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Irune
La tripulación hemos venido a un pub de Ámsterdam que Thomas ha insistido en visitar desde que aterrizamos.
Se llama The Black Tulip, un local escondido en una calle adoquinada no demasiado lejos del canal.
Desde fuera no parece gran cosa, apenas una fachada de ladrillo oscuro con un cartel de madera envejecida y una luz cálida que se filtra por las ventanas.
Pero en cuanto cruzas la puerta, el ambiente te deja con un cosquilleo delicioso en el corazón.
El interior está iluminado con lámparas bajas, de tonos ámbar, que crean sombras sobre las mesas de madera.
Hay música de fondo, una melodía que se mezcla con las conversaciones y las risas, y al fondo, una mesa de billar —entre otras tantas— que se ha convertido en el centro de atención de nuestro grupo.
—Es que no te soporto, si cuelas otra me retiro —protesta Javier, apoyado en el taco, mirándome con fingida desesperación.
Levanto la barbilla con una sonrisa ladeada, y siento cómo el ambiente relajado del lugar empieza a calarme en los huesos después de un día tan largo.
—Por eso tendrías que haber hecho equipo conmigo, guapo —le digo, guiñándole un ojo antes de llevarme la botella de cerveza a los labios.
El vidrio está frío contra mi piel, y el sabor me ayuda a mantener la cabeza despejada. Javier niega con la cabeza, claramente divertido a su pesar.
—A veces no te soporto —responde, apartándose para dejarme tirar.
Me acerco a la mesa de billar, me inclino ligeramente sobre ella y apoyo el taco. Las bolas se distribuyen en un juego que ya se ha vuelto más estratégico que casual. Alineo el tiro, calculo la trayectoria, el ángulo y la fuerza exacta que necesito.
Cuando golpeo, la bola blanca avanza con limpieza, choca contra una de las lisas y esta se desliza suavemente hasta desaparecer en una de las troneras laterales.
—Te odio —murmura Javier, llevándose la mano a la cara con dramatismo.
Las risas estallan a nuestro alrededor. Thomas aplaude, Tessa levanta su copa en señal de brindis y Carolina y Maia se inclinan sobre la mesa como si pudieran analizar el siguiente movimiento. El ambiente es distendido, lleno de bromas y comentarios jocosos que rebotan de un lado a otro.
Pero yo ya estoy perdiendo interés.
No por el juego, sino por esa sensación que vuelve a instalarse en mi interior. Una inquietud leve, persistente, que lleva acompañándome todo el día.
Me incorporo, dejo el taco apoyado contra la mesa y alzo una mano en señal de retirada.
—Vuelvo en un rato —digo, sin dar demasiadas explicaciones.
Nadie protesta. Están demasiado metidos en la partida y en las risas.
Camino hacia la barra, esquivando mesas, sillas y cuerpos que se mueven en ese ritmo despreocupado de la noche. El suelo de madera cruje bajo mis pasos y, cuando me siento en uno de los taburetes altos, dejo caer el peso de mi cuerpo con un suspiro.
—¿Qué te pongo? —pregunta el camarero, mientras limpia un vaso con un trapo blanco.
—Un Virgin Mojito, por favor.
Asiente y se pone manos a la obra. Mientras tanto, llevo una mano a mi cuello y presiono suavemente los músculos que noto más tenso, cerrando los ojos un segundo.
El murmullo del pub se convierte en un fondo lejano, y por un momento, disfruto de esta quietud que me rodea.
—¿Cansada? —pregunta una voz a mi izquierda, con un acento inglés marcado que rompe la burbuja en la que me había sumergido.
Giro la cabeza.
Una mujer está de pie a mi lado, con una sonrisa abierta y una mano extendida hacia mí. Su gesto es natural y seguro, como si estuviera acostumbrada a iniciar conversaciones con desconocidos.
—Soy Jennifer.
La observo un segundo antes de corresponder al gesto con educación.
—Encantada, yo soy Irune.
