7
Irune
Inclino la cabeza hacia la derecha, observando cómo la luz blanca del aseo resbala por mi piel mientras paso la yema de los dedos por el pelo, asegurándome de que llevo bien puestas las horquillas y que no hay un solo mechón fuera de su sitio.
El recogido está firme, exactamente como debe estar después de tantas horas de vuelo.
Y, sobre todo, después de lo que acaba de pasar con Maia en el compartimento de descanso.
Busco el pequeño neceser y deslizo el carmín sobre mis labios con un gesto lento y preciso, como si al perfilarme la boca pudiera volver a colocar cada emoción en su lugar y recuperar el control que necesito para estas últimas horas de vuelo.
Durante un segundo, me quedo quieta. Observando en las paredes de mi mente la imagen de Maia. De su boca, de cómo se abrió para mí. De la manera en la que, aun dudando, terminó respondiendo a cada uno de mis deseos.
Aprieto los labios, tapando el pintalabios.
—Hay que seguir… —murmuro para mí misma.
Cierro el neceser, enderezo los hombros y salgo del aseo con la misma seguridad con la que he entrado hace unos minutos.
El galley está en plena actividad. El sonido de la vajilla, los carros y las conversaciones se entremezclan con la rutina final de un servicio que, hasta este momento, ha ido de maravilla. Me detengo un instante, observando el conjunto antes de intervenir.
—Vamos a organizar el último pase —indico, acercándome al panel donde están los listados—.
Carolina, encárgate de la sección delantera.
Daniel, revisa si queda alguna comida especial pendiente de entregar antes de que empecemos a retirar todo.
Thomas, tú quédate al mando de las bebidas calientes y la recogida de basura.
Las miradas se levantan hacia mí y todos asienten casi al unísono.
Mientras hablo, no puedo evitar que mi atención se desvíe un segundo hacia el pasillo central.
Maia está inclinada junto a un pasajero, escuchando algo con una sonrisa que ya parece que me he aprendido de memoria.
Su naturalidad para moverse, contrasta con la rectitud que siempre me ha gustado tener, y mientras sus manos acompañan a lo que dice, me doy cuenta de que me ha dejado hipnotizada.
La observo un buen rato, recordando cómo esos mismos labios se rindieron a los míos hace un rato, mientras el mundo seguía siendo inconsciente aquí fuera.
—¿Tenéis todo claro? —pregunto, regresando a la realidad.
—Claro —responde Carolina, con una sonrisa que me hace sospechar que ha notado algo.
Pero no le doy margen para interpretaciones.
—Perfecto. En veinte minutos quiero todo recogido.
El resto de la tripulación asiente y se dispersan.
Me aparto del flujo de trabajo y me dirijo hacia el panel de control para completar el reporte de vuelo.
Los dedos responden bajo mis manos con rapidez mientras registro en la pantalla las pocas incidencias que ha habido, junto a los tiempos y las observaciones.
Todo ha ido según lo previsto. De hecho, ha sido un vuelo muy limpio.
Y aun así…
Me detengo un segundo, con los dedos suspendidos en el aire. Porque en realidad no es nada del vuelo lo que me tiene alterada. Sino Maia.
Niego con la cabeza, respiro hondo y termino de rellenar el informe.
La voz del comandante irrumpe a través de los altavoces: «Tripulación, diez minutos para el aterrizaje». Automáticamente, mi cuerpo responde. Me incorporo, me ajusto la chaqueta otra vez y avanzo hacia el pasillo, descolgando el interfono.
—Tripulación, posiciones para el aterrizaje —les indico a todos.
El movimiento se activa de inmediato y todo el equipo empieza a comprobar los cinturones, que los respaldos estén en posición vertical y que todas las bandejas estén recogidas. Camino entre los asientos con una atención que no deja espacio a errores.
—Señora, por favor, el cinturón —le digo a una pasajera que tarda unos segundos en reaccionar.
—Ah, sí, claro —responde, algo nerviosa.
Le dedico una sonrisa, suficiente para tranquilizarla y continúo con el trabajo.
Cuando regreso a mi posición, siento el cambio en la presión del aire, y el descenso progresivo. Tokio aparece al otro lado de las ventanillas como una extensión ordenada de luces y estructuras que se despliegan hasta donde me alcanza la vista.
—Cabina lista —comunico.
—Recibido —responde Javier desde ahí.
El aterrizaje es más tranquilo de lo que recordaba, y cuando las ruedas tocan tierra, un aplauso aislado surge en la parte trasera del avión. No es frecuente, pero a veces ocurren estas cosas, y eso me hace sonreír.
—Bienvenidos a Tokio —anuncio poco después, cuando el avión empieza a reducir la velocidad—. Esperamos que hayan disfrutado del vuelo.
El flujo constante de pasajeros va abandonando el avión con distintos ritmos y energías. Algunos nos agradecen el trabajo, otros apenas nos miran. Pero yo, mantengo la sonrisa todo el rato.
Cuando el último pasajero desaparece por la puerta, el silencio que queda es maravilloso y me ayuda a recoger mis cosas sin prisa, antes de abandonar el avión junto al resto de la tripulación.
