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Irune
Al día siguiente.
Las tazas de café vacías decoran la mesa alargada de la sala de tripulación.
Apoyo la carpeta sobre la mesa y repaso por tercera vez la lista de la rotación con las nuevas incorporaciones incluidas que llegarán en unos cuantos minutos.
No es que lo necesite, pero siempre me gusta hacer comprobaciones de última hora para evitar sorpresas.
Deslizo el dedo por los nombres deteniéndome en las tres personas que a partir de ahora van a formar parte de esta familia. Dos de ellas, son incorporaciones adicionales a la tripulación habitual que ya conozco de otros vuelos.
Daniel Vega: Tripulante de cabina.
Tessa Rinaldi: Senior.
Y entonces, un poco más abajo, aparece el tercero nombre. Una mujer que ha cambiado de aerolínea: Maia Ferrari.
Me quedo mirando el nombre y de repente, noto como si algo hubiera tropezado en mi cabeza, trayendo de vuelta recuerdos que preferiría mantener bien guardados en un rincón lejano.
En primer lugar, porque odio que me rechacen —sí, todavía estoy cabreada—.
Y, en segundo lugar, porque sería mucha casualidad que esta Maia, sea la Maia a la que le comí la boca hace apenas unas horas.
«No, no creo que sea ella».
Exhalo y paso la página sin más, obligándome a seguir adelante. Estas cuatro letras no tienen por qué alterar mi rutina. Ni mucho menos, mi trabajo.
—¿Pasa algo?
La voz de Javier llega desde mi derecha, serena, pero con ese matiz curioso que nunca me pasa desapercibido. Está apoyado contra la mesa con los brazos cruzados y una mirada que no me gusta nada. Si tuviera escáneres en los ojos, ya sabría perfectamente qué es lo que navega por mi mente.
Niego con la cabeza, cierro la carpeta y me paso las manos por mi uniforme.
—Nada —respondo sin mirarlo directamente—. Digamos que no he dormido muy bien.
En sus ojos, veo lo que me quiere decir, incluso antes de que abra la boca.
—Más bien que te quedaste con ganas de que te pegaran un buen polvo. ¿A que sí?
Giro la cabeza y lo fulmino con la mirada, dejándole muy claro que como siga así, no le dirijo la palabra durante el resto del viaje.
—No tienes arreglo —añade, mientras no borra esa maldita sonrisa pícara de los labios.
Prefiero no contestar, porque la verdad es que no merece la pena abrir esa puerta. Y menos, en un momento en el que la profesionalidad debe prevalecer por encima de cualquier broma.
—Deberías ir con los tuyos, aquí sobras —le digo con toda la simpatía del mundo, y él levanta las manos en señal de rendición.
A nuestro alrededor, el resto de la tripulación sigue concentrada en los documentos que tienen sobre la mesa, o en las pantallas del móvil con las que se ponen al día ante la expectativa de un nuevo cambio de rotación.
Carolina, apoyada en una de las sillas, sonríe sin levantar mucho la cabeza, como si hubiera escuchado más de la cuenta y prefiriera no soltar alguna de sus ironías.
La observo con atención, y en cuanto lo hago, su sonrisa se apaga rápido. Baja la mirada de inmediato, ordena unos papeles que no necesitan ningún orden y se recoloca un mechón detrás de la oreja con gesto nervioso.
Bien. El mensaje ha quedado claro.
—En fin —digo, recuperando la compostura—.
Lo único que quiero es que recibáis bien a los nuevos compañeros.
No importa que tengan un cargo superior o inferior.
Hoy es su primer día con nosotros y, como tal, espero que estén y estéis a la altura de las circunstancias.
Hay que contribuir a que el vuelo vaya con la excelencia que caracteriza a nuestro equipo.
—Prometo que siempre será así.
La voz femenina irrumpe en la sala antes de que nadie pueda responder. Es clara. Directa. Demasiado familiar, y trae consigo un eco que se me cuela rápido bajo la piel. El sonido de una maleta rodando acompaña la frase con un ritmo constante que llena el silencio de toda la sala.
Me giro con la espalda recta y la expresión ya compuesta en ese registro profesional que he perfeccionado durante toda mi carrera. Una expresión que amenaza con borrarse en cuanto me encuentro a Maia —sí, la Maia que besé anoche— delante de mí.
El uniforme le queda como si hubiera sido diseñado exclusivamente para resaltar cada línea de su figura.
La falda oscura, la americana perfectamente entallada que marca sus hombros, la camisa blanca que contrasta con el tono cálido de su piel.
Lleva el pelo recogido con una precisión que no termina de ocultar del todo su naturaleza indomable, y que le otorga un aire de sofisticación, tan natural, que me hace tragar saliva.
Camina con tal seguridad, que es imposible no quedarse mirándola durante un buen rato.
Y Javier es el primero que se da cuenta.
Maia arrastra la maleta sin esfuerzo aparente, como si fuera una extensión natural de su cuerpo, y avanza hacia nosotros mientras sonríe.
Al menos, lo hace hasta que sus ojos se encuentran directamente con los míos.
«Genial. Esto va a ser divertido».
La sonrisa se queda suspendida a medio camino, congelada en un instante que consigue alterarme el pulso.
