8
Maia
Dos días. Dos días sin llevar uniforme, sin pasillos estrechos, sin la obligación de llevar una sonrisa pegada a los labios y fingir que todo va bien.
Dos días pensando en Irune sin parar.
Respiro hondo mientras me ajusto por enésima vez la correa del bolso sobre el hombro y me dejo arrastrar por el movimiento del grupo.
Thomas va enganchado a mi brazo derecho, riéndose por todo mientras charla con ese bonito acento danés, y Carolina ocupa el lado izquierdo, con una naturalidad que me hace pensar que nos conocimos en otra vida.
—De verdad, ojalá hubieras llegado antes —dice Thomas, y apoya su cabeza en la mía mientras seguimos caminando—. Este equipo necesitaba algo… un poco de chispa.
—¿Chispa? —repito, arqueando una ceja, aunque ya se me ha escapado la sonrisa.
—Sí —interviene Carolina, dándome un pequeño empujón—. Eres la luz que le faltaba a este equipo. Y te lo digo en serio.
Siento cómo el calor me sube por las mejillas con rapidez. Después niego, como si pudiera restarle importancia a sus palabras, sin poder evitar pensar en la razón que tuvo mi madre al decir que no pasaba nada por lanzarse al vacío, que no tenía nada que perder.
—No exageréis —murmuro, encogiéndome de hombros—.
Para mí sí ha sido todo un cambio… y para mejor —añado, como si de repente, hubiera encontrado el momento propicio para deshacer el nudo que llevaba meses enredado en mi interior—.
En la anterior aerolínea estaba… —busco la palabra adecuada mientras bajo la mirada un segundo—, ahogada.
El equipo era un desastre, y casi siempre me hacían responsable de cosas que ni siquiera tenían que ver conmigo. El jefe de cabina era un horror.
Thomas hace una mueca exagerada.
—Entonces has salido ganando —asegura.
—Sin duda —responde Carolina antes de que yo pueda añadir nada más—. Aquí da gusto de lo controlado que tenemos todo.
—Irune es dura —añade Thomas, bajando un poco el tono, por si acaso ella nos llega a escuchar—. Y algo sosa, no te voy a mentir… pero siempre hace muy bien las cosas.
Mi mirada se desplaza de forma automática hacia delante, como si mi cuerpo supiera exactamente dónde buscar incluso antes de que yo lo decida.
Irune camina unos metros por delante, junto a Javier y otro de los comandantes —creo recordar que se llama Andrew—. Está escuchando algo que él dice, y por un momento, su expresión se suaviza lo suficiente como para que una risa breve le curve los labios.
Las mariposas revolotean por mi estómago sin ningún tipo de control.
«Sí que las hace bien, sí», pienso, mientras la imagen del rato que pasamos en el avión regresa sin pedir permiso. Sus manos, la forma en la que me tocó, la manera en la que me devoró con la boca —y lo que no es la boca— sin concesiones…
Aprieto los labios y desvío la mirada.
—¿Habéis estado por esta zona en alguno de los viajes? —pregunto, cambiando el rumbo de la conversación antes de que alguien pueda notar algo en mi expresión.
—Un par de veces, sí —responde Carolina—. Pero nunca está de más repetir. Además, hay un par de sitios que quiero enseñarte.
—Perfecto —digo, intentando enterrar cada uno de mis pensamientos.
Thomas me suelta el brazo para señalar una tienda a lo lejos.
—Y ahí venden unos dulces que son una locura. Te van a encantar.
—Entonces vamos —respondo, dejándome llevar de nuevo por ellos.
Durante los siguientes minutos, me esfuerzo por centrarme en lo que tengo delante, en el aquí y el ahora.
En las calles de una ciudad maravillosa, en los escaparates llenos de detalles que me llaman la atención sin remedio, en las luces, en la gente, en el sonido constante de una ciudad que vive cada respiración como si fuera la última bocanada de aire.
Saco el móvil en varias ocasiones, capturando imágenes que ya tengo ganas de enviar a mi madre y mi hermano.
No es que sea una experta, pero consigo encuadres increíbles, sonrisas robadas de la gente que nos rodea, de los chicos, y pequeños momentos que me harán querer regresar a Tokio cuanto antes.
