Mapas en la piel 37
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Maia

En cuanto cruzo las puertas de acceso a la zona de tripulación y camino hacia la sala de briefing , noto la inquietud; una presión incómoda, persistente, que me obliga a apretar con más fuerza el asa de la maleta de mano. Aunque me digo que quizá solo sea el cansancio acumulado.

Empujo la puerta de la sala y, nada más entrar, lo noto de inmediato: ella no está.

Mi mirada recorre la estancia de forma automática, buscando su figura entre los uniformes azul marino, entre los gestos conocidos y las posturas de siempre.

Nada. En su lugar, un hombre alto y delgado ocupa la cabecera de la sala.

Sostiene la tablet con ambas manos y lee los puntos del briefing con una voz correcta y medida, aunque carente de esa autoridad natural y silenciosa que ella nunca necesitaba forzar.

Parpadeo, desconcertada.

—Buenos días a todos —dice el jefe de cabina, levantando la vista hacia nosotros—. Soy Gael Vercetti y estaré a cargo de la supervisión de los vuelos durante los próximos días.

Me quedo quieta unos segundos, de pie junto a la puerta, sin terminar de avanzar hacia mi asiento habitual. «Qué coño está pasando».

Camino hasta mi sitio y me dejo caer junto a Carolina, que ya tiene la carpeta abierta sobre las piernas. En cuanto me acomodo, me inclino hacia ella sin apartar los ojos del frente.

—¿Irune ha dicho algo? —pregunto en voz baja.

Carolina niega con la cabeza, sin mirarme directamente.

—Yo también me he llevado una buena sorpresa esta mañana —responde en el mismo tono—. Pensaba que estaría aquí, como siempre.

Aprieto los labios con fuerza. La inquietud se transforma poco a poco en algo más pesado.

Vuelvo a fijar la mirada al frente mientras Gael continúa con el briefing ; anuncia las condiciones meteorológicas, duración estimada del vuelo a Estambul, posibles turbulencias en ruta y la distribución habitual de tareas.

Intento concentrarme de verdad. Sin embargo, una parte de mí permanece atrapada en esa ausencia, dando vueltas una y otra vez en busca de una explicación lógica que no termina de aparecer en mi cabeza.

Cuando el briefing acaba, la sala se llena de movimiento. Recojo mis cosas y salgo junto al resto hacia el avión, intentando mantener una apariencia de normalidad que me está costando mucho mantener.

En el trayecto por los pasillos del aeropuerto, acelero el paso hasta alcanzar a Javier. Él camina con su maletín colgado del hombro, revisando algo en el móvil.

—¿Sabes algo de Irune? —le pregunto sin rodeos en cuanto me pongo a su altura.

Javier se gira hacia mí y frunce el ceño, como si ya esperara la pregunta.

—La verdad es que a mí tampoco me ha dicho gran cosa —responde con un suspiro—. Solo mencionó que se tomaría unos días para organizar algunos asuntos personales.

Lo observo durante unos segundos, e intento leer entre líneas, buscando algún detalle que me ayude a entender lo que está pasando. Pero no lo encuentro.

—¿Nada más? —insisto, aunque sé que la respuesta no va a cambiar.

Javier niega con la cabeza, encogiéndose de hombros con gesto cansado.

—Nada más, Maia. Si hubiera dicho algo importante, te lo contaría.

Asiento, aunque por dentro la incertidumbre sigue creciendo. No sé si creérmelo. Bueno, en realidad, no sé si quiero creérmelo.

—Gracias —murmuro.

Saco el teléfono, y al ver que no hay ni un solo mensaje, lo apago antes de subir al avión.

· · ·

El vuelo a Estambul dura poco más de seis horas. Seis horas que se me hacen eternas.

No porque haya pasado alguna incidencia, sino porque parece que yo esté en otro lugar.

En cada pausa, en cada segundo en el que mi mente encuentra un mínimo resquicio para desviarse, vuelvo a lo mismo, a preguntarme qué habrá pasado para que Irune se haya querido pedir esos días libres.

—Seguro que todo está bien —me dice Carolina, mientras organizamos los restos del servicio de comidas.

La miro a los ojos, buscando en su expresión algún consuelo real. Quiero creerla. De verdad que quiero.

—Sí… supongo —respondo, aunque mi voz carece de convicción. Me paso una mano por la frente—. Es solo que… no entiendo por qué no me ha dicho nada.

Carolina me observa un segundo más, y pronto, alarga su mano y me aprieta el brazo con cariño.

—Irune es… complicada. Ya lo sabes. Y habrá necesitado su espacio para procesar las cosas. Dale un poco de tiempo. Seguro que cuando aterricemos tendrás noticias suyas.

Sus palabras pretenden tranquilizarme, pero solo consiguen avivar esa inquietud que llevo dentro.

—Gracias, Caro. Intentaré no comerme demasiado la cabeza.

Ella asiente y vuelve a su tarea. Sí, debí imaginarlo.

Que lo nuestro ha sido demasiado intenso, demasiado rápido, demasiado real para alguien como Irune. Porque una mujer como ella, acostumbrada a controlar cada aspecto de su vida, no se quedaría en algo que amenazara con desestabilizar su corazón.

«A lo mejor no está hecha para esto. Ni para mí».

Al salir del avión, atravesamos los largos pasillos del aeropuerto de Estambul y recogemos nuestras pertenencias en la zona de tripulación. En cuanto cruzamos a una zona con cobertura, saco el teléfono y al encenderlo, veo que tengo un mensaje de voz de Irune.

El corazón me da un vuelco violento, antes de que su voz llene el espacio.

—Maia… —empieza—. No sabía muy bien cómo decirte esto, y probablemente debería haberlo hecho antes… pero no he sabido cómo afrontarlo.

Cierro los ojos un instante.

—He decidido tomarme unos días… —continúa—. Estoy en Londres, en casa de mi hermana Leire. Necesitaba distancia. Pensar con claridad. Sé que esto no es justo para ti —añade, y escucho un ruido de fondo—. Y que después de todo lo que hemos compartido, desaparecer así no tiene ningún sentido.

Aprieto el teléfono contra la oreja.

—Pero la verdad es que me asusta dar un paso más. Porque m, Maia —confiesa, y cada palabra parece costarle un esfuerzo—. Más de lo que cabría imaginar. Y no sé cómo gestionar algo así sin sentir que voy a perder el control del resto de mi vida.

Las palabras caen una tras otra, desnudas y sinceras.

—No quiero hacerte daño —prosigue—. Pero tampoco quiero mentirte ni fingir que estoy segura de todo. Y no es que no quiera seguir conociéndote, seguir descubriéndote. Es solo que necesito entender qué me pasa antes de poder darte algo que no esté lleno de dudas y de miedo.

El mensaje se corta.

Y el mundo, de repente, parece demasiado grande. Demasiado vacío.

Bajo el teléfono despacio. No me doy cuenta de que estoy completamente quieta en medio del pasillo hasta que alguien pasa a mi lado y me roza el hombro. Parpadeo varias veces, intentando volver al presente. Intento ordenar mis pensamientos. Pero algo en mi pecho se ha encogido de forma dolorosa.

—Maia, vienes con nosotras ¿o qué?