Mapas en la piel 13
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Maia

—Me va a estallar la cabeza —protesto y me aprieto las sienes con los dedos, cerrando los ojos durante unos segundos, como si ese gesto pudiera acallar el eco de ayer noche.

—Eso te pasa por darle al tequila sin medida —responde Carolina desde mi derecha, sin molestarse en ocultar la sonrisa que le estira los labios con evidente diversión.

Abro un ojo y la miro de reojo, fingiendo fastidio.

—Tú que me animaste sin parar.

—¿Yo? —Levanta las manos con inocencia, aunque en su mirada brilla la malicia—. Yo solo te acompañé en tu proceso de autodestrucción, nada más.

Tessa suelta una risa baja al otro lado de la mesa, mientras repasa la información en su tablet con concentración.

—Para tener el gusto en las relaciones largas, ayer no te lo pasaste nada mal con esa chica del vestido negro —añade Carolina, bajando la voz lo justo para que parezca un secreto, aunque su tono siga siendo juguetón y cargado de dobles intenciones.

Siento cómo el calor me sube por el cuello antes incluso de procesar sus palabras.

El recuerdo de la noche anterior —las luces del local, la música vibrante y esa desconocida que se acercó con demasiada seguridad— me golpea con una mezcla incómoda de vergüenza y fastidio.

Aún puedo sentir el roce de unas manos ajenas en mi cintura y el aliento cálido contra mi oído, pero nada de eso consiguió borrar la presencia constante de Irune en mi mente.

Por no hablar de que fueron unos cuantos besos y nada más.

—No empieces… —murmuro, inclinándome para revisar unos papeles que en realidad no estoy leyendo. Solo necesito tener las manos ocupadas y disimular el rubor que amenaza con delatarme.

—¿Qué? Solo digo lo que vi —insiste ella, clavándome la mirada—. Y vi bastante, además. Casi pareció que te olvidaras de que existimos.

Estoy a punto de responder con alguna excusa cuando la puerta de la sala se abre de golpe.

El sonido, seco y claro, corta la conversación.

Irune entra en silencio y con paso firme. Lleva el uniforme impecable, como siempre, y el pelo recogido con una precisión que roza lo obsesivo. No mira a nadie en concreto, pero tampoco pasa por alto la presencia del equipo.

Y desde luego, a mí tampoco.

O eso creo durante una fracción de segundo.

Porque cuando sus ojos se deslizan por la mesa, se detienen apenas un instante sobre mí… y continúan como si yo no existiera.

«¿Nos habrá escuchado?»

—Bien —empieza Irune, dejando una carpeta sobre la mesa central—. Espero que estéis listos. Este vuelo será corto, pero no por ello menos importante. No quiero errores ni distracciones.

Se mueve alrededor de la mesa, repartiendo los dosieres sin perder detalle de cómo nos hacemos con ellos.

—Andrew nos ha pedido poner especial atención a los niños —continúa Irune, cruzando los brazos sobre el pecho—. Tuvo un par de incidencias en el último vuelo y no quiero que se repitan. Necesitamos rapidez, coordinación y, sobre todo, anticipación. ¿Queda claro?

—Clarísimo —responde Thomas desde el fondo, levantando ligeramente la mano como si estuviera en una clase.

Carolina intercambia una mirada conmigo, alzando las cejas con disimulo, pero yo no puedo apartar la atención de Irune.

—Carolina, tú te encargarás de la posición L2; control de pasaje en la zona central y el servicio comercial de esa sección —le ordena Irune.

—Perfecto —responde ella, adoptando una postura más seria.

—Tessa, como supervisora te quiero en business coordinando la zona noble, y también te ocuparás de la custodia de los menores no acompañados y los pasajeros con movilidad reducida.

Tessa asiente sin apartar la vista de la pantalla de su tablet .

—Y tú, Maia. —Irune clava sus ojos en mí por primera vez en todo el briefing —, irás al galley trasero. Coordinarás los servicios de la cabina de turista y me apoyarás con cualquier incidencia desde allí.

—Claro —respondo, sosteniéndole la mirada sin parpadear.

—Thomas —le espeta Irune, girándose bruscamente hacia él—. ¿Dónde se encuentra el botiquín de primeros auxilios en este modelo de avión?

Él no tarda ni un segundo en responder a la pregunta de seguridad obligatoria:

—En el compartimento superior del lado derecho, en el compartimento superior de la fila uno, jefa.

—Correcto —sentencia Irune. Cierra su carpeta y nos dedica una última mirada—. En quince minutos empezamos el embarque. No quiero retrasos.

