11
Irune
Londres, Inglaterra. Al día siguiente.
—¡¡¡AHHHHH, PERO QUÉ HACES AQUÍ!!!
Leire se abalanza sobre mí con tal ímpetu que el aire se me escapa de los pulmones en una risa ahogada mientras sus brazos me rodean con fuerza, apretándome contra ella como si quisiera asegurarse de que soy real y no un simple espejismo.
Su cuerpo menudo y lleno de energía choca contra el mío, y por un instante olvido el cansancio del vuelo y el peso que arrastro desde hace días.
—Hola, hermanita… yo también me alegro de verte —consigo articular entre el abrazo y la falta de oxígeno.
Un poco más, y muero por echarme de menos.
Se aparta lo justo para mirarme a la cara.
Sus ojos brillantes recorren cada detalle de mi rostro como si necesitara comprobar que no he cambiado ni un ápice desde la última vez que nos vimos —que tampoco fue hace mucho.
O quizá sí—. Acto seguido, me da un manotazo en el brazo, aunque la sonrisa que luce deja muy claro que no me está reprochando nada.
—¿Por qué no me habías dicho que ibas a venir tan pronto? Eres una mentirosa.
—¿Mentirosa? —Arqueo una ceja, divertida, mientras froto el punto donde me ha pegado con fingida indignación—. ¿Es que no te gustan las sorpresas?
—¡Claro que sí! ¡Ahhhhh! —vuelve a gritar, exagerando de nuevo, al tiempo que abre la puerta de par en par con un gesto amplio—. Anda, pasa, pasa, no te quedes ahí como un pasmarote.
Entro en su piso de Shoreditch y, nada más cruzar el umbral, me envuelve ese aroma familiar y reconfortante que traen las múltiples plantas y flores que siempre tiene repartidas por su casa.
Avanzo hasta el salón y me detengo un segundo al contemplar el caos que ocupa la mesa de centro y parte del suelo: folios desparramados, carpetas abiertas, bolígrafos desperdigados y varias notas adhesivas con anotaciones rápidas.
Este desorden me habla de esa pasión desbordante que mi hermana siempre ha puesto en todo lo que hace. Incluido su trabajo.
—Perdón por el desorden —se lamenta Leire desde detrás de mí, cerrando la puerta con el pie—. Pero es que estoy hasta arriba de informes. No he tenido ni un minuto para recoger.
—Ya lo veo —respondo, inclinándome para observar uno de los documentos sin llegar a tocarlo—. Imagino que el trabajo irá de maravilla, como siempre.
—Tenemos muchos encargos, sí —contesta ella con un deje de orgullo evidente en la voz, antes de señalar el sofá con la cabeza—. Pero cuéntame tú. ¿Te vas a quedar mucho tiempo?
Prácticamente me tiro al sofá exhalando un suspiro. Me quito los zapatos de tacón y estiro las piernas, dejando que los músculos se relajen por primera vez en muchas horas.
—Desgraciadamente, solo un par de días —admito, y apoyo la cabeza contra el respaldo—. Después tengo que volar a Madrid para tomar otro avión. Dios… estoy deseando no hacer absolutamente nada durante unas cuantas horas. Solo dormir y comer.
—Eso tiene fácil solución —comenta mi hermana, desapareciendo un momento hacia la cocina—. Voy a por unas cervezas bien frías.
La escucho abrir el frigorífico, y después, el tintineo de los botellines y el sonido de las chapas al saltar.
Me quedo mirando el techo mientras dejo que el cansancio se asiente en mi cuerpo, que poco a poco se olvida de la rutina de estos días.
Aunque en realidad, de lo que no puedo deshacerme es de la sensación que hay bajo la superficie y que lleva el nombre de Maia.
Cuando mi hermana regresa, me tiende uno de los botellines y se sienta a mi lado, subiendo las piernas al sofá y poniéndose cómoda.
—¿Cómo han ido los últimos vuelos? —pregunta antes de dar un trago largo.
