29
Maia
El agua fría me lame la piel mientras avanzo más adentro, pero apenas lo noto.
Todo mi cuerpo está concentrado en ella, en esa presencia que parece magnetizar el aire nocturno de Ciudad del Cabo.
Irune se ha quedado en la orilla, todavía con la ropa interior puesta, mirándome con los labios entreabiertos.
La luz de la luna y las estrellas recorta su silueta sobre la arena pálida, otorgándole un aura casi mística, y siento un tirón violento en el vientre.
—Ven aquí —le ordeno, extendiendo la mano hacia ella.
La veo dudar solo un segundo. Luego, acelerándome el pulso, se quita el sujetador y las bragas, quedándose completamente desnuda bajo el firmamento.
La tela clara cae sobre la arena como un pétalo y ella camina hacia el mar.
El agua fría sube por sus espinillas, por sus rodillas, por sus muslos, y cuando el frío alcanza su sexo, la veo contener la respiración con fuerza.
Yo sonrío con un hambre que me quema las entrañas.
—Estás temblando —murmuro cuando por fin acorta la distancia, acercándose hasta que nuestros pechos se rozan apenas por encima de la superficie.
—Tú también —responde ella, pero sus ojos no reflejan ese frío. Me devoran con una intensidad que me deja sin aire—. Nunca pensé que estuvieras tan loca.
La atraigo hacia mí. Nuestros cuerpos desnudos se aplastan el uno contra el otro; el contraste entre el agua helada y el calor radiante de su piel es brutal, una colisión de temperaturas que me dispara la adrenalina.
Siento sus pezones endurecidos por la excitación y el frío rozar los míos con cada pequeña ola que nos mece.
Deslizo las manos por su cintura, bajando con posesión hasta su culo, apretándole las nalgas con una fuerza que la hace jadear mientras pego su sexo contra el mío.
—Maia… —gime mi nombre contra mis labios, con exigencia. Volviéndome loca.
La beso con una ferocidad hambrienta, invadiendo su boca con la lengua mientras mis manos exploran su cuerpo sin piedad.
El agua nos rodea, pero en mi mente solo existe el deseo de poseerla.
Deslizo una mano entre sus piernas y acaricio sus labios hinchados, separándolos con los dedos bajo la superficie salada.
Está empapada, y no es solo por el mar. Su calor natural resbala entre mis yemas a pesar de la temperatura del océano.
—Joder, Irune… estás… empapada —gruño contra su boca.
Ella jadea, abriendo más las piernas bajo el agua para ofrecerme un acceso total.
Sin preámbulos, busco su interior, sintiendo cómo sus paredes calientes y resbaladizas se contraen violentamente alrededor de mis dedos.
Irune echa la cabeza hacia atrás con un gemido ronco, clavando las uñas en mis hombros con fuerza.
Empiezo a follarla con los dedos, entrando y saliendo con un ritmo profundo.
Su mano baja con desesperación hasta mi coño, buscando su propio alivio.
Sus dedos me encuentran igual de mojada, igual de impaciente.
No duda. Empieza a frotar mi clítoris con movimientos rápidos y circulares mientras yo sigo penetrándola con fuerza, haciendo que el agua salpique entre nuestros torsos con cada embestida.
—Más fuerte —pide ella con la voz rota, moviendo las caderas contra mi mano con una lujuria desatada—. Fóllame más fuerte, Maia.
Aumento el ritmo de inmediato, metiendo los dedos hasta el fondo, ignorando la resistencia del agua y centrándome únicamente en la fricción de su carne contra la mía.
Mi pulgar presiona su clítoris sin descanso.
Irune gime sin control, y sus pechos suben y bajan con violencia, rozando mi piel con cada movimiento, y siento cómo su excitación alcanza un punto de no retorno.
De repente, saco los dedos de su interior, provocándole un quejido de protesta que ahogo con un beso breve.
Antes de que pueda decir nada, la giro entre mis brazos y la pego contra mí, dejando su espalda contra mi pecho.
Con una mano le sujeto firmemente la cadera y con la otra vuelvo a penetrarla desde atrás.
