23
Maia
La nonna corta el bizcocho en porciones perfectas.
El aroma cítrico del limón invade el salón, fresco y dulce a partes iguales, entrelazándose con el vaho del café recién hecho que emana desde la cocina.
Me apoyo en el respaldo de una de las sillas y la observo con una sonrisa que soy incapaz de disimular; ojalá pudiera tener estos momentos eternamente.
—No tenías que haber madrugado tanto solo por esto —le digo mientras deposito un beso en su frente. Su piel es un mapa de sabiduría, suave, cálida y profundamente familiar.
Ella se ríe y se encoge de hombros.
—¿Qué no haría yo por mi piccola ? —pregunta retóricamente, acomodando las servilletas de tela con un mimo que me conmueve.
Niego con la cabeza, divertida, y me cruzo de brazos.
—Nunca dejarás de ser tan terca ¿eh? —murmuro, aunque en realidad agradezco su tozudez.
—Pues no —sentencia ella, guiñándome un ojo con complicidad antes de girarse para terminar de disponer el resto del desayuno sobre la mesa.
El salón se encuentra bañado por una luz tamizada que se filtra a través de los amplios ventanales.
Las cortinas se agitan perezosamente con la brisa matutina y todo parece sumido en un orden perfecto, como si el tiempo en esta parte de Milán hubiera decidido avanzar un poquito más lento.
Lo suficiente como para poder saborear cada segundo.
Me encantaría quedarme así, suspendida indefinidamente en este paréntesis de serenidad, olvidándome de los planes de vuelo, de los controles de seguridad y de las despedidas que siempre dejan un regusto amargo en mi corazón.
—¿Y tu amiga? —La nonna interrumpe mis pensamientos, sin levantar la vista de su tarea.
El gesto me obliga a sonreír de nuevo. Sobre todo, por el matiz juguetón de sus palabras. Como si tuviera muy claro que Irune es mucho más que una amiga.
Aunque yo no haya dicho nada.
—Ha salido para hacer unas gestiones al teléfono —respondo, y apoyo las manos sobre el mantel—. Al parecer, la aerolínea está barajando cambios en las rutas de las tripulaciones y quería estar al tanto de las novedades. No creo que tarde mucho en volver.
Apenas pasan cinco minutos cuando el timbre de la puerta suena en toda la vivienda. Sin pensarlo dos veces, me encamino hacia la entrada con una sonrisa para recibir a los chicos.
Porque yo siempre cumplo con mis promesas y ya les había dicho que podían venir esta mañana a casa.
—Venga entrad, que el desayuno está servido —exclamo en cuanto me encuentro cara a cara con Carolina, Tessa y Thomas.
Apenas tenemos unas pocas horas, pero estoy segura de que vamos a disfrutar de este pequeño instante juntos como nunca.
—Dios mío, huele a gloria —comenta Thomas, olfateando el aire mientras se adentra en el pasillo.
—Es todo mérito de mi nonna —aclaro, apartándome para cederles el paso—. Se ha propuesto que no podáis caminar después de desayunar.
Los cuatro nos echamos a reír.
Entramos en el salón y ella levanta la vista y los saluda mientras mi madre, sale de la cocina portando una bandeja humeante entre las manos.
—La segunda tanda de cruasanes ya está lista —anuncia, y poco después, deja los platos en el centro de la mesa con un despliegue de hospitalidad típicamente italiano.
En ese preciso instante, Luca baja por las escaleras, retirándose un mechón de pelo de la frente con un gesto de absoluta indiferencia.
Observo de reojo a Carolina y noto cómo se queda petrificada, con la mirada clavada en mi hermano como si acabara de presenciar un milagro.
O más bien, a un Dios italiano de torso desnudo —aunque lleve la camiseta—.
—Anda, haz el favor de cerrar la boca, que vas a babear todo el suelo —bromeo y le doy un empujoncito.
—Creo que me acaba de dar un síncope —responde ella, llevándose la mano al pecho de forma dramática.
