2
Maia
Nueva York. Horas después.
El hielo tintinea contra el cristal cuando lo inclino ligeramente y dejo que el sabor dulce del mango se deslice por mi lengua.
Es suave, casi engañoso, como si no llevara nada más que fruta triturada y una promesa de descanso que en este último par de días, no ha existido para mí.
Me apoyo en la barra, cruzo las piernas despacio y observo el reflejo difuso de las luces en la superficie del vaso.
Nueva York es como un espectáculo digno de saborear, incluso cuando una está sola.
—La verdad es que estoy deseando conocer a mis nuevos compañeros. Nunca pensé que fuera a tener esta oportunidad.
Mientras hablo por teléfono, me escucho tranquila, nada que ver con los nervios que ya me atenazan el estómago.
Es curioso cómo puedo modularla sin esfuerzo, como si llevara años ensayando distintas versiones de mí misma para cada situación.
Al otro lado del teléfono, mi madre suspira y hasta la puedo ver sonreír.
—Pues aprovéchala, cariño. Te lo mereces.
Yo también le dedico una sonrisa, a pesar de que no puede verme. Me apoyo mejor en la barra, y me inclino un poco hacia delante.
—Lo haré, te lo prometo —comento y después echo un vistazo a mi alrededor—. Bueno mamá, tengo que dejarte.
—Vale cariño, recuerda que te quiero muchísimo.
—Y yo a ti.
Cuelgo antes de que pueda decirme algo más.
No porque no quiera saberlo, sino porque sé que, si lo hace, terminará preguntando lo de siempre: si estoy bien, que me echan mucho de menos por casa, si sigo sola, si hay alguien especial en mi vida —como si no tuviera bastante con los últimos cambios—.
Y esta noche no tengo ganas de responder a nada que no pueda resolver en este mismo momento.
Dejo el móvil sobre la barra y giro el vaso entre los dedos. El líquido anaranjado se arremolina con un movimiento lento e hipnótico. Respiro hondo y me quedo unos segundos en silencio, disfrutando de este espacio y de la canción de Harry Styles que suena a través de los altavoces.
—¿Me pones otro?
El camarero asiente sin necesidad de mirarme demasiado. Supongo que eso también forma parte del encanto de este tipo de locales; las personas no hacen preguntas, y nadie se detiene más de lo necesario.
—Y para mí lo mismo, por favor.
La voz llega desde mi izquierda. No es alta ni especialmente cálida, pero tiene una claridad y un acento precioso que me hace girar la cabeza antes incluso de pensarlo.
La mujer está de pie, apoyando la cadera en la barra, con una mano apoyada sobre la superficie de madera y la otra extendida hacia mí con naturalidad. No sonríe de oreja a oreja, pero ya observo cómo un par de hoyuelos se pintan en sus mejillas mientras sus labios se mueven en una ligera curva.
—Irune, encantada.
La forma en que lo dice es directa, sin rodeos, como si presentarse fuera solo un trámite que quiere quitarse de encima cuanto antes.
Alzo una ceja sin poder evitarlo y dejo que una sonrisa lenta y deliberada se dibuje en mi boca mientras acepto su mano. Su piel está fría, o quizás es la mía la que arde más de lo habitual.
—¿Buscando algo de diversión? —le pregunto, sin siquiera decir mi nombre.
Sé que es una provocación. También sé que no debería hacerlo —yo no soy así de directa—, al menos no en este momento. Pero qué puedo decir, esta mujer tiene esa aura que te invita a tensar un poco la cuerda.
—Algo así —responde unos segundos después. Y otra sonrisa pícara aparece en sus labios.
—Maia —le digo, soltando su mano con lentitud—. Encantada.
La observo con más detenimiento ahora que tengo una excusa para hacerlo. Tiene el pelo largo y oscuro, recogido de forma descuidada en una coleta baja que deja escapar algunos mechones rebeldes alrededor del rostro. No parece algo deliberado, pero tengo muy claro que lo es.
Viste sencilla, pero con unas prendas que le quedan de maravilla; pantalones oscuros que se ajustan a sus piernas y cintura, una camiseta blanca e impoluta de algodón y una chaqueta ligera que ha dejado sobre el taburete más cercano.
