15
Irune
—Estás de coña, ¿verdad? Me dijiste que no ibas a volver a hacer algo así. Irune, por Dios, que vas a verle la cara en casi todos los vuelos.
—Que te he dicho que no grites —le pido a Javier, y sin pensármelo dos veces, le tapo la boca con la mano mientras miro de reojo a nuestro alrededor, preocupada por las miradas ajenas.
Algunas personas que pasan con maletas se giran, curiosas, atraídas más por el tono elevado de la conversación que por mis palabras.
Él intenta apartarme la mano, murmurando algo ininteligible contra mi palma.
Cuando por fin lo suelto, se pasa los dedos por el pelo, visiblemente alterado, y exhala un suspiro.
—No estaba en mis cabales, ¿de acuerdo? —añado, bajo aún más la voz y trato de mantener el control que tanto me caracteriza—. Supongo que solo me dejé llevar por el momento.
—¿Que solo te has dejado llevar por el momento? —repite Javier, incrédulo, alzando una ceja con evidente escepticismo—. Y tanto que te has dejado llevar. ¿Cuántas veces ha pasado exactamente?
Javier entrecierra los ojos y casi puedo imaginarlo traspasando cada una de las capas de mi cerebro para analizar lo que pienso antes incluso de que abra la boca. Su mirada es penetrante, y es obvio que hasta está preocupado.
Carraspeo. El nudo en la garganta se tensa, incómodo, pero no retrocedo. Tomo aire profundamente, sostengo su mirada y, después de hacerme con un poco de calma, respondo:
—En su primer vuelo… y también la noche que salimos de fiesta por Tokio.
Veo cómo su reacción se forma al segundo. Abre la boca, dispuesto a soltar otra de sus exclamaciones, pero lo fulmino con la mirada y eso basta para que se contenga, aunque solo sea a medias. Sus hombros se tensan visiblemente y aprieta los labios poco después.
—Encima eres reincidente… es que no me lo puedo creer… —murmura, negando con la cabeza, y durante un segundo parece hasta frustrado, como si le doliera verme tropezar con la misma piedra una y otra vez.
Luego, como siempre ocurre con él, la tensión empieza a disolverse poco a poco en una risa que no puede evitar, y termina apoyando las manos sobre mis hombros con un gesto afectuoso y firme.
—¿Por qué no vamos a dar una vuelta por la ciudad? —propone—. A ver si despejas un poco las ideas y te quitas esa cara que llevas.
Lo observo unos segundos. Sé que lo hace porque me conoce lo suficiente como para saber que, cuando empiezo a perder el control, necesito movimiento, aire fresco y distancia para ordenar mis pensamientos.
—No sé yo si funcionará… —respondo, aunque ya estoy cediendo interiormente—, pero vale. Vamos.
· · ·
Un par de horas después, sigo sin despegarme de Javier y de Andrew.
La idea de una simple «vuelta» ha terminado convirtiéndose en una salida grupal en toda regla, porque alguien —probablemente Carolina— ha decidido que lo mejor después de un vuelo así es aprovechar al máximo la ciudad y desconectar juntos.
Hacer piña. O algo así. Caminamos por Miami dejándonos arrastrar por la mezcla de conversaciones animadas, risas espontáneas y el sonido constante del mar a lo lejos, que llega como un rumor tranquilizador.
El aire es cálido y se me adhiere a la piel mientras me recojo el pelo, sintiendo cómo algunos mechones rebeldes se escapan y rozan mi cuello con delicadeza.
La arena aparece poco después, extendiéndose en una franja amplia y dorada que separa la ciudad del océano inmenso.
La luz del sol empieza a suavizarse, y tiñe el cielo de tonos anaranjados y rosados que cambian a cada minuto, creando un espectáculo natural que me hace sonreír, y fotografiar con mi teléfono.
Es como si nunca hubiera estado aquí, aunque en realidad haya visitado Miami un montón de veces.
