10
Maia
La puerta de la habitación se cierra con un golpe que resuena en el pasillo vacío del hotel.
No le doy tiempo a Irune a dar ni un solo paso más.
La empujo contra la madera con todo el peso de mi cuerpo, y las manos aferradas con fuerza a las solapas de su chaqueta, antes de besarla como si llevara horas conteniéndome, como si el deseo acumulado durante toda la noche amenazara con consumirme.
Nuestras bocas chocan con urgencia, y enredo mi lengua con la suya.
Sabe al alcohol que hemos compartido durante toda la noche y a algo más dulce, que me vuelve absolutamente loca.
—Maia… —murmura Irune contra mis labios, pero no la dejo terminar. Vuelvo a besarla, mientras mis dedos bajan por su cuello y se cuelan bajo la ropa, rozando la piel caliente que arde ante mi tacto.
La habitación es un lujo silencioso y elegante.
La única iluminación proviene de una lámpara de diseño minimalista sobre la mesilla, que baña la estancia con un resplandor tenue y cálido.
Es suficiente para que yo pueda apreciar cada detalle de su rostro; cómo sus mejillas están ligeramente sonrojadas, cómo lleva los labios hinchados por el beso y cómo sus ojos brillan a placer sin ningún disimulo.
Todo lo que nos rodea es un aliciente absolutamente perfecto para lo que estamos a punto de desatar.
—No puedo esperar más —susurro contra su boca, casi sin aliento, y mis manos ya empiezan a desnudarla con movimientos impacientes.
La ropa cae al suelo poco a poco. Irune responde con la misma hambre; me empieza a desnudar a tirones, y siento sus palmas calientes recorriendo mi espalda desnuda, dejando un rastro de fuego allí donde me tocan.
Nuestros cuerpos se aprietan sin espacio entre ellos, y el calor que crece entre nosotras se convierte en un incendio imposible de controlar.
La beso otra vez, mordiéndole el labio inferior antes de tirar de él, y mis manos descienden hasta sus pantalones.
Desabrocho el botón con dedos torpes por la prisa.
Ella hace exactamente lo mismo con los míos.
La ropa desaparece entre besos y jadeos entrecortados, y cuando por fin estamos las dos completamente desnudas contra la puerta, siento su piel ardiente pegada a la mía; un escalofrío eléctrico que me recorre de la cabeza a los pies.
—Dios, Maia… —gime Irune.
Pero no le respondo.
Me arrodillo frente a ella sin romper el contacto visual ni un segundo.
Sus ojos se abren un poco más, con una mezcla perfecta de sorpresa y excitación.
Mis manos suben lentamente por sus muslos firmes, separándolos con firmeza, y me inclino hacia delante.
El olor cálido y dulce de su excitación me llena por completo y me hace la boca agua.
Paso la lengua despacio por su centro, saboreándola con lentitud deliberada, y ella suelta un gemido ahogado que reverbera en el silencio de la habitación.
—Joder… —susurra, y sus dedos se enredan con fuerza en mi pelo.
La devoro sin piedad. Primero la acaricio con lentitud, trazando círculos amplios alrededor de su clítoris ya hinchado, luego aumento la presión, chupando y succionando con hambre.
Sus caderas se mueven contra mi boca de forma instintiva, buscando más fricción.
Sigue de pie contra la puerta, con las piernas ligeramente abiertas, y yo la sujeto por las caderas para mantenerla exactamente donde quiero y guiar su coño hacia mi boca.
Mi lengua entra en ella, sale, y vuelve a penetrarla mientras mis labios rodean su punto más sensible y succiono con un ritmo constante y sin parar.
—Maia… joder sí, me encanta. Coño —habla, con la voz rota por los gemidos.
—Sabes de maravilla —le respondo, solo en un segundo.
Porque no pienso parar.
Introduzco dos dedos dentro de ella sin previo aviso, curvándolos hacia a placer mientras noto cómo la humedad de mi sexo empieza a empapar mis muslos.
