Mapas en la piel 38
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Maia

El zumbido de la música electrónica me atraviesa el pecho como si fuera una segunda respiración, constante, insistente, imposible de ignorar.

Las luces de neón, en tonos violáceos y azules, dibujan sombras irregulares sobre las paredes del local y convierten cada rostro en algo difuso, casi irreal.

Estambul late a mi alrededor con una intensidad que no logro acompasar por mucho que lo intente, porque yo estoy atrapada en otro lugar.

En la voz de Irune diciendo: «No quiero hacerte daño».

Cierro los ojos un segundo, apoyo los codos sobre la barra y rodeo el vaso con los dedos.

El frío del cristal me ancla brevemente al presente.

Sin embargo, no es suficiente. Su voz sigue ahí, repitiéndose en bucle dentro de mi cabeza, como si alguien hubiera decidido que esa frase es lo único que merezco escuchar esta noche.

«Que no quiere hacerme daño. Sí, claro».

Doy un trago largo. El alcohol me quema la garganta, pero no lo suficiente como para borrar el enorme nudo que tengo en el pecho.

—Despacio —escucho a mi derecha.

Carolina me quita el vaso y me mira con paciencia.

—Te lo vas a terminar de golpe y luego te vas a arrepentir —añade, inclinando la cabeza para buscar mi mirada—. Ya sabes cómo te pones cuando te pasas de alcohol.

—No creo que pueda arrepentirme más de lo que ya lo estoy —murmuro, y apoyo la frente contra mi mano. El pulso me late en las sienes.

Tessa aparece por el otro lado y me rodea los hombros con un brazo, estrechándome contra ella con esa naturalidad que la caracteriza.

—Eh —dice cerca de mi oído—. Ni se te ocurra ponerte dramática aquí, ¿vale? Para eso está el hotel, con sus camas enormes y su minibar lleno de botellitas. Aquí solo estamos para que te distraigas un poco.

Suelto una risa rota, que ni siquiera se parece a una risa real.

—Gracias por el apoyo emocional, de verdad. Sois todo un ejemplo.

—De nada —responde Tessa, y me da un pequeño apretón en el hombro—. Pero en serio, Maia, basta por hoy. Por mucho que sigas torturándote, no vas a conseguir nada.

Carolina asiente y desliza el teléfono fuera de mi alcance con discreción.

—Mañana, si quieres, analizamos las tres juntas qué hacer —afirma Carolina—. Pero con un café y sin alcohol de por medio.

Asiento sin mirarla. Tiene razón. Lo sé perfectamente. Aun así, el eco de la voz de Irune permanece alojado en algún lugar profundo de mi corazón, repitiéndose sin permiso y llenándome de una melancolía de la que no me puedo deshacer.

Antes… antes habría hecho algo muy distinto.

Y la imagen aparece con claridad, de forma casi dolorosa.

Ahí estoy yo, encerrada en la habitación de un hotel, con las luces apagadas, tumbada en la cama, dejando que el dolor me atraviese.

Convenciéndome de que hay algo roto en mí, algo defectuoso.

Ahora, sin embargo, no estoy sola. Siento el peso del brazo de Tessa, la cercanía protectora de Carolina y el ruido del mundo que insiste en seguir girando a mi alrededor.

Y por primera vez en mucho tiempo, incluso en medio de este caos emocional, consigo mantenerme en pie.

No me estoy cayendo.

—Vamos a bailar —dice Tessa de repente, tirando de mí con decisión.

—No quiero bailar —respondo, aunque sin verdadera convicción.

—Perfecto —replica ella con una sonrisa traviesa—. Entonces ven y quédate quieta en medio de la pista mientras yo hago el ridículo. Pero tú te vienes. No acepto un no por respuesta.

Carolina se ríe con ganas y me toma de la otra mano.

Me dejo arrastrar porque no tengo energía para discutir. Mi cuerpo se mueve casi por inercia, guiado por ellas y por el ritmo que retumba en el suelo. Las luces parpadean sobre nosotras, el calor aumenta y, durante unos segundos, solo unos segundos, consigo dejar de pensar.

O al menos, lo intento.

Tessa baila frente a mí, exagerando los movimientos de forma deliberada y cómica, balanceando las caderas con tanta energía que Carolina estalla en carcajadas.

—Vamos, Ferrari —me dice Tessa—. Sé que tienes algo mejor que esa cara de funeral. Muévete un poco, aunque sea por nosotras.

—Ya os he dicho que no me apetece —contesto, aunque una pequeña sonrisa me asoma en los labios.

Y ese pequeño gesto es suficiente para que ambas celebren como si hubieran ganado algo importante.

—¡Esa es mi chica! —exclama Tessa, y levanta los brazos—. ¿Ves? Sabía que debajo de toda esa tristeza sigues ahí.

Carolina se acerca y me susurra al oído mientras bailamos:

—Aunque solo sea un rato, Maia, déjanos cuidarte. Nosotras también hemos pasado por rupturas que duelen.

Pero es que Irune y yo no hemos roto. ¿Verdad?

Bailo. Poco, con torpeza, y sin implicación real. Pero estoy ahí. Y eso ya es más de lo que esperaba de mí misma hace una hora. Entre giro y giro, Tessa me sujeta de las manos y Carolina nos sigue el ritmo, envolviéndome con un brazo.

Después de un rato, el calor y el ruido empiezan a saturarme. Necesito aire. Espacio. Y, sobre todo, un respiro.

—Voy a la barra —les digo, separándome de ellas.

—No tardes —responde Carolina, apretándome la mano antes de soltarme—. Y si necesitas que vayamos, avísanos.

Asiento y me abro paso entre la gente. El trayecto se siente largo. Cuando llego, apoyo las manos en la madera y me pido otra copa. El camarero asiente y empieza a prepararla. Yo observo el movimiento mecánico de sus manos, agradeciendo ese pequeño momento de desconexión.

