Mapas en la piel 28
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Irune

La arena cede bajo mis pies, como si el mundo entero se hubiera vuelto más blando y complaciente, dispuesto a sostener mi cuerpo y mis pensamientos sin pedirme nada a cambio.

Después de la cena, Maia y yo llevamos un rato caminando sin rumbo fijo, dejando que el paseo nos guíe y que el sonido del mar siga el ritmo de nuestros pasos.

Ahora, en Camps Bay, nuestro alrededor parece suspendido en un equilibrio perfecto entre lo real y lo irreal, un instante robado al tiempo que, estoy segura, no voy a poder olvidar.

Las luces de los restaurantes lejanos trazan un contorno cálido y dorado sobre la costa, mientras el resto de la ciudad se alza como si más allá, la vida fuese un mundo paralelo.

El cielo es un manto profundo de terciopelo negro, salpicado de estrellas que se encienden y apagan de una manera que nunca había visto.

Frente a mí, el mar se extiende inmenso, negro y brillante, un horizonte que refleja fragmentos de luz que se quiebran con cada ola que rompe en calma contra la orilla.

Con los zapatos en mi mano avanzo un paso más, y otro, hasta que el frío húmedo se cuela entre mis dedos. Hundo los pies despacio, y permito que la textura granulada me envuelva y me ancle al presente.

Cierro los ojos.

La brisa marina me acaricia el rostro con delicadeza, enredándose en mi pelo y contrastando con el rumor constante y profundo del océano. Ese sonido no se queda en el exterior: me atraviesa, se instala en mi pecho y late con fuerza, como si formara parte de mí.

Late.

Igual que mi propio corazón.

Durante un instante fugaz, tengo la sensación de que ambos ritmos se sincronizan, de que ese vaivén infinito del agua guarda alguna relación secreta con lo que bulle dentro de mí. Es algo que no termino de comprender del todo, pero que está ahí, presente, insistente, reclamando mi atención.

El mar es profundo. Inevitable.

Y, sobre todo, impredecible.

—¿En qué piensas? —pregunta Maia, sin llegar a romper la magia del momento.

Abro los ojos despacio y giro la cabeza hacia ella. Está a mi lado, observándome. La luz de la noche resbala sobre su piel, perfilando sus facciones con una delicadeza que me obliga a contener la respiración.

Suelto el aire poco a poco, y después, le sonrío.

—En que es raro estar aquí… —respondo, sin apartar la vista del horizonte—. Tan tranquila. Sin que mi mente esté ya dando vueltas a lo que vendrá en unas horas.

Ella esboza una sonrisa, y noto cómo su mano busca la mía con naturalidad. Nuestros dedos se entrelazan, como si ese gesto se hubiera convertido en algo esencial, casi necesario para las dos.

—No puedes tener la cabeza siempre en el trabajo, señorita —bromea, llevándose mi mano a sus labios.

Después, la aprieta y, antes de que pueda reaccionar, se coloca delante de mí, obligándome a mirarla de frente. La cercanía repentina hace que el aire entre nosotras se cargue de esa chispa constante que siempre nos rodea.

—¿Desde cuándo no te dejas llevar de verdad?

La observo en silencio durante unos segundos. Me llevo el índice a los labios, pensativa, y luego lo dejo caer con un gesto casi distraído.

—¿Quieres que sea sincera o te miento para quedar bien? —bromeo, encogiéndome de hombros.

Maia arquea una ceja, claramente divertida, aunque el brillo en sus ojos la delata.

—Depende de lo que quieras que crea —responde con astucia.

No puedo evitar sonreír.

—En realidad… sí me dejo llevar —admito—. Aunque quizá no de la mejor manera posible. A veces siento que me entrego a lo que no debería, o que lo hago a medias. Y está claro que es porque tengo miedo de soltar las riendas.

Maia asiente. No necesita que le dé más detalles; sabe perfectamente a qué me refiero.

—Tenías que conocerme a mí.

Levanto la vista de golpe y me encuentro con su expresión provocadora.

—Qué ego el tuyo, Maia Ferrari… —murmuro, acercándome un poco más a ella.

