36
Irune
—Pero, ¿qué haces aquí?
La sorpresa en la voz de Leire es tan genuina que por un segundo me quedo quieta en el rellano, con la mano todavía apoyada en el marco de la puerta, como si cruzar ese umbral implicara aceptar que voy de cagada en cagada.
Sus ojos abiertos de par en par me escrutan de una forma que podría hacer reír a cualquiera, aunque en este momento, no creo que nada logre que yo lo consiga.
—Dime que puedo quedarme unos días —le suplico, aferrándome a la maleta que llevo a mi lado.
Leire baja la mirada y la observa, dándose cuenta de que es demasiado grande para alguien que solo pasa por aquí. Después vuelve a mirarme a la cara, y en su expresión ya no hay solo sorpresa; se dibuja un halo de preocupación que no puede ocultar por mucho que quiera.
—Claro que sí, entra —responde, y después se aparta sin añadir nada más.
Cruzo el umbral mientras dejo escapar todo el aire de mis pulmones. El piso de Leire huele a café recién hecho y al dulce de la vela de vainilla que siempre tiene encendida en la estantería junto a la ventana.
Me quito la chaqueta, dejo la maleta apoyada contra la pared y la sigo hasta el salón.
—Voy a preparar algo para picar —me dice, y tarda poco en perderse en la cocina.
· · ·
Minutos después, ya estoy sentada en el sofá, con una cerveza fría entre las manos. Leire ha colocado en la mesa de centro un pequeño plato con queso curado, aceitunas y esas galletas saladas que siempre le cuesta un mundo conseguir.
El plato es sencillo, pero suficiente.
Mi hermana se deja caer a mi lado, girando el cuerpo hacia mí, y se recoge una pierna bajo la otra. Me observa en silencio durante unos segundos, como si estuviera calibrando el momento exacto para empezar a hablar.
—¿Qué ha pasado? —pregunta, con esa franqueza que la caracteriza—. Porque hasta hace nada me dijiste que no ibas a poder volver en un tiempo.
Doy un sorbo largo a la cerveza, y dejo que el amargor me recorra la lengua. Gano unos segundos preciosos mientras el líquido frío baja por mi garganta.
—La aerolínea me debía unos días —respondo, titubeando un poco—. Así que he decidido darme un tiempo para mí. Y en eso entraba venir a verte, claro.
Leire entrecierra los ojos de inmediato. No hace falta que diga nada para saber que no se lo cree. Y por eso, no tarda en señalarme con su cerveza.
—Pero no te has pillado esos días porque necesitaras descansar, ¿verdad? —insiste sin rodeos—. Venga, suéltalo. Dime qué te ha pasado de verdad.
Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá y cierro los ojos un instante.
A ver cómo le explico que no he salido huyendo para sabotear el inicio de una relación preciosa.
La luz tenue del salón se filtra a través de mis párpados y me da la sensación de estar en una especie de limbo del que no sé muy bien cómo escapar; a medio camino entre decir la verdad y seguir escondiéndome detrás de excusas cómodas.
Cojo una aceituna del plato y la mastico despacio, como si ese gesto sencillo pudiera ordenar el caos de mis pensamientos.
—Digamos que necesitaba estar lejos de algo unos días —contesto en cuanto trago.
Leire no ha apartado la mirada ni un segundo.
—¿De algo… o de alguien? —me insiste, aunque estoy segura de que ya intuye la respuesta.
No puedo evitar que una sonrisa breve y cansada asome a mis labios.
—Siempre supe que no estaba hecha para las relaciones —confieso, como si esa frase pudiera resumir el enjambre de emociones que me vibra por dentro.
Leire suelta una pequeña risa, sin burlarse en absoluto.
—Eso… —empieza, mirándome fijamente—, …o es que te da miedo acabar como nuestros padres. ¿Verdad?
—¿A ti no te pasa lo mismo?
Leire deja la cerveza en la mesa, y luego se gira completamente hacia mí y, sin decir nada, busca mis manos. Sus dedos son cálidos, un ancla en medio de la tormenta que ahora mismo es mi vida.
—Claro que me ha pasado —admite al cabo de unos segundos—. Y lo malo es que he saboteado relaciones que eran realmente maravillosas solo por mis miedos. He huido cuando las cosas se ponían serias, he puesto excusas absurdas… todo por no enfrentarme a lo que podía salir mal.
Parpadeo, sorprendida. No esperaba esa respuesta tan sincera y directa.
Ella asiente, como si llevara tiempo esperando poder confesarlo ante mí.
—Pues sí, querida hermana —bromea—. Y ahora, después de algunos meses yendo al psicólogo y encontrar otra perspectiva… me he dado cuenta de que me arrepiento de muchas de esas decisiones —confiesa, y aprieta mis manos.
La miro fijamente, intentando procesar sus palabras.
—¿Vas al psicólogo? —. No recuerdo que me lo hubiera mencionado nunca.
Leire esboza una sonrisa.
—Desde hace un tiempo —responde—. No te lo dije porque… bueno, ya sabes cómo somos con estas cosas. Nos enseñaron a arreglárnoslas solas, a no mostrar esas pequeñas grietas que se han abierto en nuestro corazón.
