4
Maia
—Pronto te acostumbrarás. Irune suele ser bastante…
Carolina deja la frase suspendida en el aire mientras pone las botellas en el carro de servicio.
Sus movimientos son ágiles, casi automáticos, dejando clara su experiencia.
Yo la observo en silencio, intentando poner en palabras lo que ha dejado a medio decir.
Tal vez no debería estar haciendo esto, juzgar a una persona sin darle ni una sola oportunidad.
—¿Borde y fría? —completo, antes de que pueda hacerlo ella.
Las palabras se me escapan con un ligero matiz en la entonación, un rastro de ese acento italiano que llevo años intentando suavizar hasta hacerlo casi imperceptible.
Lo noto en cuanto sale de mis labios y me obligo a carraspear de inmediato, como si pudiera borrarlo, como si todavía escuchara la voz de mi padre corrigiéndome en la mesa de la cocina de nuestra casa porque, según él, así encontraríamos mayores oportunidades en el extranjero.
Carolina sonríe de lado, estoy segura de que nos vamos a llevar de maravilla.
—Algo así —admite, encogiéndose de hombros—.
No le gusta mucho mezclar lo personal con lo profesional.
Pero la verdad es que… —Hace una pausa mientras encaja un compartimento—, eso nos hace ser la mejor tripulación de la aerolínea.
Ya lo verás reflejado a fin de mes en los informes de satisfacción y, sobre todo, en tu cuenta —apunta con cierta picardía.
El movimiento de sus cejas, exagerado y casi teatral, me arranca una risa que no esperaba.
Y de repente, la tensión que llevo acumulada desde que subí al avión desaparece lo justo como para dejarme respirar con mayor profundidad y recuperar algo de la calma que necesito para desempeñar mi nuevo trabajo.
El avión ya lleva más de una hora en el aire.
El zumbido constante de los motores se ha convertido en un fondo estable, casi tranquilizador, mientras la cabina mantiene ese equilibrio delicado.
Algunas luces están atenuadas para favorecer el descanso de alguna parte de los pasajeros que, a pesar de ser temprano, ya se han acomodado en sus asientos con mantas y almohadas; y el ritmo del trabajo empieza formar parte de ese equipo de baile en el que yo también tengo un papel especial.
Frente a mí, el espacio es un pequeño universo perfecto de organización, y la verdad es que me siento muy cómoda en este entorno estructurado que me recuerda por qué elegí esta profesión.
Cojo uno de los cajones de bebidas y lo lleno de varios tipos de zumo mientras Carolina revisa con atención la lista de pasajeros para comprobar las comidas especiales.
—Mmmm, a ver. Asiento 12C, sin gluten —murmura sin perder de vista la pantalla—. 14A, vegetariano. Y cuidado con el pasajero del 18D; está inquieto y me da que va a estar llamándonos constantemente.
—Perfecto —respondo, y asiento mientras anoto mentalmente cada detalle para no olvidar ninguna preferencia.
Mis manos se mueven casi solas mientras trabajo. Aquí no hay espacio para dudas personales, solo para contentar a todos los pasajeros y que pasen las trece horas restantes de la mejor forma posible. Sin embargo, los nervios regresan.
—Supongo que tengo que darme tiempo —comento de nuevo—. Los cambios no se me dan muy bien… pero siento un pálpito. Creo que por aquí todo irá de maravilla y que encajaré sin problemas en el equipo.
Carolina me observa un segundo, como si estuviera valorando algo más allá de mis palabras. No es que haya tenido una vida maravillosa, y tengo la sensación de que se ha dado cuenta enseguida.
—Seguro que sí —comenta, dejando una caricia en mi brazo con una sonrisa alentadora, y después, añade con picardía—: Además, tengo la sensación de que has llamado la atención de la jefa. Y no es algo que ocurra con frecuencia.
Mi pulso da un pequeño salto que intento ignorar con todas mis fuerzas, aunque el recuerdo de sus labios regresa a mí.
—Ah, ¿sí? —pregunto, fingiendo que me sorprende mientras coloco otra bandeja en su lugar.
No me da tiempo a escuchar su respuesta.
Irune aparece de improviso y el ambiente se enfría al instante. Es una mujer magnética. Su postura es recta, sus movimientos elegantes, y su presencia provoca que un cosquilleo me recorra toda la espalda.
Carolina carraspea de forma casi imperceptible y yo bajo la mirada hacia el carro, como si de repente fuera lo más interesante del mundo, aunque lo único en lo que quiera fijarme es en los hoyuelos que tanto me atrajeron anoche.
—¿Va todo bien? —se interesa Irune.
Limpio de cualquier rastro de lo que pasó —o lo que no pasó— entre nosotras.
—Sí —responde Carolina con rapidez—. Estamos preparando el primer servicio, le comentaba a Maia cómo trabajamos en los diferentes turnos.
Irune asiente con un gesto breve. Sus ojos recorren el espacio, deteniéndose en la disposición de las bandejas, las bebidas, la organización de los carros y todo lo que hay a nuestro alrededor.
Cuando su mirada pasa por mí, siento ese impacto otra vez, el calor que me recorre toda la piel.
No dura más que un instante, pero es suficiente para que algo en mi pecho se tense con una mezcla de nerviosismo y atracción que me cuesta controlar.
«La rechazaste. ¿Te acuerdas?»
Irune no dice nada más. Y eso me deja muy claras las cosas.
