Mapas en la piel 32
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Maia

—No deberías preocuparte tanto. Piensa que a lo mejor esto es nuevo para ella y que sí quería hacer la mudanza tranquila —comenta Carolina.

—Yo opino exactamente lo mismo —añade Tessa, y se apoya sobre la encimera de la galley .

Las escucho con atención, pero hay algo dentro de mí que no termina de creérselo —sí, es costumbre sabotearme un poco—. Y no es que esté molesta, es más bien que siento una incomodidad que ha persistido a mi alrededor, como su tuviera una sombra en mi espalda acechándome constantemente.

Las tres estamos en la parte trasera del avión, mientras yo sujeto una bandeja entre las manos. He intentado mantenerme ocupada durante todo el vuelo, pero la verdad es que a veces me cuesta mucho.

—No sé… —respondo, apoyo la bandeja en su lugar y me cruzo de brazos mientras dejo caer el peso sobre una cadera—. Yo no le veo nada de malo. Es más, hasta me habría encantado que mi chica viniera a ayudarme con la mudanza.

Esas dos palabras, «mi chica» se deslizan de mis labios con una naturalidad que me sorprende, y en cuanto las escucho en voz alta, siento las mariposas moverse en mi interior.

No porque haya puesto etiquetas a lo nuestro, sino porque no sé exactamente en qué punto nos encontramos, por mucho que hace nada aclarásemos las cosas.

Carolina me observa e inclina la cabeza, como si estuviera calibrando qué significa cada matiz de mi expresión.

—Pero tienes que recordar que tú no eres Irune —señala poco después—. No sabes cómo funciona su cabeza ni qué la hace sentir segura. Cada persona procesa las cosas a su ritmo.

Asiento y bajo la mirada hacia mis manos. Mis dedos juegan distraídamente con el borde de una servilleta de papel, doblándola y desdoblándola sin darme cuenta.

—Sí… supongo que sí —murmuro.

Tessa rompe ese pequeño vacío con una sonrisa.

—Venga, no te desanimes tan pronto —habla con picardía, quitándole hierro al asunto—. Acabáis de empezar. Seguro que estáis en esa fase en la que no queréis dejar de tocaros. Es normal que haya roces y malentendidos.

Le doy un manotazo en el brazo, más por inercia que por verdadero enfado.

—Cállate —murmuro, aunque no puedo evitar que una pequeña sonrisa tire de la comisura de mis labios—.

No es solo eso. Es que… tengo la sensación de que solo levanta muros a su alrededor.

Y yo me quedo al otro lado, sin saber muy bien cómo cruzarlos.

Ayer, por ejemplo, después de la mudanza, apenas hablamos hasta que nos encontramos en el aeropuerto.

Y debo admitir que me pone nerviosa no saber qué está pensando.

Carolina suspira y se acerca un poco más.

—Dale tiempo, Maia. Irune es de las que necesitan controlar las cosas. Tú misma lo has visto en el trabajo. Es brillante, pero también se exige muchísimo. Que al final te dejara ayudarla debe de ser un paso grande para ella.

—Puede ser —admito, aunque lo cierto es que la inquietud no desaparece—. Pero a veces me pregunto si estoy forzando algo que ella todavía no está preparada para vivir. No quiero ser la persona que la haga sentir incómoda en su propio espacio.

Tessa asiente, pensativa.

—Entiendo esa sensación. Es complicado cuando una de las dos avanza más rápido que la otra. Pero también es bonito ver cómo os miráis mientras estamos aquí arriba.

Vuelvo a mi tarea, aunque en realidad todo está perfectamente colocado. Mantener las manos ocupadas me ayuda a no quedarme demasiado quieta dentro de mi propia cabeza.

Irune está al otro lado del pasillo, revisando uno de los compartimentos superiores. Y en ese preciso instante, como si notara mi mirada sobre ella, gira el rostro.

Nuestros ojos se encuentran.

Y el resto del mundo vuelve a desaparecer.

Es inmediato. Esa sensación conocida que se me instala en el centro del pecho, como si alguien hubiera encendido una chispa justo ahí. Un calor suave y expansivo que desciende despacio y se instala en la boca de mi estómago.

Irune me sonríe. Y después, casi sin que nadie más lo note, me guiña un ojo con discreción.

«Cómo me gustaría poder besarla ahora mismo», pienso, y el simple hecho de formularlo en mi mente hace que un escalofrío me recorra la espalda. Me imagino cruzando el pasillo, sujetándola por la cintura y besándola sin importarme quién nos mire. Pero sé que no puedo. Y eso me jode muchísimo.

Aparto la mirada, obligándome a centrarme de nuevo en lo que tengo delante. No puedo permitirme ese tipo de distracciones en pleno vuelo. Pero eso no evita que sienta el cosquilleo que se mueve dentro de mí.

