Mar de fondo (La chica del Mar Menor 4) Epílogo
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Epílogo

El martes veintiséis de octubre, a la una y cuarenta de la tarde, me suena el móvil encima de la mesa de la cocina de Tetuán.

Papá.

Es martes. Es la una y cuarenta. Mi padre llama los domingos a las nueve y cinco desde hace tanto tiempo que ya no sé si empezó él o empecé yo a esperarla.

Mi padre no llama los martes. Mi padre no llama a la una y cuarenta, que es la hora a la que en el camping se come, en la recepción, con la tele pequeña puesta en las noticias, un plato de lo que haya.

Lo cojo al primer tono.

—Papá. ¿Qué pasa?

No suena la depuradora. Eso es lo primero que noto. No hay zumbido. Hay otra cosa, un eco, como de una habitación grande y vacía, con el suelo de baldosa. Una oficina. Un banco.

—Hija —dice.

Y se calla.

Y en ese silencio, que no es el de siempre, que no es el espacio que se deja para que no te sientas obligada, lo sé.

Antes de que diga nada más. Lo sé como se sabe el frío del agua antes de meter el pie.

Lo que se calló el domingo diecisiete, en las pausas, entre el perro del señor Paco y el ruido raro de la depuradora.

Lo que se guardaba para otro momento, como la ese del cartel.

—Papá. Dímelo.

Mi padre respira hondo. Una vez.

—Van a subastar el camping —dice.

Cinco palabras, y ni una más.

Me siento en la silla de la cocina. La encimera estrecha. La tostadora. El bote de las cucharas. La nevera que no enfría bien la puerta.

—¿Quién?

—El banco. —Una pausa. El eco de la oficina—. Me lo han dicho esta mañana. He venido a Cartagena a firmar el papel de que me he enterado. Me han dado una fecha. En primavera.

—¿Desde cuándo lo sabes?

No contesta enseguida.

—Desde el verano —dice—. Más o menos. Desde que dejé de poder pagar la cuota del préstamo de la depuradora. —Otra pausa—. No te lo quería decir por teléfono.

No te lo quería decir.

Llevaba desde el verano sabiéndolo. Julio, cuando cumplí veintiséis y me llevó Wafa a Playa Victoria.

Agosto. Septiembre, cuando la carpeta azul.

Octubre, cuando la sala de la sexta planta.

Y el domingo diecisiete, veintidós minutos al teléfono hablándome del perro del señor Paco y de que el agua estaba más clara.

Y yo pensando que el espacio que me dejaba era para mí.

Era también para él.

—¿Por qué me lo dices ahora?

Mi padre tarda mucho en contestar. Oigo en el eco de la oficina una voz de mujer que llama un número, como en las charcuterías. Un teléfono que suena y nadie coge.

—Porque me llamaste el domingo —dice—. A las nueve y cinco.

No digo nada.

—Y porque el domingo, cuando colgué, pensé que si tú habías sido capaz de llamar después de diez meses, yo era capaz de decirte esto. —Se le quiebra algo en la voz, muy poco, y lo aprieta—. Que ya está bien de callarnos las cosas, tú y yo. Que así acabamos siempre.

Me tapo la boca con la mano.

En esta familia nadie avisa de nada. Lo pensé en diciembre de hace dos años, en el sofá de Tetuán, antes de Villaverde.

Mi padre no me contó lo del embargo hasta que se lo sacó Hans.

Mi padre calló lo de mi madre durante años para no hacerme daño.

Yo le callé Madrid entero. Yo le callé a Diego un pendrive con forma de pez.

Y mi padre, a los cincuenta y cinco años, sentado en una oficina de un banco de Cartagena un martes a la una y cuarenta, ha decidido que ya está bien.

—Voy —digo.

—No hace falta, hija. Tienes tu trabajo, tus cosas, no…

—No tengo trabajo, papá.

Silencio.

—Me han echado. Hace dos semanas. —Me oigo la voz tranquila. Me sorprende—. No firmé una cosa que no era verdad. Te lo cuento cuando llegue. Todo. Esta vez, todo.

