25
Maia
Al mismo tiempo.
Tenemos la mesa de centro de mi salón llena de cartones, palillos chinos y varias botellas de cerveza ya vacías que suenan cada vez que alguna de nosotras golpea el mueble por accidente.
La luz cálida de la lámpara del techo lo envuelve todo en una especie de intimidad improvisada que, en otras circunstancias, me habría resultado sumamente reconfortante.
Sin embargo, hoy no es ese día; porque desde que salimos de casa, tengo un nudo en el pecho que apenas me ha dejado respirar.
—Así que por eso nos preguntaste la otra vez si creíamos en las relaciones dentro de nuestro entorno laboral —apunta Tessa, señalándome con los palillos como si acabara de desentrañar un misterio.
Su picardía me obliga a despegar la vista del plato de tallarines que llevo varios minutos removiendo con desgana, sin haber probado bocado. Me encojo de hombros con indiferencia, tratando de restarle importancia.
—Supongo —respondo con brevedad, antes de dar un sorbo largo a mi cuarta cerveza.
El líquido frío desciende por mi garganta y, durante un instante fugaz, me concede el alivio de no tener que pensar en nada más.
—Bueno… —interviene Carolina, apoyando un codo sobre el mantel mientras me analiza con intensidad—, lo que resulta evidente es que te has metido en un buen jardín, Maia.
—Tampoco es para tanto —replico de inmediato.
Tessa arquea una ceja, claramente escéptica ante mi negativa.
—¿Ah, no? —inquiere con ironía.
El silencio se instala entre nosotras con una facilidad pasmosa. Bajo la vista de nuevo, pincho un trozo de pollo y lo mastico con lentitud solo por tener algo que hacer, pero el sabor me resulta plano, como si mis sentidos hubieran decidido desconectarse de la realidad para protegerse.
—De acuerdo… —termino por admitir, y suelto un suspiro—. Estoy jodida. Jodida de verdad. La he cagado incluso antes de empezar.
Carolina deja escapar un suspiro.
—No lo des todo por perdido —me aconseja con una calma que envidio—. A lo mejor solo se quedó bloqueada por encontrarnos a todos allí de repente. De hecho, a mí misma me dejó de piedra verla aparecer en tu casa de esa manera.
Esa observación me golpea con fuerza, porque el problema no es solo que Irune estuviera allí, sino la forma en la que hiló aquellas frases vacías, la distancia kilométrica que interpuso entre nosotras y esa frialdad repentina que no guardaba el menor parecido con la mujer que me había mirado en Milán como si quisiera descubrir cada uno de mis secretos.
Aprieto los labios con fuerza y abandono los palillos sobre la mesa, perdiendo definitivamente el apetito.
—Jamás habríamos imaginado que la jefa podría llegar a atraerte, siendo tan… —Carolina se detiene a mitad de la frase.
—¿Distante, gélida y poco afectiva? —completo yo con amargura, recostándome contra el sofá.
La cerveza regresa a mis labios. Necesito algo que apacigüe este incendio interno que me provoca hablar de Irune en estos términos.
—Ya… —añado después—. Yo tampoco creí que acabaría cayendo en sus encantos. Aunque no puedo negar que, desde aquella noche en el pub, sentí una atracción magnética hacia ella —confieso.
—Me cuesta incluso visualizarla de fiesta, la verdad —replica Tessa, llevándose un rollito de primavera a la boca—. Me la imagino pidiendo un agua mineral mientras analiza las salidas de emergencia del local.
La imagen logra arrancar una pequeña risa entre las tres.
Sin embargo, esa burbuja estalla en cuanto el sonido se desvanece y la realidad vuelve a caer sobre mis hombros con todo su peso.
Porque en cuanto el silencio regresa, todo vuelve a orbitar alrededor de Irune.
A su mirada esquiva, su mutismo, la tensión que dejó flotando en el recibidor de mi propia casa.
—Alguna vez ha surgido el tema… —continúa Carolina, haciendo girar la botella de vidrio entre sus dedos con aire pensativo—, y todo el mundo ha comentado que sus relaciones no suelen durar más que unos pocos meses. Que parece tener un cronómetro interno para las despedidas.
Siento un pinchazo agudo en el centro del pecho.
—Lo sé, te escuché hablar con Thomas sobre eso en el avión —le digo a Tessa, y ella se pone colorada.
—No queríamos… incomodarte.
—No lo hicisteis, creo que solo me habéis quitado la máscara —confieso con cierto sarcasmo.
—Deberías andarte con pies de plomo —añade Carolina, inclinándose hacia mí—. No permitas que te convierta en una víctima más de su colección de desengaños.
Lo dice entre risas y medio borracha, pero enseguida percibo el poso de verdad que subyace bajo su tono jocoso.
«Yo solo quiero ser víctima de sus besos», pienso de repente, y la sinceridad del pensamiento me asusta por lo que revela.
Porque no es solo una cuestión de deseo carnal ni de simple curiosidad profesional; es un impulso irracional que me empuja hacia ella con una fuerza que escapa a mi control, por mucho que intente mantenerme escondida en mi trinchera.
Bajo la mirada hacia el desorden de la mesa, hacia los restos de comida que reflejan con demasiada fidelidad el caos que reina en mi interior.
—Supongo que tendremos que sentarnos a hablar —sentencio—. No puedo seguir subiendo a un avión y sentirme incómoda cada vez que nuestras miradas se cruzan en la cabina. Es insoportable.
