27
Maia
Ciudad del Cabo.
Me termino de difuminar con la yema de los dedos el maquillaje, y después repaso el brillo en los labios para que quede más uniforme. Esta no es una noche más, por mucho que intente convencerme de lo contrario y la piel se me eriza de vez en cuando al pensarlo.
Me inclino un poco hacia el espejo para perfilar mejor el delineado, y corrijo una pequeña imperfección con el pulgar, antes de apartarme unos centímetros, evaluando el resultado con una sonrisa en los labios.
He elegido un vestido que no suelo ponerme en este tipo de escalas: ligero, confeccionado en un tejido que cae con naturalidad sobre las curvas de mi cuerpo, en un tono oscuro que contrasta elegantemente con mi piel.
Tiene una abertura sutil en la pierna, nada exagerado, pero lo suficiente para que se denoten cada uno de mis movimientos.
Suelto el aire despacio, e intento calmar el pulso que se acelera sin permiso una y otra vez, y dejo el pincel sobre el mármol.
—Tranquila —murmuro para mí misma, como si pudiera ordenar a mi corazón que bajara el ritmo con solo desearlo.
Pero no lo hace. Late con fuerza, insistente, recordándome que desde que llegamos le he dado vueltas a esta idea.
Hace media hora le envié un mensaje a Irune y todavía puedo ver la conversación abierta en la pantalla del móvil, que descansa sobre la cama deshecha de la habitación.
No ha sido una propuesta impulsiva, aunque pudiera parecerlo a simple vista.
Llevo horas, incluso días, pensando en lo que quiero de verdad, en lo que somos y en lo que podríamos llegar a ser si por fin dejamos de escondernos detrás de excusas.
Y, aun así, cuando ella ha aceptado ir a cenar conmigo en vez de quedarnos en el hotel, algo dentro de mí ha dado un vuelco tan fuerte que he tenido que sentarme unos segundos en el borde de la cama.
Me termino de recoger el pelo, y dejo algunos mechones sueltos que enmarcan mi rostro con delicadeza, y me pongo los pendientes para terminar por mirarme en el espejo.
«Va a ser una cena increíble, ya lo verás», me digo.
Cuando salgo de la habitación del hotel, la moqueta gruesa amortigua mis pasos, y durante unos segundos solo escucho el latido insistente en mis oídos. Camino hasta el ascensor y pulso el botón.
No soy la misma que hace unos días. Pero me muero por ver a donde lleva esto.
En cuanto el ascensor se vuelve a abrir, veo a Irune.
Está apoyada contra una de las columnas de piedra, con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón oscuro que estiliza su figura con elegancia, como si intentara aparentar que está tranquila.
Lleva una blusa clara, remangada hasta los codos.
Su pelo cae suelto sobre los hombros con una naturalidad que me parece más que deliciosa.
Pero no es eso lo que me deja sin aliento.
Es su expresión cuando me ve avanzar hacia ella. Hay un segundo exacto en el que sus ojos recorren mi figura con lentitud, desde los pies hasta la sonrisa que llevo en los labios, deteniéndose un instante en la abertura del vestido.
Hasta juraría que se ha relamido los labios con la lengua.
Me acerco despacio, observando cada pequeño detalle de sus movimientos.
—Estás guapísima —le digo.
Estoy a punto de inclinarme para besarla, como si mi cuerpo ya hubiera aprendido el camino hacia ella.
Pero antes de que pueda hacerlo, Irune alza la mano y la posa suavemente en mi cuello, con los dedos extendidos en un contacto cálido y posesivo.
Solo detiene el gesto para atraerme un poco más hacia ella, hasta que la distancia entre nuestros rostros se reduce a un suspiro.
—Tú estás deslumbrante y no sé si me arrepiento un poco de haber aceptado esa cena.
Trago saliva, y durante un instante nos quedamos así, demasiado cerca, sin cruzar del todo la línea. Como si ambas supiéramos que, si lo hacemos, será difícil mantener el control.
—Será mejor que vayamos —murmuro.
Ella asiente, pero sus dedos tardan un segundo más de lo necesario en apartarse de mi cuello.
Salimos del hotel y tomamos un taxi que nos espera en la puerta. El trayecto hasta el V al contrario, respondo al gesto apretándola, uniendo nuestras manos como si necesitara asegurarme de que ella está verdaderamente aquí, y a mi lado.
Al otro lado de la ventanilla, Ciudad del Cabo se desliza como un tapiz difuminado, con las luces cálidas de las farolas y los edificios reflejándose de manera intermitente en el cristal, mientras que en el interior del coche el aire parece haberse vuelto repentinamente eléctrico.
Cuando el taxi se detiene finalmente frente al Waterfront, la vibración del ambiente nos envuelve en cuanto abrimos las puertas.
Hay una melodía lejana y cadenciosa que flota en el aire, fundiéndose con el murmullo animado de la gente que pasea sin prisa.
Las luces de los restaurantes ribereños y de las tiendas boutique crean una atmósfera dorada, casi irreal, que invita inevitablemente a perderse en los recovecos de la noche.
Irune se detiene un segundo al bajar del vehículo y gira sobre sí misma con lentitud, mientras asimila el entorno con unos ojos que brillan.