Durante un segundo, el tiempo se estira de una manera casi tangible, con la misma electricidad que apareció entre nosotras la noche anterior en las calles de Nueva York.
Y tan rápido como lo recuerdo, a mi cabeza regresa el roce de sus labios, el calor de su cuerpo contra el mío, la decepción que se pintó en mi rostro y vi reflejada en sus ojos cuando me rechazó.
—No me jodas… —murmuro, sin darme cuenta de que lo he dicho en voz alta, aunque el volumen es lo suficientemente bajo como para que solo yo lo haya escuchado.
—Vaya —dice Maia, y recupera la sonrisa con una facilidad que es bastante irritante—. De todas las casualidades del mundo mundial, resulta que tú eres mi superior.
Se ríe. Y lo hace abiertamente. Como si la situación fuera un juego divertido y no una complicación que amenaza con desestabilizar el orden que tanto me esfuerzo por mantener en cada uno de nuestros vuelos.
Como si anoche no hubiera existido, como si el beso contra la pared fría no hubiera dejado huella alguna en ninguna de las dos.
—Espera, espera —interviene Javier, mirándonos con evidente curiosidad. Va a preguntarlo, pero ambos sabemos que ya tiene muy clara la respuesta—. ¿Os conocéis?
El silencio que sigue no es cómodo en absoluto. Thomas, al fondo de la sala, mira a un lado y a otro como si buscara una salida invisible. Daniel y Tessa, todavía en la puerta, se han quedado a medio paso, observando la escena sin saber muy bien si deberían entrar a esta jungla.
Maia abre la boca, y veo con claridad que piensa dar unas explicaciones que no corresponden en este contexto.
Así que no le doy la opción.
—No es momento de hablar de eso —comunico, y busco de nuevo la información que ya tenía sobre la mesa—. Tenemos un vuelo que preparar.
La miro solo lo justo para que entienda que no hay margen para nada más, que aquí soy la jefa de cabina y mi palabra define los límites.
—Aquí tenéis el itinerario completo y los procedimientos que vamos a llevar a cabo con todo detalle —continúo, entregando los dosieres uno por uno mientras mantengo la compostura—.
Será un vuelo largo de aproximadamente catorce horas, con doble servicio de comidas, descanso escalonado de tripulación y atención especial a pasajeros de alto perfil.
Quiero que esto sea un baile perfectamente coordinado.
¿De acuerdo? Desde la verificación de los equipos de emergencia hasta la gestión de cualquier incidencia que pueda haber.
Mis dedos rozan los suyos al darle el documento. Ni siquiera estoy segura de haberle tocado la piel, pero de repente, un destello de calor me recorre la mano antes de retirarla de inmediato.
—Daniel —añado, girándome hacia él—, estarás en la zona trasera. Quiero que des apoyo en el servicio y control de cabina durante los turnos de descanso. Asegúrate de monitorizar los compartimentos superiores y asistir a los pasajeros con movilidad reducida.
Asiente rápido, acariciándose la chaqueta con ciertos nervios.
Me encantan las primeras horas de los nuevos.
—Sí, claro.
—Tessa, tú estarás en business conmigo durante el primer servicio. Después rotaremos para que todos tengáis el descanso reglamentario. Encárgate de verificar las comidas especiales y coordina todo en el galley .
—Perfecto —responde ella.
—Maia…
El nombre se me queda un segundo en la lengua antes de salir, con un picor que no puedo ocultar. Levanto la vista y sus ojos ya están en mí, directos y serenos, sin rastro aparente de la tensión que a mí me recorre el cuerpo.
—Quiero que controles los tiempos de servicio, la coordinación de las distintas áreas y cualquier incidencia en la zona de pasajes central.
No podemos cometer ningún error, ¿está claro?
Hay varios pasajeros que necesitarán atención personalizada y, como jefa de cabina, mi responsabilidad es que todo eso funcione a la perfección.
Ya no queda ni rastro de lo que pasó anoche en mi expresión. Ni en mi postura. Ni en mi mirada.
O eso quiero creer con todas mis fuerzas.
—Entendido —responde ella con voz clara y profesional.
Esta vez Maia no sonríe. Asiente despacio, sujetando el dosier con ambas manos, como si necesitara ese punto de apoyo para no arrepentirse de haber entrado por esa puerta.
—No falléis a la aerolínea. Ni mucho menos al equipo.
Estoy segura de que podremos hacer que los vuelos en los que trabajamos juntos sean increíbles —comento, esta vez con una pequeña sonrisa pintada en los labios—.
Coged vuestras pertenencias y adelante. El avión nos espera y el tiempo de preparación es limitado.
Cojo mi maleta y me dirijo hacia la puerta sin darme un segundo de tregua. El sonido de las ruedas sobre el suelo marca el ritmo de mis pensamientos, que se suceden a gran velocidad.
Pero no pienso echar un vistazo a mi espalda.
Lo de anoche fue un error.
Un momento sin importancia en la ciudad que nunca duerme.
Una coincidencia más en una vida llena de tránsitos y despedidas.
Eso es lo que fue.
Y eso es lo que va a seguir siendo, por mucho Maia forme parte de mi tripulación.