Carolina asiente, dándome la razón.
—Pienso exactamente lo mismo —afirma—. Además, si esa conversación termina en una reconciliación de las buenas, ya verás cómo hasta nos lo acabas agradeciendo. Al menos, te quedarías con eso.
Levanto la cabeza los justo para captar la sonrisa maliciosa que le ilumina el rostro.
—Eres insufrible —le recrimino, propinándole un manotazo cariñoso en el brazo.
Tessa se ríe por lo bajo, disfrutando del intercambio mientras da un trago a su bebida.
—Un poco insoportable sí que es, no te voy a mentir.
—Pero no podéis negar que tengo razón —insiste Carolina.
Decido no responder, básicamente porque en el fondo temo que sus palabras den en el blanco.
El silencio vuelve a reinar en el salón, y yo no dejo de rebobinar cada fotograma de las últimas horas: la forma en la que Irune evitó el contacto visual, el tono aséptico y profesional de su voz, esa excusa tan torpe sobre las próximas rutas. Me remuevo en la silla, inquieta.
—Por cierto —suelta Carolina de improviso, rompiendo mi bucle mental—, ¿qué hay de tu hermano? ¿Te ha comentado algo sobre mí?
La miro fijamente, y entrecierro los ojos con sospecha.
—¿Y por qué debería haberme dicho algo?
Ella sonríe con un descaro envidiable, escondiendo un par de mechones tras sus orejas.
—No lo sé… quizá porque le he causado una impresión difícil de olvidar.
No puedo contenerme y, al segundo, estallo en carcajadas.
—Eres increíble, de verdad.
—Lo sé, es parte de mi encanto.
—Y peligrosísima para la salud mental de cualquier familia —añado con sorna.
Tessa niega con la cabeza, divertida por el despliegue de ego de nuestra amiga.
—Algún día te vas a topar con alguien que te ponga en tu sitio, ya lo verás.
—Ese alguien tendrá que ser una persona excepcionalmente especial —replica Carolina, y alza su botellín como si brindara por su propia victoria.
—Eres odiosa —le digo, aunque mis palabras ya no contienen ni rastro de enfado.
—Pero me adoras por encima de todas las cosas.
—A ratos, Carolina. Solo a ratos.
Las tres nos sumimos en una nueva oleada de risas y, durante unos segundos maravillosos, la calma regresa a mí.
Es como si pudiera desconectar el interruptor de mis sentimientos y limitarme a ser una mujer normal cenando con sus amigas.
Pero la sensación es efímera, porque Carolina vuelve a levantar su botella.
—Brindo por los líos imposibles y las jefas con corazón de hielo.
La frase me atraviesa la piel. Tessa se une al brindis de inmediato.
—Y por nosotras, que somos incapaces de resistir la tentación de exprimir la vida en cada escala.
Ambas fijan sus ojos en mí, aguardando a que me una al rito. Elevo mi botella con lentitud.
—Por… nosotras —repito, y choco el cristal contra el suyo.
Al beber, me doy cuenta de que el alcohol ya no surte el efecto anestésico de antes. Al contrario, me deja más lúcida, más consciente de mis carencias y de mis deseos. Apoyo los codos sobre la mesa y escondo el rostro entre las manos durante un breve instante.
—Oye —murmura Tessa—. No seas tan dura contigo misma, Maia.
Levanto la cabeza para encontrarme con su mirada compasiva.
—No me estoy castigando.
—Claro que lo estás haciendo —interviene Carolina, abandonando por un momento su faceta burlona—. Y no es justo. No lo es para ti, pero tampoco lo es para ella.
Esa última apreciación me obliga a fruncir el ceño, desconcertada.
—¿En serio crees que Irune está sufriendo por esto? Porque hace un rato me has dicho que tenga cuidado la jefa.
—Bueno… la gente puede rectificar en sus opiniones ¿no? —continúa ella—. Si de verdad te importa lo que tenéis entre manos, lo mejor que puedes hacer es afrontarlo. Hablad. Sin hacer suposiciones absurdas y sin dejar que el miedo tome las decisiones por vosotras.
Respiro hondo. Sus palabras tienen todo el sentido del mundo, lo reconozco, pero la teoría siempre resulta infinitamente más sencilla que la práctica.
—Tienes que ser honesta con lo que sientes —añade Tessa.
«Honesta». La palabra martillea en mi mente una y otra vez. Porque no estoy segura de haberlo sido hasta ahora. Ni con ellas, ni conmigo misma, ni mucho menos con Irune.
—No tengo ni la menor idea de por dónde empezar esta conversación.
—Empieza por lo que sientes de verdad —comenta Carolina.
—Es que… sinceramente… no quiero que esto con Irune sea simplemente algo pasajero —digo, sin atreverme a mirarlas a la cara.
—Entonces no permitas que ella lo trate como si lo fuera —responde Tessa.
Trago saliva con dificultad porque ahí está la gran verdad que llevo esquivando desde hace días. No busco algo efímero. No quiero un romance de aeropuerto que se desvanezca al cruzar el control de pasaportes.
Y en ese momento, lo veo todo con una nitidez cegadora.
Voy a buscarla. Voy a enfrentarme a sus muros de hielo y voy a hablarle con el corazón en la mano, cueste lo que cueste.
Porque seguir habitando en esta incertidumbre asfixiante ya no es una opción válida para mí.
Y porque, en el fondo, ya no quiero seguir huyendo de lo que siento.
—Está bien. Hablaré con ella.