Mapas en la piel 9
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Irune

—Me alegra verte tan suelta —me dice Javier, mirando a su alrededor con una sonrisa abierta y luminosa—. Hacía tiempo que no te veía disfrutar tanto de un viaje.

—¿Tú crees? —pregunto mientras meto las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—Sí —insiste él, inclinando un poco hacia mí—. Tengo la sensación de que te has quitado un peso de encima. O que ha pasado algo en especial.

—Para nada… —niego y observo cómo un grupo de adolescentes se hace fotos bajo un cartel luminoso mientras se empujan entre risas contagiosas—. Debe ser el ambiente. Esta ciudad tiene algo especial, siempre lo he creído.

Javier emite un sonido breve, como una risa que no llega a soltar, y después, me mira con los ojos entrecerrados.

—Eso, o es que has follado y no me has dicho nada.

Giro la cabeza hacia él con rapidez, sintiendo cómo el calor sube por mis mejillas.

—Cállate, idiota —murmuro entre dientes, aunque una sonrisa traicionera amenaza con asomar por mis labios.

Su carcajada rompe cualquier intento de mantener la compostura. Me empuja un poco con el hombro, como si acabara de dar en el clavo.

—Lo sabía —añade, bajando la voz—. Esa cara que llevas no es normal. Si hasta los ojos te brillan.

—No pienso hacerte ni caso y no, tampoco me he follado a nadie. Haz el favor de centrarte en lo tuyo.

Sigo caminando, consciente de que mis pensamientos se mueven una y otra vez a lo último que le susurré a Maia al oído.

Ella está unos metros más adelante, caminando entre Carolina y Thomas. Sus manos acompañan cada palabra con gestos elegantes, y su pelo, se balancea con cada paso que da, rozándole la espalda con suavidad.

«Ojalá fuera yo quien lo estuviera haciendo en este momento», pienso. A sabiendas de que es muy peligroso hacerlo.

Poco a poco, atravesamos las calles que se abren hacia plazas llenas de gente, cruzando pasos de peatones en los que parece que todo el mundo se mueve al mismo tiempo sin chocar nunca.

Me encanta el orden que hay dentro de este caos.

Incluso el bullicio de Tokio me envuelve.

En algún momento, alguien propone ir hacia Shibuya y el grupo se anima de inmediato.

Nos dejamos arrastrar por la corriente de personas hasta llegar al cruce más famoso de la ciudad, donde el pulso de Tokio late con más fuerza que nunca.

Nos detenemos en una de las esquinas, esperando a que el semáforo cambie. A mi alrededor, las pantallas gigantes proyectan anuncios que iluminan los rostros de todos los que estamos aquí, creando un espectáculo de colores y movimiento que, además de hipnótico, es maravilloso.

—Esto es una locura —murmura Thomas, mirando en todas direcciones con los ojos muy abiertos.

—Pero mola un montón —añade Carolina, sacando el móvil para grabar un vídeo mientras esboza una sonrisa.

El semáforo cambia y avanzamos junto a cientos de personas al mismo tiempo. Durante unos segundos, el movimiento gira rápido a nuestro alrededor. Aunque en mitad de ese torbellino soy capaz de centrarme en Maia, quien se gira hacia mí unos segundos antes de dedicarme una sonrisa.

Aprieto la mandíbula, luchando contra el impulso de abalanzarme contra ella ahora mismo.

—Irune.

La voz de Javier me saca del pensamiento con brusquedad.

—¿Qué? —respondo, parpadeando.

—Que casi te comes a ese tío —comenta, señalando a un hombre que acaba de esquivarme con una sonrisa educada—. ¿Seguro que no te pasa nada?

—Que no, pesado.

Al llegar al otro lado, el grupo se dispersa un poco más. Algunos entran en tiendas para curiosear, otros se quedan en la calle haciendo algunas fotos más, sin poder evitar querer exprimir este momento al máximo.

El resto de la noche transcurre más rápido de lo normal, y cuando finalmente regresamos al hotel, el cansancio empieza a notarse en cada uno de nosotros. El brillo cegador de la ciudad queda atrás mientras atravesamos la entrada iluminada del edificio, donde el ambiente se vuelve más recogido.

—Yo me voy directa a la cama, estoy muerta —anuncia Carolina, estirando los brazos mientras bosteza.

—No eres la única —añade Thomas, frotándose los ojos.

