Mapas en la piel 12
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Maia

Manhattan, Nueva York. Al día siguiente.

El murmullo constante del local me ha envuelto desde el momento en que he cruzado la puerta.

Carolina ya está sentada cuando llego, junto a una ventana que deja pasar la luz filtrada por los edificios altos que se alzan a nuestro alrededor, dejándome claro que todavía tengo mucho por descubrir en Nueva York.

En cuanto me ve, me saluda con la mano desde lejos, y al acercarme, Tessa levanta la mirada desde el menú con una sonrisa que me resulta cada vez más familiar y reconfortante.

Hemos hecho muy buenas migas entre la tripulación desde que llegamos, y tengo la sensación de que van a ser de las personas más importantes de mi vida de cara al futuro.

—Pensábamos que te habías perdido —comenta Tessa, cerrando la carta y dejándola a un lado sobre la mesa.

—He estado dando un par de vueltas —respondo mientras me quito la chaqueta y me siento en la silla libre—. Todavía no me acostumbro a tanto movimiento, y orientarse es un poco difícil. A veces tengo la sensación de que solo llevo una semana viviendo aquí, aunque cada día lo hago mucho mejor.

—Eso es porque aún no has interiorizado que todo va más rápido de lo que parece a simple vista —añade Carolina, llevándose una mano al pelo para apartarlo del rostro con un gesto distraído—.

Pero tranquila, en unos meses caminarás por estas aceras como si llevaras aquí toda la vida, con la misma seguridad que cualquiera de nosotras.

Asiento y pinto una pequeña sonrisa en los labios, porque en el fondo sé que hay mucha verdad en sus palabras, aunque eche de menos mi ciudad natal.

Llevo seis meses en Nueva York, y a pesar de que la ciudad ya no me resulta un ente extraño, tampoco he conseguido que sea del todo mía.

Aunque lo voy consiguiendo más desde el cambio de aerolínea.

No obstante, pienso en Nápoles, en su desorden, en su intensidad, en esa cercanía que encuentras en las calles, como si las mismas casas te estuvieran abrazando. Pienso en la familia que he dejado atrás, en el abrazo que me falta de ellos.

Aunque en el fondo, volvería a repetir exactamente los mismos pasos.

—Para mí ha sido un alivio descubrir que vives tan cerca —le confieso a Carolina, apoyando los codos con cuidado sobre la mesa—. White Plains no deja de ser otra ciudad, pero sentir que no estoy completamente sola ayuda más de lo que pensaba.

—Eso es porque no lo estás —responde ella sin dudar ni un segundo, con una naturalidad que me hace sonreír de inmediato—. Y menos ahora, que ya formas parte de esta familia.

Tessa asiente y me da un pequeño empujón cariñoso con el hombro. Ojalá pudiera decir lo mismo de las personas que me hicieron a un lado cuando decidí que quería cambiar de rumbo.

—Ahora tienes un equipo entero que no piensa dejarte escapar —añade Carolina, y levanta su vaso de agua como si estuviera haciendo un brindis—. Así que, cualquier cosa, ya sabes.

Bajo la mirada hacia la mesa, donde ya han rellenado tres vasos de agua fresca y han dejado una pequeña cesta con pan recién horneado que desprende un aroma tentador.

—Para mí sí ha sido todo un reto… —admito, jugando distraídamente con la servilleta entre los dedos—. La gente no se tomó muy bien que quisiera cambiar de aires. Y los que pensé que eran mis amigos, dejaron de serlo.

—Bueno, pero ahora estas aquí —comenta Carolina, y busca mi mano para dejar una caricia en el dorso de esta—. Y eres muy buena en tu trabajo, ya les pueden dar por culo a los de la otra aerolínea, porque han perdido a una gran persona.

—E Irune sabe muy bien lo que hace —interviene Tessa—. Pensé que sería más complicado, pero desde el primer momento que Daniel y yo cruzamos la puerta, nos hizo sentir parte integral del equipo.

Cuando escucho el nombre de Irune, noto un golpe en el pecho. Es como si cada vez que alguien lo pronunciara, alguna pieza dentro de mí se activara para encontrar el punto exacto donde encajar, despertando un calor familiar que recorre mi piel.

—Sí… lo hace bien —respondo, llevándome el vaso de agua a los labios.

Y mientras bebo, su imagen se cuela sin permiso en mi cabeza. Sus manos, su mirada directa, sus gemidos… Sacudo levemente la cabeza, obligándome a regresar al momento presente antes de que mis pensamientos se desvíen.

—Bueno, cambiemos de tema —añado, intentando que no se note lo que se mueve en mi interior—. ¿Qué vais a pedir? Tengo un hambre que no veas.

El camarero se acerca justo en ese momento, bloc en mano y con una sonrisa profesional.

Carolina no tarda en pedir su plato favorito: un sándwich de pan tostado con aguacate, huevo poché y salmón ahumado, acompañado de una pequeña ensalada con el aliño de la casa.

Tessa opta por unas tortitas esponjosas con fruta fresca y sirope de arce, y yo me decido por una tostada integral con tomate natural, queso fresco, unos huevos revueltos y un té frío con limón.

Mientras esperamos a que nos traigan la comida, busco el teléfono y veo que tengo varios mensajes de mi hermano Luca esperándome.

Luca : Entonces… ¿has sobrevivido a tus primeros vuelos en la nueva aerolínea?

Luca : Dime que no te han hecho trabajar como a una mula.

Luca : Te echo de menos, sorellina .