—Es precioso, Maia —comenta en un susurro, y una sonrisa genuina asoma a sus labios sin que haga el menor intento por ocultarla.
La observo embelesada mientras habla, incapaz de apartar los ojos de su rostro.
—Me alegra muchísimo que te guste —respondo, y acorto la distancia entre ambas—. Aunque más preciosa eres tú.
Caminamos hacia el restaurante donde ya tenemos mesa reservada.
Esta se encuentra asignada prácticamente sobre el agua, ofreciéndonos unas vistas privilegiadas del puerto iluminado y, cuando nos sentamos una frente a la otra, siento que el corazón se me va a salir del pecho.
El camarero nos sirve el vino de cortesía, un tinto sudafricano de la región con un aroma intenso, robusto y especiado que se mezcla a la perfección con el ambiente salino del aire nocturno.
Irune toma la copa de cristal, la observa un segundo al trasluz de las velas antes de probarlo y asiente con una aprobación evidente tras el primer sorbo.
—Una elección espléndida —afirma, clavando sus ojos oscuros directamente en los míos.
—Intento no fallar en los detalles importantes —contesto, y esbozo una ligera sonrisa—. Aunque debo admitir que contigo todo parece siempre un poco más complicado y desafiante de lo normal.
—Te vas a tener que acostumbrar —sugiere con picardía.
Pedimos varios platos autóctonos para compartir y ella se interesa por las opciones de la carta con una concentración que me resulta curiosamente atractiva.
Elegimos un bobotie bien especiado, persiguiendo ese contraste delicioso entre lo dulce y lo salado que siempre me ha fascinado, junto a una fuente de marisco fresco.
También añadimos una ensalada ligera, casi por inercia, como si necesitáramos un elemento neutral para equilibrar la intensidad de los sabores gastronómicos.
—¿Es la primera vez que haces algo así durante una escala? Quiero decir, salir a cenar de verdad, de un modo tan planificado —pregunto, y apoyo el codo en la mesa mientras sostengo la barbilla, observándola.
Irune deja la copa sobre el mantel, suspira y me mira de frente.
—Digamos que sí —confiesa con sinceridad, sin el menor rastro de ironía—. La verdad es que nunca antes había sentido la necesidad ni el impulso de hacerlo.
No hay dobleces en su voz, solo honestidad.
—¿De verdad? —insisto, intrigada.
—De verdad —confirma ella, encogiéndose de hombros—. Jamás me imaginé disfrutando de estos lugares de una manera tan… personal.
Sus dedos, largos y cuidados, juegan distraídamente con el borde de la copa mientras habla.
—¿De qué manera exactamente? —inquiero, sin poder evitar la curiosidad.
—Con alguien que me importa —aclara en un murmullo, y su mirada se suaviza por completo, desnudándose ante mí—.
Con alguien que entienda a la perfección lo que significa esta vida errante de escalas interminables, de hoteles impersonales y de momentos robados al reloj.
Con alguien que, por primera vez en años, consiga hacerse un hueco real en mi corazón. Rompiendo con mis miedos.
Siento que un nudo dulce se me aprieta en el centro del pecho, una mezcla perfecta de sentimientos que empiezan a tener su nombre y apellido.
—¿No han conseguido entenderte con nadie en el pasado? —quiero saber.
—Más bien creo que he sido yo la que no ha conseguido entender a las personas…
o entender qué era lo que quería realmente de ellas —admite Irune—.
Seguro que ya ha llegado a tus oídos algún cotilleo en los pasillos; la realidad es que no soy una mujer sencilla en lo que respecta a las relaciones.
Me cuesta horrores abrirme y me cuesta confiar en alguien; siempre termino levantando barreras antes de que puedan acercarse a mí.
—O puede que, simplemente, no hubieras encontrado a la persona adecuada hasta ahora —respondo y le vuelvo a sonreír —. Alguien que no te pida que cambies tu forma de ser, que entienda tus ritmos y tu trabajo.
Ella asiente, y bebe un poco más de vino.
—Ahora, lo único que tenemos que hacer es disfrutar del momento. Sin presiones externas, ni expectativas que nos agobien o nos encadenen.
Bebemos al unísono y el vino deja un rastro cálido y persistente en mi garganta. Bajo la mesa, aprovechando la intimidad que nos brinda el mantel, busco su pierna y la rozo con la mía de forma deliberada, lenta y pausada.
Cuando terminamos de cenar, el aire de la noche nos envuelve al salir del restaurante. El paseo marítimo está repleto de gente a estas horas, pero la multitud no nos molesta; al contrario, funciona como un telón de fondo difuso que nos aísla por completo en nuestra propia burbuja.
—¿Damos una vuelta por el paseo antes de regresar? —propongo, deteniéndome un instante bajo la luz de una farola para mirarla.
Irune se gira hacia mí y me acaricia el cuello.
—Si eso es lo que quieres…
«Lo quiero todo contigo», me digo. Aunque no lo pronuncio en voz alta.
Asiento y comenzamos a caminar una al lado de la otra. Su mano vuelve a buscar la mía sin el menor titubeo. Y mientras caminamos en un silencio idílico, siento que no me importa cuánto dure esto, ni tengo la necesidad de adelantarme al final.
Solo quiero quedarme aquí. Con ella.