Nos despedimos en el vestíbulo y las voces se van apagando poco a poco mientras cada uno se dirige hacia los ascensores o hacia los pasillos que llevan a sus habitaciones.

Observo cómo cada uno desaparece por su camino, hasta que me fijo en que Maia está junto a uno de los balcones interiores del hotel, mirando hacia la ciudad que sigue viva ahí fuera, extendiéndose bajo la noche como un mar de luces infinitas.

Su silueta se recorta contra el cristal, elegante y solitaria.

Podría irme. Y, de hecho, debería hacerlo. Subir a mi habitación, cerrar la puerta y dejar que el cansancio me venza.

Pero no lo hago.

Camino hacia ella y cuando me apoyo en la balaustrada, a su lado, dejo que mi mirada se dirija al frente, como si lo que hay fuera tuviera más importancia que lo que tengo a apenas unos centímetros de distancia.

Sin embargo, soy dolorosamente consciente de su calor, del perfume de su piel, de cómo late su corazón.

—Deberías descansar —le digo, con toda la tranquilidad del mundo—. Mañana nos espera un vuelo largo.

—No son catorce horas como el que nos ha traído aquí —responde, y esboza una pequeña sonrisa—. Estaré bien. No te preocupes por mí.

—Me alegra que te hayas sentido acogida por los chicos —añado, intentando mantener la conversación en terrenos menos… calientes—. Vas a disfrutar mucho de los vuelos con ellos. Son un equipo genial.

Esta vez sí hay un cambio en ella. Pequeño, pero suficiente para que llame mi atención. Se gira, apoya la cintura en la balaustrada y me mira con los ojos bien abiertos.

—¿Y contigo? —pregunta, sin rodeos—. Porque hace un rato me dijiste que debía de dejar de provocarte. Y que yo sepa, eres tú quien lo está haciendo.

La pregunta me toma por sorpresa. Y sonrío, negando con la cabeza.

—¿Qué se supone que debo responder? Me gusta pasarlo bien en estos viajes.

—Creo que la pregunta sería más bien… ¿qué esperas tú de mí?

Maia me obliga a mirarla con atención. Y cuando lo hago, me encuentro con unos ojos profundos, atrayentes, sin rastro de evasión.

—Porque lo del otro día… imprudente, cuanto menos —continúa, aunque me doy cuenta de que su respiración se ha vuelto un poco más irregular—. Nos arriesgamos mucho. Y yo… no suelo hacer este tipo de cosas.

Inclino la cabeza, estudiando cada detalle de su expresión.

—¿Es que no lo disfrutaste? —quiero saber.

—Yo no he dicho eso —responde ella, y por un segundo sus labios se entreabren, como si recordara exactamente lo mismo que yo.

—¿Entonces? —insisto, dando un paso sutil hacia ella, acortando la distancia.

Se queda en silencio durante unos segundos. Veo cómo traga saliva, cómo su pecho se eleva y desciende con un ritmo que no es del todo estable, mientras sus manos se aferran con fuerza a la balaustrada.

—Es solo que no creo que esté bien —confiesa, aunque su mirada me dice todo lo contrario—. Podríamos tener problemas serios si alguien se entera. Esto no es un juego, Irune.

—No si somos discretas —respondo y me encojo de hombros—. Además, te aseguro que no es el primero que lo hace.

—¿Y tú lo haces con todas?

La miro fijamente, sin parpadear.

—No.

Y es verdad. Porque no todo el mundo tiene el poder de atraerme, de hacerme querer perderme en sus labios, en su piel, en todo su cuerpo. Y debo reconocer, que saber que vamos a coincidir tanto tiempo, le añade un puntazo.

—Ya te lo he dicho, me gusta disfrutar del trabajo. En todos los sentidos —continúo, sin apartar la mirada de la suya—. Algo que está claro no va contigo, ¿verdad?

Puede que mi comentario haya sonado frío, o quizá sea exactamente lo que necesitaba decir para provocarla.

Me aparto de la balaustrada antes de darle oportunidad a responder. Empiezo a caminar hacia el pasillo, con la sensación de que, si me quedo un segundo más, solo voy a conseguir decepcionarme.

Sin embargo. No llego muy lejos. Porque más pronto que tarde, una mano se cierra alrededor de mi muñeca con firmeza, deteniéndome en seco.