17
Irune
El silencio de Nueva York a estas horas de la madrugada es un mito que solo se creen los que no han pasado una noche en vela.
A través del cristal de la ventana de Maia, el rumor del tráfico de la avenida llega filtrado, transformado en un zumbido que compite con el sonido más nítido, urgente y privado de la habitación: nuestra propia respiración.
Solo queda esta penumbra cortada por los reflejos de las farolas exteriores y el calor casi violento que desprende la piel de Maia contra la mía.
Mis dedos se hunden en las sábanas de su colchón mientras mantengo mi peso sobre ella, sujetando sus muñecas por encima de su cabeza. Maia tiene el pelo esparcido sobre la almohada, y los ojos fijos en los míos.
—Me encanta tenerte así —le susurro, bajando la cabeza hasta que mi aliento le roza la línea de la mandíbula. Noto cómo se le eriza la piel del cuello al instante
—Dame todo lo que quieras —suplica Maia.
No necesito que lo repita. La urgencia que arrastramos es suficiente para que su boca busque la con una desesperación que me arranca un gemido desde el fondo de la garganta. Nos besamos sin delicadeza, mordiéndonos, saboreándonos con una ferocidad que habla de lo que sentimos.
Me muevo sobre ella, arrastrando mi cuerpo desnudo contra el suyo, mientras siento la humedad perfecta que ya la delata entre las piernas.
Maia arquea la espalda hacia arriba de forma instintiva, buscando el contacto, buscando calmar ese vacío que la hace jadear contra mis labios.
Después, me rodea el cuello de inmediato, clavando las uñas en mi nuca, empujándome hacia abajo como si tuviera miedo de que pudiera arrepentirme y romper el hechizo.
—Irune... por favor.
Su cuerpo está ardiendo, con las mejillas encendidas y el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético.
Bajo una de mis manos por su vientre, deleitándome en la firmeza de sus músculos, hasta encontrar la curva de su cadera y, finalmente, deslizar los dedos entre sus muslos abiertos.
Está empapada, ardiendo por dentro. Cuando presiono la yema del pulgar contra su clítoris, Maia suelta un gemido agudo que se clava directamente en mi bajo vientre, recordándome lo jodidamente caliente que me tiene esta mujer desde el primer día que se plantó delante de mí.
—Mírame —le ordeno en un susurro áspero, separando sus piernas aún más con mi rodilla.
Ella obedece, con las pupilas dilatadas, sosteniéndome la mirada mientras introduzco los dos primeros dedos en su interior con un movimiento decidido y profundo.
Su interior me aprieta, caliente, rítmico, envolviendo mis dedos en una caricia húmeda que me hace perder el sentido.
Empiezo a follarla despacio, saboreando la forma en que se amolda a mi ritmo, ensanchando su espacio, escuchando cómo el sonido de nuestras pieles choca empieza al acompasarse con sus jadeos.
Maia balancea las caderas hacia delante, exigiendo una velocidad que mi cuerpo se muere por darle. Incremento el ritmo, hundiéndome en ella una y otra vez, sintiendo cómo sus paredes internas se contraen espasmódicamente alrededor de mis dedos.
—Más fuerte —pide, con las manos aferradas ahora a mis hombros—. Irune, dame más.
Le doy exactamente lo que pide. Mis embestidas se vuelven más rápidas, más duras, metiendo los dedos hasta el fondo, golpeando el punto exacto que la hace retorcerse bajo mi peso.
La tensión en la habitación sube hasta volverse casi asfixiante.
El sudor empieza a brillar en su frente y en mi pecho.
Su cuerpo es un mapa de respuestas perfectas a cada uno de mis estímulos.
Sé que ya la tengo al límite, sobre todo, por la forma en que la respiración se le entrecorta, convirtiéndose en pequeños sollozos mecánicos que delatan que está a punto de correrse. El descontrol en sus ojos es total.
—No te contengas, Maia —le susurro al oído, mordiéndole el lóbulo justo antes de aumentar la presión con el pulgar sobre su clítoris—. Córrete.
El estímulo doble la hace dar un respingo salvaje.
Sus uñas se hunden en mi espalda, y sus piernas se cierran alrededor de mi cintura, atrapándome en su espasmo.
Todo su interior empieza a contraerse en oleadas violentas y desordenadas que me aprietan los dedos con una fuerza increíble.
Se corre a lo bestia, soltando un grito ahogado que entierro con mi boca, devorando su orgasmo, a la vez que saboreo el temblor de sus labios mientras su cuerpo se sacude bajo el mío durante varios segundos que se sienten eternos.
La vibración de su orgasmo se apaga despacio, dejando a Maia completamente exhausta sobre el colchón, con los ojos cerrados y el pecho agitado por un esfuerzo que la ha dejado sin aire.
Retiro mis dedos lentamente de su interior, sintiendo el calor residual de su orgasmo, y me quedo observándola durante un instante.
Está preciosa así. Absolutamente preciosa.
Sin embargo, mi propio cuerpo continúa exigiendo guerra. La tensión que tengo acumulada entre las piernas no ha hecho más que aumentar.