Sonrío al leerlos, sintiendo un cosquilleo cálido en el pecho. Y poco después, mis dedos vuelan sobre la pantalla.

Maia : La verdad es que sí, y mejor de lo que esperaba. El equipo es muy bueno, profesional y ya he hecho buenas amigas. Me siento muy cómoda. Yo también os echo mucho de menos. Prometo llamaros pronto.

Dudo unos segundos antes de escribir el siguiente mensaje. Mis ojos se detienen en el cursor parpadeante, como si este me estuviera retando a ser totalmente sincera.

Maia : Además, hay alguien…

Pero no termino la frase. La borro despacio, letra a letra, hasta que no queda nada. Respiro hondo y bloqueo el móvil, dejándolo sobre la mesa.

—¿Te encuentras bien? —pregunta Carolina, observándome con atención mientras da un primer bocado a su sándwich recién servido.

Levanto la mirada, pillada en medio de mis pensamientos.

—Sí, claro —respondo rápidamente, guardando el móvil—. Estaba hablando con mi hermano. Solo le decía que espero poder ir a casa pronto para verlos.

—Seguro que el mes que viene nos toca algún vuelo a Italia —responde Carolina, moviendo las cejas—. Y si es guapo… podrías presentármelo. No me importaría conocer a un italiano de verdad.

Tessa le da un manotazo, echándose a reír.

—¿Es que solo piensas en eso?

—No —se defiende ella, aunque su sonrisa amplia la delata un segundo después—. Pero también tenemos derecho a divertirnos en nuestro tiempo libre, ¿no? ¿A que sí, Maia? Seguro que tú me entiendes.

La frase me pilla cuando estoy dándole un sorbo al té, y casi me atraganto. Asiento y continúo bebiendo en silencio.

Porque no tengo ni idea de qué responder.

Lo primero que me viene a la cabeza no es una respuesta neutra, ni mucho menos inocente. Es Irune, y su boca exigente. Sus manos recorriendo mi piel hasta el punto de marcarla. La manera en que me hizo olvidar dónde estaba y quién era durante aquellos momentos robados.

—¿Maia? —insiste Tessa, sacándome de mi ensimismamiento.

—Sí, sí… estoy de acuerdo —respondo, dejando el vaso sobre la mesa—. Tenemos todo el derecho a desconectar y a disfrutar cuando estamos en tierra.

Pero un pensamiento se queda flotando en el aire.

—¿Vosotras creéis que se puede mantener una relación seria con nuestro trabajo? —quiero saber.

Las dos se quedan en silencio durante unos segundos, y después se intercambian una mirada breve y significativa antes de responder.

—Supongo que sí —dice Carolina primero, se aparta un mechón de la cara y después se encoge de hombros—. Pero tiene que ser alguien muy compatible, alguien que entienda bien cómo funciona este tipo de vida.

—Una vida en la que no tienes horarios fijos —añade Tessa, cortando un trozo de tortita—. Que te obliga a desaparecer varios días seguidos, y en la que muchas veces llegas cansada, sin ganas ni de hablar…

—Es difícil… —concluye Carolina con un suspiro—, pero no imposible si hay verdadera conexión y paciencia por ambas partes.

Asiento, absorbiendo cada palabra mientras remuevo mi té con la cucharilla.

—Mi última relación duró cinco años —continúa Carolina, con cierta nostalgia brillando en su mirada—. Hasta que él recibió una oferta importante en otra ciudad y dejó de ser compatible con mi vida. No coincidíamos en nada, ni en el tiempo ni en las prioridades.

—Ya… —murmuro, bajando la mirada hacia el plato.

—¿Lo dices por alguien? —se interesa Tessa.

Niego con rapidez, quizá demasiado rápido.

—No, no… solo es una duda que me ronda últimamente.

Pero incluso mientras lo digo, sé que no es cierto. Aunque deba tener muy claro que Irune y yo solos nos estamos divirtiendo.

¿Es lo que quiero?

Nunca me han ido las historias que empiezan y terminan sin dejar nada más que un recuerdo confuso y pasajero. No me interesa lo que se consume rápido y después se olvida. Yo quiero algo que permanezca a lo largo del tiempo. Algo que crezca con el paso de los meses, que se construya poco a poco.

Quiero mirar a alguien y saber que, pase lo que pase, volveré a ese lugar una y otra vez, porque sea mi refugio. Y, sin embargo, cada vez que pienso en Irune, tengo muy claro que ella no es un sueño de película.

Sacudo la cabeza, e intento poner mis pensamientos en orden.

—En fin… —añado, forzando una sonrisa—. Mejor contadme dónde es la fiesta de esta noche. Necesito desconectar.

Carolina y Tessa se miran al instante, como si hubieran estado esperando ese momento con impaciencia.

—Sabía que ibas a decir que sí —comenta Carolina, inclinándose hacia mí—. Es en un sitio bastante conocido en Brooklyn. Música en directo, buen ambiente… y bastante gente interesante que suele aparecer por allí.

—¿En qué sentido? —pregunto, arqueando una ceja.

—En el sentido de que no te vas a aburrir ni un segundo —responde Tessa con una sonrisa cómplice y juguetona—. Y que te vas a divertir.

—Además —añade Carolina, dando un sorbo a su refresco—, es perfecto para desconectar, como tú has dicho. Nos lo hemos ganado después de un par de vuelos tan largos. Bailar, reír, tomar algo… aunque mañana tengamos que volver al tajo.

Asiento, dejándome llevar por su entusiasmo.

—Entonces contad conmigo.