16
Maia
Al día siguiente.
—No creo que haya sido buena idea venir. Es que no conozco a su familia.
Me ajusto el bolso sobre el hombro mientras avanzo por la acera, observando las casas que se alinean a ambos lados de la calle con una armonía que me resulta completamente ajena.
Hay algo en estos barrios residenciales que siempre me hace sentir como una intrusa, como si en cualquier momento alguien pudiera salir de una de esas fachadas impecables y preguntarme qué demonios hago yo allí, tan fuera de lugar.
—Precisamente por eso tenías que venir —responde Carolina, mientras camina a mi lado con esa seguridad suya.
Lleva la chaqueta abierta a pesar del fresco de la tarde y el pelo suelto le roza los hombros con cada paso—.
Para conocer lo que hay más allá de un avión, de los uniformes y de los turnos interminables.
Me dedica un guiño cómplice que intento devolverle, aunque solo consigo esbozar una sonrisa tensa. Carolina siempre logra que todo parezca sencillo, como si bastara con proponérselo para que el mundo se acomode a sus deseos.
—En horas de trabajo no solemos coincidir mucho con ellos —añade Thomas desde mi otro lado, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión relajada que contrasta con mi nerviosismo evidente—. Pero Andrew es un compañero increíble. De verdad. Te va a caer bien, ya verás.
—Una pena que el resto no haya podido venir —comento, más por llenar el silencio que otra cosa.
—Tú solo preocúpate por disfrutar —insiste Carolina, empujándome suavemente con el hombro en un gesto juguetón—. Seguro que lo pasas bien. Y si no, al menos habrás comido bizcocho casero. Eso nunca falla.
Afirmo con la cabeza, aunque no estoy del todo convencida. Siento una ligera tensión instalada en el pecho, una presión que no consigo identificar.
Una presión que, en el fondo, está escrito con un nombre.
Irune.
Sacudo la cabeza, como si con ese gesto pudiera apartarla de mis pensamientos antes siquiera de llegar a la casa. No lo consigo. Su imagen se ha instalado en mi mente desde hace días: persistente, incómoda, imposible de ignorar.
La casa de Andrew aparece al final de la calle, con su fachada clara, un jardín delantero cuidado con esmero y unas luces cálidas que ya brillan en el interior.
Desde fuera se percibe ese ambiente acogedor que no necesita exageraciones para resultar agradable, un hogar que invita a tomarse más de un café.
Antes de que podamos tocar el timbre, la puerta se abre de par en par.
—¡Ya estáis aquí! —exclama Andrew con una sonrisa amplia que le ilumina todo su rostro, como si llevara rato esperándonos.
A su lado, dos niñas se asomaban con curiosidad. La mayor da un paso al frente sin ninguna timidez.
—Hola, soy Bethany —se presenta con naturalidad—. Y ella es Sophie.
No puedo evitar sonreír de oreja a oreja.
—Encantada chicas —respondo, y me agacho para quedar a su altura—. Yo soy Maia.
—Papá dice que trabajas con él —añade Sophie, observándome con atención infantil—. ¿También viajas mucho?
—Muchísimo. Pero creo que tu padre viaja incluso más que yo.
Andrew sonríe y nos invita a pasar.
Entramos en la vivienda y lo primero que me envuelve es la atmósfera cálida y familiar.
El salón está cuidado hasta el último detalle: una mesa central repleta de bandejas con pastas variadas, bizcochos caseros que huelen a vainilla y canela, y pequeños cuencos con fruta fresca cortada.
Hay flores recién cortadas en un jarrón de cristal y la luz es suave, lo justo para que el ambiente resulte reconfortante.
Irune está de pie junto a Emily y Javier, con una copa de vino tinto en la mano. El estómago se me contrae en un nudo rápido y conocido. «Claro, ¿cómo no iba a estar aquí?», me digo en silencio, intentando que mi rostro no delate nada.
—¿Ves? Si también está el alma de la fiesta —susurra Carolina a mi espalda, tan cerca que su aliento me roza la oreja.
La miro de reojo. «¿A qué ha venido eso?» Pienso, pero no lo pronuncio en voz alta; no quiero dar pie a más comentarios.
No tengo tiempo de reprochárselo, porque Emily se acerca con una sonrisa amable, extendiendo la mano hacia mí.
—Tú debes de ser Maia. Los chicos me han hablado mucho de ti. Encantada de conocerte por fin.
—Lo mismo digo —respondo, aceptando su saludo con calidez—. Tienes unas hijas encantadoras… y una casa preciosa. Se respira mucha paz aquí.
—Muchas gracias —responde ella con una sinceridad que me relaja un poco más—. Ven, sírvete lo que te apetezca. Estáis en vuestra casa, de verdad.
