30
Irune
Nueva York. Dos días después.
Me detengo un segundo en mitad del salón, con una caja apoyada contra la cadera, y observo el espacio que me rodea con detenimiento.
Todavía huele a la última mano de pintura, a madera sin estrenar, y a un millón de posibilidades que todavía no forman parte de mis pensamientos.
Estas cuatro paredes, son un lugar que aún no tienen ninguna historia, que no ha sido habitado lo suficiente como para impregnarse de vida y recuerdos. Y, sin embargo, va a ser mi casa.
Dejo la caja en el suelo con cuidado y estiro la espalda, sintiendo cómo los músculos protestan por el esfuerzo acumulado desde bien temprano. Me llevo una mano a la nuca y me doy un pequeño masaje, en un intento por aliviar la tensión que lleva acompañándome desde hace unos días.
—¿Vas a seguir contemplando el horizonte neoyorquino como si fueras la protagonista de una película? —la voz de Javier me arranca de mis pensamientos.
Lo miro por encima del hombro y lo fulmino con la mirada.
—Solo estaba pensando en cómo voy a sobrevivir a esta mudanza y al vuelo de esta tarde sin colapsar en el intento—respondo mientras dejo ir un suspiro.
—No vas a morir… —replica él, cargando otra caja—. Solo es una mudanza, no estás cruzando el Everest.
—Tú no sabes lo que es organizar una casa y un equipo de cabina el mismo día —murmuro, y retomo el movimiento con resignación—. Si pudiera, hasta te cambiaba el puesto.
—¿Y convivir con el estrés de tener tantas vidas en tus manos? Tendríamos que apostar a ver si lo soportas —bromea.
Y al final, me hace reír.
El edificio es silencioso y elegante, con esa estética y discreción que caracteriza al Upper East Side.
Cuando llegamos a la entrada del edificio, el equipo de mudanza ya está descargando más cajas de la camioneta, y me quedo mirándolos un rato.
Ahora es cuando me doy cuenta de todo lo que tenía por casa y que debería revisar.
Estoy a punto de acercarme para coordinar el siguiente viaje cuando noto que Javier se queda quieto a mi lado.
—Mira quién viene por ahí —comenta, y señala con la cabeza hacia la acera.
Sigo la dirección de su mirada, y veo a Maia avanzar hacia nosotros con una sonrisa amplia y luminosa, y el pelo suelto moviéndose con la ligera brisa de la mañana.
Lleva ropa cómoda y sencilla, pero mientras se acerca, me doy cuenta de que incluso en esta sencillez, es capaz de destacar entre el reto de la gente.
El corazón me da un vuelco inesperado.
—¿Para qué ha venido? —murmuro, más para mí que para Javier—. Si le dije que no hacía falta que me echara una mano.
Javier deja escapar una risa.
—Supongo que es uno de los privilegios de tener novia. Que pueden ignorarte y aparecer de todas formas para ayudarte con una mudanza. ¿No?
La palabra «novia» se abre paso por cada una de las capas de mi cerebro y siento un pinchazo en el pecho, breve pero intenso, como si de repente, algo se tensara dentro de mí.
—Claro… supongo que sí.
Maia acorta la distancia con rapidez y, antes de que pueda decir nada más, se planta frente a mí. Su mirada se detiene en mi rostro con una intensidad que consigue dejarme sin palabras —casi como siempre—, y durante un segundo el ruido que hay a nuestro alrededor parece desvanecerse.
Se inclina hacia mí y roza mis labios en un beso breve, incluso torpe, porque he aprovechado estos segundos para hacerme con otra de las cajas.
—Espero no haber llegado muy tarde —dice, apartándose lo justo mientras me dedica una de sus sonrisas más bonitas.
—No… estamos en ello —respondo, y reajusto el peso de la caja entre mis brazos.
Ella echa un vistazo al interior de la camioneta, evaluando la cantidad de cosas que quedan por subir.
—¿Hoy no habías quedado con Carolina? —le recuerdo.
Maia se encoge de hombros como si nada.
—Me gustaba más la idea de venir a ayudarte —responde, mirándome directamente a los ojos y después pone los brazos en jarras—.
Así que… ya eres neoyorquina de adopción —añade, mueve las cejas con picardía y después, observa el edificio con una expresión de aprobación—.
La zona es espectacular. Pero bueno… ¿os echo una mano o qué?
Javier —que estaba a mi lado en silencio— alza las cejas, abriendo los ojos con cierta diversión, pero no dice nada al respecto. Se limita a coger otra caja y desaparecer en dirección al portal con una sonrisa disimulada.
«Traidor».
Lo observo alejarse un segundo antes de volver a centrarme en Maia.
—Claro… pero no cojas las que más pesan, de eso se encarga la empresa —le indico.
Ella asiente, sin perder la sonrisa.
—Recibido, jefa —responde, enfatizando con elegancia la última palabra.
Aparece un brillo provocador en su mirada cuando lo dice, y noto cómo algo en mi interior reacciona de inmediato.
Durante los siguientes minutos nos movemos entre la camioneta y el apartamento sin parar.
