21
Irune
—Ha sido un placer tenerte por casa. Espero que te volvamos a ver en otra de vuestras paradas —me dice la madre de Maia mientras sostiene mis manos con calidez.
Asiento, todavía un poco sorprendida por la naturalidad con la que me han acogido, como si no fuera una intrusa que ha irrumpido sin previo aviso en la cotidianidad de su vida familiar. Porque la verdad, es que no estoy acostumbrada a esta clase de afecto espontáneo.
—El placer ha sido mío, de verdad —respondo.
Cuando Maia se gira un segundo hacia atrás para recoger su chaqueta, descubro a la nonna observándonos desde el umbral de la cocina.
Antes de que pueda apartar la vista, me guiña un ojo con una complicidad traviesa.
No sé muy bien por qué, pero ese gesto me hace sentir un montón de mariposas en el estómago y, al mismo tiempo, extrañamente cómoda, como si me hubieran dado una aprobación que no sabía que necesitaba.
—Pasadlo bien dando esa vuelta —añade Giulia, con un tono cantarín que me deja muy claro que ha notado la electricidad que hay en el ambiente.
Me despido una vez más, inclinando la cabeza, y después salgo junto a Maia.
El aire de la noche milanesa me golpea el rostro, arrastrando consigo el eco de la cena, de las miradas compartidas sobre la mesa y de cada pequeño gesto que hemos intercambiado sin que nadie más lo notara; o eso creía yo hasta que vi la expresión de su abuela.
Caminamos por la acera empedrada; en silencio durante los primeros segundos.
Meto las manos en los bolsillos de la chaqueta, y mientras tanto, repaso mentalmente cada una de esas sonrisas que nos hemos dedicado entre plato y plato, saboreando el recuerdo hasta que Maia decide hablar.
—No me esperaba que fueras a venir —confiesa ella, con la vista fija en sus propios pies.
—Yo tampoco lo esperaba —admito.
Es la verdad más pura que he dicho en mucho tiempo.
—Pero agradezco que Javier me convenciera para dar el paso. De hecho, fue él quien me insistió en que no tenía nada que perder.
Entonces sí. Levanto la mirada y la busco, obligándola a conectar conmigo. En cuanto nuestros ojos se encuentran bajo la luz ambarina de una farola, noto que sabe que esto ha dejado de ser un secreto de cabina para convertirse en algo que ocupa mis conversaciones privadas.
—No creo que sea buena idea que Javier... —empieza a decir Maia.
—Déjame hablar —la interrumpo.
Si lo raro es que nadie más se haya dado cuenta ya.
Me muerdo el labio inferior, sintiendo un leve temblor en los dedos que no estoy acostumbrada a experimentar.
Yo, que controlo emergencias a diez mil metros de altura, me siento ahora mismo a merced de una turbulencia emocional que no tengo ni idea de cómo gestionar.
Mantengo la mirada fija en la suya, obligándome a no flaquear.
—Sé muy bien lo que dejé claro —continúo, y titubeo un rato antes de continuar—: Te dije que solo buscaba un poco de diversión, que no quería complicaciones ni etiquetas. Pero me he dado cuenta de que no puedo seguir fingiendo que esto es solo una escala más en mi hoja de ruta.
Doy un paso hacia ella, invadiendo ese espacio personal que en otras circunstancias protegería con recelo.
—Y entonces, ¿qué es lo que quieres, Irune? —pregunta Maia.
Las farolas dibujan nuestras sombras en el asfalto, alargándolas hasta que se mezclan por momentos en un abrazo de luz y oscuridad. Bajo la mirada un segundo hacia ellas, observando cómo nuestras siluetas parecen tener más valor que nosotras mismas. Después, vuelvo a clavar mis ojos en los suyos.
—Creo que… me gustaría que nos conociéramos —confieso—. Conocernos de verdad. Descubrir qué hay más allá de estas escalas entre vuelos, de los hoteles y esta conexión que me cuesta muchísimo ignorar. Quiero saber quién es la Maia de verdad cuando no lleva el uniforme de la compañía.
Ni siquiera tengo muy claro el haber dicho estas palabras en voz alta.
Al menos, hasta que Maia sonríe. Después, se acerca un poco más, acortando el espacio hasta que casi puedo sentir el calor que desprende su cuerpo y el ritmo pausado de su respiración.
Su mano busca la mía. Y cuando sus dedos se entrelazan con los míos, la naturalidad del contacto me hacer ser consciente de que es como si nuestras manos hubieran estado esperando este momento durante meses.
—¿Pues sabes qué? —dice ella, sin apartar la mirada ni un milímetro—. Me parece una idea maravillosa. Y sé perfectamente cómo podemos empezar este nuevo plan de vuelo —añade con una chispa de picardía.