Su interior está caliente, resbaladizo y se contrae alrededor de mis dedos con cada embestida profunda.
Sigo comiéndomela sin descanso, trabajando en perfecta sincronía, y sus gemidos se vuelven más altos, incluso desesperados.
Sus muslos tiemblan visiblemente contra mí.
—Así… justo así… no pares —jadea, y tira de mi pelo con fuerza, casi dolorosamente.
Siento cómo su orgasmo se acerca. Su respiración se acelera de forma errática, sus caderas se mueven más rápido contra mi cara. No aflojo el ritmo, y aprieto su bajo vientre con la otra mano para intensificar el placer.
La chupo con más intensidad, giro los dedos dentro de ella y, de pronto, se corre con un grito ahogado que intenta contener mordiéndose el dorso de la mano.
Su cuerpo se tensa por completo, se arquea violentamente contra la puerta y yo sigo lamiendo con suavidad hasta que noto cómo mi boca se llena con sus jugos y el último espasmo la recorre.
Al notar cómo se calma, me levanto despacio, limpiándome los labios con la lengua mientras la miro a los ojos.
Irune me observa con la mirada nublada de placer, el pecho subiendo y bajando con rapidez.
Me besa con fuerza, probándose a sí misma en mi boca, y me empuja hacia la cama sin pensárselo dos veces.
Caemos sobre las sábanas frescas y suaves, riendo entre jadeos.
La habitación huele ahora intensamente a nosotras, a sexo.
La luz de Tokio se filtra a través de los ventanales, dibujando sombras largas y cambiantes sobre nuestros cuerpos desnudos.
Irune se coloca encima de mí, y sus pechos rozan los míos con cada movimiento, mientras empieza a besarme el cuello, bajando con deliberada lentitud por mi clavícula hasta atrapar uno de mis pezones entre sus dientes.
Gimo con fuerza, arqueándome hacia ella, buscando más contacto.
—Te quiero dentro de mí —le ordeno, poseída por el deseo—. Ahora mismo.
Ella sonríe contra mi piel, con una sonrisa oscura y cargada de promesas, y estira el brazo hacia la mesilla de noche.
Abre el cajón y saca un pequeño palito vibrador negro, fino y elegante, con la punta ligeramente curvada.
Lo enciende y el zumbido llena el aire entre nosotras.
Mis ojos se abren más, y arqueo una ceja.
—Eres una caja de sorpresa… —murmuro, medio riendo.
—Bueno… una tiene que pensar en lo que va a hacer durante los viajes. ¿No? —responde, llena de una malicia juguetona que me pone la piel de gallina—. Aunque ya me ha quedado muy claro que eres tú quién va a volverme loca.
Irune me abre las piernas rápido y coloca la punta vibrante contra mi clítoris hinchado.
El placer es inmediato e intenso. Gimo fuerte, y clavo los dedos en las sábanas.
Irune mueve el aparato en círculos lentos, presionando justo donde más lo necesito, mientras su boca vuelve a bajar a mis pechos.
Me lame, me muerde y yo me retuerzo bajo ella, incapaz de quedarme quieta.
—Más… por favor, dame más… —le suplico.
Ya no sé cuántas veces voy a hacerlo en los próximos minutos.
Un segundo después el palito dentro de mí con una lentitud tortuosa.
Lo siento llenándome por completo, vibrando contra mis paredes internas.
Mi cuerpo se arquea de forma involuntaria e Irune lo mueve dentro y fuera con ritmo placentero, girándolo ligeramente, mientras su pulgar frota mi clítoris con movimientos expertos.
El placer es casi insoportable, una ola tras otra que me deja sin aliento, a la vez que mis gemidos llenan la habitación, mezclándose con el zumbido constante del juguete.
—Estás chorreando. Y me encanta, que lo sepas —murmura contra mi cuello, mordiéndome el lóbulo de la oreja.
Me folla con el vibrador de forma profunda y constante, y yo siento que estoy a punto de romperme en mil pedazos.