Inclino la botella antes de beber, dejando que el sabor frío y amargo me recorra la garganta con lentitud.
—La verdad es que bastante bien… a pesar del cansancio que llevo encima —respondo con sinceridad—. Hicimos escala en Madrid, luego volvimos a Nueva York, y el último vuelo fue a Tokio.
—Nada mal —murmura ella, observándome con atención renovada—. ¿Y qué tal Nueva York? ¿Al final vas a dejar Boston?
—Creo que sí… —admito, recordando el ruido incesante de los últimos días que pasé en nuestra ciudad base. Un recuerdo precioso antes de que unos labios se quedaran presentes en mi memoria—. A veces tengo que quedarme allí un par de días y es muy cansado ir de un lado a otro.
—Pues creo que haces bien —asegura mi hermana y levanta su botellín—. Aunque chica, qué envidia. Siempre he querido ir a Tokio y tú ya la has pisado un montón de veces. A ver si en las próximas vacaciones nos pegamos una escapada tú y yo.
Me permito una pequeña sonrisa que no puedo contener.
—Pues sí, porque es una ciudad de otra galaxia.
—Menuda locura de vida la tuya —dice ella, chocando su botellín contra el mío—. Como para quejarse.
—Por eso no lo hago —respondo, y se me escapa una sonrisa contagiosa—. Aunque admito que muchas veces es agotador. El ritmo, las horas, la responsabilidad de mi puesto…
Leire me observa en silencio durante unos segundos, con esa mirada penetrante que siempre ha tenido. Sé perfectamente qué significa esa expresión. Está buscando algo más allá de lo que he dicho.
—¿Y los nuevos? —pregunta antes de darle otro sorbo a la cerveza—. ¿Alguno a quien ya hayas querido matar?
Me echo a reír y niego con la cabeza.
—Pues te va a sorprender, pero no.
Su expresión cambia de inmediato. Se inclina un poco hacia mí, como si acabara de oler algo interesante y jugoso.
—Eso sí que me sorprende —admite, con los ojos brillantes de curiosidad—. Sobre todo, por lo mucho que te quejas habitualmente de los cambios en la tripulación.
Me encojo de hombros evitando su mirada, justo cuando me pongo a jugar con el borde del botellín entre los dedos.
—Será porque esta vez vienen bien preparados. Daniel es muy resolutivo, Tessa es organizada… y Maia…
La sonrisa que se dibuja en mis labios es suficiente para delatarme.
Leire se queda completamente quieta, mirándome como si acabara de descubrir la pieza clave en un puzle que llevaba tiempo intentando resolver. Doy un trago largo a la cerveza, ocultando parcialmente la expresión que sé que se me ha escapado.
—Es buena en su trabajo, la verdad…
—Uh… —suelta ella, alargando la vocal mientras me observa con descaro y una sonrisa pícara—. Alguien ha llamado tu atención de verdad. Cuéntamelo todo. No te guardes ni un detalle, por favor.
—¿Qué quieres que te cuente? —respondo, apoyando la espalda contra el sofá con fingida despreocupación—. Solo es competente. Muy buena en lo que hace.
Leire no dice nada durante unos segundos. Solo me mira, y de repente, se lleva una mano a la boca en un gesto exagerado.
—Espera, espera, espera… —susurra, abriendo los ojos como platos—. ¿¡Ya te la has tirado!?
—De verdad… —Cierro los ojos un instante, y niego con la cabeza mientras una risa nerviosa amenaza con escaparse de mis labios—. ¿Podrías no gritar cada vez que algo te sorprende?
—Entonces sí que lo has hecho —afirma ella, señalándome con el botellín—. Te has acostado con tu compañera de trabajo. Con otra compañera de trabajo.
Suelto el aire por la nariz, sin responder ni una palabra, aunque me traiciona el calor que sube por mi cuello.