No me da tiempo a preguntar a qué se refiere. Maia tira de mi mano y me guía calle abajo. La sigo sin rechistar porque quiero hacerlo, porque por primera vez en mucho tiempo no siento la necesidad de controlar cada paso ni de cuestionar el destino.
Caminamos durante varios minutos, alejándonos del bullicio más cercano a su casa, adentrándonos en el corazón de un barrio que parece latir con un ritmo propio.
Las calles se van abriendo y el ambiente cambia poco a poco, volviéndose más íntimo, más recogido, como si la ciudad se hubiera puesto de acuerdo para darnos privacidad.
—¿A dónde vamos? —pregunto, apretando un poco más su mano para asegurarme de que esto es real.
—A uno de mis sitios favoritos.
No dice más, pero su tono lo revela todo: me está abriendo una parcela de su intimidad que, estoy segura, no suele compartir con cualquiera.
Cuando llegamos frente a una fachada discreta, lo entiendo de inmediato.
Es un pequeño local casi escondido entre edificios antiguos, con grandes ventanales por los que se escapa una iluminación cálida y mortecina.
No hay carteles de neón ni música estridente que anuncie su presencia; solo desprende una reconfortante sensación de refugio.
—Aquí venía cuando necesitaba respirar, cuando las cosas se ponían feas y tenía la oportunidad de estar en la ciudad —explica Maia mientras empuja la puerta.
El interior es exquisito en su sencillez.
Nos sentamos en una mesa apartada, justo al lado de un ventanal que da a un callejón solitario.
Maia no suelta mi mano hasta que estamos perfectamente acomodadas.
En cuanto lo hace, noto un vacío repentino, una ausencia de contacto que me hace desear recuperarlo de inmediato.
—¿Qué te apetece tomar? —me pregunta, mientras el camarero se acerca a nosotras.
—Lo que tú quieras, confío en tu criterio —respondo, y veo cómo Maia sonríe.
Pide dos copas de un vino tinto de la zona sin necesidad de consultar la carta. Cuando el camarero se aleja, el silencio vuelve a instalarse entre nosotras, pero la atmósfera ha mutado totalmente, y eso me invita a querer conocer un poco más de ella.
—Cuéntame —le pido, apoyo los codos sobre la mesa y fijo mis ojos en los suyos—. Quiero saberlo todo.
Maia baja la mirada un segundo, jugueteando con el borde de la servilleta de papel con cierta timidez.
—¿Qué quieres saber exactamente? He tenido una vida bastante normalita.
—No me mientas.
Levanta la vista lentamente. En sus ojos ya no hay solo esa chispa juguetona que usa como escudo.
—Ya te comenté que en mi trabajo todo era…
complicado —comienza a relatar—. Mucho más de lo que dejo ver.
No solo todos los problemas recaían en mí.
Sino que había una competitividad tóxica donde los errores no se corregían para mejorar, sino que se utilizaban como armas arrojadizas.
Y al final, por una cuestión de jerarquía y de malas artes, siempre me sentía el chivo expiatorio de gente que no sabía hacer su trabajo.
Frunce ligeramente el ceño y veo cómo se le tensa la mandíbula.
—El jefe de cabina era un auténtico déspota. No sé cómo explicarlo sin que pienses que exagero o que soy una quejica.
—Inténtalo. No te juzgaría nunca por algo así, la verdad. Yo también me he encontrado de todo —le aseguro.
Maia suspira con pesadez.
—Era el tipo de hombre que necesita ejercer un control total sobre las mujeres de su equipo para sentirse poderoso. Utilizaba el miedo, las amenazas con los turnos o los informes negativos para que hiciéramos lo que él quería, incluso fuera del horario laboral.
Siento cómo una oleada de rabia me recorre el cuerpo. Conozco ese tipo de perfil, por desgracia es un mal endémico en ciertos sectores, pero imaginar a Maia pasando por eso me revuelve el estómago.
—Mi madre siempre dice que nací con demasiada lengua y muy poca paciencia para las injusticias —declara poco después—.
Aquello terminó en una denuncia interna que no llegó a ninguna parte porque él estaba muy bien relacionado.
Me hicieron la vida imposible hasta que no me quedó más remedio que marcharme y buscarme otra aerolínea.
Se encoge de hombros, intentando restarle importancia a una herida que claramente sigue abierta bajo la superficie.
—Llegó un punto en el que dudé de todo. De mi capacidad para el trabajo, de mis decisiones… incluso de mi propia valía como persona. Me sentía pequeña, y también defectuosa.
