Mapas en la piel 22
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Irune

—Shhhh, calla. Que no quiero que mi madre y mi hermano se despierten.

La risa de Maia vibra contra mis labios, cálida y casi imposible de contener.

Su aliento conserva el aroma del vino que hemos compartido durante la cena.

Mis manos encuentran su cintura con una naturalidad que ya no me sorprende, como si hubieran memorizado el camino por sí solas, como si recordaran antes que mi mente cada curva, cada reacción, cada pequeño estremecimiento que provoco en ella.

—No sé cuánto voy a poder resistirme —murmuro, rozando su boca con la mía, separándome apenas lo suficiente para que las palabras no se pierdan entre besos.

Ella ladea la cabeza con esa gracia felina que siempre consigue dejarme sin palabras. Sus ojos brillan incluso en la penumbra del recibidor, y su sonrisa es más que encantadora.

—Pues vas a tener que aguantarte un poco —responde entre susurros, inclinándose hacia mí de nuevo hasta que nuestros labios se rozan una vez más—. Y ser más… silenciosa.

Sus dedos se entrelazan con los míos y tiran de ellos, guiándome hacia las escaleras.

—Claro… —añade, mirándome por encima del hombro mientras comienza a subir los peldaños—, eso será si puedes.

No puedo evitar soltar una pequeña risa que ahogo enseguida al recordar dónde nos encontramos. La casa está envuelta en un silencio profundo, en esa calma nocturna que hace que cada mínimo sonido parezca amplificado.

—¿Es un reto? —le susurro, acercándome lo suficiente para que mi voz sea apenas un soplo contra su oído—. Porque sabes que me encantan los retos, Maia. Sobre todo, cuando vienen de ti.

Maia se detiene un instante en mitad de la escalera. No se gira del todo, pero sí lo suficiente para que nuestras miradas se encuentren en la penumbra.

—Lo sé —contesta, y después me guiña un ojo.

Reanuda el camino y yo la sigo sin apartar las manos de su cuerpo.

Mis dedos ascienden por su costado con lentitud deliberada, rozan la curva de su espalda y se detienen de nuevo en su cintura, como si necesitara anclarme a ella para no perder el equilibrio.

No sé si es por el vino, por el cansancio acumulado del viaje o por todo lo que ha crecido entre nosotras en tan poco tiempo, pero cada paso que doy en esta escalera me parece también un paso hacia algo que ya se me está escapando del control.

Y, aun así, no quiero detenerme. No puedo.

Al llegar al piso superior, hasta detenerse frente a una puerta. Antes de abrirla, se gira hacia mí. Esta vez, la cercanía es absoluta

—Ahora sí —susurra, con los labios tan cerca de los míos que casi puedo sentirlos.

No me da tiempo a responder.

Sus labios encuentran los míos con una intensidad que me corta la respiración, como si hubiera estado conteniéndose durante demasiado tiempo y ya no pudiera más.

Mis manos reaccionan al instante, subiendo por su espalda para atraerla más hacia mí, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la ropa.

La puerta se abre a nuestra espalda casi sin que me dé cuenta, y en el siguiente movimiento Maia retrocede, arrastrándome con ella. Entramos en su habitación entre besos cada vez más profundos, entre pequeños choques torpes contra los muebles que nos arrancan algún que otro jadeo.

Maia se para en mitad de la habitación y yo me quedo frente a ella, a apenas un paso de distancia, observándola de verdad. Con su pelo revuelto, los labios hinchados por los besos, los ojos brillando. Mis manos, que hace un segundo parecían tener tanta prisa, ahora se detienen en el aire, dudando.

Ella lo nota.

—¿Qué pasa? —me pregunta.

Trago saliva. No me resulta fácil poner en palabras lo que me atraviesa en ese preciso momento. Porque hace tiempo que esto ha dejado ser solo deseo.

—Nada —respondo al final, aunque ambas sabemos que no es cierto.

Maia entrecierra los ojos, como si intentara leerme por dentro, y da un pequeño paso hacia mí.

—Irune…

Levanto una mano y aparto con delicadeza un mechón de pelo que le cae sobre el rostro, colocándolo tras su oreja.

—Me encantas —le digo, y las palabras salen sin filtro, sin estrategia, sin esa coraza que suelo interponer entre lo que siento y lo que permito que se vea.

La respiración de Maia se detiene por un segundo, como si necesitara procesar lo que acaba de escuchar.

Después, sonríe.

Pero no es una sonrisa cualquiera. Es de esas que nacen despacio, que empiezan en la mirada antes de llegar a los labios.

—Tú a mí también —susurra.

Siento cómo esas cuatro palabras me golpean con fuerza. Porque no hay ironía en ellas. Solo una verdad pura y desnuda.

Doy un paso más, invadiendo por completo su espacio personal hasta que ella queda frente a la puerta, y yo apoyo una mano junto a su cabeza, contra la madera.

La otra se posa en su cadera con firmeza, consciente de cada reacción que provoco en ella.

Maia inspira con fuerza, y ese pequeño cambio en su respiración me eriza la piel por completo.

—¿Sigues pensando que no debería seguir? —le pregunto—. Porque ellos siguen ahí fuera…

Ella niega muy despacio, sin apartar la mirada de la mía ni un instante.

—Ahora mismo… no —responde, y sus dedos se deslizan por mis brazos hasta detenerse en mis hombros.

—Ahora mismo… —repito yo, saboreando las palabras—. Ya veo.

Maia baja la mirada por un segundo, mordiéndose el labio inferior. Cuando vuelve a alzarla, me sonríe.

—Tú solo… besame.

Lo hago, esta vez con más lentitud. Mis labios se mueven sobre los suyos con una cadencia distinta, menos urgente y más profunda, como si estuviera aprendiendo a memorizarla de otra forma, como si quisiera grabar cada segundo en mi cerebro.