—No pareces disfrutar mucho de la noche —comenta una voz femenina a mi izquierda. Suena segura, con un leve acento que no logro identificar.

Giro la cabeza. Es una mujer de mirada intensa, con los ojos delineados en negro y una media sonrisa que parece saber exactamente lo que está haciendo.

Tiene el pelo oscuro recogido de forma descuidada y una postura relajada, como si el mundo a su alrededor no tuviera ninguna capacidad de alterarla.

—Depende de cómo se mire —respondo, encogiéndome de hombros.

—Yo lo estoy mirando desde aquí —dice ella, inclinándose un poco hacia mí—. Y diría que estás intentando convencerte de que lo estás pasando bien.

Exhalo una pequeña risa.

—Puede que tengas razón. No soy muy buena ocultando lo evidente.

—Soy bastante buena leyendo a la gente, la verdad —afirma con una sonrisa que se amplía—. Llevo años observando rostros en sitios como este.

—¿Y no te parece peligroso? —comento, arqueando una ceja.

—Solo si tienes algo que esconder —responde ella, acercándose un poco más—. ¿Y tú? ¿Qué tienes que esconder esta noche?

El camarero deja mi copa frente a mí. La tomo, pero no bebo todavía.

—Qué directa eres ¿no? —digo, observándola con curiosidad.

—Solo cuando alguien me llama la atención. Y tú lo has hecho desde que te he visto llegar con tus amigas.

—¿Y qué es lo que te ha llamado la atención? —pregunto, apoyándome en la barra.

—Esa mirada tan bonita —responde sin dudar—. Aunque tengo la sensación de que estás muy lejos de esta música y las luces. Me intriga. ¿Quieres contármelo?

Trago saliva.

—Puede que lo esté. Lejos, quiero decir.

—Podrías no estarlo —susurra ella—. Podrías quedarte aquí, conmigo, aunque solo sea un rato. Dejar que la noche te lleve a otro lugar.

La distancia entre nosotras se acorta casi sin que me dé cuenta. Su mano roza mi cintura con una naturalidad que me sorprende, pero no me aparto de inmediato. Porque siento que su tacto cálido, invitándome a tener más libertad.

—No deberías… —empiezo, aunque titubeo.

—¿Por qué no? —insiste ella, inclinándose un poco más—. Parece que necesitas olvidarte de todo por un momento. Y yo puedo ayudarte con eso.

«Necesito olvidarla», dice una parte de mí. Olvidar el audio. Olvidar el miedo en la voz de Irune. Olvidar la sensación de haber sido insuficiente. La mujer se inclina un poco más, y ya puedo notar su respiración cerca de mis labios, su perfume ligero y envolvente.

Y durante un instante, muy breve, muy frágil, considero el perderme en sus labios. Cierro los ojos.

Y el cortocircuito es inmediato. Brutal. Abro los ojos de golpe y me aparto, como si algo dentro de mí se hubiera encendido en rojo.

No. No puedo. No quiero .

El rechazo no es hacia ella. Es hacia la idea. Hacia la mentira que estoy intentando contarme. Porque la verdad es otra. Está ahí, clara, e innegable, atravesándome con una certeza que me deja sin aire.

Estoy enamorada de Irune. Hasta las trancas.

Y ninguna piel, por muy cálida que sea, va a sustituir lo que siento con ella.

Lo que hemos construido entre vuelos, entre escalas, en esta vida extraña, tan excitante como compartida.

No quiero un parche. No quiero olvidarme del sabor de su boca. Quiero enfrentarme a esto.

La mujer me observa, midiendo mi reacción con una elegancia sorprendente.

—Lo siento —digo, recuperando un poco el equilibrio—. No es… no es por ti. De verdad. Eres encantadora, pero mi cabeza y mi corazón están en otro sitio ahora mismo.

Ella sonríe con comprensión, sin rastro de ofensa.

—Gracias por decirlo con tanta honestidad. Pocas lo hacen. Que te vaya bien, sea lo que sea que te tenga así.

—Igualmente. Y gracias por el intento. Ha sido… refrescante, de alguna manera.

Me giro y vuelvo con Carolina y Tessa. En cuanto me ven, algo en mi expresión debe delatarme, porque ambas se ponen en alerta de inmediato.

—¿Todo bien? —pregunta Carolina, acercándose con preocupación.

—Sí —respondo—. Pero creo que me voy a ir ya. Necesito salir de aquí.

Tessa arquea una ceja y me estudia con atención.

—¿Ya? ¿Qué ha pasado en la barra? Te hemos visto hablando con esa morena.

—Nada de lo que debáis preocuparos —explico, sacudiendo la cabeza—. Ha sido amable, incluso. Pero me ha hecho darme cuenta de algo importante. No quiero estar aquí fingiendo que estoy bien.

Carolina me toma del brazo con cariño.

—¿Quieres contárnoslo en el taxi?

—Quizá luego. Ahora solo necesito respirar aire fresco y ordenar mis ideas.

Tessa asiente y me da un abrazo rápido pero intenso.

—Está bien. Pero mañana desayunamos juntas y nos cuentas todo, ¿de acuerdo?

Me despido de ellas y subo a un taxi. El conductor apenas me mira cuando le doy la dirección del hotel.

Me recuesto en el asiento y apoyo la frente contra la ventanilla.

El cristal está frío, y esa sensación me calma.

Las luces de Estambul pasan frente a mis ojos como pinceladas difusas: doradas, anaranjadas, intermitentes.

Sin embargo, no voy a permitir que el miedo de Irune marque el final de esto.

Pienso ir a buscarla… Y si hace falta, derribaré cada uno de sus muros.