—Mira esta —le digo a Carolina, mostrándole una de las fotos.
—Es preciosa —responde, acercándose un poco más para verla mejor—. Tienes buen ojo.
—Admito que me gusta mucho guardar ciertos recuerdos —admito.
«Aunque no siempre sepa qué hacer con ellos», añado para mí.
El grupo avanza entre comentarios, risas y pequeñas decisiones espontáneas que nos llevan de un lugar a otro sin demasiada planificación.
Una no planificación que me gusta bastante, al menos, al lado de estas personas.
Y, sin embargo, cada vez que me permito un segundo de relajación, hay algo que provoca que mi atención se desvíe.
Un gesto.
Una sonrisa.
Una mujer que no me ha mirado ni un segundo.
· · ·
Un par de horas después, terminamos en un bar del centro que, según Thomas, es parada obligatoria si estás en Tokio.
El lugar tiene una estética cuidada, con luces tenues que crean un ambiente cálido que te atrapa de inmediato.
Las mesas están distribuidas de forma que permiten cierta intimidad, y la música, lo suficientemente presente como para acompañar diferentes conversaciones sin llegar a molestar.
Nos ubicamos en dos mesas cercanas.
Pido una cerveza muy seca —típica de la ciudad— y le pego un primer sorbo sin pensarlo demasiado mientras me siento junto a Daniel.
—¿Te apetece jugar a algo? —pregunta él, señalando una pequeña zona con dardos y una mesa de billar al fondo.
—Claro —respondo, agradeciendo la distracción.
Empezamos con una partida de dardos. Daniel tiene buena puntería, pero yo no me quedo atrás. Cada lanzamiento viene acompañado de comentarios, bromas, pequeños retos que hacen que el tiempo pase sin darme cuenta, y que también me sienta un poco en casa.
Aunque a veces no sepa muy bien donde está ese lugar.
—No está nada mal, novata —dice después de uno de mis tiros. Como si él no fuera tampoco el novato del grupo—. Pero puedes hacerlo mejor.
—¿Me estás desafiando? —respondo, girando el dardo entre los dedos antes de lanzarlo.
Y esta vez, doy justo en el centro.
—Vaya… —añado, con una sonrisa que no puedo contener, encogiéndome de hombros—. No deberías hacerlo tan a menudo.
—Vale, vale, vale. Me retiro dignamente —bromea él, levantando las manos.
Rompemos a reír, y durante unos minutos, consigo olvidarme de todo lo demás.
Pero es solo durante unos minutos.
Porque inevitablemente, mi mirada vuelve a desviarse.
Una y otra vez.
Irune está en la otra mesa, sentada junto a Javier y Andrew. Habla con ellos con una naturalidad y simpatía que contrasta —y muchísimo— con el carácter y las expresiones que muestra cuando está en el aire.
«Bueno, no en todo momento», pienso. Y me obligo a carraspear.
La veo relajada, con un brillo especial en los ojos y una sonrisa que…
Irune levanta la vista y se encuentra con la mía. Mi interior se contrae de inmediato, y noto cómo el calor me va desde el pecho hacia el cuello con una rapidez que me deja sin aire durante un segundo.
Ella no aparta la mirada enseguida. Y yo tampoco lo hago.
Al menos, no lo suficiente.
—Tranquila, que no te va a comer —comenta Daniel a mi lado, rompiendo el momento con cierta burla.
Me atraganto con la cerveza.
—¿Qué? —pregunto, girándome hacia él por la sorpresa.
«Joder, me está sudando todo».
—Llevas un rato mirándola —responde, encogiéndose de hombros—. Y ella a ti.
«Si tú supieras».
—Ya… supongo que hemos tenido nuestros más y nuestros menos —disimulo, antes de beber un poco más—. Solo me ha llamado la atención el cómo se comporta cuando está fuera del trabajo.
Daniel asiente, como si esa explicación le resultara suficiente.
—Tiene su punto —añade—. Supongo que todavía no la conocemos muy bien.
«Su punto…», me digo. «Y tanto que tiene su punto».
Lo he comprobado de la forma más directa posible.
Los siguientes minutos se desliza entre juegos, conversaciones y alguna que otra ronda más de bebidas.
