39
Irune
Estoy sentada en el sofá, con las piernas recogidas bajo mi cuerpo, mirando fijamente la llama de una vela de vainilla que mi hermana ha dejado encendida sobre la mesa de centro.
La cera se derrite lentamente, formando pequeños surcos que se solidifican en cuanto se enfrían.
Me descubro pensando que quizá eso es lo que hago yo: intentar solidificar algo que todavía está en proceso de cambio.
Pero no funciona así. Nada en la vida funciona así.
Respiro hondo, pero el aire no llena del todo mis pulmones. Hay algo que me aprieta por dentro, una sensación constante que no se disipa, por mucho que intente distraerme con cualquier cosa. Cierro los ojos.
«No quiero hacerte daño».
Aprieto los párpados con fuerza, como si pudiera borrar el recuerdo de mis propias palabras, pero lo único que me golpeen con más fuerza.
He sido una cobarde. La palabra aparece sin filtro, sin suavizarse.
Directa. Precisa. Porque es lo que he sido.
Cobarde por marcharme de Nueva York sin decirle nada.
Cobarde por esconderme en Londres como si la distancia pudiera arreglar lo que yo misma he roto.
Cobarde por enviarle un audio en lugar de enfrentarme a ella.
Cobarde por enamorarme… y salir corriendo.
Me llevo una mano al pecho, y presiono ahí con fuerza, como si pudiera contener ese latido irregular que parece querer desbordarse. La he perdido. He perdido a Maia, y la certeza se instala con una calma que resulta más dolorosa que cualquier estallido emocional.
Abro los ojos y observo la llama de la vela. Se tambalea levemente, como si también estuviera a punto de apagarse.
—Lo has hecho perfecto, Irune —murmuro para mí misma, con una sonrisa amarga en los labios—. Has conseguido exactamente lo que querías. Estar sola.
De repente, el sonido del timbre rompe el silencio.
Tardo unos segundos en reaccionar, como si mi cerebro necesitara procesar que ese ruido no forma parte de mis pensamientos.
Frunzo el ceño y me incorporo. Miro el reloj en la pared.
Es de madrugada. Demasiado tarde para visitas, demasiado temprano para cualquier cosa razonable.
El pulso se me acelera. Camino hacia la puerta con cautela, sintiendo cómo cada paso resuena en el suelo.
La casa parece contener la respiración conmigo.
—¿Quién es? —pregunto, sin abrir todavía.
Pero no hay respuesta, solo otro golpe mucho más urgente.
Cuando abro la puerta… el mundo se detiene.
Maia está ahí. Durante un segundo —o varios, no lo sé— mi cerebro se niega a procesar la imagen.
Como si no pudiera ser real. Como si fuera una proyección de lo que más deseo y, al mismo tiempo, lo que más temo.
Está apoyada en la maleta de mano, con una de las manos aún en el asa.
Su pelo, normalmente tan cuidado, está revuelto por el viaje.
Tiene ojeras, la piel ligeramente apagada por el cansancio, y aun así…
Aun así, «es preciosa». Pero no es eso lo que me deja sin aire.
Es su mirada. Una determinación feroz y sin titubeos.
Como si hubiera cruzado medio mundo con un único propósito.
—¿Pero… qué haces aquí? —consigo decir.
Maia no sonríe. Da un paso hacia mí, lo justo para acortar la distancia, y su presencia lo llena todo.
—Eso mismo iba a preguntarte yo —responde y me deja con un cosquilleo extraño en el estómago—. ¿Qué haces aquí, Irune? Dime, porque llevo horas preguntándomelo.
No sé qué decir. No sé por dónde empezar.
—Yo… necesitaba… —balbuceo.
—Sí, necesitabas tiempo. Pero no es eso lo que quiero saber —me interrumpe, negando con la cabeza—. He venido hasta aquí porque merezco la verdad completa de lo que te pasa. Mírame.
No es una petición. Es una pequeña orden. Levanto la vista, aunque me cuesta sostenerla en la de ella.
—Quiero que me mires y me digas una cosa —continúa, y baja la mirada—. Lo que me dijiste en ese audio… ¿era verdad? ¿De verdad lo que necesitas es salir corriendo? ¿De verdad sientes tanto miedo?
El corazón me da un vuelco.
—Maia… —susurro, y noto la garganta seca—. ¿Es así? —insiste, dando un paso más cerca—. Porque si me dices que no tienes fuerza para intentarlo, me daré la vuelta ahora mismo y regresaré por donde he venido.
Siento cómo algo dentro de mí se rompe. Una grieta que se va abriendo poco a poco y que me deja sin voz.
—Necesito saberlo porque no te entiendo, Irune.
No entiendo cómo puedes mirarme a los ojos, decirme que quieres conocerme, que quieres intentar algo real conmigo, que merece la pena…
y luego desaparecer como si yo fuera una más en tu lista de escalas.
