6
Irune
Mi respiración se detiene un segundo cuando Maia no responde con palabras.
Solo me mira, con los ojos dilatados por el mismo deseo que se ha despertado dentro de mí; igual que aquella noche frustrada en Nueva York.
Con el pestillo ya echado, sabiendo que nadie entrará; ni nos oirá si somos lo bastante cuidadosas, me inclino hacia ella sin prisa, pero también, sin ningún tipo de duda.
Mis dedos se deslizan por el borde de la sudadera de Maia, rozando la piel caliente de su vientre.
Siento cómo se estremece bajo mi tacto, un temblor leve que me recorre el brazo y se le instala directamente en mi pecho.
Primero, la beso en la comisura de los labios, apenas un tanteo, probándola.
Aunque enseguida, su boca se abre para mí de inmediato, suave y urgente al mismo tiempo.
El beso se profundiza despacio, como si quisiéramos reclamar por fin cada segundo de lo que dejamos pendiente en una calle oscura de la ciudad que nunca duerme.
Mis manos suben por sus costados, bajo la tela de la sudadera, descubriendo la curva de su cintura y la línea de sus costillas.
Su piel está caliente, a la expectativa, y cada centímetro que descubro me empuja a querer más.
La atraigo hacia mí hasta que su cuerpo queda completamente pegado al mío en la litera inferior.
El espacio es tan estrecho que apenas nos permite movernos, pero la falta de aire solo intensifica el impacto de tenerla encima de mi cuerpo.
Bajo la boca hasta su cuello y cuando dejo una pequeña mordida noto su pulo, acelerado y caótico. Maia se arquea contra mí, soltando un jadeo que se pierde contra mi hombro. Y rápido, mis dientes marcan su piel. Joder, nunca pensé que esto me iba a gustar tanto.
Me muevo un poco y la observo, antes de que sus manos se enreden en mi pelo, tirando de la coleta con una urgencia que me sorprende, hasta que la goma cede y mis mechones caen sobre nosotras como una cortina oscura.
La tumbo sobre el colchón, y me pongo encima de ella.
Mis piernas se enredan con las suyas y siento el calor de su centro contra mi muslo cuando se mueve instintivamente.
Mis manos rápido: acaricio sus pechos por encima de la camiseta, rozando los pezones ya duros hasta que su respiración se acelera contra mi oído.
Luego bajo, poco a poco, deslizando los dedos por su abdomen, por la línea de sus caderas, hasta detenerme justo en su cintura.
La desnudo, centímetro a centímetro, besando cada tramo de piel que va quedando al descubierto.
Sus muslos tiemblan bajo mis labios. Muerdo el interior de uno de ellos, y mis manos acarician sus piernas, subiendo desde las rodillas hasta la unión de sus muslos, donde la humedad y el calor delatan lo mucho que le gusta esto.
—No tendrías que haberme rechazado… —murmuro, mientras alzo la cabeza para mirarla.
Con una sonrisa pícara en los labios, me doy cuenta de que quiero que se deshaga poco a poco, que entienda que esta vez no voy a dar un paso atrás.
Maia se muerde el labio inferior para no gemir, buscando desesperadamente la fricción contra mi mano.
Y cediendo a su mudo ruego, deslizo dos dedos dentro de ella con lentitud, curvándolos despacio, descubriendo sobre la marcha el ritmo exacto que la hace temblar.
Mi pulgar encuentra su clítoris y lo presiona en círculos.
Su interior se contrae con fuerza alrededor de mis dedos, caliente y resbaladizo, y rápido, siento cada espasmo involuntario que recorre su cuerpo.
—Me… gusta… —jadea ella, y después se tapa la boca para no gemir.
Me muevo más rápido, manteniendo el ritmo. Mi boca vuelve a su cuello, a sus pechos; muerdo un pezón y luego lo lamo, alternando la presión. Sus manos se aferran a mis hombros, y noto cómo sus uñas se clavan en mi piel, lo que me saca una nueva sonrisa.
Mi propio calor aumenta, mientras siento el momento exacto en que se acerca al límite.
Sus músculos internos se tensan alrededor de mis dedos y su clítoris palpita bajo mi pulgar.
Aumento la presión, giro la muñeca y la penetro más profundo.
Maia se arquea con fuerza, todo su cuerpo se pone rígido un instante y luego se rompe en un orgasmo silencioso que está a punto de hacerla gritar.
Siento las contracciones, una tras otra, mientras sigo moviéndome dentro de ella, estirando el placer hasta que sus piernas tiemblan y su respiración se vuelve un lamento sin aire.