Me río, participo, me dejo llevar… pero hay una parte de mí que permanece alerta, consciente de cada movimiento de Irune, de cada cambio en su postura, de cada vez que su voz se eleva por encima del murmullo general.
Es agotador.
Y adictivo.
Realmente adictivo.
—¿Va todo bien? —me pregunta Carolina en un momento de distracción, apoyando una mano en el respaldo de mi silla.
—Perfecto —respondo, con una sonrisa fingida.
—Me alegro —dice—. Porque la noche aún es joven.
Daniel se levanta para pedir otra ronda y yo aprovecho ese instante para estirar ligeramente las piernas.
Miro hacia la otra mesa una vez más.
Ahora, Irune está cerca de la barra, hablando con uno de los camareros.
Su perfil se recorta bajo la luz, y por un momento me quedo observándola sin pensar en nada más.
«Dios, tengo que dejar de pensar en ella».
Sobre todo, por lo que significaría seguir enganchada a su boca, a su piel, a su… todo.
Recuerdo el contacto de sus manos. La presión exacta de sus dedos. La forma en la que mi cuerpo respondió como si la hubiera esperado toda la vida.
Aprieto el vaso entre mis manos, como si eso pudiera devolverme algo de control.
Aunque lo cierto es que no controlo nada.
—Te has quedado muy callada —comenta Daniel en un momento dado.
—Creo que estoy cansada… tengo que acostumbrarme otra vez a las horas y tiempos de descanso entre viajes —respondo, llevándome el vaso a los labios.
No es mentira. Pero ni mucho menos toda la verdad.
Doy un trago largo, dejando que el sabor amargo me recorra la lengua, intentando que el sabor de la cerveza y el bullicio del bar, me lleven lejos de los pensamientos de esta mujer.
Desde luego, funciona un poco. Aunque no lo suficiente.
Porque incluso cuando me río, o respondo a una broma, cuando participo en otra partida… hay una parte de mí que sigue volviendo al mismo punto.
A la misma imagen.
A la misma sensación.
A esa boca que me muero por besar.
La noche avanza, el bar se llena un poco más, y el ambiente se vuelve más animado. La música sube, las conversaciones se mezclan, y el grupo se divide en pequeños círculos que cambian constantemente.
Y yo sigo aquí. En medio de todo. Y fuera al mismo tiempo.
—Venga, equipo —anuncia Thomas con entusiasmo—. Una ronda de sake para celebrar que los novatos no han huido todavía. ¡Por los nuevos que iluminan nuestras vidas!
Carolina suelta una carcajada.
—Thomas, por favor, que parecemos simples turistas.
—Turistas de primera en este bar —replica él sin inmutarse y con un encanto abrumador.
Las bromas vuelan de una mesa a otra, y por un momento el bar se llena de esa camaradería que no esperaba sentir tan pronto.
Yo observo la escena con una sonrisa en los labios, pero mi atención sigue regresando a Irune.
Ella también me mira de vez en cuando, y cada vez que nuestros ojos se encuentran, el calor vuelve a recorrer todo mi cuerpo.
En uno de esos cruces de miradas, Irune se levanta y se acerca a nuestra mesa con paso tranquilo. Se detiene justo a mi lado, tan cerca que puedo percibir el sutil aroma de su perfume mezclado con el del sake.
—Parece que os lo estáis pasando bien —comenta, dirigiéndose al grupo, aunque sus ojos se detienen en mí un segundo de más.
—Intento sobrevivir a las bromas de Thomas —respondo.
Irune inclina ligeramente la cabeza.
—Sobrevivir es un buen comienzo. Aunque si sigues bebiendo a ese ritmo, mañana tendrás que explicarme por qué no puedes mantener la concentración en el próximo vuelo.
No sé si me lo está reprochando, o si es un reto. Pero cuando el resto pierde la atención en otra parte, se agacha y me dice al oído.
—No me obligues a ayudar a concentrarte… en privado.
Sus ojos brillan con una chispa de deseo que me hace tragar saliva.
—Así que… más vale que dejes de provocarme.
Irune aparta la mirada de mí con lentitud deliberada y alza su vaso para brindar con el grupo cuando regresa la atención a ellos, pero yo sigo notando el peso de sus palabras en la piel, y mi cabeza sigue anclada a su voz, a esas siete últimas palabras.
«Esto no podrá ser».