Entonces ella cambia de posición: se coloca a mi lado, con una pierna entre las mías, y sigue moviendo el aparato mientras su boca desciende hasta mi sexo otra vez.
Su lengua se une al vibrador, lamiendo alrededor, chupando mi clítoris con avidez mientras el palito sigue entrando y saliendo sin descanso.
—Irune… voy a correrme… —intento avisar, pero el orgasmo me golpea de repente. Me corro con intensidad, y grito su nombre sin poder contenerme. Ella sigue laminándome y moviendo el aparato hasta que el placer se vuelve casi doloroso, hasta que le suplico entre jadeos entrecortados que pare.
—Ya… ya… por favor —casi le grito, notando cómo las lágrimas acuden a mis ojos.
Solo entonces lo saca despacio y lo apaga, dejándolo a un lado sobre la mesilla.
Se tumba sobre mí, besándome ahora con ternura, calmando mi respiración agitada.
Pero el fuego entre nosotras sigue ardiendo con fuerza.
Y por eso, mis manos bajan por su espalda, agarran sus nalgas y la aprieto contra mí con necesidad.
—No pensarás que voy a dejarte así ¿no? —susurro contra su boca, mordiéndole el labio.
La hago rodar hasta que estoy encima de ella.
Me coloco a horcajadas sobre su muslo y empiezo a moverme, frotando mi coño contra su muslo en movimientos lentos y deliberados mientras mis dedos encuentran su sexo.
Está completamente empapada. La penetro primero con dos dedos, y luego con tres, follándola con la mano mientras me froto contra su pierna, y nuestros gemidos se entremezclan en el aire cargado de la habitación.
—Quiero que te corras conmigo —le digo, bajando la cabeza para morderle el cuello.
Irune gime con fuerza y levanta las caderas, buscando mayor profundidad.
Sus manos aprietan mis pechos, y pellizcan mis pezones con la presión justa.
El placer vuelve a construirse en mí, rápido y feroz.
Muevo la mano más rápido dentro de ella, curvando los dedos en el ángulo perfecto, y ella hace exactamente lo mismo: introduce dos dedos en mí desde abajo, follándome con la misma urgencia desesperada.
—Maia… mírame —ordena de pronto, autoritaria.
Levanto la cabeza. Nuestras miradas se encuentran y se quedan atrapadas.
Sus ojos están oscuros, salvajes, llenos de algo que va más allá del simple deseo.
Entonces, mientras sigo montando su mano con movimientos cada vez más erráticos, ella desliza la palma libre por mi vientre y presiona con fuerza justo debajo de mi ombligo.
La presión es perfecta, profunda y certera.
El orgasmo me atraviesa como un rayo. Grito, me contraigo violentamente alrededor de sus dedos y el placer se multiplica, volviéndose más profundo, más largo y abrumador.
Irune no deja de mirarme ni un segundo. Sigue presionando con la mano, sigue moviendo los dedos dentro de mí, alargando mi clímax hasta que creo que voy a desmayarme del placer.
Al mismo tiempo, sus caderas se mueven contra mi mano y ella también se corre, mordiéndose el labio inferior con fuerza para no gritar demasiado alto, chorreándome la mano de una forma maravillosa.
—Hostia, cómo me gusta esto… —logro decir entre jadeos.
Nos quedamos así durante un largo momento, temblando, y respirando con dificultad. Luego me dejo caer sobre ella, exhausta y satisfecha. Su mano sigue en mi vientre, ahora con una caricia suave y perezosa, como si quisiera memorizar cada curva de mi piel.
—Ha sido… —susurro contra su cuello, todavía intentando recuperar el aliento.
—Explosivo —termina ella, besándome el pelo con una sonrisa que siento contra mi sien—. E increíble.
Me abrazo más fuerte a Irune, sintiendo su corazón latiendo contra el mío en un ritmo que poco a poco se va calmando. Sé que mañana tendremos que volver a ser discretas, profesionales, como si nada hubiera pasado. Pero esta noche… joder, por esta noche, todo eso puede esperar.