Mapas en la piel 19
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Irune

—¿Qué tienes miedo a perder?

La pregunta de Javier queda suspendida entre los dos.

Está sentado en la cama, apoyado sobre las manos, con las piernas estiradas y una expresión pícara que no me hace ni puta gracia.

Porque además, me está mirando como ese experto que es en temática de Irune, y me fastidia que sepa qué necesito antes incluso que yo misma.

Recorro la habitación de un lado, como si el suelo pudiera ofrecerme la claridad que mi mente se empeña en negar.

Me paso la mano por la nuca, tiro suavemente del cuello de la camisa y respiro hondo, intentando ordenar el torbellino que siento dentro, antes de parar frente a la ventana y observar el reflejo de la ciudad en el cristal, aunque en realidad no veo nada. Estoy demasiado dentro de mí misma.

—Tú misma te estás cerrando puertas —añade él.

—Puertas que no sabía si quería abrir, Javier. Ese es exactamente el problema —respondo. Me giro hacia él y cruzo los brazos sobre el pecho, como si ese gesto pudiera sujetar las piezas que están a punto de desbordarse.

Javier me observa en silencio durante unos segundos, sin interrumpirme, y luego se encoge de hombros sin más.

—Sinceramente, creo que Maia es una chica increíble. Cuando estuvo en casa de Andrew, me lo confirmó. Además, se te nota en la cara que te gusta, no creo que sea un rollo cualquiera.

Resoplo y aparto la mirada hacia un punto indefinido de la habitación.

—Me atrae mucho, sí. Eso no lo voy a negar. Pero una cosa es la atracción y otra muy distinta…

No termino la frase. Porque no tengo idea de cómo continuar.

—A lo mejor has tenido unas relaciones tan mediocres durante todos estos años porque la destinada era ella —bromea Javier.

Lo miro de golpe, arqueando una ceja.

—¿En serio crees en esas chorradas del destino? No me digas que ahora te has vuelto todo un romántico.

Javier sonríe y ladea la cabeza, no me gusta nada… pero nada de nada, esa diversión que veo en sus ojos.

—Lo que yo crea o deje de creer no tiene la menor importancia. Lo que importa es lo que veo con mis propios ojos cuando estás con ella. Y lo que veo es que a ti te brillan más que una noche estrellada.

«Voy a vomitar».

Javier se incorpora más en la cama, apoya los codos sobre las rodillas e inclina el cuerpo hacia mí, mirándome con atención.

—Pero si quieres que me ponga serio —apunta—. Debo añadir que también veo que estás a punto de dejar pasar algo que realmente te importa solo porque te da miedo no poder ponerle control. Controlarlo todo, Irune. Esa es tu gran batalla, ¿te acuerdas?

Aprieto los labios y noto cómo una parte de mí quiere discutirle, desmontar cada una de sus afirmaciones y volver a la versión cómoda de mí misma en la que nada me afecta más allá de lo superficial.

Pero otra parte —la que no ha dejado de hablar desde que Maia apareció en mi vida— se niega a callarse.

—¿Y si no sale bien? —le pregunto, dejando que la inseguridad se filtre en mi voz—. ¿Y si descubro que una versión de mí que no me gusta? No quiero… no quiero complicarme la vida, Javier. Llevo años evitando precisamente esto.

Él suspira, pero su mirada sigue siendo comprensiva.

—Irune, la vida ya es complicada de por sí.

Lo que pasa es que hasta ahora habías elegido complicaciones que podías manejar a tu antojo.

Maia no es así. Y eso te aterra. Pero también es lo que te hace sentir viva.

Yo que tú cogería ese tren y me iría a Milán a pasar estos días con ella.

Si en ese tiempo ves que no quieres nada serio, lo habláis como adultas y punto.

No creo que ella sea como Juliette. Tiene la cabeza muy bien amueblada.

Mi estómago se contrae solo de imaginarlo. Ir a buscarla. Pero ¿qué locura es esta y dónde está mi mejor amigo?

Siento un vértigo extraño, como si el suelo se inclinara bajo mis pies. Porque esto ya no es una decisión práctica. Es reconocer que lo que siento por ella no es algo pasajero ni un capricho más.

—¿Y bien? —insiste Javier.

Me quedo en silencio. Miro el suelo, luego a él, luego a ningún sitio en concreto. Al final, levanto las manos en un gesto de rendición.

—Está bien. Me debes una, y bien gorda.

Javier sonríe se levanta de la cama de un salto, y me paga un beso en la frente.

—Lo sé. Y la pagaré con gusto.

En un santiamén ya estoy cogiendo el bolso, las llaves y el móvil. Y además, tomando una decisión que, hace apenas unos minutos, me parecía impensable.

· · ·

Media hora después estoy sentada en el tren de alta velocidad que conecta Turín con Milán.

El movimiento suave del vagón, el murmullo bajo de los demás pasajeros y el paisaje que se desliza al otro lado de la ventana deberían calmarme.

Siempre me ha gustado viajar en tren. Y es una de las cosas por las que disfrutaba de ir de Nueva York a Boston constantemente.

Pero hoy, mi cabeza no para de dar vueltas.

Sujeto el móvil entre las manos, desbloqueo la pantalla, y vuelvo a bloquearla. Abro la conversación con Maia. La cierro. La vuelvo a abrir, y después niego con la cabeza.

—Cómo se lo digo… —murmuro para mí misma.

Suelto todo el aire que llevo en los pulmones y empiezo a escribir: «Voy hacia Milán. Me apetecía verte».

—No, esto es demasiado directo.

Pruebo otra vez: «Estoy de camino a Milán por unos asuntos. Si estás libre…». Ni siquiera termino de escribir. Suena falso y cobarde. Y yo nunca he sido una cobarde.

Resoplo y apoyo la cabeza contra el respaldo del asiento. Me llevo una mano a la frente y presiono ese punto ligeramente, como si así pudiera ordenar mis ideas.

—Vas a hacer el ridículo —me vuelvo a decir.

Pero ni siquiera yo me lo creo. Porque lo que de verdad me inquieta no es quedar en ridículo. Es llegar y descubrir que no estamos en el mismo punto. O, peor aún, que sí esté en el mismo punto. Que sí quiera algo más. Y entonces…

El tren avanza, implacable, acercándome a una respuesta que no sé si estoy preparada para escuchar. Y de repente, la idea de presentarme allí sin haberle dicho nada me parece una locura aún mayor.

Así que, vuelvo a escribir: «Estoy llegando a Milán, quería verte. Dime tu ubicación y voy para allá».

Me quedo mirando la pantalla durante un rato, como si esperara una respuesta inmediata que sé que no llegará rápido.

—Quizá Javier tenga razón.

Y eso es precisamente, lo que más me asusta.