24
Irune
Nunca he vivido un vuelo de regreso tan incómodo como este.
El taxi avanza entre el tráfico denso de la ciudad, como si cada semáforo en rojo me obligara a revivirlo todo con más nitidez.
Apoyo la cabeza contra el respaldo, cierro los ojos e intento respirar tranquila, pero el corazón no me acompaña.
Lleva todo el trayecto acelerado, como si hubiera corrido una maratón sin moverme del asiento.
El recuerdo de la expresión que puso Maia, se ha clavado en cada capa de mi cerebro, cómo la decepcioné en cuanto abrí la boca y solté aquella excusa absurda sobre los cambios de ruta delante de nuestros compañeros.
—Has metido la pata hasta el fondo, Irune —murmuro para mí misma, mientras me doy un masaje en las sienes.
El taxi frena en un semáforo y me balanceo un poco hacia delante.
Abro los ojos y observo la ciudad que se despliega al otro lado de la ventana.
Gente caminando con prisa, escaparates iluminados, toda una vida en movimiento.
Indiferente a este nudo que llevo en el pecho desde que salí de casa de Maia, viajamos en tren a Turín y tomamos el avión de vuelta a Nueva York.
El teléfono vibra en el bolsillo de mi chaqueta y cuando lo saco, veo que es un mensaje de Javier. Ya sé por dónde irán los tiros.
Javier : ¿Ha pasado algo que no me has dicho? Porque Thomas me ha comentado que Maia se ha tirado todo el viaje con un humor de perros.
Suelto el aire por la nariz.
—Lo que me faltaba, ser la comidilla de la tripulación —susurro, y apoyo la cabeza de nuevo contra el respaldo.
—¿Va todo bien? —pregunta el conductor, mirándome por el retrovisor.
Tardo un segundo en reaccionar, y en cambiar la expresión de mi rostro por una tranquila sonrisa.
—Sí, no se preocupe.
Vuelvo a bajar la vista al teléfono. Sé que, si le contesto ahora, si escribo, aunque sea una frase corta, no se va a conformar con ello y va a tirar del hilo hasta dejarme sin escapatoria.
Y, sinceramente, no tengo fuerzas para eso.
Bloqueo el teléfono sin responder y lo dejo caer sobre mi regazo. Mis dedos tamborilean sobre la carcasa sin un ritmo claro. Y así paso el resto del trayecto.
Después de unos veinte minutos, el taxi se detiene frente al hotel. Pago con tarjeta, recojo mi maleta y voy directa a la entrada.
El vestíbulo huele a un perfume floral delicioso. Me acerco a recepción, doy mi nombre, recojo la tarjeta de acceso y subo en el ascensor sin cruzar apenas palabras con nadie.
En cuanto llego a la habitación, me quito los zapatos, voy al baño, abro la ducha y dejo que el vapor empiece a llenar el espacio, antes de meterme debajo del chorro.
Inclino la cabeza hacia delante y dejo que el agua recorra mi nuca, mis hombros, toda mi espalda como si pudiera limpiarme algo que va más allá de la suciedad.
A mi cabeza vienen las discusiones de mis padres a lo largo de los años. Los gritos que atravesaban las paredes, las puertas que se cerraban de golpe, los silencios eternos que dejaron vacío mi corazón. Recuerdo esa sensación de estar siempre en mitad de algo imposible de solucionar.
Recuerdo cómo dejaron de mirarse.
Y después, recuerdo cómo también, aprendí a no esperar demasiado de nadie.
Leire y yo nos convertimos pronto en expertas en mantenernos al margen. Construimos nuestras propias vidas lejos de ese caos. Independientes. Autosuficientes. Sin depender de nadie. Y, sobre todo, sin tener relación con unas personas que se convirtieron muy tóxicas para las dos.
La idea que llevaba años ejecutando era la de ser una mujer sin tener que afrontar ese tipo de complicaciones. Un plan que funcionaba a la perfección.
«Al menos, hasta ahora».
Siempre he tenido claro lo que quería. O más bien, lo que no quería.
Relaciones complicadas, expectativas que no se pueden cumplir, promesas que invariablemente acaban rompiéndose.
Por eso mantengo las distancias. Por eso solo busco diversión.
Por eso convierto todo en algo sencillo, transaccional, sin espacio para sorpresas desagradables.
Sin espacio para el dolor.
Hasta que Maia se cruzó en mi camino.
Exhalo con fuerza y apoyo una mano contra la pared de la ducha, esperando que el agua caliente disuelva este nudo que me aprieta el pecho.
Quiero conocerla. Eso lo tengo claro.
Quiero saber qué hay más allá de esos momentos robados entre vuelos. Pero querer eso… implica algo más. Implica abrir una puerta que llevo demasiado tiempo manteniendo cerrada a propósito. Implica permitir que alguien vea más allá de las defensas que he levantado ladrillo a ladrillo.
Y no sé, de verdad no sé, si estoy preparada para lo que hay detrás de esa puerta.
Cierro el grifo de golpe. Salgo de la ducha y me seco sin prestar demasiada atención a los detalles. Me envuelvo el pelo en una toalla, y busco algo de ropa cómoda en la maleta que tengo sin deshacer.
—Esto servirá… —murmuro, al encontrar una camiseta ancha y un pantalón corto.
Decido que lo que necesito es una noche tranquila.
Sin complicaciones. Sin decisiones que tomar.
Solo descansar, dormir, y… si es posible, olvidar todo lo que ha pasado durante las últimas horas.