Siento sus manos subir por mis brazos, detenerse en mis hombros y deslizarse después hasta mi nuca.

Sus dedos se enredan en mi pelo, tiran de este, y dejo escapar un suspiro que se pierde entre nuestros labios.

El tiempo se diluye por completo.

Ya no pienso en el siguiente vuelo, ni en Javier, ni en las miradas que tendremos que esquivar en el trabajo. Solo existe este momento. Esta habitación. Y ella.

Mis manos recorren su espalda con deliberada lentitud, deteniéndose en cada punto sensible de su cuerpo. Maia reacciona a cada caricia, a cada roce, con pequeños movimientos y suspiros que me dicen más que cualquier palabra.

Sus manos bajan a mis hombros y me empujan con una fuerza que me pilla desprevenida. Retrocedo hasta que el borde del colchón golpea mis rodillas y caigo sentada. Ella se queda de pie frente a mí, bajo la poca luz que entra desde el ventanal.

—No dejes de mirarme.

Obedezco. Sus dedos se posan en su ropa y se desnuda lentamente.

Se queda en un sujetador de encaje negro que parece contener a duras penas sus pechos.

Sus manos bajan por su vientre, y sus dedos juguetean con la cinturilla del pantalón, rozando su propia piel con una sensualidad que me obliga a apretar las sábanas entre mis dedos.

Se acaricia los costados, subiendo de nuevo hasta sus pechos, apretándolos levemente por encima del encaje, y yo suelto un jadeo que resuena en la habitación.

Cuando termina de desnudarse por completo, se queda un momento así, expuesta y perfecta, antes de arrodillarse entre mis piernas.

Maia me desviste, tirando de mi ropa como si le estorbara para llegar a lo que realmente quiere, y después, me tumba hacia atrás y me guía hasta que estamos colocadas en sentido opuesto sobre la cama.

Mi rostro queda frente a su sexo, y el suyo frente al mío.

El aroma de Maia me embriaga por completo.

Acerco mi boca a ella, buscando su clítoris con la punta de la lengua mientras ella hace lo mismo conmigo.

El primer contacto es como una descarga que me recorre la columna entera.

Siento cómo sus dedos se introducen en mí a la vez que su lengua sigue succionando con un hambre que me deja sin aire, moviéndose de una manera que me hace arquear la espalda y presionar mis muslos contra su cara.

Yo respondo igual, hundiendo mis dedos en su sexo, sintiendo cómo sus paredes se contraen y se empapan alrededor de mi mano.

No es extraño que sienta que voy a estallar pronto; noto cómo ella también empieza a tensarse, y sus dedos se mueven con una velocidad eléctrica dentro de mí, buscando mi punto más sensible.

Justo cuando el clímax nos alcanza, un espasmo violento nos recorre de pies a cabeza.

Me hundo en ella, bebiendo su orgasmo mientras ella devora el mío, y nuestras lenguas trabajan al unísono hasta que los temblores cesan.

Cuando la tormenta amaina, Maia se arrastra hacia arriba, recorriendo mi cuerpo con el suyo hasta que nuestros rostros se encuentran.

Pero no se detiene a descansar. Sino todo lo contrario.

Me gira y obliga a que hinque las rodillas sobre el colchón.

Maia me sujeta de las caderas con fuerza, echando mi cuerpo hacia delante hasta que mi pecho roza las sábanas y mi trasero queda elevado hacia ella.

Siento sus dedos húmedos volver a entrar en mí por detrás, buscando el ángulo perfecto. Abre mis nalgas con la otra mano y empieza a follarme, entrando y saliendo con un ritmo salvaje que me hace arrugar las sabanas con los dedos.

—Así. Dame más —gimo contra la almohada.

Ella aumenta la velocidad, usando el pulgar para presionar mi clítoris desde atrás mientras sus otros dedos me ensanchan y me embisten sin piedad.

El sonido de su mano chocando contra mi piel húmeda, es un aplauso rítmico y carnal, que me excita todavía más.

Me penetra con una fuerza que me hace temblar; siento cómo sus dedos encuentran ese punto interno que me hace perder el juicio.

Me muerde la nuca, tirando de mi pelo hacia atrás para que mi espalda se arquee más, mientras sigue bombeando dentro de mí con una intensidad frenética.

Giro un poco la cabeza para intentar buscar su boca, pero ella me presiona de nuevo contra el colchón, totalmente centrada en el ritmo de su mano.

—Estoy tocándome mientras te follo —murmura, pegada a mi oído.

Apenas me ha dado tiempo a gemir cuando Maia introduce otro tercer dedo en mí, estirándome hasta que el placer se vuelve un dolor sordo y delicioso. Y de repente, la noto temblar a mi espalda.

—¡Sí! —su voz se rompe cuando su cuerpo empieza a convulsionar sobre el mío. Mientras sus dedos en mi interior me empujan hacia mi segundo orgasmo de la noche.

Siento cómo mi vagina se cierra con fuerza sobre su mano, intentando atraparla, mientras mi clítoris palpita violentamente bajo su pulgar.

La intensidad es insoportable; cada embestida de sus dedos me hace ver estrellas.

Finalmente, estallo en un grito que ahogo contra las sábanas, mientras ella se derrumba sobre mi espalda, con sus dedos todavía enterrados profundamente en mí.

Sus dedos se retiran lentamente de mi interior, provocando un último escalofrío de placer.

Maia me da la vuelta con cuidado y se tumba a mi lado, abrazándome, mientras nuestras respiraciones intentan recuperar un ritmo normal en medio de la noche italiana.

Haciéndome sonreír y después, mirarla a los ojos.

—Pues menos mal que no podíamos que teníamos que ser silenciosas.