Nada llama la atención de forma evidente, pero sí encaja a la perfección con la voz de esta mujer.
—Supongo que yo también puedo decir lo mismo —añado, girando un poco el cuerpo hacia ella para acortar un poco el espacio que nos separa—. En unas horas empiezo mi nuevo trabajo y estoy de los nervios.
No suelo admitir este tipo de cosas frente a desconocidas. Guapas desconocidas. Pero en este momento… no siento la necesidad de ocultarlo.
Irune ladea la cabeza, como si evaluara con calma mis palabras.
—Yo creo que los cambios siempre son buenos —afirma con seguridad justo cuando recibe su cóctel—. Aunque yo procuro no hablar de trabajo cuando vengo a sitios como este —continúa después, cogiendo su vaso y dándole un buen sorbo.
Sonrío con genuina diversión.
—Entonces hablemos de otra cosa —comento, imitando su gesto.
Ella asiente y en sus ojos aparece una chispa que resulta bastante atractiva.
—Eso suena mejor.
Juego unos segundos con el borde del vaso, siguiendo la línea con la yema del dedo. Ella bebe un poco más, sin apartar la mirada del frente, aunque sé que es consciente de cada uno de mis movimientos.
—¿Sabes jugar al billar? —pregunto de pronto, señalando con la barbilla hacia el fondo del local.
Irune gira la cabeza lo justo para mirar la mesa.
—Lo suficiente para no ser una vergüenza.
—Perfecto —respondo, bajándome del taburete casi de un salto—. Porque yo también.
El gesto es casi un reto y parece que a las dos nos encanta.
La sigo sintiéndola a mi lado cuando caminamos hacia la mesa. Todo su cuerpo destila esa electricidad que es imposible de ignorar, haciéndome consciente incluso de mi propio cuerpo, de la distancia exacta que nos separa.
Cojo un taco y lo observo un rato antes de ofrecérselo.
—¿Empiezas tú?
—Claro.
Irune lo sujeta enseguida, y después de darle un sorbo al cóctel, lo deja en un lugar cercano.
Se inclina sobre la mesa, ajusta el ángulo con cuidado, calcula la fuerza que va a usar, y en cuanto su mirada brilla, golpea con decisión.
Las bolas se dispersan por toda la mesa. Dos caen directamente en las troneras.
Alzo las cejas, impresionada.
—Vaya.
—Ya te he dicho que sabía lo suficiente como para no ser una vergüenza —me recuerda, incorporándose con una leve satisfacción en la mirada, aunque no presume de ello.
El juego avanza entre golpes y comentarios breves que van cargando el ambiente. Me acerco más de lo necesario cuando es su turno, dejo que mi brazo roce el suyo al pasar, observo cómo su mandíbula se tensa apenas cuando fallo un tiro sencillo a propósito.
—Eso ha sido deliberado —señala, sin apartar la mirada de mí.
—Puede —respondo, apoyándome en la mesa con intención—. O puede que me distraigas tú.
Sus ojos se clavan en los míos durante un segundo de más.
—No es lo que intento.
—Ya…
Sonrío, y aunque intento no caer en mi propio juego, ya noto esa tensión que no tiene que ver solo con el juego, sino con la electricidad que crece entre nosotras.
Cuando termina la partida, no sabría decir quién ha ganado. Aunque la verdad es que tampoco me importa.
Salimos del pub y el aire de la noche nos envuelve creando un contraste con el calor que hemos dejado del interior.
Las calles están llenas, pero no abarrotadas. Luces de neón parpadean, taxis amarillos pasan a toda velocidad y escucho conversaciones en distintos idiomas que se mezclan en el bullicio nocturno. Está claro que Nueva York guarda magia en cada rincón por el que cruzas.
—¿Siempre haces estas cosas? —pregunto, metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta—. ¿Entrar a un bar y buscar un poco de diversión con la primera que te parece interesante?
Irune exhala una risa, y me mira de reojo bajo la luz ámbar de las farolas.
—¿Te molesta?
—No he dicho eso —respondo, aunque noto cómo el corazón se me acelera de inmediato—. Solo me pregunto si es tu forma habitual de pasar este tipo de noches.