El ángulo es perfecto. La follo mientras mi otra mano baja hasta su clítoris para frotarlo.
—Así… —gruño en su oído, mordiéndole el lóbulo con ganas—. Quiero sentir cómo te estremeces mientras te follo en mitad del mar.
Ella jadea con fuerza, y su mano busca mi coño por detrás, y empieza a masturbarme con la misma intensidad desesperada. Siento sus dedos hundidos en mí, moviéndose con urgencia. El placer sube rápido, casi violento, una ola que amenaza con engullirnos a las dos.
—Maia… me voy a correr… —avisa entre gemidos, arqueándose contra mi mano.
—Hazlo —le exijo, aumentando la presión.
Su cuerpo se tensa de golpe, como si una descarga la atravesara.
Un gemido largo y profundo escapa de su garganta mientras el orgasmo la desgarra.
Siento cómo su coño se contrae en espasmos rítmicos, calientes y potentes alrededor de mis dedos, apretándome con una fuerza asombrosa. Haciéndome llegar al orgasmo también.
La giro de nuevo, y la beso mientras la empujo ligeramente hacia atrás hasta que el agua nos llega por la cintura.
Me arrodillo en el fondo arenoso, ignorando el frío que cala mis huesos, y le abro las piernas.
Sin previo aviso, entierro la cara entre sus muslos y paso la lengua por su coño hinchado, sensible y empapado de mar.
Irune suelta un grito que se eleva hacia las estrellas, agarrándome del pelo con una desesperación absoluta.
—Joder… Maia… Eres insaciable —gime, moviendo las caderas contra mi boca
La devoro sin piedad. Chupo su clítoris, y lo succiono entre mis labios.
La como con un hambre voraz, saboreando su esencia mezclada con el salitre.
Sus gemidos se vuelven cada vez más altos, más desprotegidos.
Siento cómo sus muslos tiemblan alrededor de mi cabeza y cómo su coño palpita contra mi lengua en una invitación al desastre.
Cuando noto que está a punto de estallar otra vez, sonrío, me detengo un segundo y vuelvo a continuar.
El placer crece como una marea imparable, inundando cada rincón de mi conciencia y por eso, empiezo a tocarme antes de que ella estalle en otro orgasmo.
El placer explota simultáneamente en las dos. Nos corremos y cuando noto que deja de temblar, me levanto para quedar a su altura y abrazarla con fuerza.
Nos quedamos así un largo rato. El mar sigue meciéndonos con una suavidad irónica, lavando el sudor y el rastro del orgasmo en cuerpos todavía trémulos. Mis manos, incapaces de soltarla, recorren su espalda y sus nalgas con un sentimiento de posesión absoluto.
Acaricio su piel húmeda con lentitud, sintiendo cómo mi respiración se acompasa poco a poco con la suya.
Irune apoya la frente contra la mía, con los ojos cerrados y el cuerpo entregado.
Siento su corazón latiendo desbocado contra mi pecho, una percusión salvaje que mi propio corazón imita con devoción.
—Esto no era exactamente lo que tenía planeado para esta noche —murmura, con una sonrisa que destila satisfacción.
—Ni yo —admito, depositando un beso tierno en sus labios todavía hinchados—. Pero ha sido infinitamente mejor.
Nos besamos de nuevo. El frío del mar empieza a filtrarse en nuestros huesos, pero ninguna tiene la menor intención de romper este hechizo.
Estamos perdidas en esta burbuja de calor y necesidad que hemos erigido en medio del océano infinito.
Mis dedos vuelven a deslizarse entre sus piernas con una suavidad casi devota, acariciando su sexo todavía sensible, y ella suelta un suspiro largo contra mi boca.
Irune levanta la mano con lentitud y me aparta un mechón de pelo mojado que se me había pegado a la mejilla. Lo hace con una ternura que me deja sin aliento, que atraviesa mis defensas por completo.
—Eres peligrosa, Maia Ferrari —susurra.
Sonrío contra sus labios, sintiendo el peso de la noche.
—Y tú eres la adicción de la que no tengo la menor intención de rehabilitarme, Irune.