Mi padre no dice nada durante mucho rato. El eco. La voz de mujer que llama otro número.

—Vale —dice al final—. Pues ven.

—Voy unos días. Solo unos días. Para ver qué se puede hacer.

—Unos días —repite mi padre. Y lo dice de una manera que no sé leer, porque nunca se la he oído. Como alguien que sabe algo que yo no sé todavía—. Vale, hija. Unos días.

•

El AVE a Murcia sale de Chamartín el miércoles a las cuatro y diez de la tarde. Por la mañana paso la cita del SEPE a una oficina de Cartagena, después de cuarenta minutos de música de espera.

Llevo una maleta. La grande, la de la rueda nueva, la que traje hace dos años.

Dentro, casi todo lo que tengo, porque casi no tengo nada.

La ropa de invierno. El vestido negro, que no sé para qué lo llevo.

El termómetro de Wafa. El marco con el plano de las siete y catorce, envuelto en una toalla.

Los folios de las dos columnas. El pendrive con forma de pez, en la funda del móvil, detrás de la tarjeta sanitaria, junto a dos pósits amarillos con los bordes blandos de tanto doblarse.

Y, envuelto en el jersey gordo, de manera que parece que llevo un bebé muy delgado debajo del brazo, un rodillo de madera de sesenta centímetros con harina metida en las vetas.

Wafa me ha acompañado hasta la puerta del piso. No ha bajado. Estaba saliendo de un turno de noche, con las marcas rojas de la mascarilla en la cara, y se ha quedado en el umbral, apoyada en el marco, con los brazos cruzados, como el primer día.

—El cuarto sigue aquí —ha dicho.

—Son unos días.

—Ya —ha dicho Wafa.

Y me ha mirado con la mirada de tomar el pulso. Y me ha dado un abrazo, el primero en dos años, corto, fuerte, que olía a hospital y a hierbabuena. Y ha cerrado la puerta.

Román me ha mandado un audio de dos minutos desde un rodaje en Toledo, con ruido de viento, contándome que hoy le toca conseguir cuarenta palomas blancas antes de las seis. Al final, casi sin voz, ha dicho: «Llámame cuando llegues, Baresa. Y cuando no llegues, también».

Diego no ha escrito. Las dos rayitas siguen grises.

•

Me siento en el tren. Ventanilla. El vagón está medio vacío, porque es miércoles de octubre y nadie va a Murcia un miércoles de octubre salvo la gente que tiene que ir.

El tren arranca. Sale de Chamartín por un túnel largo, a oscuras. Luego la luz. Los bloques de las afueras. Las naves de los polígonos. La meseta, marrón, seca, enorme, con los olivos en filas y el cielo encima, sin una sola nube.

Saco el móvil y los auriculares.

Abro la aplicación de música. Busco en la biblioteca.

Ahí está, con su portada de siempre, una foto del Mar Menor que hice con el móvil a los veinte desde la orilla del camping, sin pensar.

ULTIMO VERANO. En mayúsculas y sin tilde.

Ochenta y cuatro canciones mal ordenadas.

La última vez que le di al play fue en enero de hace casi dos años, en el metro, la noche que le dije a un hombre que no me llevara a casa.

Le doy al aleatorio.

La primera que sale es una de Quevedo. La que me ponía en el autobús de Murcia a los veinte, con la frente contra la ventanilla, volviendo del Salitre a las cinco de la mañana, oliendo a lima y a humo.

No la quito.

Me pongo los auriculares. Me apoyo en la ventanilla. La meseta pasa, marrón, lisa, sin agua por ningún lado.

Y por costumbre, sin querer, como me pasa desde niña, como el gesto de palparme el bolsillo para ver si llevo las llaves, los ojos se me van hacia donde debería estar el mar.

Por ahí. Al este. Detrás de la sierra. A cuatrocientos kilómetros.

Esta vez sé hacia dónde queda.

Pongo la mano en el cristal, en esa dirección. Y la dejo ahí, mientras el tren baja hacia el sur y la canción suena, todo el camino.