¿Sabes lo que sentí al entrar a la sala y ver que no estabas allí? ¿Al escuchar ese audio?
Abro la boca, pero no sale nada. Porque la verdad… da miedo. Siempre me lo ha dado, tener una relación seria, jugármelo todo a un solo número sin saber si va a salir bien. Pero verla aquí, delante de mí, habiendo cruzado el mapa por… por mí… me deja muy claro la clase de mujer que es Maia.
—Tengo miedo, es verdad —le confieso—. Un miedo que no sé controlar. Y cuando me di cuenta de lo que estaba pasando entre nosotras, de cómo me sentía a tu lado… entré en pánico.
Maia no aparta la mirada. Sus ojos se clavan en los míos con una intensidad que me obliga a continuar.
—¿Pánico de qué? Dímelo. Quiero entenderte.
Suspiro, y solo entonces, me armo de valor.
—De acabar como ellos —respondo.
La dejo pasar y cierro la puerta con cuidado de no hacer ruido. La entrada es minúscula, pero ahora mismo, siento que no puedo moverme ni un solo centímetro.
—Mis padres… Se amaban. O eso parecía. Al principio todo era perfecto.
Y luego… se convirtió en algo irreconocible.
En reproches constantes, en gritos que retumbaban por toda la casa, en una destrucción lenta que nos fue consumiendo y que nos arrastró tanto a Leire como a mí.
Nos hicieron sentir que amar era… un peligro constante.
Que era inevitable terminar haciéndote daño. O que te lo hicieran.
Cierro los ojos un segundo, reviviendo fragmentos de discusiones pasadas que aún me erizan la piel. Cuando los abro de nuevo, ya no soy capaz de contener las lágrimas en mis ojos.
—Y yo no quiero eso —añado, con la voz rota—. No quiero convertirme en alguien así. No quiero perderme en algo que puede acabar destrozándome. Contigo… todo es tan intenso que me aterra pensar que un día podamos hacernos el mismo daño que ellos se hicieron.
Maia respira hondo. Su pecho sube y baja con lentitud, como si estuviera procesando cada una de mis palabras, pero algo en su expresión cambia.
—¿Y crees que huir te protege de eso? —me pregunta—. ¿De verdad piensas que alejarte de mí, de nosotras, te va a salvar? Porque yo también tengo miedo, Irune. Miedo de entregarme y que esto tan bonito se acabe. Pero aquí me tienes.
—Lo sé… —admito, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Estos días… he estado hablando mucho con Leire. Y me ha hecho ver algo que el peligro no es que me rompan el corazón. El peligro es no intentar nada. Es pasar por la vida evitando sentir… y perderme lo único que realmente importa.
La respiración de Maia se vuelve más lenta. Da otro paso, acortando aún más la distancia que hay entre nosotras, hasta que casi puedo sentir el calor que emana de su cuerpo.
—Y cuando pensé en eso… —continúo, dando yo también un paso hacia ella—, solo podía verte a ti.
En cada rincón del mundo, en cada momento de silencio, eras tú.
No quiero que seas una escala más en mi vida.
Quiero que dejes de ser una escala para ser mi destino.
Quiero intentarlo de verdad, Maia. Quiero despertarme contigo, discutir contigo, reconciliarnos y volver a besarte sabiendo que, aunque dé miedo, valdrá la pena cada segundo.
El latido en mi pecho es ensordecedor. Maia parpadea despacio. Y en sus ojos… soy capaz de ver una luz maravillosa.
—Te amo —susurro, sin apartar la mirada—. Y lo único que sé… es que quiero que nos elijamos cada día.
Maia exhala un suspiro. Sus manos suben lentamente hasta mi rostro, y sus dedos rozan mi piel con una delicadeza que me hace suspirar, secando una lágrima que aún resbala por mi mejilla.
—Eres un desastre ¿lo sabías? —murmura, pegada a mis labios—. Un auténtico desastre, Irune.
Una risa ahogada se me escapa entre las lágrimas.
—Lo sé. Soy un caos. Pero este caos te quiere. Te quiere de una forma que no sabía que era posible.
Maia apoya su frente contra la mía y su aliento cálido roza mis labios.
—Yo también te amo, Irune. Te amo con todo lo que soy, y estoy dispuesta a arriesgarme a todo contigo.
No hay más que decir. Porque en ese momento… cada una de las piezas encajan. Sus brazos me rodean. Y los míos responden al instante.
Entierro el rostro en su cuello, respirando su aroma, ese que reconocería en cualquier parte del mundo. Y entonces… La beso como si temiera que pudiera desvanecerse frente a mis ojos.
—¿Se puede saber qué es este jaleo? —escucho a Leire a la espalda.
Maia y yo nos separamos de golpe, nos miramos, y al instante, nos echamos a reír.