—Seguid así, que todo esté controlado —indica, antes de girarse y desaparecer hacia el pasillo.
Respiro profundamente. Y Carolina también suelta el aire despacio, casi con alivio.
—¿Ves? —murmura, inclinándose ligeramente hacia mí—. Será un poco fría, pero se puede trabajar con ella.
No puedo evitar sonreír, aunque mi mente sigue atrapada en esa mirada fugaz.
—Sí… —le respondo.
Ajusto y coloco la última bandeja antes de salir hacia mi zona asignada. Necesito moverme. Necesito aire y distancia para ordenar mis ideas.
Por aquí arriba todo continúa en calma. Algunas personas leen en silencio, otras duermen profundamente, otras miran por la ventanilla con esa expresión ausente que aparece cuando el tiempo deja de tener sentido a diez mil metros de altura.
Y para mi sorpresa, los niños que hay a bordo, se están portando bastante bien.
Avanzo despacio, revisando cada detalle con la atención que exige mi rol como supervisora.
—Buenos días, ¿todo bien por aquí? —pregunto con voz cálida y profesional a una pareja.
La mujer levanta la vista de su libro y me dedica una sonrisa agradecida.
—Perfecto, gracias. ¿Podría traerme otro refresco de lima, por favor?
—Por supuesto —respondo, sin borrar la sonrisa—. Ahora mismo. ¿Desean algo más?
Su acompañante asiente con educación, pero no dice nada. Anoto mentalmente la petición y continúo mi recorrido por el pasillo. Un par de filas más adelante, un hombre revisa su portátil con el ceño fruncido y un claro gesto de frustración. Me detengo a su lado con discreción.
—¿Puedo ayudarle en algo, señor?
—El wifi no va muy bien, y necesito enviar unos documentos con urgencia —responde sin mirarme, impaciente.
Su actitud es cortante, pero lidiar con la impaciencia también forma parte de nuestro trabajo.
—Enseguida compruebo el estado de la red desde el panel. A veces sufrimos pequeños cortes de cobertura según la zona por la que volamos. Si el problema persiste, puedo reiniciar el rúter de su sección en cuanto termine el servicio.
Levanta la vista por fin, evaluándome con mayor atención.
—Hágalo, por favor.
Asiento de nuevo y le sonrío.
—Enseguida vuelvo con usted.
«Recuerda que eres maravillosa, y que tu sonrisa puede con todo».
La voz de mi madre aparece en mi mente con una claridad que me sorprende incluso a mí. Durante unos segundos, me aferro a ello. A esa seguridad que siempre ha intentado darme, incluso cuando yo no los creía y dudaba de mis propias capacidades.
De vez en cuando, al pasar junto a las ventanillas, dejo que mi mirada se desvíe hacia el exterior. El cielo se extiende en un tono que es casi irreal, con nubes que parecen inmóviles desde esta altura privilegiada.
Sonrío sin darme cuenta, invadida por una sensación de libertad que me llena el pecho por completo.
Esto… esto es lo que siempre he querido desde que era una niña soñando con volar.
Un espacio donde todo parece posible, donde el mundo queda abajo y las decisiones parecen menos importantes, donde cada vuelo representa una nueva oportunidad.
—Por mucho que mi jefa sea Irune… —murmuro para mí misma, apenas moviendo los labios mientras avanzo.
El cosquilleo vuelve a recorrer mi nuca de forma inesperada, como un recuerdo que no he invitado pero que se abre paso sin permiso y con fuerza. Más fuerza de lo que tendría que permitir.
Noto el sabor del mango en su boca.
El calor de sus labios.
La forma en que sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca para tirar de mí y dejarme claro que quería saborearme por completo.
Cierro los ojos un segundo mientras sigo caminando, como si pudiera contener la oleada de sensaciones que me recorre.
Pero la realidad es que no desaparece. Ni un solo segundo.
Al contrario.
Se intensifica con cada paso que doy.
Y después…
Recuerdo la decepción que brilló en sus ojos oscuros.
La forma en que se alejó con la misma elegancia que he ido observándole durante los últimos minutos.
El deseo que quedó suspendido entre nosotras, sin resolverse.
—Tengo que hablar con ella —me digo, con una claridad que me asusta.
No sé qué voy a decirle exactamente.
Como tampoco sé qué espero conseguir.
Pero sí tengo muy claro que no puedo dejarlo así, flotando en el limbo de un «casi» que me persigue incluso a bordo.
Irune está al fondo, revisando una lista con Thomas. Su expresión es impenetrable y profesional. Habla en voz baja, transmitiendo instrucciones que no llego a escuchar pero que dan al movimiento de sus labios una elegancia que no puedo ignorar.
Mi cuerpo reacciona antes de que mi mente pueda detenerlo. Hay algo en ella que…
«Dios… es que está buenísima», pienso. Con un leve rubor que espero que nadie note.
Pero vuelvo a mirarla.
Una y otra vez.
—Concéntrate —me ordeno en silencio, apretando ligeramente los labios.
Vuelvo al trabajo con renovada disciplina. Pero una parte de mí…
Sigue pendiente de ella.
De cada movimiento.
De cada palabra que pronuncia.
De cada gesto que revela su experiencia como jefa de cabina.
Y me convenzo de que debo aprovechar el turno de descanso para hablar con Irune. Porque lo que pasó anoche… No ha terminado.
Ni de lejos. Y necesito dejar las cosas claras si quiero trabajar con comodidad.