de atrás, donde hay una piscina.

Una piscina. Pequeña, alargada, con el agua verde oscura y hojas flotando. Nadie la usa. Por lo que veo después, nadie la mira siquiera. Es el único agua en kilómetros a la redonda, y está ahí abajo, quieta, como un decorado que se quedaron del dueño anterior.

Pregunto por Álvaro Redondo a la recepcionista de las uñas verdes, a media tarde, porque fue él quien firmó el correo que me trajo hasta aquí y todavía no lo he visto.

—De rodaje —dice—. En Tarifa. Vuelve el jueves. O el viernes. —Levanta las uñas, como diciendo quién sabe.

A las siete y media ya no queda casi nadie en la planta. Recojo. Cierro el portátil, meto el cargador en la mochila, me levanto. Y al girarme para empujar la silla con el plástico todavía en el respaldo, lo veo.

Hay un pósit amarillo pegado en el borde de mi pantalla.

No estaba esta mañana. No sé cuándo lo han puesto: me he levantado dos veces, una para el sándwich y otra para el baño, y en ninguna de las dos me he fijado.

Tiene una sola línea, escrita a lápiz, con una letra pequeña y recta, de alguien que escribe con prisa pero que hace mucho que decidió cómo escribir:

El plano de las 7:14 es lo mejor que he visto este año.

No lleva firma.

No le hace falta. Sé perfectamente qué plano es.

Es el de Hans bajando al agua un amanecer de enero, con la toalla al hombro y las piernas blancas, por el camino de tierra entre las parcelas vacías, y al fondo, desenfocado, en la ventana iluminada de la recepción, mi padre levantando una mano para saludarlo sin saber que lo estoy grabando.

Veintidós segundos. Lo grabé por casualidad, con la cámara encendida para otra cosa, y lo monté al final de todo casi por no tirarlo.

Nadie en el tribunal del trabajo de fin de grado dijo una palabra de él.

Nadie en ningún sitio ha dicho una palabra de él.

Despego el pósit con cuidado, como se quita una tirita de alguien que duerme, y me lo guardo en la funda del móvil, detrás de la tarjeta sanitaria.

En el metro de vuelta a Tetuán, entre un señor dormido y una chica que se pinta los labios mirándose en la ventanilla negra, lo saco dos veces para volver a leerlo.