Algunos miembros del grupo se quitan los zapatos y otros avanzan directamente hacia el paseo marítimo, donde los bares y terrazas empiezan a llenarse de vida y de voces alegres.
Acabamos en una de ellas.
—No me digas que no necesitabas esto —comenta Javier, colocándose a mi lado con paso relajado mientras observa el horizonte con los ojos entrecerrados por la luz.
—No voy a negarlo —admito, cruzándome de brazos un segundo antes de relajarlos por completo—. Aunque no era exactamente lo que tenía en mente cuando pensé en desconectar.
Él me sonríe, y después se encoge de hombros.
—Nunca lo es. La vida rara vez sale según nuestros planes.
Después, Javier mueve las cejas con picardía, justo cuando lleva su mirada al frente y yo la sigo, atraída por la misma dirección.
«Lo tengo muy claro».
Maia está sentada en una de las mesas de la terraza, acompañada de Carolina y Tessa.
Tiene un vaso en la mano —té frío, por el color ámbar— y habla con una naturalidad que resulta difícil de ignorar.
Sus gestos acompañan cada frase, como si todo en ella tuviera un ritmo propio y armonioso.
Cuando sonríe, lo hace de forma abierta, sin reservas, y hay algo en esa imagen —en la curva de sus labios, en la forma en que inclina ligeramente la cabeza— que vuelve a despertar un calor familiar en mi interior.
Javier emite un leve sonido, apenas un murmullo cargado de intención.
—Ni lo intentes —le advierto baja, sin apartar la vista del frente.
—No he dicho nada —responde él, fingiendo inocencia.
—No hace falta que digas nada. Te conozco demasiado bien.
Él sonríe, satisfecho consigo mismo.
Me dejo caer en una de las sillas, y lanzo un suspiro, apoyando los codos sobre la mesa mientras pido algo de beber sin prestar demasiada atención a la carta. Después, el camarero nos sonríe y se marcha por donde ha venido.
—Madre mía, qué pena que no podamos quedarnos aquí toda la noche —protesta Carolina, inclinándose hacia atrás en su asiento con una expresión relajada y soñadora—. Este sitio es perfecto para olvidar que mañana volvemos a volar.
Escucho sus palabras, pero mi atención no está en ellas ni mucho menos.
Está en Maia, en cómo sujeta el vaso entre los dedos, en cómo baja la mirada un segundo antes de responder algo en mitad de una conversación que no alcanzo a oír.
En esa calma que contrasta con la tensión que existe entre nosotras, una tensión que me desconcierta profundamente, porque me hace cuestionarme si soy la única que siente este torbellino constante en su interior.
—Irune, ¿estás aquí? —pregunta Andrew de pronto, sacándome de golpe de ese punto fijo en el que me había quedado absorta.
—Sí, perdona —respondo, y me giro hacia él con una sonrisa de disculpa—. ¿Qué decías?
—Que si mañana tenías algún plan después de llegar al aeropuerto —repite—. Emily va a organizar una pequeña merienda en casa, y estaría bien que vinieses.
Asiento casi de inmediato, aunque mi mente tarda un poco más en procesar toda la información.
—Ah, sí, sí, claro. Ahí estaré —respondo, tomo el vaso que acaban de dejar frente a mí y doy un sorbo lento—. Voy a quedarme un par de días por Nueva York, quiero ver algunas inmobiliarias y cerrar unos detalles.
—¿Al final sí vas a mudarte? —pregunta Javier, apoya el codo en la mesa y se gira hacia mí con los ojos brillando de ilusión.
—Estoy en ello —respondo, encogiéndome de hombros—. Creo que ya me he cansado de coger el mismo tren todos los días y de perder tanto tiempo en desplazamientos.
—Pues si es así, las niñas se van a poner súper contentas —añade Andrew, sonriendo—. No paran de preguntar por ti cada vez que Emily menciona algo sobre nuestro trabajo.
—Yo también las adoro —digo, y esta vez mi sonrisa es completamente sincera y cálida. Esas niñas siempre me alegran el corazón—. Son un pequeño terremoto adorable.
