20
Maia
«Estoy llegando a Milán, quería verte. Dime tu ubicación y voy para allá».
Releo el mensaje una, dos, tres veces. El texto no cambia, no se desvanece ni se transforma en algo menos directo o más fácil de digerir.
Sigue ahí, incrustado en la pantalla de mi teléfono como una declaración de intenciones que no sé muy bien cómo interpretar sin que los cimientos de mi autocontrol empiecen a tambalearse. Madre mía, qué locura.
Sigo de pie en mitad de la cocina, con el móvil apretado entre las manos y el cuerpo completamente rígido, mientras el mundo a mi alrededor continúa girando con normalidad.
Es como si hubiera sufrido un cortocircuito interno.
Mi mente se ha quedado en blanco, mi capacidad de reacción se ha evaporado y solo acierto a existir, inmóvil, bajo la luz de la cocina.
— Piccola , ¿va todo bien? Estás pálida. —La voz de mi nonna me alcanza con una calidez ancestral que consigue que baje a tierra de golpe, por muy lejos que me haya ido.
Levanto la mirada y me giro hacia ella, forzando una sonrisa tensa que se siente artificial en mis labios.
—Sí... es que... —me interrumpo, dejando las palabras atascadas en la garganta. No sé cómo explicar una situación que ni yo misma alcanzo a comprender.
Con Irune, todo es confusión, y más confusión.
La nonna no detiene su labor. Sus manos, surcadas por tantas arrugas como historias ha contado, trabajan la masa con una destreza hipnótica. Levanta la vista apenas un segundo, lo justo para escrutarme con esa mirada capaz de atravesar cualquier fachada sin necesidad de hacer preguntas incómodas.
—¿Es que qué? —insiste, levantando una de sus cejas—. Parece que hayas visto a un fantasma. O a un ángel, y no sé cuál de los dos me preocupa más.
Encima, no ha perdido el humor.
Trago saliva y consulto el móvil de nuevo, como si este fuera a ofrecerme mágicamente un manual de instrucciones.
—¿Crees que hay hueco para una persona más a la mesa? —pregunto, con cierto nerviosismo tomando el control—. Una... una amiga me acaba de decir que está en Milán y que si puede venir a verme.
—¿Una compañera de la aerolínea? —la voz de Luca irrumpe en la cocina antes de que pueda inventar una respuesta más elaborada.
Mi hermano aparece por la puerta con esa energía despreocupada y un tanto arrogante que siempre le acompaña. Se inclina para depositar un beso en la frente de la nonna y después se gira hacia mí, apoyando el hombro en el marco de la puerta mientras me evalúa con una sonrisa cargada de picardía.
—¿Es guapa? Porque para que te pongas así de nerviosa, tiene que ser impresionante —añade, arqueando una ceja.
Suelto un suspiro que oscila entre la diversión y la desesperación más absoluta.
—Ay, cállate, Luca, de verdad. Siempre estás con la misma historia —le suelto, dándole un leve empujón en el brazo cuando pasa a mi lado para robar un trozo de queso—. Y no se te ocurra añadir otra tontería.
De repente, me doy cuenta de que tanto Luca como la nonna captan el matiz en mi voz. Confirmándoles que, evidentemente, pienso que Irune es guapísima.
La nonna sonríe y asiente.
—Dile a tu madre que ponga un cubierto más en la mesa —comenta hacia Luca, retomando el ritmo del amasado—. Tu amiga está más que invitada. En esta casa nunca falta comida para quien es importante para los nuestros.
Murmuro un «gracias» casi inaudible y desbloqueo la pantalla. Mis dedos se mueven con una seguridad recuperada, aunque mi pulso sigue marcando un ritmo frenético contra mis muñecas.
Maia : Hola. Te mando la ubicación, no está muy lejos de la estación. Ven cuando quieras.
Durante un instante, dudo. El cursor parpadea, incitándome a añadir algo más personal, algo que demuestre que me alegra —y me aterra— que no se haya quedado en Turín. Sin embargo, solo pulso «enviar» y dejo que el mensaje haga lo suyo.
· · ·
El tiempo que transcurre después se siente errático.
Me veo inmersa en la coreografía familiar de la cocina, moviéndome entre mi madre, Luca y la nonna como si todo fuera normal, como si no tuviera una parte de mi consciencia centrada exclusivamente en una mujer que, en este preciso instante, cruza las calles de mi ciudad para irrumpir en mi hogar.
—Maia, vigila esto, que se te va a quemar —me indica mi madre, señalando la sartén donde la mantequilla ha empezado a burbujear—. Tienes la cabeza en las nubes, hija.
Asiento en silencio y tomo la cuchara de madera, intentando que mis manos no tiemblen.
El aroma de la cocina empieza a expandirse por toda la casa; es un olor cálido, reconfortante y profundamente milanés.
Estamos preparando cotoletta alla milanese , el plato emblemático de las celebraciones familiares, o de aquellos días en los que necesitamos sentir que el mundo es un lugar seguro.
La nonna , tras dejar reposar la pasta fresca, comienza a cortarla, formando cintas perfectas que extiende sobre un paño limpio.
—Siempre que vienes en algunos de tus viajes acabamos cocinando para un regimiento —comenta Luca, observándome desde la encimera opuesta.
—Nunca es demasiada comida si la compañía merece la pena —respondo de forma automática, removiendo la salsa con cuidado—. Además, Irune aprecia la buena cocina.