Su mano es cálida y firme, y cuando se sienta en el taburete contiguo, percibo el aroma fresco de su perfume, mezclado con un toque cítrico.
—¿Estás de paso? —pregunta, apoyando un codo sobre la barra.
—Algo así —respondo, y me encojo de hombros—. Estoy en pleno descanso entre escalas.
El camarero deja la bebida frente a mí. El vaso está cubierto de gotas de condensación, las hojas de menta flotan entre el hielo triturado y el aroma me llega de inmediato.
Le doy un sorbo largo.
—Pues eso debe molar mucho —comenta Jennifer, y apoya la barbilla en la mano mientras me observa con curiosidad—. Viajar todo el tiempo, ver lugares distintos cada semana…
Sonrío levemente, aunque la frase me resulta demasiado simplificada.
—Tiene su parte buena, sí.
—¿Y la mala? —insiste con interés.
La pregunta me sorprende.
Me quedo en silencio un segundo, girando el vaso entre mis dedos mientras busco las palabras adecuadas.
—No parar nunca —respondo—. Esa extraña sensación de no tener el control de todo lo que sucede a tu alrededor.
—Ya veo. —Jennifer asiente—. Debe ser más solitario que emocionante.
—También depende del momento —le aclaro.
—¿Ahora te sientes así?
—Digamos que estoy intentando despejar la mente.
—Brindemos por ello.
Choco mi vaso con el suyo y durante unos minutos, hablamos de nuestros trabajos y de algunas tonterías. Como si pudiera ser simplemente yo, sin expectativas, sin preguntas pendientes y sin tener que definir nada.
—Te estaba buscando.
La voz de Maia se desliza a mi espalda de pronto, y al girar la cabeza, la encuentro a apenas un paso de mí. La observo con una media sonrisa y levanto mi copa.
—¿No quieres pegarle otra paliza a Javier? —pregunta con mucho ánimo. Aunque nada más ver mi gesto, ese ánimo se le apaga.
—La verdad es que estoy cansada —respondo, y me llevo el vaso a los labios.
—¿Qué tal? Yo soy Jennifer —interrumpe ella, y después, se gira hacia Maia.
Maia le devuelve el gesto sin vacilar, aunque sus ojos se han oscurecido un poco.
—Encantada, yo soy Maia… la chica de este bombón —responde con naturalidad, incluso apoya una mano sobre mi espalda.
Mi cuerpo se tensa bajo su contacto.
—Ya veo… —Jennifer asiente con elegancia y da un sorbo a su bebida—. Encantada. Tenéis mucha suerte —añade antes de levantarse del taburete y buscar su copa—. Ha sido un placer hablar contigo, Irune.
—Igualmente —respondo con cortesía.
Jennifer me dedica una última sonrisa y se aleja, perdiéndose entre la gente del pub.
Suspiro y me llevo el vaso a los labios una vez más.
Maia se sienta en el taburete que Jennifer ha dejado libre y se acerca a mí. El fuego que ahora mismo veo en sus ojos, no me gusta en absoluto.
—¿Te ha molestado que diga que soy tu chica?
—No me molesta que lo digas —le respondo con sinceridad—. Pero tengo la sensación de que yo no estoy exactamente en ese ritmo.
Maia busca mi mirada.
—Qué necesitas —pide mientras alarga la mano para buscar la mía—. Porque ya sabes que puedo hacer lo que haga falta.
El silencio se extiende unos instantes. La música del pub y las risas lejanas de nuestros compañeros parecen no existir, como si estuviéramos dentro de una burbuja solo nosotras dos.
—Necesito que seamos pacientes —murmuro—. Las dos.
Maia asiente, aunque la tensión no desaparece de su expresión.
—¿Quieres regresar al hotel? —pregunta, echando un vistazo por encima de su hombro hacia la mesa de billar—. Porque me parece a mí que estos tienen cuerda para rato.
Echo un vistazo hacia donde ellos están y me termino toda la copa de golpe.
—Sí, será lo mejor.