—No pares… —susurra de pronto contra mi oído—. Por favor, no pares.
No le doy tregua. En cuanto su cuerpo se relaja un poco, me deslizo hacia abajo, acomodándome entre sus piernas abiertas.
Levanto una de sus piernas y la apoyo sobre mi hombro, abriéndola por completo para mí.
Mi boca reemplaza a mis dedos. La lamo despacio primero, saboreando su sexo caliente.
Luego succiono su clítoris con suavidad, alternando con lametones largos que la hacen perder el control.
Maia se retuerce debajo de mí, con las manos enredadas en mi pelo, tirando y guiándome con una desesperación que ya no intenta ocultar.
Muerdo suavemente su clítoris y luego lo calmo con la lengua.
Introduzco mis dedos otra vez, mientras mi boca sigue trabajando.
Siento cómo se tensa de nuevo, mucho más rápido esta vez; el segundo orgasmo la asalta y todo su cuerpo se deleita a placer mientras eleva las caderas buscando mi boca y un gemido bajo se escapa de sus labios antes de que pueda contenerlo.
—Joder… no sé cómo pude ser tan idiota —suelta. Un comentario que me hace sonreír.
Subo de nuevo, besando su abdomen, sus costillas, sus pechos, hasta atrapar su boca.
Mis manos recorren cada relieve de su cuerpo: la curvatura de la espalda, las nalgas, la parte interna de los muslos…
La giro con cuidado hasta que queda de lado, de espaldas a mí, y me pego a ella por detrás, encajando una pierna entre las suyas.
Una de mis manos baja de nuevo. La acaricio desde atrás, abriéndola, deslizándome entre su humedad.
La penetro con lentitud mientras mi otra mano sube a sus pechos rápido, con la única intención de marcar territorio.
Muerdo su hombro sin piedad, y mis caderas se presionan contra su trasero.
Estoy empapada, y además, fascinada por verla rendida ante mí.
Maia desliza una mano hacia atrás, entre nuestros cuerpos y busca mi sexo para con la misma fuerza que yo la penetro.
Mi coño se humedece mucho más y aumento el ritmo de mis dedos, mientras mi pulgar estimula su clítoris.
Mi boca no deja de devorar su nuca y su oreja.
Y de repente, su tercer orgasmo parece llegar como una ola salvaje: todo su cuerpo se tensa contra el mío, y un gemido ahogado vibra directamente contra la almohada.
—Córrete conmigo… —murmura, completamente entregada.
Sigo moviéndome, más lento pero constante, estirando el clímax hasta que se deshace otra vez, exhausta y yo llego al orgasmo con ella. Sus uñas se clavan en mi muslo y su respiración se vuelve casi un sollozo de puro placer.
Con una sonrisa satisfecha, la giro de nuevo hacia mí y la beso con hambre. Sus manos bajan por mi cuerpo y exploran mis pechos, pellizcan mis pezones hasta que soy yo la que tiene que morderse el labio para evitar que fuera nos oigan.
Maia se coloca encima de mí, a horcajadas sobre mi muslo, y empieza a frotar su coño contra mí mientras sus dedos me penetran.
La sensación es abrumadora al sentir su humedad contra mi piel, sus dedos curvándose dentro de mí, su boca mordiendo mi cuello como si fuera ella la que quisiera cobrarse el rechazo de Nueva York.
La agarro por las caderas y la muevo contra mí, dictando el ritmo.
Mi nuevo orgasmo llega rápido. Me recorre como una descarga eléctrica, contrayendo todo mi interior alrededor de sus dedos.
Cuando nos besamos, mis manos le recorren la espalda, bajando hasta su culo para apretarla contra mí.
Muerdo su labio inferior y luego dejo una caricia ahí con mi lengua mientras mis dedos siguen recorriendo su piel con lentitud, trazando patrones suaves sobre su cadera, su cintura y la curva de su pecho.
—¿Ves lo que te perdiste la otra noche? —le digo, en un tono jocoso.
—¿Cuánto vas a recordármelo? —responde Maia, pegada a mis labios.
—Depende de cuantas veces más quieras rechazarme…
Es ella quien ahora muerde mi labio inferior y tira de él. El silencio de la zona de descanso solo se rompe por el lejano zumbido de los motores, con el avión siguiendo su ritmo hacia Tokio.
Hemos saldado la deuda que dejamos pendiente en Nueva York. Aunque estoy segura de que tendremos muchas deudas pendientes.