Mapas en la piel 26
67%

26

Irune

Seis días después.

No sé cómo he llegado a esto. A sentir que no puedo controlar mis propios nervios, a tener el estómago constantemente apretado como si una mano invisible lo estrujara sin piedad.

No lo sé, pero tengo que encontrarle una solución cuanto antes.

Tras la charla con Javier en el hotel, apenas he tenido tiempo para pensar, ni mucho menos para actuar, aunque Maia y yo sigamos trabajando juntas en cada vuelo.

Sin embargo, el trayecto hasta Ciudad del Cabo tiene que ser mi oportunidad, la ocasión que necesito para aclarar las cosas y vivir con las consecuencias.

Después de tres horas de vuelo desde Nueva York, el primer servicio ha terminado, y la mitad de la tripulación descansa en los compartimentos habilitados para ello, mientras el resto —entre quienes me encuentro— se encarga de mantener que el resto siga en orden.

Me inclino sobre el pequeño lavabo y dejo que el agua fría corra sobre mis manos antes de llevármela al rostro.

El contacto helado me obliga a cerrar los ojos durante un segundo, como si con este pequeño gesto pudiera apagar cada uno de mis pensamientos.

Aunque está claro que no funciona para nada.

Me incorporo despacio y observo mi reflejo en el espejo diminuto.

Paso los dedos por las horquillas, asegurándome de que la imagen que proyecto sea la misma de siempre: imperturbable; la jefa de cabina profesional que lleva en cada capa del uniforme escrito que no piensa darse a la aventura.

Qué elección de palabras.

Respiro hondo y lleno los pulmones antes de asentir mirándome al espejo.

—Concéntrate. Todo va a ir bien.

Salgo al pasillo y el aire de la cabina me envuelve de nuevo, ligeramente más cálido que el del aseo, mientras camino hacia el galley .

Maia está a unos metros, inclinada hacia una mujer mayor que ocupa un asiento de ventanilla.

La escucha con atención, asiente a sus palabras y le coloca la manta con cuidado, como si el gesto encerrara toda la calidez del mundo.

Es buena en esto. Muy buena. Y no es solo su trabajo.

Es ella . La forma en que se implica, como si cada pasajero mereciera su atención.

No entiendo cómo pudieron joderle tanto la vida en su antiguo trabajo.

Aunque ese no es el tema que ahora mismo me interesa.

Trago saliva con dificultad. «Ahora o nunca», pienso.

Me obligo a avanzar hasta la cortina que separa ese pequeño espacio del resto de la cabina. El lugar es reducido y funcional. Me apoyo un segundo en la encimera, sintiendo el frío del metal a través de la tela del uniforme, y trato de reunir el valor que me falta. Después, asomo la cabeza lo justo.

—Maia —la llamo.

Ella levanta la mirada desde el pasillo.

Sus ojos se encuentran con los míos y, durante un segundo, todo parece detenerse: el zumbido de los motores, las conversaciones lejanas, incluso el tiempo.

Maia frunce el ceño, como si intentara leer en mi expresión lo que ocurre, y empieza a caminar hacia mí.

Cada paso que da hace que mi pulso se acelere un poco más, como si mi cuerpo ya supiera lo que va a pasar antes que mi mente.

—¿Ha pasado algo? —me pregunta, con un matiz de preocupación en su rostro.

Niego con la cabeza.

—No, solo quiero hablar contigo. A solas, si es posible.

Antes de añadir nada más, lanzo una mirada rápida hacia el pasillo. Nadie parece prestar atención; los pasajeros siguen absortos en sus pantallas o en su descanso. Estiro la mano y corro la cortina con decisión, cerrando ese pequeño espacio que nos aísla del resto del avión.

—Irune, no creo que este sea el lugar más adecuado para… —empieza ella.

—Déjame hablar, por favor —la interrumpo, sin darle tiempo a terminar.

Levanto la mano y apoyo el índice sobre sus labios. Siento el calor de su piel bajo la yema del dedo y, durante un instante, me olvido de respirar.

—Sé que lo que pasó en Milán no estuvo bien —empiezo, y noto cómo el corazón me empieza a ir rápido. Muy rápido—. De hecho, me comporté como una idiota irracional.

Levanto la vista hacia ella. Sus ojos no se apartan de los míos; me observan con intensidad.