—¿Eso no era una línea roja que ya no querías volver a cruzar nunca más? —añade Leire, esta vez con un tono más serio, aunque no ha perdido ni un poco la curiosidad que brilla en sus ojos.
Aprieto un rato la mandíbula antes de responder, eligiendo las palabras con cuidado.
—Maia no es Juliette —le aclaro—. Así que no hay nada de qué preocuparse. Solo… nos divertimos. Nada más.
Leire ladea la cabeza, estudiándome con detenimiento, como si intentara leer entre líneas todo lo que no estoy diciendo.
—Hasta que alguna de las dos se enganche de verdad y perdáis el control —murmura, con un matiz de preocupación.
—Eso no va a pasar —respondo casi de inmediato, aunque una parte de mí sabe que en la vida no podemos tener nada seguro—. Ya le he dejado claro que no busco una relación. Solo placer y momentos divertidos entre escalas.
—Ya… —murmura mi hermana, poco convencida, mientras da otro sorbo a su cerveza—. Mientras tengas claro lo que haces y dónde te estás metiendo… por mí, perfecto. Lo más importante es que no os pillen.
Leire no insiste. Al menos no de forma directa y cambia de postura, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá mientras deja escapar un suspiro.
La conversación continúa durante un rato más, saltando de un tema a otro.
Sin embargo, hay momentos en los que me quedo en silencio unos segundos de más, perdiéndome en pensamientos que me llevan a un lugar muy alejado.
A una boca que conozco demasiado bien. A una mirada que empieza a resultarme difícil de ignorar.
Al recuerdo de las manos que se deslizaron por mi piel con una seguridad que aún me eriza la nuca.
A la forma en que Maia susurró mi nombre contra mi cuello mientras se corría, y a cómo ese sonido se me ha quedado grabado en la memoria.
Cuando el reloj marca cerca del mediodía, Leire se estira con un gesto perezoso y se incorpora con renovada vitalidad.
—¿Sabes qué? —dice, girándose hacia mí con una sonrisa traviesa—. Me apetece llevarte a un sitio que te va a encantar. ¿Damos una vuelta por la ciudad?
La observo durante un segundo. El cansancio sigue ahí, pero no con la suficiente intensidad como para rechazar la propuesta.
—Claro —respondo, devolviéndole la sonrisa—. Sabes que Londres me encanta, y más si eres tú quien me guía.
Su sonrisa se ensancha de inmediato, iluminándole el rostro.
—Perfecto. Dame diez minutos para cambiarme.
Se levanta de un salto y desaparece por el pasillo con esa energía inagotable que siempre la ha definido. Yo me quedo unos segundos más en el sofá, terminando la cerveza con calma, antes de incorporarme.
Recojo mis cosas, pasando una mano por mi pelo para arreglarlo sin demasiada intención.
Mientras lo hago, mi mente vuelve una vez más a Tokio, a esa habitación de hotel, a la forma en que Maia me estampó contra la puerta y me besó con una pasión que aún siento en los labios.
Recuerdo sus gemidos, la presión de su mano en mi vientre mientras me corría, y un calor traicionero se instala en la parte baja de mi abdomen.
Cuando Leire vuelve, me mira y mueve las cejas con picardía.
—¿Lista? —pregunta, cogiendo su chaqueta.
—Siempre —respondo, imitando su tono con una sonrisa.
Salimos a la calle y el aire fresco de Londres me despeja un poco la cabeza. Leire se engancha de mi brazo casi de inmediato, apoyándose en mí con naturalidad mientras empezamos a caminar por las aceras bulliciosas.
—Me encanta que hayas venido —confiesa, dándome un beso rápido y cariñoso en la mejilla—. De verdad.
—Y a mí estar aquí contigo.
Y es verdad.
Pero mientras avanzamos por las calles de Londres, entre gente que viene y va, hay un pensamiento que se abre paso sin permiso y con una insistencia que apenas puedo controlar.
¿Qué estará haciendo Maia en este momento?