Mapas en la piel 14
36%

14

Irune

—Pensaba que no te iban las historias de una noche —digo, sin poder contener las palabras entre mis labios.

Maia me observa un instante. Después niega con la cabeza, despacio. Su expresión no delata mucho, pero sus ojos, que siempre parecen cambiar según la luz, se entrecierran, y por un segundo juraría que veo en ellos un destello de enfado.

—¿Desde cuándo te importa lo que yo haga en mi tiempo libre? —se encara.

«Eso, desde cuándo te importa», me recrimino en silencio.

Durante unos segundos me limito a sostener su mirada, aunque en realidad estoy mirando mucho más allá de ella, hacia esa parte de mí misma con la que nunca me atrevo a tener una conversación.

Porque es obvio que no debería importarme.

Porque fui yo quien, desde el principio, dejó claro que esto no era nada más que un juego común y delicioso entre dos mujeres que sabían exactamente el terreno que pisaban.

Me encojo de hombros con aparente despreocupación y aparto la vista hacia la pantalla de la tablet que tengo frente a mí.

Mis dedos se mueven casi por inercia mientras abro el informe del vuelo, como si centrarme en estos datos fríos pudiera ordenar también el caos que se ha abierto paso dentro de mí en los últimos días.

Pero el corazón, traicionero como él solo, me late con fuerza contra las costillas.

—Solo era una observación —respondo, consciente de que hay una buena dosis de mentira en mis palabras.

Tecleo un par de notas sin leer realmente lo que escribo, solo para ocupar las manos—.

Cuando la otra noche me dejaste claro que no eras así…

—añado, intentando tener una conversación de lo más normal—, creí que lo tomabas como una verdad universal.

—Una verdad que yo misma he roto contigo —responde Maia. Carraspea al instante, incómoda, consciente de que no es el lugar ni el momento para ese tipo de confesiones.

Levanto la vista sin poder evitarlo. Nuestros ojos se encuentran de nuevo, y por un momento todo lo demás desaparece. Solo quedamos nosotras dos, suspendidas en esa tensión que siempre parece crepitar entre nuestros cuerpos cuando estamos cerca.

—Y para tu información —continúa ella, y esta vez, sí veo esa chispa de enfado en su voz—, no me acosté con nadie. Solo lo hago con las personas con las que conecto de verdad. Y eso sí que no es negociable para mí.

Las palabras me golpean como si fuera una ola chocando con tierra.

No por lo que dicen en sí, sino por cómo ha sonado a través de su boca.

Siento un calor líquido extenderse por mi vientre, un deseo traicionero que se mezcla con la culpa de haber sido tan bocazas.

Quiero responder, pero no consigo hacerlo.

El timbre suena en ese instante, y rompe la tensión que me rodea.

—Tripulación, en cinco minutos iniciamos descenso —anuncia Andrew.

El momento entre nosotras se disuelve. Maia desvía la mirada primero. Da un paso atrás, recompone su postura con rapidez y se acaricia la chaqueta del uniforme.

—Voy a seguir con el trabajo.

Antes de que pueda añadir nada, se gira y se pierde por el pasillo estrecho, dejando tras de sí el maravilloso aroma de su perfume.

Por un momento, me quedo inmóvil, con las manillas del reloj pasando más lento de la cuenta. El pulso me late en las sienes y niego con la cabeza.

—Seré idiota… —murmuro para mí misma.

Apoyo las manos sobre la superficie y bajo la cabeza, negando una y otra vez.

Siento la tensión acumulada en la nuca, en los hombros, y aprieto la mandíbula.

Respiro hondo, una y otra vez. Lo cierto es que no sirve de mucho, porque la conversación que acabamos de tener, ya no se puede deshacer.

Ni mucho menos, puedo ignorar lo que ahora mismo siento. Aunque no sepa exactamente qué es.

Enderezo la espalda y vuelvo a centrarme en los informes. Esta vez sí leo lo que escribo. De hecho, me obligo a hacerlo. Pero mi mente sigue regresando una y otra vez a su expresión.

Al menos, hasta que el descenso se desarrolla sin incidencias, mientras observo desde mi posición.

De vez en cuando nuestras miradas se encuentran por accidente y siento un escalofrío recorrer toda mi espalda.

Maia sostiene el contacto un segundo más, y sus ojos parecen decirme algo que no se atreve a verbalizar: «Esto no ha terminado».

O quizá solo sea mi deseo proyectándose en ella.

· · ·

El aterrizaje en Miami va como la seda. Las ruedas tocan la pista con ese leve temblor familiar que siempre me resulta tranquilizador, como un recordatorio de que, por muy turbulentas que sean las emociones, el avión siempre regresa a tierra.

Poco a poco, vamos reduciendo la velocidad progresivamente, y después, los pasajeros comienzan a moverse antes de tiempo. Impacientes por bajar.

La rutina se impone de nuevo, y me aferro a ella como si fuera un salvavidas.

—Por favor, permanezcan sentados hasta que el avión se detenga por completo —les recuerdo a los pasajeros por megafonía.

El desembargue es ordenado. Uno a uno, los viajeros abandonan el avión hasta que el espacio se queda vacío, reducido otra vez a su estructura esencial.

El silencio que queda después siempre me resulta extraño, casi sagrado. Como si todo lo que ha ocurrido dentro de este fuselaje se evaporara de golpe.

La tripulación comienza a recoger, a revisar que todo está en orden y a cerrar los compartimentos.

Yo hago lo mismo, aunque en realidad, mi cabeza está en otra parte.

En una mujer que ahora mismo no sonríe, y que tiene los labios apretados, formando una línea que delata su malestar. Está enfadada. Y sé, que es conmigo.

Cuando vamos caminando ya por el aeropuerto, estoy a punto de llamarla. Pero en ese momento Carolina se acerca a ella y le dice algo que no llego a escuchar. Maia asiente, se inclina un poco y responde con una sonrisa que no termina de iluminar su rostro mientras siguen caminando.

Aprieto los labios, conteniendo el impulso de seguirla.

—Tienes que dejar de pensar en tonterías —me digo mientras niego con la cabeza.

—¿Qué tonterías?

La pregunta llega de forma tan repentina que doy un pequeño salto. El corazón se me sube a la garganta.

—¡Javier, coño! —exclamo, llevándome una mano al pecho—. ¿Quieres matarme de un infarto o qué?

Él se echa a reír.

—¿De verdad no me has visto? Llevo un rato llamándote —comenta, caminando a mi lado con las manos en los bolsillos.

—Solo estaba distraída —respondo, e intento recuperar la compostura mientras seguimos avanzando por el pasillo abarrotado del aeropuerto.

—¿Distraída con qué? —insiste él, ladeando la cabeza con curiosidad—. Venga, suéltalo.

Niego con la cabeza, esquivando la pregunta con una sonrisa forzada.

—Nada importante.

—¿Estás segura? —replica Javier, sin rendirse—. Mira, si es por el vuelo, últimamente todo ha ido perfecto, así que no te preocupes de más.

«Qué lio», pienso. No debería decirle nada. Ni mucho menos abrir una puerta que debe estar cerrada. Pero algo dentro de mí necesita que lo haga. Necesita que lo que está pasando tome forma, aunque sea solo con él.

Me detengo en seco en medio del pasillo. Javier da un par de pasos más antes de darse cuenta de que ya no estoy a su lado.

—En serio, ¿qué te pasa?

Doy un paso hacia él y, sin pensarlo demasiado, le agarro del brazo para evitar que siga caminando.

—El otro día te mentí —digo, sintiendo cómo las palabras me acarician la lengua—. Sí que me he follado a alguien.