Mapas en la piel 35
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Maia

La habitación del hotel está envuelta en una penumbra íntima y cálida, iluminada solo por la luz dorada de una lámpara de pie que hemos dejado encendida en la esquina.

Estoy tumbada de lado junto a Irune sobre su cama, con las sábanas blancas ya revueltas y arrugadas bajo el peso de nuestros cuerpos.

Mi boca recorre lentamente la curva de su cuello, saboreando la piel cálida y suave que se estremece con cada roce de mis labios y el roce ligero de mis dientes.

Ella está de espaldas, y mis dedos se deslizan con deliberada lentitud por debajo de su camiseta, rozando primero la piel tersa de su vientre.

Cuando abro completamente la palma sobre su estómago, siento cómo sus músculos se contraen bajo mi tacto, y cómo su respiración se entrecorta.

—Maia… —murmura

No digo nada. En cambio, me inclino sobre ella y capturo su boca en un beso profundo y lento.

Su lengua se encuentra con la mía en una danza húmeda, urgente y familiar.

Sabe a la menta fresca del mojito que tomó antes.

Mis dedos continúan su ascenso bajo la tela, rozando la parte inferior de sus pechos.

Cuando mi pulgar acaricia uno de sus pezones ya endurecidos, Irune arquea la espalda con un movimiento instintivo y deja escapar un gemido contra mis labios, un sonido que se clava directamente entre mis piernas.

Me separo apenas unos centímetros para observarla.

Sus ojos están entrecerrados, brillantes de deseo, y sus labios hinchados y entreabiertos dejan escapar el aliento.

La imagen me roba el aliento. Sin apartar la mirada de la suya, termino de subirle la camiseta con ambas manos.

Ella levanta los brazos para facilitármelo.

En cuanto la prenda desaparece, me inclino de nuevo y beso la curva delicada de su clavícula, bajando después con besos abiertos y húmedos hasta uno de sus pechos.

Tomo el pezón entre mis labios, lo succiono con suavidad y luego lo rozo con la lengua en círculos lentos.

Irune enreda una mano en mi pelo, tirando de él, y ese pequeño gesto de necesidad me enciende por dentro como una chispa.

Mi otra mano desciende por su costado, acariciando cada curva, hasta llegar a la cintura de sus pantalones.

Se lo quito mientras beso el valle entre sus pechos y sigo bajando por su abdomen, trazando un camino húmedo con la lengua alrededor de su ombligo, sintiendo cómo su piel se eriza bajo mi boca.

—Quiero sentirte —susurro contra su piel caliente—. Sin prisa y sin reservas.

Irune se incorpora ligeramente sobre los codos.

—Entonces no pares —responde, quebrada por la excitación.

Me arrodillo entre sus piernas abiertas y tiro de sus pantalones y su ropa interior hacia abajo con un solo movimiento.

Irune levanta las caderas para ayudarme.

Cuando queda completamente desnuda ante mí, me tomo unos largos segundos para contemplarla.

Es tan hermosa que hasta me duele mirarla.

Sus pechos suben y bajan con su respiración agitada, y no puedo dejar de mirar sus pezones oscuros y erectos, la curva de sus caderas, la línea delicada de sus músculos y ese sexo ya brillante, hinchado y mojado de excitación.

Me deshago rápidamente de mi propia ropa, sintiendo su mirada recorrer mi cuerpo desnudo. Cuando vuelvo a ella la beso con pasión, con más necesidad. Nuestras caderas se mueven instintivamente, buscando fricción. Siento su calor húmedo contra mi muslo y gimo, casi sin darme cuenta.

Pero esta noche no quiero que sea solo eso. Quiero verla deshacerse completamente, de todas las formas posibles.

Me separo un momento y me levanto de la cama. Irune me sigue con la mirada, con los ojos brillantes mientras camino desnuda hasta mi maleta abierta en el suelo para buscar el vibrador.

Cuando regreso a la cama y me arrodillo entre sus piernas, Irune se muerde el labio inferior con fuerza. Sus pupilas ya están dilatadas.

Enciendo el vibrador y lo apoyo sobre su clítoris ya hinchado y resbaladizo. Irune da un respingo y suelta un gemido largo y profundo cuando la succión pulsante comienza a trabajar.

—Oh, joder… Maia…

Mientras el juguete succiona y vibra rítmicamente contra ella, me inclino y beso sus pechos con devoción, mordiendo suavemente sus pezones.