Asiento despacio. Demasiado despacio. Sí, lo sé perfectamente. Nos educaron para ser fuertes, independientes, para no pedir ayuda, aunque nos estuviéramos desmoronando.
—Y, para serte sincera —continúa, mirándome a los ojos—, no recuerdo que alguna vez me hayas hablado de alguien que de verdad se haya colado en tu corazón. Tú siempre has tenido esa suerte, o eso parecía. Nunca te has enamorado hasta las trancas.
—Al menos hasta ahora —confieso. Las palabras salen de mis labios en lo que a mí me parece un susurro, pero resuenan con una claridad que me deja sin aire.
Leire se queda quieta, procesando lo que acaba de oír.
—Y supongo que estamos hablando de Maia, ¿no? —quiere saber.
Asiento. Y, sin darme cuenta, una sonrisa pequeña aparece en mis labios.
—La otra noche volamos a Ámsterdam, y allí le pedí un poco de tiempo —empiezo, bajando la mirada hacia nuestras manos entrelazadas—.
Le dije que no fuéramos tan rápido, que necesitaba ver cómo fluían las cosas…
pero mi primer deseo en cuanto regresamos a Nueva York fue el de alejarme de todo. De ella, y de lo que siento.
Noto el peso de mis propias palabras mientras las pronuncio. La contradicción. El impulso absurdo. El miedo que me ha empujado a subirme a un avión sin mirar atrás.
—¿Y no le has dicho nada? —pregunta Leire.
Levanto la mirada. Sé que mi expresión lo dice todo antes de que yo abra la boca.
Niego con la cabeza.
—Madre mía… —murmura, llevándose una mano a la frente—. Solo a ti se te ocurre hacer algo así. Desaparecer sin una explicación después de haberle pedido tiempo. Debe de estar hecha un lío.
—Seguro que sí…
—Pues ya estás tardando en enviarle un mensaje o algo —añade, volviendo a mirarme con más intensidad—. Al menos para que no se quede más preocupada de lo que ya debe de estar.
Suelto el aire de golpe, apoyo los codos en las rodillas y me llevo las manos a la cara, frotándome los ojos con cansancio.
—Por estas cosas es que no estoy hecha para las relaciones —me quejo, con un deje de frustración que no consigo ocultar—. Siempre acabo liándola. ¿Qué clase de persona hace lo que yo he hecho?
Leire me da un apretón suave en el hombro.
—Mucha gente, créeme —sonríe—. Lo que tienes que hacer, es dejar de analizarlo todo tanto y permitirte sentir sin tener que controlar las cosas. Maia te importa de verdad, se te nota en la cara cuando hablas de ella. ¿Por qué no intentas ser más honesta con lo que sientes?
Me quedo quieta, dejando que sus palabras floten entre nosotras. Encajan en un lugar que no sabía que estaba vacío. Levanto la cabeza y la miro. Leire me sonríe con ternura y niega con la cabeza.
—Mira, yo he pasado por eso. He perdido a gente importante por miedo a que me hicieran daño.
Y ahora sé que el mayor daño me lo hacía yo misma al no intentarlo.
Tú no eres como nuestros padres, aunque a veces lo creas.
Eres capaz de querer y de que te quieran.
Solo tienes que permitirte intentarlo de verdad.
Por primera vez en mucho tiempo, me permito considerar que quizás el problema no sea que no esté hecha para las relaciones. Sino que nunca me he permitido intentarlo sin poner barreras de antemano.
—Tal vez tengas razón —admito—. Pero es que todo esto me aterra. Con Maia siento cosas que no había experimentado nunca. Cuando estoy con ella es como si el mundo se volviera más nítido y al mismo tiempo más peligroso. Y no quiero tener que depender de ese amor para luego quedarme destrozada.
Leire aprieta mis manos con más fuerza.
—Pero eso te hace humana, hermanita —responde Leire—.Y si Maia es la persona que creo que es por todo lo que me has contado, no va a salir corriendo porque le digas el motivo por el que te sientes así. Al contrario, probablemente lo entienda mejor de lo que crees.
Me quedo callada un momento. El nudo que llevo en el pecho desde que salí de Nueva York parece aflojarse un poco, aunque no llega a desaparecer.
—¿Y qué le digo? ¿Que me he ido a Londres porque me entró el pánico?
Leire suelta una carcajada.
—Pues dile exactamente eso, pero con tus palabras. Sé honesta. Dile que necesitabas espacio para pensar, que estás asustada, pero que no has dejado de pensar en ella ni un solo segundo. La verdad siempre es mejor que lo contrario.
Asiento lentamente, sintiendo cómo la idea cobra fuerza dentro de mí. Por primera vez desde que me subí a ese avión, la culpa y el arrepentimiento empiezan a pesar más que el miedo.
—Tienes razón —murmuro—. No puedo seguir huyendo.
Leire me mira con una mezcla de cariño y orgullo.
—Entonces hazlo. No tienes que resolverlo todo de una vez, pero al menos dale una señal de que sigues aquí, aunque estés a miles de kilómetros.
Me recuesto un poco en el sofá, todavía sosteniendo su mano, y dejo escapar un suspiro largo. Consciente de que perder a Maia, no es precisamente lo que quiero.