—Pero es que entré en pánico de verdad —continúo, con la respiración algo entrecortada—. No supe qué hacer cuando vi a los chicos allí, tan de repente. Todo se me vino encima y reaccioné de la peor manera posible. Lo siento, Maia.

La confesión me deja expuesta de una forma que no me gusta en absoluto, vulnerable ante ella como pocas veces me he permitido serlo. Pero también… me deja aliviada. Como si al pronunciar esas palabras estuviera soltando parte del peso que me ahogaba.

Maia ladea la cabeza, estudiándome con detenimiento. Su expresión se suaviza un poco, aunque la tensión entre nosotras sigue palpable en el aire.

—Ya… —responde, casi en un suspiro—. Supongo que debí avisarte con más tiempo de que los chicos iban a venir. No pensé en cómo te afectaría verlos de improviso.

Niego de inmediato, porque no quiero que cargue con ninguna responsabilidad.

—No, es mi culpa. Completamente mía. Dejé que el miedo hablara por mí y te hice daño sin necesidad. Estos días sin poder hablarlo contigo han sido un infierno.

La palabra «culpa» se queda suspendida entre nosotras. Respiro hondo y doy un paso hacia ella, acortando la distancia apenas unos centímetros.

—Lo que quiero decir es que fui una idiota y que… estos días se me han hecho eternos —añado, sin apartar la mirada de la suya—. Eternos e insoportables. No he dejado de pensar en ti, en si me odiarías, en si había roto algo que apenas empezaba entre nosotras.

Maia parpadea despacio, procesa mis palabras, y luego niega con la cabeza.

—¿Odiarte? —repite—. Eso no es precisamente lo que siento por ti, Irune. Ni de lejos.

El aire parece cambiar de densidad a nuestro alrededor.

—Y creo que ya te lo he dejado más que claro en otras ocasiones —prosigue ella, y después, apoya las manos sobre mi pecho—.

Pero si necesitas oírlo otra vez, aquí va.

Quiero que nos conozcamos, que tengamos citas, que hablemos de tonterías, que seamos solo dos mujeres dispuestas a buscar la felicidad en la otra y…

—Maia se acerca y me da un pequeño mordisco en el labio inferior—… llegar al cielo de otra manera.

Antes de que pueda reaccionar, su mano sube hasta mi cuello con una lentitud deliberada. Sus dedos se deslizan, deteniéndose justo donde se acelera mi pulso. Se me corta la respiración. Mi cuerpo responde antes que mi cabeza, inclinándose ligeramente hacia ella buscando su cercanía.

—Maia… —murmuro, con el corazón en un puño.

—La verdad es que tenía miedo —confiesa ella, mirándome a los ojos con una honestidad descarnada—. Tenía miedo de ser solo un pasatiempo para ti, una historia más de las que se olvidan al cambiar de tripulación. Pero ahora, sé que mis miedos solo eran fantasmas.

En sus ojos, veo el reflejo de mi propia sonrisa.

—No eres un pasatiempo, Maia. Nunca lo has sido —respondo, y mi mano sube para cubrir la suya en mi cuello, antes de entrelazar nuestros dedos—. En Milán me asusté porque lo que siento por ti es real, y nunca antes había tenido tanto que perder.

La mirada de Maia se ilumina, limpia de reproches. El espacio de la galley ya me parece distinto.

—Me alegra tanto escuchar eso… —susurra ella, y acorta el espacio que nos separa. Su aliento cálido roza mis labios—. Porque no necesito promesas grandiosas, Irune. Solo que nos dejemos llevar.

Maia sonríe, y el pulgar de su mano libre delinea la línea de mi mandíbula. Es una caricia lenta, cargada de una devoción que me estremece el alma.

—Así que… —añade poco después—. Cuando aterricemos en Ciudad del Cabo y estemos lejos de las miradas del resto, hablaremos de todo lo que… podemos hacer.

El roce de sus labios llega sin previo aviso. Un contacto pausado, y lleno de una verdad absoluta. Siento su calor, y mi mente entera se aquieta, encontrando su norte en ella.

Maia se separa y su mirada se fija en la mía, con los ojos brillantes.

—Te veo en el pasillo —susurra, y me regala un guiño.

Me llevo una mano al pecho, y siento los latidos compasados, consciente de lo que Maia me hace sentir.

Levanto la mirada hacia la cortina, y sonrío.

—Esta mujer… es increíble.