La observo sin abrir la boca, sintiendo una punzada de admiración por la entereza con la que me cuenta esta pequeña derrota.
—Y luego está el cambio tan radical que supuso entrar en esta nueva compañía —prosigue Maia, esquivando mi mirada durante algunos segundos mientras acaricia el borde de su copa—.
Cuando aterricé aquí, venía con la autoestima por los suelos y arrastrando un miedo atroz a no dar la talla, a que me juzgaran o a volver a pasar por el mismo calvario.
Sin embargo, encontrarme de golpe con Tessa, con Carolina o con Thomas ha sido el verdadero punto de inflexión en mi vida.
Ellos no me han visto como un número más en el cuadrante, sino que me han arropado desde el primer minuto con una calidez que me abrumó.
Sentirme rodeada de personas tan nobles, que se desviven por hacerte un hueco en sus vidas y que celebran cada vuelo a tu lado, me ha devuelto poco a poco la fe en mí misma.
Siento un impulso irrefrenable de alargar la mano sobre la mesa y entrelazar mis dedos con los suyos para reafirmar ese apoyo que tanto ha necesitado.
Y esta vez no me detengo. La toco, y noto cómo su piel reacciona ante el contacto con un pequeño espasmo de sorpresa que se transforma de inmediato en la sonrisa que pone en sus labios.
—Me alegra muchísimo escuchar eso, porque precisamente quería decirte que se nota ese cambio en la cabina —le confieso, apretando sus dedos con suavidad mientras contemplo el brillo renovado de sus ojos—.
Tienes una luz especial cuando trabajas y posees una soltura que resulta admirable; de hecho, te veo ejercer la profesión con una elegancia que de verdad hipnotiza a cualquiera que te mire.
Al menos, a mí me tienes hipnotizada —admito después—.
Tienes un talento natural para esto, y esa compañía salió perdiendo por tratarte así.
Maia niega con la cabeza, y una sonrisa tímida asoma a sus labios, borrando de un plumazo la melancolía que amenazaba con empañar la velada.
—Muchas gracias, de verdad que significan un mundo para mí, y más viniendo de la jefa de cabina más exigente que he conocido —añade con picardía.
—¿Eres consciente de que desde que nuestro primer vuelo todo ha cambiado para mejor?
Maia levanta la vista y me mira directamente a los ojos, con una claridad y una fijeza que me estremecen hasta lo más hondo de mi ser.
—Lo soy, y mentiría si te dijera que no me asusta un poco —admite con un susurro esquivo—. Además de que me prometí a mí misma no complicarme la existencia con nadie del entorno laboral, pero la realidad es que me siento increíblemente bien cuando estoy contigo.
Le regalo una sonrisa.
—A mí me ocurre exactamente lo mismo contigo —confieso sin ninguna duda—.
Ya sabrás que arrastro una fama terrible de mujer solitaria, de no querer ataduras con nadie, pero contigo todas esas reglas absurdas han saltado por los aires; ya no sé si quiero mirar hacia otro lado ni fingir que esto es algo pasajero porque la realidad es que me haces sentir de una manera maravillosa.
Se encoge de hombros y tras beber de su copa se muerde el labio inferior.
—Es que la complicidad que tenemos es una locura, Irune —añade ella, dejando la frase suspendida en el aire mientras me recorre con la mirada—. Todo esto… Tú, superas con creces cualquier teoría o prevención que yo tuviera apuntada en mi manual de supervivencia.
—Acepto mi total responsabilidad —bromeo.
Maia me observa fijamente, como si estuviera buscando un rastro de duda, de juego o de falsedad en mis facciones; sin embargo, sé que no lo va a encontrar porque lo que experimento en este instante es la verdad más pura que he sentido en años.
Maia se inclina hacia delante, invadiendo el centro de la mesa, y yo hago lo mismo, consiguiendo que nuestras respiraciones se confundan en el espacio que nos separa.
—¿Y qué vamos a hacer con esto? —quiere saber.
Acaba de tirar todas las cartas sobre la mesa.
La pregunta me obliga a mirar dentro de mí, a esos rincones oscuros que siempre mantengo bajo llave por miedo a que alguien descubra que no soy tan fuerte ni tan desapegada como aparento ante el resto de la tripulación.
Le sostengo la mirada con valentía, y acepto el reto con todas las consecuencias.
—Ahora quiero que dejemos de ponernos excusas basadas en el pasado —empiezo, notando cómo el corazón me golpea el pecho—. Quiero ver hasta dónde llega esto que tenemos, quiero que dejes de ser una hermosa escala en mis rutas internacionales para convertirte, por derecho propio, en un destino real.