Se gira sin añadir nada más y se dirige hacia la cabina con la espalda recta.

—Vale… —murmura Thomas, rascándose la nuca con desconcierto—. ¿Alguien sabe qué le pasa hoy? Está más seria de lo habitual.

Carolina se encoge de hombros, aunque su mirada se desvía hacia mí un segundo.

—Ni idea. Pero sí que está de mal humor, sí.

—Eso ya es decir —añade Tessa en voz baja.

Yo no digo nada. Recojo mis cosas, comprobando el contenido de la bolsa de trabajo mientras repaso mentalmente cada paso como si eso pudiera mantenerme a salvo de lo que siento.

Sin embargo, cada gesto de Irune, cada silencio, cada mirada evitada…

se me quedan clavados a la piel como una quemadura que no termina de sanar.

· · ·

Poco después, y dentro del avión, el ambiente cambia. El espacio reducido, el sonido constante de los sistemas en funcionamiento, el ir y venir de la tripulación preparando cada detalle… todo contribuye a crear una especie de burbuja donde el tiempo se organiza de otra manera.

Me coloco en mi posición en el galley trasero, revisando que todo esté en orden: compartimentos superiores cerrados, material listo y equipos de emergencia comprobados. Mis manos se mueven con seguridad, siguiendo una rutina que ya empieza a sentirse natural.

—¿Lista? —pregunta Carolina al pasar a mi lado hacia los pasillos, rozándome el brazo con suavidad.

—Siempre —respondo, dedicándole una pequeña sonrisa que no llega del todo a mis ojos.

El embarque comienza y, durante un buen rato, todo se reduce a la inercia del protocolo: recibir a la gente, indicar los asientos, ayudar con las maletas de mano y observar con atención el perfil de los pasajeros.

Hay una familia con dos niños pequeños que llegan algo alterados por las colas del aeropuerto.

Me agacho a su altura, les hablo con calma y les señalo sus filas como si fuera un juego divertido.

Uno de ellos me mira con curiosidad; el otro se aferra a la mano de su madre con fuerza.

—Todo irá bien —le aseguro a la madre, ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora—. Si necesitan cualquier cosa durante el vuelo, no duden en pulsar el timbre de llamada.

La mujer asiente, visiblemente agradecida, y yo sigo moviéndome por mi sección, pendiente de cada detalle, de cada gesto.

Irune se desplaza por la cabina delantera con el magnetismo de siempre. Da indicaciones breves a los rezagados, corrige pequeños desajustes y observa todo sin que parezca que lo hace.

Pero no me mira. Ni una sola vez.

—Parece que hoy la jefa está cabreada con el mundo —me susurra Carolina en un momento de tregua, inclinándose hacia mí mientras organizamos los carros de bebidas—. A saber qué le ha pasado esta vez —añade, sin darle demasiada importancia antes de alejarse.

Trago saliva con dificultad, sintiendo un nudo en la garganta.

—Sí… —respondo para mí misma, manteniendo la vista fija en las bandejas—. A saber.

El vuelo avanza sin incidencias mayores.

El servicio se desarrolla de maravilla. Cada uno ocupa su lugar; cada movimiento encaja con el siguiente como si lleváramos años volando juntas.

Y, aun así, hay algo fuera de lugar. Algo tenso que no termina de encajar dentro de mí.

El tiempo pasa más rápido de lo que esperaba, y a la vez más lento de lo que mi cuerpo necesita.

Porque cada minuto que transcurre sin una sola palabra entre nosotras pesa muchísimo más.

Hasta que, casi al final del trayecto, nos quedamos solas en el galley trasero.

Estoy revisando el inventario de carritos cuando la siento llegar, antes incluso de escuchar sus pasos.

Su presencia se nota. Siempre. No hace falta que diga nada, no hace falta que me toque; es como una corriente eléctrica que atraviesa el espacio mínimo del avión y me alcanza directamente en el centro del pecho.

No me giro, pero mis manos dejan de moverse sobre las planchas metálicas.

Ella se coloca a mi lado. Lo suficientemente cerca como para que pueda percibir su calor y el sutil aroma de su perfume; lo suficientemente lejos como para evitar el contacto físico.

Durante unos segundos, ninguna dice nada.

El silencio en el cubículo se estira, se tensa, compitiendo con el zumbido de los motores del avión.

Irune coge una botella de agua y la abre. Su mandíbula está ligeramente apretada y sus ojos evitan los míos con deliberación mientras le da un sorbo.

—Pensaba que no te iban las historias de una noche.