18
Maia
—No me puedo creer que vayamos a Italia.
La frase se me escapa de los labios con emoción desbordante que no hago el menor esfuerzo por disimular.
Camino a paso ligero junto a Carolina y Tessa por los pasillos de la terminal internacional del aeropuerto.
A pesar del bullicio generalizado, hay algo en mi interior que permanece por completo ajeno a este entorno neoyorquino, como si una parte de mi consciencia ya no habitara en los Estados Unidos, sino que se hubiera adelantado en el tiempo y en el espacio, cruzando el Atlántico para recorrer esas calles empedradas tan conocidas por mí.
—Te lo dije —responde Carolina, deteniéndose un instante para empujar con la puntera de su zapato el eje de su maleta de mano cuando una de las ruedas se queda sutilmente atascada—.
Yo me huelo estos cambios en los cuadrantes de programación desde kilómetros de distancia; en cuanto vi el baile de nombres en los servicios de largo radio, supe que este salto transatlántico iba a ser para nosotras.
—Mi madre y mi hermano se han puesto súper contentos cuando les he mandado el mensaje —añado, sintiendo que los músculos de las mejillas me duelen de tanto sonreír—.
Por no hablar de la nonna , que ya me ha advertido por una nota de voz de que piensa cocinar como si alimentara a un regimiento entero.
Estoy deseando llegar, abrazarlos y desconectar un poco del mundo.
—Y nosotras estamos deseando que nos los presentes —interviene Tessa, acelerando el paso—. Aunque bueno… si somos totalmente sinceras, está claro que unas tripulantes tienen más ganas y más interés en conocer tus raíces italianas que otras, ¿verdad, Carolina?
Carolina la fulmina con la mirada.
—Cállate de una vez, Tessa, que siempre estás igual —protesta de inmediato, propinándole un manotazo cariñoso en el brazo.
—¿Igual cómo? Si yo no he dicho ningún nombre, eres tú la que se da por aludida —replica Tessa, llevándose una mano al pecho con una teatralidad desmedida.
No puedo evitar reírme a carcajadas ante las ocurrencias de mis compañeras.
Avanzamos de forma coordinada hasta la zona de acceso para las tripulaciones técnicas y de cabina. Mostramos nuestras acreditaciones a los agentes de seguridad. A diferencia de los clientes de la aerolínea, nuestra entrada al avión se realiza de un modo mucho más discreto y lateral.
Justo antes de cruzar el umbral del avión, Irune se detiene y se gira hacia nosotras.
—Antes de que abramos las puertas para el embarque de los pasajeros, quiero que todo el mundo se concentre al máximo en que el servicio vaya a la perfección —manifiesta con solemnidad.
Durante un breve segundo, la atmósfera que nos rodea cambia por completo, volviéndose densa, como si las palabras de nuestra jefa de cabina hubieran bajado la temperatura ambiente unos cuantos grados de golpe.
Sin embargo, justo cuando la rigidez parece adueñarse de la situación, Irune sonríe.
Y cuando sus ojos, de un marrón profundo y magnético, se desvían de los demás para detenerse en los míos, siento cómo un temblor cálido y terriblemente familiar me recorre la espalda.
Soy tan esclava de esa complicidad que permanezco por completo ajena al hecho de que Tessa ha seguido la trayectoria de esa mirada y ha registrado perfectamente el impacto de la escena en mi rostro.
Entramos al avión en una fila india perfectamente ordenada.
El interior de la está todavía sumido en una calma irreal, disfrutando de ese silencio sepulcral previo al embarque masivo que dura apenas unos minutos antes de transformarse de manera irreversible en un hervidero de movimientos, voces y maletas.
Ocupo mi posición asignada en la cabina y doy inicio a la revisión exhaustiva de mi zona de seguridad.
El embarque de los pasajeros da comienzo poco después de que Irune dé el visto bueno.
Los viajeros empiezan a acceder al pasillo de forma escalonada, cargados con maletas de mano, mochilas de viaje y un sinfín de expectativas y cansancio acumulado.
Les ofrezco la bienvenida oficial a bordo mostrando una sonrisa franca, que no necesito forzar en absoluto ante la galería.
—Buenos días, bienvenidos a bordo.
—Su asiento se encuentra por el pasillo de la derecha, sí, hacia la zona central.
—¿Necesita que le ayude a colocar el equipaje en el compartimento superior?
Mi voz fluye con una naturalidad y mis manos acompañan cada indicación con ademanes precisos y amables. Me agacho sin pensarlo dos veces para auxiliar a una mujer mayor que tropieza con su bolso de mano, y levanto una maleta para alojarla en el compartimento superior.
Con el vuelo unos minutos en el aire, al regresar al galley trasero para reponer las existencias de refrescos y zumos, me encuentro de improviso con Tessa y Thomas parados junto a la estación de servicio.
Están apoyados de manera informal cerca del mueble metálico de las bebidas, compartiendo confidencias.
No sé qué resorte interno me lleva a detener la marcha antes de que noten mi presencia física en el pasillo.
—¿A ti no te parece que Irune está últimamente más… blanda, por decirlo de alguna manera? —empieza Thomas, cruzándose de brazos mientras vigila de reojo la cortina que da al pasillo principal.