La distancia entre nuestros cuerpos se reduce hasta casi desaparecer. Puedo sentir el calor que emana de su piel, el leve aroma de su perfume mezclado con el salitre del aire y esa fragancia única que solo tiene ella.

Me inclino lo justo para rozar sus labios con los míos, suficiente para que una corriente eléctrica me recorra de arriba abajo y me deje el pulso acelerado.

—Pero tienes razón… —añado, todavía muy cerca de su boca, sintiendo su aliento cálido contra mis labios—. Y Javier también la tenía.

Ella entrecierra los ojos.

—Espero que tenga una buena opinión de mí —comenta, y por primera vez detecto un matiz de inseguridad en su voz—. A pesar de que nos hemos visto todos juntos, tampoco es que hayamos coincidido mucho fuera del trabajo.

Niego con la cabeza.

—Suele pasar. Las jerarquías a veces se hacen más notables en según qué entornos —respondo—. Pero ya lo viste en casa de Andrew… y en los vuelos. Es un sol, de verdad. Y el hecho de que consigas hacerme sonreír así… ya te hace ganar muchos puntos con él.

La comisura de sus labios se eleva en una sonrisa juguetona.

—Así que… hago sonreír a mi superior —pronuncia esa última palabra con un tono deliberadamente lento y provocador que hace que algo se tense en la boca de mi estómago.

—No me llames así —susurro, casi sin aliento.

—¿Por qué no? —insiste Maia, inclinándose hacia mí. Estamos tan cerca que apenas noto el aire que nos separa. Su mirada baja un instante a mis labios antes de volver a mis ojos.

Siento el impulso recorrerme el cuerpo, directo, sin filtros, cargado de una necesidad que crece por momentos.

—Porque el hotel está a un buen trecho de aquí… —respondo—, y solo vas a conseguir que me entren unas ganas terribles de besarte hasta que se me olvide dónde estamos.

Sus ojos brillan. Hay fuego en ellos, y también un desafío que me acelera la respiración.

—No tenemos por qué volver al hotel —propone con total naturalidad.

—¿Ah, no?

Maia se encoge de hombros y, sin apartar la mirada de la mía, lleva las manos al cierre de su vestido.

La tela se desliza por su cuerpo con una lentitud deliberadamente provocadora, y cae sobre la arena junto a sus zapatos.

La brisa nocturna acaricia su piel desnuda, pero ella ni siquiera se inmuta.

—¿Estás loca? Nos vamos a helar.

Maia sigue caminando hacia el agua, deja que la arena se hunda bajo sus pies y que la espuma blanca le roce los tobillos.

Entonces gira el rostro hacia mí por encima del hombro, y la sonrisa que me pone a mil.

—Me puedes calentar tú —responde después.

Trago saliva con dificultad. El corazón me late tan fuerte que estoy segura de que ella puede oírlo incluso por encima del rumor de las olas.

La veo avanzar sin dudar, adentrándose poco a poco en el mar. El agua sube por sus piernas, roza sus caderas, y aun así no se detiene. Su silueta se recorta contra la oscuridad del océano como una visión que no parece del todo real.

—Qué mujer… —murmuro para mí misma, y siento cómo la brisa golpea con más fuerza, colándose bajo mi ropa y erizándome la piel.

Pero no es solo el frío lo que siento. Es la forma en que ella se mueve, la absoluta entrega al momento, la manera en que parece desafiarme sin palabras a seguirla, a cruzar esa línea invisible que aún nos separa.

Me quito la ropa con rapidez, dejándola caer sobre la arena sin cuidado, quedándome solo con la ropa interior. El aire frío me envuelve, pero apenas lo registro. Solo tengo ojos para ella, para el punto exacto donde ha emergido de nuevo.

El frío me golpea con intensidad en cuanto el mar alcanza mis tobillos, subiendo poco a poco por mis piernas. Es cortante, casi doloroso, pero no me detengo.

Cuando Maia sale a la superficie, apartándose el pelo mojado del rostro con ambas manos, sus ojos se detienen en mi cuerpo. Y después, sonríe.

—Ven aquí —dice, extendiendo una mano hacia mí a través del agua.