—Irune... —repite mi madre desde el otro extremo, saboreando el nombre mientras coloca las servilletas de tela—. Es un nombre muy español, ¿verdad? Suena fuerte, elegante.
—Lo es —confieso, y esbozo una pequeña sonrisa.
Sin embargo, la paz en la cocina es un espejismo.
Cada vez que el silencio se prolonga más de unos segundos, mi mente vuela hacia ella.
Me pregunto qué estará pensando mientras recorre el trayecto en el taxi, si se sentirá tan fuera de lugar como yo me siento ahora mismo o si mantendrá esa armadura de seguridad que siempre luce cuando estamos en el aire.
Aprieto los labios y me concentro en pasar los filetes por el pan rallado.
Irune no es de las que dan sorpresas sin un motivo de peso, eso lo tengo muy claro.
He aprendido a conocerla. Y sé que no ha venido a Milán simplemente porque sí.
Pero antes de que pueda rumiar ese pensamiento, el timbre suena.
—¡Ya voy yo! —exclama Luca, impulsándose desde la encimera.
—¡No! —salta mi voz, casi de inmediato—. Déjame a mí.
No espero a ver sus reacciones, aunque noto las miradas cruzadas entre mi madre y mi abuela.
Salgo de la cocina con el corazón martilleando contra mis costillas, y recorro el pasillo con zancadas rápidas que intentan ocultar mi urgencia.
Me paso la mano por el pelo, aliso mi camiseta de algodón con nerviosismo y tomo aire profundamente, tratando de llenar mis pulmones de una calma, que no sé ni donde se ha quedado.
Cuando llego a la puerta, me detengo. Solo un segundo. El tiempo suficiente para entender que, una vez que la abra, voy a meterla de lleno en mi espacio más personal.
Irune se materializa ante mí bajo la luz del descansillo, y por un momento, el ruido de la ciudad y las voces de mi familia desaparecen.
Tiene el pelo suelto, algo despeinado por el viento de Milán, cayendo en ondas oscuras sobre sus hombros.
Viste unos pantalones oscuros que marcan la línea de sus piernas, una blusa clara que se ciñe a su figura de forma sutil y una chaqueta ligera que descansa abierta en su cuerpo.
Su postura es tan impecable como siempre, pero cuando sus ojos se encuentran con los míos, detecto esa chispa que siempre nace entre nosotras.
—Hemos cocinado un plato muy típico de la familia, ¿vienes con hambre? —suelto de sopetón, antes siquiera de saludarla formalmente.
En cuanto las palabras abandonan mis labios, me siento como una completa idiota. Ella me mira, parpadeando con sorpresa, y veo cómo recorre con la vista el pasillo que se abre tras de mí.
—¿Habéis...? —comienza ella.
—Mi madre, mi hermano Luca y la nonna —aclaro a toda prisa, mientras me hago a un lado para dejarla pasar—.
No aceptan un no por respuesta cuando se trata de invitados, así que espero que estés preparada para un interrogatorio en toda regla cubierto de salsa de tomate. Anda, entra, que te los presento.
Jamás habría imaginado que tendría este tipo de conversación con Irune.
Jamás.
Nos quedamos mirándonos en el umbral, a escasos centímetros la una de la otra, mientras noto cómo el aire se carga de esa energía especial que hay entre las dos.
—Vale… a lo mejor tendría que haberte dicho de vernos en otra parte. No quería interrumpir…
—Pues ya es tarde para arrepentirse —le respondo, intentando suavizar la tensión con una sonrisa—. Además, ya te lo he dicho: mi nonna ha hecho pasta para un regimiento. Si te vas ahora, me matará por dejar que se desperdicie la comida.
Ella asiente, aunque sus dedos juguetean con el asa de su bolso, un gesto de nerviosismo que jamás le había visto.
—Está bien.
—Por cierto —añado mientras ella da el primer paso hacia el interior—, estás guapísima. Deberías avisar antes de aparecer así, algunas tenemos el corazón delicado —bromeo.
Y no sé si lo he dicho producto de los nervios o por qué.
Irune se detiene en seco y una pequeña chispa de esa arrogancia juguetona que tanto me gusta vuelve a sus ojos. Sus mejillas se tiñen de un rosa casi imperceptible, pero no dice nada.
La nonna aparece en el recibidor, limpiándose las manos en el delantal con energía.
—Pero bueno, ¿vais a quedaros ahí fuera toda la noche? —exclama, acercándose a nosotras—. Tú debes de ser la famosa Irune, la compañera de mi pequeña.
Irune se yergue de inmediato, recuperando esa compostura profesional que tan bien maneja.
—Sí, encantada de conocerla, señora —responde, extendiendo una mano que la nonna ignora olímpicamente para atraparla en un abrazo.
—Nada de señora, aquí soy la nonna para todo el mundo. Pasa, pasa, que Luca ya está preguntando si eres tan guapa como Maia decía.
Miro a Irune de reojo y veo cómo sus ojos se abren de repente. Le dedico una sonrisa tranquilizadora, una que intenta decirle que, a pesar del caos, me hace feliz que esté aquí. Que quiero que vea quién soy cuando no estamos entre las nubes.
—¿Ves? —le susurro mientras caminamos hacia el comedor—. Estoy segura de que no será para tanto.
La observo caminar con seguridad, y eso me hace sonreír. No sé qué ha venido a buscar, ni qué esperamos obtener de este encuentro fortuito, pero mientras veo a mi madre salir a recibirla con una sonrisa y a Luca escudriñarla con curiosidad, siento un cosquilleo en el estómago.
«Va a ser una velada mágica.»