Mapas en la piel 34
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Irune

La vida se respira de otra manera en esta ciudad, como si cada rincón guardara un secreto que solo se revela a quienes caminan mientras se fijan bien a su alrededor.

A medida que dejamos atrás el bullicio del pub, el sonido de las risas, el golpe de las bolas de billar y las conversaciones superpuestas, siento cómo la calma empieza a abrazar cada una de mis células…

aunque no lo haga del todo. Porque lo cierto es que hay un murmullo constante en mi pecho, una tensión que no desaparece, y que se desplaza conmigo como si fuera una sombra fiel.

Maia avanza a mi lado, en total silencio y sin tomarme de la mano. Agradezco ese espacio, aunque una parte de mí —la que empieza a reconocer sus propias contradicciones— lo nota y lo echa de menos en silencio.

Las calles se estrechan y el mundo se vuelve íntimo.

Las farolas proyectan una luz cálida sobre el empedrado húmedo, y los reflejos en los canales dibujan líneas temblorosas que parecen latir al ritmo del agua.

Alguna bicicleta pasa a lo lejos, con el sonido de sus ruedas rompiendo el silencio.

Y entonces, sin darme cuenta, reduzco el paso.

Porque soy consciente de que no quiero llegar todavía al hotel.

No quiero enfrentar lo que sé que está dentro de mí cuando me quede a solas.

—Sigues enfadada, ¿verdad? —dice Maia de pronto, rompiendo el hilo invisible en el que estaba atrapada.

Cierro los ojos un segundo. Más que nada, porque necesito ordenar lo que siento antes de dejar que las palabras abandonen mis labios.

«¿Por qué no puede dejarlo estar?»

Porque le importa. «Porque Maia no es como yo».

Exhalo despacio, y dejo que el aire frío me limpie por dentro.

Nos detenemos bajo uno de los puentes arqueados que cruzan el canal.

La piedra, ligeramente húmeda, desprende un olor terroso que se mezcla con la brisa del agua.

Me apoyo en la barandilla, fría bajo mis dedos, y miro hacia abajo.

El canal es un espejo oscuro, interrumpido solo por las ondulaciones que provocan las corrientes invisibles.

Y mientras tanto, las luces de las casas se reflejan en la superficie como pequeñas constelaciones rotas por el paso del tiempo.

—No estoy enfadada —le respondo, sin ser capaz de mirarla—. Ya deberías saber cuándo lo estoy de verdad.

Siento su mirada sobre mí, analizando cada gesto, la pausa entre mis palabras, incluso el aire que llena mis pulmones.

—Entonces, ¿qué te pasa? —insiste.

La pregunta queda suspendida entre nosotras.

A lo lejos, un músico callejero empieza a tocar una canción delicada al saxofón.

No reconozco la melodía, pero tiene un tono melancólico que se desliza por el aire y se cuela en mi pecho sin pedir permiso.

Es curioso cómo los momentos importantes siempre parecen tener banda sonora.

Giro la cabeza hacia ella.

La veo iluminada por la luz lateral de una farola. Sus ojos brillan, atentos y abiertos, con una paciencia que me desconcierta más que otra cosa. Porque en este momento, no creo merecer que ella pueda sonreírme.

Y entonces pregunto lo único que realmente importa.

—¿De verdad estás dispuesta a darme tiempo?

La primera respuesta de Maia no llega con palabras, llega con la manera en la que mantiene su mirada.

Después, sonríe con ternura y asiente con una convicción que me golpea de lleno.

—Yo nunca digo las cosas por decir —aclara—. También deberías haberte dado cuenta ya de eso.

Se acerca un paso y de repente, la distancia que hay entre nosotras desaparece de golpe, como si nunca hubiera existido.

Sus dedos se posan en mi barbilla, obligándome a sostener su mirada. Una mirada que no soy capaz de rehuir.

—Me gustas mucho, muchísimo —continúa, con una claridad que no admite ningún tipo de duda—. Y sé que para ti no es tan fácil lanzarte a un mar repleto de posibilidades. Quizá no sepa exactamente por qué te cuesta tanto… pero ahora mismo, eso es lo menos importante para mí.

Sus palabras no son grandilocuentes ni contienen adornos innecesarios. Pero llegan a mí con claridad, con una seguridad que me produce un cosquilleo en el estómago.