· · ·

Las horas siguientes transcurren con normalidad. Y más tarde, mientras preparo unos cafés en la galley delantera, Irune aparece a mi lado para reponer los vasos.

—¿Va todo bien? —pregunta, solo para mí.

—Sí, no te preocupes —respondo, aunque mi tono delata que no le estoy diciendo la verdad—. Es solo que… tengo la sensación de que te incomodé apareciendo en tu casa.

Ella asiente y me regala una caricia discreta.

—Siento si estuve un poco distante —murmura—. No fue mi intención.

La miro a los ojos un segundo.

—Pues lo parecías. Y no puedo evitar que me haya dolido, lo admito.

Antes de que pueda responder, un pasajero llama desde su asiento y ella va a atenderlo.

Cuando el avión empieza el descenso, el ambiente regresa a la profesionalidad que cada uno de los miembros de la tripulación tenemos.

Me ajusto el cinturón, apoyo la espalda contra el respaldo y observo por la pequeña ventanilla.

El cielo ya nos anuncia la llegada a Ámsterdam, y las luces de la ciudad empiezan a dibujarse como un mapa brillante bajo nosotros.

Respiro hondo mientras noto cómo el cansancio empieza a notarse en los hombros, en la nuca y en el leve peso que se instala detrás de los ojos.

Tras aterrizar y que el avión se detenga, los pasajeros van saliendo poco a poco.

En mi caso, cumplo con mis tareas. Sonrío a la gente que se marcha, me despido y ayudo a quien lo necesita, y cuando el avión ya está vacío salgo junto al resto de la tripulación, atravesando los pasillos del aeropuerto de Schiphol.

El aire fresco se cuela por el cuello de mi camisa y me hace estremecer ligeramente.

—¿Tenías pensado hacer algo esta noche? —pregunta Carolina, enganchándose a mi brazo libre con naturalidad.

La miro de reojo, intentando ordenar mis pensamientos antes de responder.

—Porque Thomas y Daniel quieren ir a tomar unas copas al pub de un amigo que conocen en la ciudad —añade, y mueve las cejas con entusiasmo.

Irune camina unos metros por delante, junto a Andrew y Javier. Está riéndose de algo que uno de ellos ha dicho. Me quedo anclada en esa imagen durante unos instantes hasta volver a centrarme en Carolina.

—Claro, me encantaría ir —respondo—. Aunque antes me daré una ducha, porque no aguantaré la primera copa si no me refresco un poco. Además, necesito un rato para mí.

Ella se ríe y aprieta un poco más mi brazo.

—A veces no sé de dónde sacas tan poca energía —bromea—. Yo estaría lista para salir ahora mismo. Si quiero encontrar el amor… tengo que esforzarme —añade después, exagerando un puchero dramático.

No puedo evitar reírme.

—Ya te dije que Luca no te convenía —le recuerdo, y entrecierro los ojos—. Está demasiado centrado en el trabajo y en ahorrar para abrir su propio negocio. Aunque te reconozco que tiene el encanto Ferrari.

El simple hecho de mencionar a mi hermano hace que la nostalgia vuelva a instalarse dentro de mí.

—Al menos he conseguido hacerle entrar en razón y se quedará por Milán —añado, dejando que esa pequeña victoria se note en mi tono—. Mi madre está mucho más tranquila.

Carolina me acaricia el brazo con un gesto cálido y afectuoso.

—Seguro que pronto podemos ir a verlos otra vez. Sería bonito pasar unos días las tres juntas.

Asiento con la cabeza.

—Claro que sí. Me encantaría.

Seguimos adelante, arrastrando las maletas por el suelo del aeropuerto. El sonido rítmico de las ruedas acompaña el flujo constante de gente que va y viene, cada uno con su propio destino y su propia historia.

Y entonces, sin previo aviso, ese pensamiento aparece.

No sé de dónde viene exactamente. No hay una razón clara ni un detonante concreto. Simplemente… está ahí.

«¿Estoy haciendo lo correcto?»

Parpadeo, como si pudiera apartarlo de esa manera.

«Estás cumpliendo tus sueños», me repito en silencio.

Es cierto. Estoy viajando, viendo el mundo, viviendo experiencias que hace unos años solo podía imaginar. Estoy rodeada de gente que aprecio, que me hace reír y que forma parte de mi día a día.

«Y también estás con una mujer maravillosa», añado para mis adentros.

Porque Irune lo es. No hay ninguna duda en eso. Su inteligencia, su forma de cuidar los detalles, la manera en que me mira… todo en ella me atrae de una forma que nunca había sentido.

Pero aun así…

Hay algo que no termina de encajar dentro de mí.

No es ella.

Soy yo.

Es esa sensación de estar siempre en tránsito, de no pertenecer del todo a ningún lugar. De construir algo hermoso que, en cualquier momento, puede verse interrumpido por un cambio de ruta, por una nueva escala o por una decisión que no dependa únicamente de nosotras.