Introduzco dos dedos en su interior, moviéndolos lentamente al compás de las pulsaciones del succionador.

Sus caderas se mueven de forma involuntaria, buscando más presión, más profundidad.

Sus gemidos se vuelven más altos, más desesperados, llenando el espacio entre nosotras.

Cuando noto que está peligrosamente cerca del orgasmo, aparto el succionador y continúo dándole placer con mis dedos. Irune gime mi nombre mientras sus manos se aferran con fuerza a las sábanas.

Comienzo a moverme con embestidas profundas y constantes. Al mismo tiempo, vuelvo a colocar el succionador sobre su clítoris. Y la combinación es absolutamente devastadora. Sus gemidos se convierten en gritos. Sus muslos tiemblan violentamente y sus abdominales se contraen con cada penetración.

—Maia… voy a correrme… no pares, por favor… ¡no pares!

Acelero el ritmo, penetrándola con fuerza y precisión mientras el succionador sigue trabajando sin piedad sobre su clítoris hinchado.

Cuando el orgasmo la golpea, Irune arquea la espalda con tanta fuerza que casi se levanta de la cama.

Su cuerpo se convulsiona violentamente. No retiro el juguete hasta que su orgasmo empieza a descender, prolongando su placer todo lo posible.

Solo entonces lo aparto con cuidado. Subo por su cuerpo y la beso profundamente. Irune está sonrojada, con el pelo revuelto y la respiración entrecortada. Pero sus ojos todavía arden con fuego.

Le sonrío y la obligo a deslizarse un poco sobre la cama, hasta que puedo colocarme a horcajadas sobre su cara y después, bajo mi sexo empapado hasta su boca ansiosa. Irune mueve la lengua y comienza a lamerme con hambre.

Con el paso de los segundos, mis caderas se mueven contra su boca en movimientos cada vez más erráticos. Irune me sujeta firmemente por los muslos, hundiendo la lengua más profundamente, succionando mi clítoris. El placer se acumula rápido y brutal.

—Irune… estoy cerca… Dios…

Ella responde apretando más sus manos en mis caderas y lamiendo con más urgencia.

El orgasmo me golpea con fuerza poco después.

Me derrumbo hacia adelante, temblando violentamente mientras el placer me recorre en oleadas intensas e interminables.

Irune sigue lamiéndome suavemente, alargando mi orgasmo hasta que ya no puedo más.

Me dejo caer a su lado, jadeando, con el cuerpo cubierto de sudor. Nuestros cuerpos están calientes, y sudorosos. Durante unos segundos largos solo se escucha nuestra respiración agitada. Irune me atrae hacia ella y me besa con ternura, acariciando mi espalda con movimientos lentos.

Pero tengo la sensación de que ninguna de las dos está satisfecha. Y después de un rato recuperando el aliento, Irune se incorpora y me mira con una sonrisa peligrosa y seductora.

Me coloca de espaldas y se sitúa entre mis piernas abiertas. Primero besa el interior de mis muslos con lentitud, subiendo poco a poco hasta mi sexo. Cuando su boca me toca, gimo su nombre y al segundo, su lengua ya está follándome.

Irune introduce dos dedos en mi interior. El placer crece rápido, casi insoportable. Mis gemidos llenan la habitación. Y cuando el segundo orgasmo me atraviesa, es aún más intenso y largo que el anterior. Grito su nombre mientras todo mi cuerpo se convulsiona violentamente bajo su boca y sus dedos.

Después de eso, nos quedamos entrelazadas durante un largo rato, respirando con dificultad, exhaustas y satisfechas. Mi cabeza descansa sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón que poco a poco se van calmando. Sus dedos trazan patrones suaves y cariñosos sobre mi espalda sudorosa.

Ninguna de las dos dice nada durante un buen rato, hasta que Irune besa mi frente y habla:

—Quédate conmigo esta noche.

No digo nada. Solo aprieto mi cuerpo desnudo más contra el suyo, como si quisiera fundirme con ella, como si pudiera detener el tiempo entre estas cuatro paredes.

Con su piel aún caliente contra la mía, su olor envolviéndome y su respiración calmándose poco a poco bajo mi mejilla…

, siento que nada más importa en el mundo.

Solo nosotras. Solo este momento. Solo este deseo que quema con la fuerza de quien teme que mañana ya no esté.