Pero ahí es donde empieza el verdadero problema.

Porque yo sí sé exactamente por qué me cuesta tanto.

Porque sé lo que vi crecer en casa y lo que aprendí del amor sin yo quererlo.

Las discusiones interminables, la forma en la que el amor puede transformarse en algo irreconocible cuando se desgasta y, además, lo dañas con tus malditas actitudes.

Y joder, tengo en la cabeza el recuerdo de mi madre llorando, la brutalidad en las palabras de mi padre, a Leire y a mí aferrándonos la una con la otra en mitad de ese maldito caos.

Prometí no repetirlo.

Prometí no depender de nadie.

Prometí mantener mi vida bajo control.

Y ahora…

Ahora estoy aquí, en medio de una ciudad a la que no pertenezco, con una mujer que me mira como si no hubiera nada que temer.

Y no tengo ni idea de qué hacer con eso.

Mis dedos se tensan sobre la barandilla, y siento el frío meterse bajo la piel, anclarme al presente.

—Entonces, bésame —pido, con una honestidad brutal—. Porque es lo único que deseo ahora mismo.

Maia acorta la distancia y sus labios encuentran los míos con una intensidad arrolladora.

Es un beso lleno de intención, de algo que va más allá de la simple atracción.

Sus manos se deslizan hasta mi cintura, firmes, atrayéndome hacia ella como si quisiera borrar cualquier espacio que aún pudiera quedar entre nosotras.

Y yo respondo.

Sin pensar.

Sin analizar las cosas.

Solo dejándome llevar por lo que siento.

El mundo alrededor desaparece. El sonido del agua, la música lejana, el paso ocasional de alguien al otro lado del puente… todo se diluye hasta convertirse en un murmullo irrelevante frente al sabor de sus labios y su respiración mezclándose con la mía.

Al separarnos, apoyo mi frente contra la suya, y cierro los ojos un segundo.

—Esto… —murmuro.

—Vamos —responde ella—. Antes de que acabemos quedándonos aquí toda la noche.

Asiento, aunque una parte de mí no vería problema en ello, la verdad.

Su mano encuentra la mía de forma natural, como si siempre hubiera estado ahí. Y caminamos junto al canal, dejando que la ciudad nos envuelva. Las ventanas iluminadas revelan fragmentos de vidas ajenas, y me pregunto fugazmente, cómo sería tener algo así.

Un lugar fijo.

Una rutina compartida.

Pero la idea me provoca un ligero vértigo.

—Mira —dice Maia de pronto, soltando mi mano para sacar el teléfono.

Se inclina hacia el canal, y busca el encuadre perfecto antes de sonreír.

—¿Te gusta hacer fotos? —pregunto, observándola.

—Me gusta guardar ciertos momentos, sí —responde, sin apartar mirada de la pantalla—. Así no se pierden tan fácilmente.

—Yo creo que algunos momentos están mejor sin guardar —replico, apoyándome de nuevo en la barandilla.

Ella baja el teléfono y me mira con curiosidad.

—¿Por qué piensas eso?

Tardo un segundo en responder.

—Porque si los conviertes en algo tangible… dejan de ser solo tuyos. Se convierten en recuerdos que puedes volver a mirar, y que a veces, también traen consigo dolor.

Maia me observa, procesando lo que acabo de decir. Luego me sonríe, y no puedo evitar perderme en el bonito brillo de sus ojos.

—O quizá —dice con ternura—, se vuelven más reales. No sé… a mí me gusta poder volver a esos momentos cuando la distancia o el tiempo intentan borrarlos.

—¿Y si algún día esos momentos ya no significan lo mismo? —le pregunto—. ¿No te da miedo guardar algo que después pueda hacerte daño?

Maia guarda el teléfono y se acerca un poco más.

—Me da más miedo no tener nada que guardar —confiesa—. Prefiero arriesgarme y que duela, a vivir con el vacío de no haberlo intentado.

Seguimos caminando. Hacemos alguna que otra foto más, esta vez juntas. En una de ellas, me sorprendo sonriendo de verdad. Y debo de reconocer que eso me inquieta un poco.

Porque sé que esto… lo que sea que estamos construyendo… no es sencillo.

Porque sé que Maia está dispuesta a avanzar sin tener dudas.

Y yo… todavía estoy aprendiendo a no retroceder a la primera señal de vértigo.