Busco el mando de la televisión en la mesilla de noche, con la intención de perderme en alguna película de acción en Netflix, hasta que alguien llama a la puerta.
—¿Por qué no puedo tener una noche en paz? —protesto mientras voy a abrir.
Al otro lado de la puerta me encuentro con Javier. Lleva una bolsa en cada mano y una sonrisa pícara en los labios.
—¿Kebab para cenar? —comenta mientras sonríe, como si esta fuera la oferta más irresistible que alguien podría recibir—. Creí que podrías necesitar compañía y carbohidratos. Especialmente después de lo que ha pasado hoy.
Parpadeo, sin saber muy bien cómo procesar la escena.
—¿Se puede saber qué haces aquí? —pregunto, apoyándome en el marco de la puerta—. ¿Cómo has conseguido mi número de habitación?
Él se encoge de hombros con la total naturalidad, y pasa por mi lado sin esperar una invitación formal.
—Dije que era tu hermano —contesta con despreocupación—. Es sorprendente cómo estás cosas todavía funcionan. Y ahora, responde a mi pregunta. ¿Estás bien?
Cierro la puerta con un suspiro que sale desde el fondo de mi pecho.
—¿Qué te hace pensar que no lo estoy? —pregunto, y camino hacia él mientras me paso los dedos por el pelo mojado después de quitarme la toalla, más por tener algo que hacer que otra cosa.
Javier se deja caer en el sofá como si llevara horas esperando ese momento. Se estira un poco, acomoda la espalda contra el respaldo y me callado un par de segundos.
—Pues que el amor ha llamado a tu puerta —suelta y mueve las cejas con diversión—, y no sabes cómo gestionarlo.
Echo la cabeza hacia atrás y dejo escapar el aire.
—No empieces… —me quejo, aunque sé que de poco sirve resistirse.
—¿Que no empiece? —replica, con una sonrisa burlona pero cálida—. Si llevas una cara que parece que te han pasado por encima. Y anda que no saltan chispas entre Maia y tú.
Camino hasta la mesa, abro una de las bolsas y el olor a comida caliente, especiada y reconfortante, invade la habitación. Mi estómago reacciona de inmediato, recordándome que apenas he comido en toda la jornada por estar demasiado ansiosa, demasiado enfocada en no mirar a Maia.
—Por si te sirve de algo… —digo, sin mirarlo directamente, sacando uno de los envases—, la he cagado a la primera de cambio.
Cuando los chicos han llegado a su casa y los he visto, he soltado que estaba ahí para hablar de los cambios en las rutas.
Como si no pudiera hacerlo por teléfono o haber mandado un e-mail.
He entrado en pánico total —añado, y me muerdo el labio inferior—. Nunca me he sentido tan tonta.
Javier se echa a reír.
—Eso sí que no me sorprende —contesta, inclinándose hacia delante—. Cuando te pones nerviosa, haces cosas raras.
—No estaba nerviosa —miento.
—Claro que no… —apunta él—. Por eso tampoco me has dicho casi nada durante el vuelo. Venga, que no engañas a nadie.
Ignoro su comentario y me siento en el borde del sofá, abriendo el envase del kebab. El vapor sube hacia mi cara y me deja ver las cosas con un poco más de claridad. O quizás es que simplemente necesito algo en lo que enfocarme.
—Dime cómo te sientes de verdad—me pide Javier—. Sabes que yo no voy a juzgarte.
Dejo el envase a un lado, incapaz de comer en este momento, aunque mi cuerpo me lo pida a gritos.
—El problema es… —titubeo unos momentos—. Que no puedo estar cerca de ella sin que se note y que el resto lo vea.
—¿Y eso es malo? —pregunta Javier.
—Pues no lo sé… —comento, encogiéndome de hombros—. Porque yo nunca he sabido tener una relación tan seria, ni mucho menos me lo he planteado. Ya lo sabes.
—Yo creo que deberías decírselo —sugiere.
—¿Decirle qué? —pregunto, casi echándome a reír—.
¿Que tengo miedo? ¿Que cuando empiezo a sentir algo por alguien, lo único que quiero es sabotear la situación antes de que la relación pueda hacerme daño?
¿Que mis padres pasaron toda mi infancia diciéndose cosas horribles y jurándose que se amaban para después volver a hacerse daño, y destrozarnos la vida a Leire y a mí? ¿Que juré que nunca sería así?
Las palabras salen de mí como si hubiera estado esperando para soltarlas durante años. Y quizás así sea. Quizá he estado reteniendo esta confesión desde mucho antes de que Maia entrara en mi vida, por mucho que él ya conozca esta situación.
Javier no intenta detenerme, ni me dice que estoy siendo irracional.
—Pues me da que ya lo estás saboteando Irune…
—Quizá sea la mejor salida —confieso.
—¿Por qué?
—Porque mis relaciones son como los vuelos con turbulencias. Son incómodas, son complicadas, y al final siempre terminan en un aterrizaje forzoso. Y quizá no soy lo que Maia necesita.
Javier deja la comida y me abraza sin pensárselo dos veces, dejando que mi sien descanse en su hombro.
—¿Sabes cuál es tu problema? —dice—. Que crees que el futuro ya está escrito. Que, porque tus padres fracasaron, tú lo harás también. Y que, como aprendiste a no confiar en nadie, cualquiera que te quiera, es el enemigo.
—Maia no es así —contesto. Y enseguida me doy cuenta que el enemigo está dentro de mí.
Javier sonríe y me da un beso en la frente antes de decir:
—Los dos estamos hechos un desastre sentimental.