Subimos cajas, organizamos como podemos los espacios, intentamos dar un mínimo de sentido al caos que va acumulándose en cada rincón…
, y cuando el equipo de mudanza se marcha y el apartamento queda en completo silencio.
Tanto Javier, como Maia y yo, nos dejamos caer en uno de los sofás que están en mitad del salón, todavía sin colocar en su lugar correspondiente.
—Madre mía, voy a acabar muerta cuando arregle todo —me quejo.
Javier estira las piernas con alivio.
—Ya te dije que pidieras unos días libres —comenta—. La aerolínea te los debe desde hace un montón.
Niego con la cabeza, aunque esa vocecilla intentar me advierte de que mi mejor amigo tiene razón.
—Es que no sé por qué no me haces caso nunca —insiste él.
—¿Te sorprende? —interviene Maia, mirándonos a los dos—. Si es una cabezota de cuidado.
Los dos se echan a reír y niegan con la cabeza.
Verlos reírse juntos, de esta forma tan cómoda y esporádica, despierta en mí una punzada de celos irracional que prefiero ocultar de inmediato.
—La última vez que hice eso, tú fuiste el primero en quejarte de que te hicieron los vuelos imposibles. Que el jefe de cabina no tenía idea de nada —respondo, incorporándome con rapidez—. Así que no sé de qué te quejas ahora.
Me levanto antes de que puedan decir nada y voy hacia la cocina, cabreada con su maldita actitud.
Abro uno de los armarios sin saber muy bien qué busco y luego lo cierro de nuevo.
—¿Qué te pasa? —la voz de Javier llega a mi espalda.
No me atrevo a dar la cara durante unos segundos. Cojo una botella de agua y la abro sin mirarle a los ojos.
—Nada —respondo, y doy un trago largo—. Ya sabes que estas cosas me estresan.
Él se acerca un poco más, bajando el tono.
—Irune…
Exhalo despacio, intentando ordenar mis pensamientos.
—Solo quiero terminar cuanto antes para preparar bien el briefing del vuelo —añado, como si eso justificara los sentimientos que se están moviendo dentro de mí.
Javier guarda silencio y me mira, extrañado.
—No pasa nada por pedir ayuda —comenta, robándome la botella para darle un sorbo—. Salirte un poco de tus propias reglas de vez en cuando no te va a matar para variar.
Miro hacia el salón. Maia está sentada en el sofá, con las manos entrelazadas, acariciándose los dedos de forma distraída.
—Sí… supongo que sí —murmuro.
Vuelvo la vista hacia Javier.
—Pero es que quería hacer esto en tranquilidad.
Él frunce el ceño, pero enseguida suaviza la expresión porque me ha entendido sin necesidad de decir más.
—Tranquila, que el mundo no se va a acabar por dejar que ella vea un poco de tu día a día —insiste Javier—. No tienes por qué tomártelo como una amenaza a tu seguridad. ¿De acuerdo?
Trago saliva con dificultad y afirmo con la cabeza, aunque no esté segura de sentirme bien con esto.
Javier regresa al salón y yo me quedo unos segundos más en la cocina, intentando poner en orden lo que hay dentro de mí. Estoy segura de que es el miedo el que habla, miedo a que esto deje de ser algo sencillo y controlable. Miedo a que pueda poner en riesgo mi corazón.
Sacudo la cabeza, como si pudiera apartar esos pensamientos de golpe, y cojo tres cervezas sin alcohol de la nevera para abrirlas mientras voy camino de vuelta al salón.
—¿Nos echamos unas antes de preparar las maletas? —propongo, levantándolas en un intento de relajar el ambiente.
Javier asiente de inmediato.
—Siempre es buen momento para una cerveza.
Maia tarda un segundo más en responder. Su mirada se cruza con la mía y, por un instante, la tensión sexual que hemos estado conteniendo durante toda la mañana se hace evidente.
—Claro —comenta, y esboza una pequeña sonrisa que poco a poco se acentúa más.
Le tiendo una botella y nuestros dedos se rozan. El contacto reactiva mis sentidos bajo la superficie y, de nuevo, ese delicioso calor que siempre nace gracias a ella me sube por el brazo y se instala en mi pecho.
—Por los nuevos comienzos —brindo mientras esbozo una enorme sonrisa.
Javier choca la suya contra la mía con entusiasmo.
—Por los nuevos comienzos.
Maia hace lo mismo, y su mirada permanece fija en la mía durante un buen rato.
—Por los nuevos comienzos —repite ella.
Bebo un buen trago y el líquido frío baja por mi garganta, pero no consigue disipar del todo la sensación que se ha instalado en mi estómago. Ese cosquilleo persistente y la extraña mezcla entre emoción y vértigo.
Porque, aunque todo parece volver a la normalidad, hay algo que ya no encaja en el molde de antes. Lo noto en cada gesto, en cada palabra que no termino de decir, en la forma en que Maia me mira… y en cómo yo intento distraerme con algo más.
Algo está cambiando entre nosotras.
Y esta vez, no sé si voy a ser capaz de controlarlo.