—No la conozco desde hace tanto tiempo como tú —responde Tessa, y se arregla el pañuelo del cuello—, pero es innegable que está especialmente sonriente y permisiva en este viaje.
Ya has visto la mirada que le ha echado a Maia justo antes de subir a bordo.
Para mí que entre esas dos hay una química brutal.
Siento cómo el corazón da un vuelco violento dentro de mi pecho y empieza a acelerarse a un ritmo frenético.
—No sé si me equivoco o no —continúa Tessa, entornando los ojos—, pero la verdad es que hacen una pareja súper atractiva.
—Yo también lo creo, no te lo voy a negar —añade Thomas—.
Y la verdad es que, dejando a un lado los cotilleos de pasillo, estaría muy bien que Irune encontrara la estabilidad y tuviera una relación bonita de una vez por todas.
Según tengo entendido, casi nunca ha logrado durar mucho tiempo con nadie.
Dicen que es una mujer que se cansa rápido de las personas, que saborea la novedad y luego pierde el interés.
Las palabras de Thomas se me quedan grabadas a fuego.
De pronto, un ruido nítido rompe el bucle de mis pensamientos. Trago saliva para aclarar la garganta, y salgo al área de trabajo con total naturalidad, como si acabara de llegar de la cabina de pasaje.
—Uno de los tripulantes de la zona delantera me ha pedido que os devuelva esto —declaro, entregándoles un par de botes de zumo de naranja con un ademán completamente despreocupado.
Los dos se giran hacia mí con rapidez, pero afortunadamente no muestran el menor rastro de incomodidad o sospecha.
—Muchísimas gracias, Maia.
—¿Cómo vais de tiempo por aquí? ¿Necesitáis que os eche una mano con algo?
—¿Y tú? —se interesa Thomas.
—De maravilla —miento en parte.
Porque la estricta verdad, es que me he pasado casi todo el rato observando a Irune de reojo, viéndola moverse entre los asientos con elegancia. Es indudable que es excepcionalmente buena en el desempeño de su trabajo, muy buena. Y eso… «le da un puntazo», pienso.
Regreso de inmediato a mis obligaciones, pero mi mente se niega por completo a despegarse de las palabras que acabo de escuchar de la boca de Thomas en el galley .
«Se cansa rápido.»
¿Será verdad? ¿Será ese el destino inevitable que me espera a mí si decido arriesgar el corazón y seguir adelante con este juego que mantengo con Irune?
¿Seré simplemente una novedad más en su colección de escalas, una distracción que terminará desechando en cuanto le apetezca?
Sacudo la cabeza en un intento desesperado por ahuyentar estos pensamientos y concentrarme en la realidad; este no es el lugar ni el momento adecuado para perderme en divagaciones sentimentales.
El vuelo transcurre con una tranquilidad pasmosa, sin que se registre ninguna otra incidencia digna de mención en los diarios de a bordo. Y por eso, aprovecho la calma reinante en la cabina para organizar un poco, sin darme cuenta de la llegada de Irune.
—¿Va todo bien en tu zona de pasaje, Maia? —se interesa.
—Sí, está siendo un vuelo perfecto —respondo de inmediato, sosteniendo la bandeja vacía contra mi cuerpo—. La cabina trasera está bastante tranquila y la mayoría de los pasajeros se han quedado dormidos tras retirar el servicio principal.
Irune asiente con un leve movimiento de cabeza, pero para mi sorpresa no reanuda su marcha de inmediato. Sus ojos marrones se clavan en los míos, y escrutan mi rostro con una fijeza que me hace contener el aliento durante un instante que se me antoja eterno.
—Pareces muy contenta —añade Irune en un murmullo repentino.
Me quedo paralizada ante sus palabras, debatiéndome internamente entre tomarlas como un simple cumplido de cortesía entre compañeras o como un avance deliberado de la mujer que ya se ha colado en cada uno de mis sentimientos.
—Supongo que es porque voy camino de mi casa —le respondo—. La perspectiva de volver a ver a los míos en apenas unas horas es… maravilloso.
Su mirada cambia al escuchar mi respuesta.
—Qué bonito —manifiesta y sí que parece alegrada—. Disfruta mucho del descanso con ellos, te lo mereces.
Hay una nota extraña en su tono de voz, una especie de melancolía o tal vez sea otra cosa. Pero aun así, le sonrío.
—Lo haré.
Nos quedamos suspendidas durante un segundo completo en ese espacio mínimo de la cabina, ignorando el resto del mundo, hasta que un pasajero pasa por detrás de nosotras de camino a los aseos delanteros.
—Bueno, yo vuelvo al trabajo.
Ella se aparta primero, recuperando su máscara de jefa de cabina en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando la voz de Javier irrumpe para anunciar el inicio de la maniobra de descenso hacia nuestro destino, noto cómo una intensa combinación de expectación y ansiedad se acumula de nuevo en cada músculo de mi cuerpo.
El avión empieza a perder altitud de forma notable.
Y mientras me abrocho el cinturón, la mente se me escapa una vez más hacia el pensamiento que me lleva atormentando desde que escuché a los chicos.
Porque no.
—No quiero que se canse de mí.