Las carcajadas estallan entre el grupo, mientras Luca arquea una ceja con aire divertido antes de acercarse para estrecharles la mano.
El ambiente se carga de una energía efervescente; las preguntas vuelan de un lado a otro y las historias se entrelazan mientras mi madre sirve los cafés.
Durante unos minutos, la armonía es tal que llego a sentirme en una paz que hacía mucho no se instalaba dentro de mí.
—¿Y de verdad no os cansáis de vivir siempre con la maleta a cuestas? —pregunta mi madre, observando a Carolina con curiosidad mientras le alcanza una taza.
—Es intenso, no le voy a engañar —admite ella tras el primer sorbo—. Pero tiene algo adictivo. Cada semana es un escenario distinto, un idioma diferente, una cultura de la que nutrirte…
—Y un agotamiento crónico —interviene Thomas, masticando un trozo de bizcocho con evidente deleite.
Reímos de nuevo.
—Aun así, siempre merece la pena —apostilla Tessa, lanzándome una mirada fugaz—. Especialmente cuando el destino te pone delante a personas que logran que todo este caos tenga sentido.
Me quedo suspendida en esa frase, preguntándome si de verdad he cambiado tanto la dinámica del grupo por mucho que todos me lo hayan asegurado. Me dispongo a ocupar mi lugar en la mesa cuando, de repente, una voz muy reconocida por mí irrumpe desde el umbral de la entrada.
—Menudo desastre tienen organizado en la oficina central. Esto va de mal en peor.
El salón queda sumido en un silencio sepulcral durante un segundo que parece eterno, como si todos los presentes hubieran decidido contener el aliento al unísono cuando ven a Irune entrar como si nada. Ella sostiene el móvil con fuerza y tiene el ceño fruncido, algo irritada.
Thomas carraspea, e Irune alza la mirada y, de golpe, se topa con toda la escena: mi familia y nuestros compañeros, desayunando en la misma mesa.
Su expresión de seguridad se resquebraja por un instante, dejando paso a una sombra de incertidumbre que trata de enmascarar de inmediato.
Pero yo veo cómo sus hombros se tensan rápido.
—Ah, hola chicos —dice, hablando con una celeridad poco habitual en ella.
Carraspea y pone una sonrisa fingida, como si estuviera buscando en su cabeza una excusa. Excusa que, efectivamente, comunica poco después.
—Ayer me enteré de que iba a haber algunos cambios drásticos en las rutas que entrarán en vigor en cuanto aterricemos en la base. Y quería que lo organizáramos antes de que se nos eché el tiempo encima.
Nadie articula palabra durante unos instantes que se vuelven agónicos. La tensión es tan palpable que casi podría cortarse con el mismo cuchillo con el que la nonna ha troceado el bizcocho.
—Tenía pensado que nos reuniéramos todos en el hotel de Turín antes de trasladarnos al aeropuerto, pero Javier me comentó que ibais a venir aquí, así que me he tomado la misma libertad —añade Irune, evitando, a toda costa, encontrarse con mis ojos.
Mi madre, haciendo gala de una diplomacia innata y una falta de malicia envidiable, rompe el hielo con una sonrisa acogedora.
—Buenos, pues si ya has terminado de arreglar el asunto. Siéntate, y termina de desayunar con nosotros, por favor —le pide, y señala la silla vacía que ha quedado justo a mi lado.
Irune vacila durante un segundo que se me hace interminable, y observo cómo su mandíbula se aprieta antes de ceder.
—Gracias —responde.
El desayuno se reanuda, pero el ecosistema del salón ha mutado por completo.
El café ya no me sabe a gloria, sino que tiene un regusto amargo que se me pega al paladar.
El bizcocho, que minutos antes era una delicia, ahora se me antoja una masa difícil de tragar.
Las conversaciones de los demás continúan, pero las percibo como un ruido de fondo distorsionado, como si nos encontráramos dentro de una burbuja de cristal aislada del resto.