Nada más cruzar la primera puerta del aeropuerto, saco el móvil y veo un mensaje de Leire aparecer en pantalla.
Leire : ¿Ha ido todo bien?
—Eso, ¿ha ido todo bien?
La voz de Javier a mi lado me arranca una exhalación breve. Ha leído el mensaje por encima de mi hombro, y el codazo que me da después no pasa desapercibido.
—¿Qué te hace pensar que no ha sido así?
Él sonríe, con la diversión y picardía que no desaparece de su expresión, ni, aunque hayamos pasado horas en el aire.
—No sé… será que los rumores vuelan —suelta de repente.
Me detengo en seco.
—¿Qué rumores?
Mi reacción es inmediata. Demasiado rápida. Javier mueve las cejas y después se encoge de hombros.
—Dicen que no te llevas muy bien con una de las nuevas.
El aire vuelve a mis pulmones de golpe.
—Ya sabes que me gusta que todo esté perfecto —respondo, retomando el paso con naturalidad.
—Aun así… —añade Javier, ahora más serio—. No la aprietes demasiado. Y disfruta de la ciudad —continúa—. Que te lo mereces.
Me dedica un guiño y se adelanta, uniéndose a los otros pilotos.
Lo observo unos segundos antes de apartar la mirada. «No tienes idea de nada», pienso para mí.
La tripulación avanza en grupo, entre risas y comentarios sueltos. Yo me quedo unos pasos atrás, como siempre. Porque es una costumbre que he adquirido con los años y que no me moleta en absoluto.
O eso llevo años repitiéndome.
Suspiro y al mirar el reloj decido llamar a mi hermana en vez de responder el mensaje. El cansancio me abruma, aunque tengo muy claro que no me arrepiento del por qué.
Salimos al exterior del aeropuerto, donde el aire se siente más húmedo, pero no me detengo a analizarlo demasiado, porque mi atención está en el grupo que ya espera frente a tres taxis y en la voz de mi hermana al teléfono.
—Tengo que dejarte —le digo, después de un rato de conversación—. Vamos camino del hotel.
—Llámame cuando puedas.
—Lo haré, prometido.
Cuelgo la llamada y veo que Maia está junto a uno de los taxis, hablando con Carolina. Su mano se mueve al hablar; su expresión es abierta, viva. Cuando levanta la mirada y nuestros ojos se cruzan, su gesto cambia un poco. No lo suficiente como para que los demás lo noten. Pero yo sí.
Podría elegir otro taxi. Debería, de hecho. Al menos, si no quiero que nuestras caras nos delaten. Pero no lo hago, y camino directamente hacia este.
La puerta se abre y entro sin decir nada. Maia ya se ha acomodado al fondo. Carolina se sienta delante con el conductor. El silencio que se instala en la parte trasera es incómodo, mientras apoyo la espalda en el asiento y fijo la mirada al frente.
El trayecto se me hace más largo de lo que debería. Recuerdo con nitidez cómo esa misma piel tembló bajo mis labios en el compartimento de descanso.
Cuando llegamos al hotel, salgo la primera.
El vestíbulo es amplio, elegante, con una iluminación cálida que suaviza el cansancio acumulado.
La tripulación ya está agrupada frente al mostrador; la recepción está preparada para nosotros y el reparto de llaves es rápido.
Recojo mi tarjeta sin intercambiar más palabras de las necesarias y voy directa hacia los ascensores.
Pulso el botón. Las puertas se abren y entro. Pero, justo antes de que se cierren, la mano de Javier se interpone.
—¿Seguro que no te ha pasado nada? —pregunta, entrando conmigo. Sus ojos me analizan con más atención de la habitual.
—Hemos tenido catorce horas de vuelo —respondo, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué esperabas?
—Oye, que tú has tenido turno de descanso completo —replica, apoyándose contra la pared del ascensor—. Como no volvamos a tener cuatro pilotos para el largo radio pronto, me va a dar algo.
No sonrío.
—Por lo menos tú ya tienes a tu equipo de cabina al completo —añade él.
—Ya era hora.
El ascensor se detiene con un leve pitido y las puertas se abren.
—En fin —dice él—. Descansa. A ver si mañana podemos hacer algo por Tokio.
—Claro.
Javier asiente y entrecierra los ojos, como si estuviera a punto de añadir algo más, de rascar bajo mi superficie. Pero al final no lo hace.
Cuando llego a mi planta, el pasillo alfombrado está en un silencio absoluto. Camino hasta mi habitación, deslizo la tarjeta por la ranura y entro. Cierro de golpe. Apoyo la espalda contra la madera de la puerta y, por primera vez en todo el día, dejo que el silencio sea real.
La habitación está en orden. Impecable. Como todo lo demás en mi vida laboral. Pero dentro de mí… no lo está.
Me llevo una mano al cuello, justo donde aún puedo recordar el contacto de la boca de Maia y la marca oculta bajo el uniforme. Cierro los ojos un segundo.
—Esto no ha sido buena idea —murmuro para mí misma en la oscuridad.