5
Maia
—Madre mía… estoy agotada —protesto mientras me desperezo con cuidado, estirando los brazos por encima de la cabeza. Lo justo para aliviar la tensión que ya tengo acumulada en los hombros sin llamar demasiado la atención de los pasajeros.
El uniforme me tira en la espalda, recordándome cada hora que llevo de pie, y aunque intento disimular el gesto, se nota que no voy a poder seguir una hora más a este ritmo.
—Podrías ir a descansar un rato, es normal los primeros días. Sobre todo, si te toca un vuelo largo como este —me comenta Carolina mientras anota algo en la pantalla de la tablet de servicio—. Yo no estoy cansada, así que puedo ocuparme de lo demás sin problema.
Me giro hacia ella con una media sonrisa, apoyando la cadera contra el lateral del marco en busca de un instante de alivio.
—¿Y que Irune me mate? No, gracias.
Carolina suelta una risa nasal, que está a punto de contagiárseme.
Solo a punto.
—Tranquila, en todo caso yo te justifico. Además, todo el mundo sabe que si no me voy agotada no suelo aprovechar el descanso, así que ya tengo excusa —añade, guiñándome un ojo con descaro.
La miro durante un segundo más, valorando la oferta. Noto los músculos pesados, no solo por el esfuerzo físico del vuelo.
—La verdad es que sí me vendría bien descansar ahora —admito y exhalo despacio, cruzándome de brazos—. Daniel es un hacha y se ha ganado a casi todo el mundo en tiempo récord.
—Ya me habían comentado que era súper agradable. Y lo agradezco, porque Antoine, la anterior contratación de la aerolínea, montó un par de escenitas innecesarias que… Fue un lío, y desde entonces nos han pedido ir con ojo en las nuevas incorporaciones.
Carolina bebe un sorbo de agua y me observa por encima de la botella
—Bueno… ¿vas a descansar o qué?
Suelto una risa, rendida ante su insistencia.
—Sí, sí… pero que conste que te debo una.
—No será para tanto —responde, restándole importancia con un gesto de la mano—. Cuando lleguemos a Tokio, me invitas a algo decente en el bar del hotel.
—Claro —digo, y esta vez mi sonrisa es más sincera.
Antes de irme, termino de rellenar parte de los informes del servicio.
Dejo la tablet en el compartimento asignado, justo encima de la estación de bebidas, y me aseguro de que lo demás esté en orden, aunque en realidad, sea yo la que está nerviosa, como si todavía no terminara de creerme mi papel en esta coreografía tan nueva.
—Descansa —dice Carolina.
Asiento y me aparto, alisándome el uniforme antes de salir hacia el pasillo. Camino a través de este y sonrío a una mujer que levanta la vista al verme pasar.
—¿Todo bien? —le pregunto amablemente.
—Sí, gracias —responde ella, devolviéndome la sonrisa con gratitud.
Un poco más adelante, Daniel está hablando con otro pasajero. Su expresión es abierta y cercana. Está claro que tiene ese don natural para conectar con la gente que no se puede enseñar en ningún curso de formación.
Me ve y levanta la mano en un gesto rápido y discreto que acompaña con una enorme sonrisa.
—Voy a descansar un rato —le indico en voz baja al pasar junto a él.
—Claro, adelante —responde, ajustándose las gafas por el puente de la nariz—. Aquí lo tengo todo controlado, no te preocupes.
Mientras voy a nuestro espacio, busco a Irune sin querer hacerlo, aun mi mirada recorre el espacio de forma inconsciente.
Al no verla, la tensión en mi pecho se relaja por completo. No sé por qué me he pasado la mayor parte del día queriendo evitarla cuando aquí es imposible.
«Seguro que está en la cabina de mando», pienso, intentando restarle importancia.
Sigo hasta la puerta discreta que da acceso a la zona de descanso de la tripulación.
La verdad es que es muy fácil pasarla por alto si no sabes que está ahí; integrada en el diseño del avión.
Después, apoyo la mano en el panel, introduzco el código de acceso y la puerta se abre mientras rompe el silencio del pasillo.
Con una sonrisa cansada en los labios, me fijo en que el interior es otro mundo.
El espacio está diseñado para ser funcional y, milagrosamente, acogedor para tratarse de un avión.
Las literas están dispuestas en dos niveles y hay otra litera más al fondo; cada una cuenta con su cortina individual, una pequeña luz de lectura y una red de sujeción para las turbulencias.
Apenas he suspirado cuando me doy cuenta de que no estoy sola.
Irune está medio tumbada en una de las literas inferiores, con la espalda apoyada contra la pared y las piernas ligeramente flexionadas en una postura cómoda.
Sostiene un libro electrónico con una mano, mientras la otra descansa sobre su abdomen con naturalidad.
Está concentrada en la lectura, con una pequeña arruguita entre las cejas que le queda de maravilla.
Me quedo quieta un instante, absorbiendo la imagen.
—Vaya… yo… no… no pensaba que estarías aquí —titubeo.
Ella levanta la vista, como si mi presencia no alterara en absoluto su calma.