Asiento y me dirijo hacia la mesa, sirviéndome un vaso de té frío con hielo y una rodaja de limón. Necesito tener algo entre las manos, ocuparlas, distraerme, evitar que mi atención se desvíe constantemente hacia el mismo punto del salón.
Sin embargo, sé perfectamente que no lo voy a conseguir.
Durante las siguientes horas intento integrarme de verdad. Charlo con los chicos, incluso paso un rato jugando con las niñas, que terminan enseñándome sus dibujos con una ilusión tan contagiosa que por unos minutos olvido la inquietud que me ronda.
Y, sin embargo, hay algo que no encaja del todo dentro de mí.
Carolina se acerca en un momento dado y se apoya en la pared a mi lado, bajando la voz para que solo yo la escuche.
—¿Estás bien? —preguntó, observándome con perspicacia.
—Sí —respondo demasiado rápido, y me doy cuenta de que mi tono no suena nada convincente—. Solo… un poco cansada. Nada importante.
Ella me mira unos segundos más, como si intentara leer entre líneas todo lo que estoy ocultando.
—Si quieres irte antes, no pasa nada. Nadie se va a enfadar. Sabemos que estos vuelos nos dejan hechos polvo.
Asiento, agradecida por la escapatoria que me ofrece.
—Creo que lo haré —admito—. Prefiero descansar un poco y ordenar la cabeza.
Carolina asiente y nos despedimos poco después. Agradezco efusivamente a Emily la invitación, les digo adiós a las niñas —que me abrazan con espontaneidad— y salgo a la calle con una sensación extraña alojada en el pecho.
El aire fresco de la noche me golpea el rostro y suelto el aire que, sin darme cuenta, he estado reteniendo durante demasiado rato.
Empiezo a caminar sin prisa, y dejo que el sonido de mis propios pasos marque el ritmo sobre la acera.
Necesito silencio. Espacio. Ordenar todo lo que se me ha acumulado dentro durante estas horas.
No llevo ni dos minutos andando cuando escucho mi nombre a mi espalda.
—Maia, espera.
Me detengo en seco.
El cuerpo se me tensa de forma automática antes incluso de girarme. Cuando lo hago, veo a Irune acercándose con paso decidido, acortando la distancia entre nosotras.
Se detiene a un par de pasos de mí, respirando con un ritmo ligeramente acelerado, como si hubiera tenido que apresurarse más de lo que quiere aparentar.
Su perfume llega hasta mí antes que su voz, ese aroma sutil y elegante que siempre lleva y que, de alguna manera, ya asocio irremediablemente con ella.
—¿Podemos hablar? —me pregunta.
La observo unos segundos, y dejo que el silencio se estire lo justo para que ambas sintamos la tensión.
—¿Vas a reprocharme cosas que en realidad ni te importan? —respondo sin suavizar el tono, aunque por dentro noto cómo el pulso se me acelera al recordar sus celos en el galley .
Veo cómo su expresión cambia apenas un matiz, un leve fruncimiento de cejas que delata que mis palabras la han alcanzado.
Suspiró, y el sonido sale pesado de mis pulmones.
—Ya sé que me pasé de la raya —reconoce Irune, y se guarda un mechón tras la oreja—. No era mi intención hacerte daño, Maia. A veces… a veces soy demasiado directa y no mido las consecuencias. Pero no quiero que estemos así.
Me giro antes de que pueda añadir nada más y retomo el camino, con el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas. No quiero entrar ahí. Es mejor no tomar riesgos.
Escucho sus pasos detrás de mí; son rápidos, decididos. Y, de repente, su mano se cierra alrededor de mi brazo.
El contacto me detiene en seco.
El calor de su palma traspasa la tela de mi chaqueta y se extiende por mi piel como una corriente eléctrica. Me giro con el pulso desbocado y la miro directamente a los ojos, tan cerca que puedo distinguir las pequeñas motas más claras en su iris.
—¿Qué? —espeto.
Su mano sigue ahí un segundo más antes de aflojar ligeramente el agarre, aunque no se aparta del todo. Sus dedos siguen rozándome, como si no estuviera dispuesta a soltarme.
—Que no quiero que estés cabreada conmigo, ¿vale? —admite, casi en un susurro. Algo en su mirada no encaja con la seguridad que suele proyectar siempre—. No sé qué me pasa contigo, pero… no soporto la idea de que parezca que te he decepcionado.
Frunzo el ceño, intentando mantener el control de mi propia respiración. La cercanía repentina, el olor de su perfume, el calor de su mano todavía apoyada sobre mi brazo… todo se mezcla en una tensión que me cuesta manejar.
—¿Entonces qué es lo que quieres? —le insisto.