Percibo el calor que desprende el cuerpo de Irune a escasos centímetros del mío.
Cada vez que se mueve para alcanzar la azucarera o cuando carraspea ligeramente, mis sentidos se disparan, reaccionando de manera instintiva a su cercanía.
Y, sin embargo, me obligo a estar quieta.
No puedo mirarla porque temo lo que mis ojos puedan revelar —por no hablar de cómo nos mira Tessa.
Y Carolina— y, sobre todo, temo lo que pueda ver en los suyos: ¿arrepentimiento?
, ¿frialdad?, ¿o quizás la misma desesperación que me consume a mí?
—Y decidme, ¿cuánto tiempo lleváis compartiendo vuelos este grupo de elegidos? Antes de que mi hermanita llegara a vuestras vidas —pregunta Luca, tratando de reanimar el diálogo mientras observa con curiosidad a Irune.
—El tiempo necesario para habernos visto en las mejores y en las peores situaciones imaginables —responde Thomas, con una sonrisa puesta en los labios.
—Cierto. Al final, en este trabajo, terminas conociendo a tus compañeros mucho mejor de lo que cabría esperar —añade Carolina.
Irune se mantiene en un silencio casi absoluto durante la mayor parte del tiempo. Se limita a responder con monosílabos cuando se le pregunta directamente y asiente sin más. Incluso llega a esbozar alguna sonrisa de compromiso, pero se ha quedado totalmente fría.
Me obligo a comerme el desayuno. La tensión entre Irune y yo es un tercer comensal sentado entre nosotras, robándonos el aire con cada bocanada que damos.
Noto cómo ella evita cualquier roce fortuito, cómo retira el brazo si el mío se acerca demasiado al buscar el bizcocho o los cruasanes.
Es una danza de rechazo que me está destrozando los nervios.
Y cuando el ritual del desayuno llega a su fin, el alivio y la melancolía se mezclan en mi interior.
Las despedidas se suceden entre efusivos agradecimientos de los chicos hacia mi familia y la promesa de volvernos a encontrar aquí cuando hagamos otra parada cerca de Milán.
Abrazo a la nonna con fuerza, sintiendo ese aroma a hogar que pronto perderé, y beso a mi madre en ambas mejillas mientras ella me susurra que me cuide mucho.
Intento retener cada aroma, cada rincón de este salón, y trato de guardarlo en un compartimento seguro de mi memoria para los días que se avecinan.
Ya en la calle, caminamos en un grupo compacto durante unos minutos, casi en completo silencio. Sin embargo, lo que sí siento, es la mirada de Carolina clavada en mi perfil, persistente y analítica, escrutando cada uno de mis gestos.
Ella, que es experta en leer entre líneas, aprovecha el momento en que los demás se adelantan un poco.
—Maia. ¿Qué narices está pasando aquí?
Me mantengo callada, y fijo la vista en un punto indeterminado del horizonte, fingiendo que me interesa mucho la arquitectura de la calle.
—Y no te vayas por las ramas —continúa ella, mientras frunce el ceño—.
Justo antes de que saliéramos hacia tu casa, Javier me comentó que Irune había decidido tomarse un rato a solas, para ir de compras.
Que quería despejarse, o algo así. Y, de repente aparece en el salón de tu casa familiar, con una excusa barata sobre rutas de vuelo que podría haber enviado por WhatsApp.
«Mierda».
Trago saliva con dificultad, y ya siento el nudo en la garganta. Mis dedos se aferran al asa de la maleta con fuerza. De repente, siento cómo el peso de todo lo que he estado evitando durante las últimas horas empieza a presionar desde mi interior, buscando una grieta por la que escapar.
Me detengo un instante y la miro a los ojos, antes de suspirar y dejar que el aire frío llene mis pulmones para terminar por soltar la bomba que va a cambiarlo todo a partir de ahora.
—Vale, vale. Tú ganas —murmuro—. Irune y yo nos hemos estado acostando.