—¿No es el turno de descanso de Carolina? —pregunta y echa un vistazo rápido a su reloj de pulsera.
—Sí, pero me ha dicho que no puede descansar si no está agotada de verdad, así que me ha mandado a mí.
Hago un gesto torpe hacia la puerta.
—Si quieres… me voy.
Estoy a punto de girarme y, sobre todo, de huir antes de que el aire se vuelva irrespirable entre nosotras, pero su voz me detiene.
—No hace falta. Ya tendré una conversación con Carolina para evitar estas cosas en el futuro —añade como si nada—. Ponte en la cama del fondo si quieres. Así no te molesto. Yo no suelo dormir en estos vuelos, prefiero aprovechar para leer o revisar informes.
—Claro… —respondo, sintiendo cómo el pulso se me acelera otra vez.
Estoy segura de que ya se me ha hinchado la vena del cuello.
«Joder, lo único que me faltaba era esto. ¿No querías hablar con ella? Pues toma».
Empiezo a quitarme la chaqueta con cuidado, doblándola antes de dejarla sobre el pequeño estante de la derecha.
Después, me desabrocho los botones de la camisa uno a uno, intentando no molestar a Irune y siendo consciente de que tengo mil caballos cabalgando dentro del pecho.
Me pongo la camiseta y la sudadera que había preparado al inicio del vuelo, y le doy la espalda a Irune un segundo, contando mentalmente antes de volver a girarme.
—La otra noche no quise molestarte —suelto sin poder detener mis palabras.
Ella sigue leyendo y giro un momento la cara para mirarla. La luz ilumina parcialmente su rostro, dibujando sombras que acarician sus facciones y se pierden más allá de su cuello.
—Es solo que… —continuo.
—No te van los rollos de una noche. Ya me lo dejaste claro, no te preocupes —completa ella sin inmutarse, como si estuviera leyendo una línea más de su libro. Incluso creo que se ha encogido de hombros—. Tampoco hay que hacer una montaña de un grano de arena.
El comentario me atraviesa y provoca que me muerda el labio inferior sin darme cuenta. Estoy tan cerca de ella que hasta creo que puedo escuchar su respiración.
—No es eso… —me justifico—. Es que de verdad que… —añado, antes de negar—. En fin. Déjalo.
Paso una mano por mi pelo, nerviosa, intentando ordenar mis pensamientos.
Está claro que no lo consigo.
—Lo mejor será que olvidemos el tema. No quiero que el ambiente de trabajo se vuelva raro entre nosotras.
«Genial, lo estás mejorando», me reprocho.
Irune pasa página en el libro electrónico, todavía sin levantar la mirada.
—No tiene por qué pasar —responde con total tranquilidad—. Somos profesionales, ¿no?
Entonces levanta la vista y me mira de verdad. Sus ojos recorren mi expresión con detenimiento… y bajan, bajan y bajan.
Se detienen en mi cuello y después va más allá. Mucho más allá.
—La verdad es que eres muy guapa —admite Irune sin rodeos—. Pero sé aceptar una negativa a tiempo.
Abro la boca, pero ella regresa la atención al libro como si nada.
Como si no acabara de provocar que se me forme un nudo en la garganta.
«El caso es que…», quiero decirle. Sí, sí.
Quiero confesarle que me hubiera gustado besarla hasta el amanecer, descubrir cuantos lunares se esconden en su cuerpo si es que los tiene.
—El caso es que… —repito. Esta vez en voz alta y quedándome a medio camino. «No, esto no es buena idea», pienso. Aunque ya no puedo detener a mis labios—. El caso es que me arrepentí al segundo de haberte rechazado.
Irune levanta la mirada de nuevo y sus ojos oscuros me observan con una intensidad que me recorre la piel, deteniéndose en mis labios, en el pulso que late visible en mi cuello.
En cada parte de mi cuerpo que alcanza a ver en mitad de esta semioscuridad.
Después cierra el libro electrónico, lo deja a un lado, se incorpora y rompe la distancia entre nosotras.
No. Esto tiene que ser la escena de una película. Solo mi imaginación.
—¿Te arrepentiste? —pregunta, casi en un murmullo que vibra en el poco aire que hay entre nosotras. Su tono ya no es tan neutral. Para nada—. Porque la verdad es que no lo parecías cuando me pediste que parara —señala.
El espacio parece encogerse aún más. Irune se acerca un poco, y sus dedos rozan el borde de mi sudadera, un contacto mínimo que envía una corriente eléctrica por mi piel.
—No creo que sea… buena idea.
—¿Vas a rechazarme otra vez? —insiste.
«Estoy en un sueño ¿o qué?», me digo. Porque sí, debo estar en un sueño.
Sus labios están tan cerca que siento su aliento cálido sobre los míos. El deseo palpita dentro de mí con una fuerza que apenas soy capaz de reconocer. Irune me observa en silencio, casi creo que sonríe y antes de que pueda reaccionar echa el cierre de la puerta y me mira.
—¿Qué piensas hacer?