La conversación continúa, salpicada de anécdotas divertidas y comentarios que fluyen sin esfuerzo entre todos. Me llevo el vaso a los labios, tomando un sorbo que apenas registro, mientras intento ordenar ese pensamiento que insiste en volver una y otra vez.
He pasado años estableciendo mis propios límites.
No dejándome llevar por ese sentimiento de querer pertenecer a otra persona.
Y ahora… ahora todo eso parece tambalearse por alguien que, en teoría, no debería tener ese efecto sobre mí.
Alguien cuya presencia me hace sentir viva de una forma que no recordaba.
—¿En qué piensas? —pregunta Javier.
—Sabes perfectamente lo que estoy pensando —admito, terminándome la bebida—. Que estoy metida en un lío del que no sé cómo salir —añado—. O peor, que no quiero salir.
—Tal vez no sea un lío —responde Javier sorprendiéndome—. A lo mejor es algo que necesitabas sin saberlo. ¿Te acuerdas de nuestra conversación del otro día? —me dice y se inclina un poco hacia mí—. Quizá, sea verdad que los dos estamos en el mismo punto.
—No digas tonterías. ¿De verdad tú crees que ella…?
Javier se encoge de hombros.
—Bueno, por esa cara que lleva y las veces que te ha mirado de reojo, yo diría que quizá sí ve con buenos ojos que lo intentéis. ¿Has pensado en hablarlo?
—Hablar… —repito, y dejo escapar una risa nerviosa—. ¿Y qué le digo? ¿Que cada vez que me roza el brazo sin querer se me acelera el pulso? ¿Que anoche soñé con sus manos en mi cintura y me desperté sudando? Venga ya, que esto no es un libro.
—Pues yo creo que deberías decirle exactamente eso —insiste él—. O puedes probar con algo menos directo. Empieza por «la otra noche no fue solo sexo para mí». Verás cómo reacciona.
Andrew, que ha estado escuchando a medias, interviene con discreción.
—Chicos, bajad el volumen —nos pide, y después sonríe—. Pero si me permitís un consejo de viejo casado: las cosas que no se dicen terminan pesando más que las que se dicen mal. Y Maia parece de las que valoran la honestidad.
Carolina se acerca en ese momento, ajena a la conversación íntima, y se sienta al otro lado.
—¿Qué cuchicheáis? Parece que estéis planeando una fuga.
—Nada —responde Javier, y yo formo una sonrisa—. Solo comentábamos lo de la posible mudanza de Irune. ¿Tú qué opinas, Carolina?
Ella se ríe y da un sorbo a su bebida.
—Que Nueva York siempre suena emocionante.
Maia levanta la vista justo entonces y nuestras miradas se encuentran de nuevo.
Esta vez no aparta los ojos. Hay un brillo en ellos, una pregunta silenciosa que me recorre como una corriente cálida.
Siento el deseo de levantarme, cruzar la terraza y susurrarle al oído que me gustaría pasar la noche con ella.
Pero no lo hago y después, la tarde avanza sin que me dé cuenta.
El sol desciende poco a poco, y la luz cambia, volviéndose más suave, más cálida.
Algunos deciden acercarse más a la orilla para disfrutar de la brisa marina, otros se quedan en la terraza charlando animadamente.
Yo permanezco donde estoy, con la sensación constante de estar en dos lugares a la vez: aquí, con ellos, riendo y conversando, y en ese espacio invisible y cargado de electricidad que se ha abierto entre Maia y yo.
No recuerdo en qué momento empiezo a aceptar una idea que, hasta hace poco, habría descartado sin pensarlo dos veces.
Que quizá… solo quizás… esto no sea tan simple como había querido creer. Que tal vez las reglas que yo misma impuse se están rompiendo una a una, y que cada mirada compartida, cada roce accidental, está tejiendo algo más profundo, más peligroso y, al mismo tiempo, más irresistible para mí.