Bajo por su cuerpo lentamente, dejando un reguero de besos húmedos por su vientre, saboreando la sal del sudor en su piel, hasta que mis manos vuelven a separar sus piernas de par en par. Maia abre los ojos a medias, mirándome desde arriba.
—Irune… no —consigue articular, intentando juntar las rodillas, aunque sus músculos apenas responden—. De verdad, creo que no voy a poder…
—Lo siento. Pero ahora mando yo —le respondo, agarrando sus muslos por la parte interna para mantenerlos fijos contra el colchón.
Me coloco entre sus piernas y hundo la cara en su intimidad sin previo aviso.
El olor a sexo, a ella, me inunda y me nubla el juicio por completo.
Extiendo la lengua y le doy una lamida larga, desde la base hasta la punta de su clítoris, que la hace saltar sobre la cama como si hubiera tocado un cable de alta tensión.
Está tan sensible que me hace sonreír.
—Irune… —murmura, y sus manos bajan de inmediato para empujar mi cabeza hacia fuera.
Pero yo no me muevo ni un milímetro. Sé perfectamente que cada roce debe sentirse hasta casi doloroso de tan intenso, y es precisamente esa hipersensibilidad lo que me empuja a continuar. Porque estoy segura de que ella también lo desea.
Le sujeto las manos con las mías, entrelazando nuestros dedos sobre sus muslos, y mi boca regresa a su coño. La devoro de forma constante, rítmica, usando la lengua para abrir sus labios internos y saborear el flujo que sigue manando de ella.
Maia empieza a sollozar. Su cuerpo intenta apartarse, rehuir del castigo delicioso de mi boca, pero mis manos en sus caderas la mantienen clavada en el sitio.
No tengo piedad. Empiezo a succionar su clítoris, recreando el ritmo que la ha llevado al límite hace unos minutos, pero esta vez con la humedad y la precisión de mi lengua.
—Por favor… te lo suplico… me… ah me vas a matar… —gime, retorciéndose en la cama.
—Eso es lo que quiero —respondo contra su coño caliente, antes de volver a la carga con más fuerza.
Maia deja de luchar por apartarme y empieza a entregarse a la tortura.
Sus caderas se mueven sin control, buscando el roce de mi boca con una desesperación que contradice sus propias palabras.
Cada lamida le arranca un quejido ronco, un insulto a medias, una súplica que solo sirve para encenderme más.
Estoy completamente obsesionada con la forma en que reacciona.
No hay espacio para los pensamientos racionales; solo importa la textura de su piel, el sabor dulce de su sexo, y la certeza de que tengo el control absoluto sobre su placer en este instante.
Y por eso, sigo lamiéndola, alternando las caricias de mi lengua con toques rápidos y eléctricos en la punta de su clítoris.
El cuerpo de Maia vuelve a tensarse de una forma que conozco bien. Las fibras de sus muslos se ponen rígidas, y empieza a jadear de manera descompuesta, con el aire entrando y saliendo a golpes de sus pulmones.
—Que me voy a… —advierte en un grito ronco.
En lugar de rebajar la intensidad para darle un respiro, la mordisqueo antes de meter la lengua en su interior. El impacto es definitivo. Maia suelta un chillido que se desgarra en su garganta y se rompe por completo.
El segundo orgasmo llega con una violencia que eclipsa al primero.
Todo su cuerpo se arquea, despegando la espalda del colchón, sostenida solo por los talones y los hombros.
Es una descarga masiva, un orgasmo que la hace temblar de la cabeza a los pies.
Mantengo la boca pegada a ella, tragándome cada gota de su placer, sintiendo las contracciones rítmicas de su carne contra mi lengua hasta que el último temblor se apaga por completo.
Se ha corrido de una forma que apenas me ha dado tiempo a tragar.
Subo despacio por su cuerpo, arrastrándome sobre ella como un animal saciado pero que se niega a abandonar a su presa. Maia está con la boca abierta buscando aire, y el pulso le late a toda prisa.
Me tumbo a su lado, apoyando el peso en el codo para poder mirarla de cerca.
Le aparto unos mechones de pelo sudado de la cara con una delicadeza que contrasta con la brutalidad de lo que acaba de pasar entre las dos.
Maia tarda un par de minutos en reaccionar, en bajar los ojos hacia mí y recuperar una brizna de lucidez en esa mirada que me vuelve loca.
—Eres un peligro —consigue decir. Intenta sonreír, pero el esfuerzo parece demasiado grande para sus músculos faciales.
—Ya te avisé de que no juego limpio, Maia —le respondo, y paso la yema del dedo por su labio inferior, que todavía tiembla levemente.
Ella gira un poco la cabeza para besar la yema de mi dedo, un gesto tan íntimo y espontáneo que me provoca un vuelco extraño en el estómago. Un vuelco que no tiene nada que ver con el sexo, sino con esa complicidad incómoda de la que yo misma intento huir cada vez que siento vibrar mi corazón.
Y que no tengo idea de hacia dónde nos va a llevar.