Ella se detiene de golpe en mitad de la acera, obligándome a frenar también. El bullicio de la ciudad parece alejarse un poco, como si el mundo se hubiera reducido al ínfimo espacio que nos separa.
—Puede que sí, puede que no… —suelta sin más—. A veces, y si hay algo que merezca la pena… es bueno saltarse las reglas. ¿No?
La miro fijamente, sintiendo cómo esa confesión sencilla me recorre la piel. Antes de que pueda formular una respuesta, su mano se cierra alrededor de mi muñeca y tira de mí lo justo para acercarme a ella.
El impacto es inmediato, sus labios se posan sobre los míos en un beso directo y profundo que me corta el aliento en el primer segundo y hace que todo mi cuerpo responda con una intensidad que me sorprende.
Mi espalda choca contra la pared fría de un edificio. El ladrillo se filtra a través de la tela de mi chaqueta, contrastando con el calor que se extiende rápidamente por mi piel.
Respondo sin pensarlo. Mis manos suben por sus brazos, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la ropa, mientras la firmeza de su agarre me mantiene cerca.
Su boca es insistente y tiene un sabor que se ha metido muy dentro de mí.
Y por eso, cuando consigo separarme, me obligo a respirar hondo, intentando recuperar algo de claridad mientras noto cómo las piernas me tiemblan.
—No me van los rollos de una noche —confieso, todavía muy cerca de ella.
No sé por qué lo digo. Quizá porque necesito marcar algún límite, aunque no esté segura de querer hacerlo en este momento. Es lo que me repite la vocecilla de mi cabeza. «Joder, esto no debería estar pasando».
Irune no se aleja y sus ojos oscuros me observan con una intensidad que me recorre desde la cabeza a los pies.
—¿Estás segura? —murmura, rozando de nuevo mi boca con la suya—. Porque yo te veo muy dispuesta.
Vuelvo a besarla antes de poder responder. Esta vez con más intención, más consciente de lo que estoy haciendo, dejando que mis dedos se enreden en su pelo y tiren de ella para profundizar el contacto.
Sus manos cambian de posición: una sube hasta mi cuello con posesión, la otra se desliza por mi cintura, atrayéndome más contra su cuerpo. Su boca abandona la mía y baja despacio, deteniéndose en mi mandíbula, trazando un camino ardiente hasta el lado de mi cuello.
Un escalofrío intenso me recorre la espalda.
Cierro los ojos un segundo, sintiendo cómo el deseo se abre paso con una facilidad que me molesta. Porque sé exactamente cómo terminan estas cosas. Y no es precisamente lo que quiero.
Apoyo las manos en su pecho y la separo lo justo, aunque mi cuerpo protesta por la distancia.
—Eres preciosa… —hablo, notando cómo apenas puedo pronunciar estas palabras—. Pero tengo que madrugar muchísimo y ya es hora de que me vaya.
Es una excusa. Claro que sí. La excusa más ridícula que he puesto en toda mi vida.
Irune se queda quieta un instante. Lo suficiente para que vea algo en su mirada que no esperaba. Una decepción, bastante sutil que permanece ahí, brillando en sus ojos oscuros junto al deseo que todavía no se ha apagado.
—Muy bien —responde, soltándome—. Entonces lo dejamos aquí.
Asiento, aunque una parte de mí quisiera añadir algo más, viajar atrás en el tiempo, alargar el momento, encontrar una razón para no separarnos y dejarme llevar por una puta vez en la vida.
—Que tengas suerte en tu nuevo trabajo —añade con una cortesía que suena casi dolorosa.
No me da tiempo a responder. Irune se gira con elegancia y empieza a alejarse sin mirar atrás, con su figura recortándose contra las luces de la ciudad.
Me quedo donde estoy, con la espalda todavía apoyada en la pared, sintiendo el pulso acelerado latiendo en mi cuello y con el eco de su boca sobre mi piel.
«Qué idiota», pienso, mientras me llevo la mano hasta el punto donde han estado sus labios y paso los dedos despacio, como si pudiera retener algo de ese calor que ya se disipa.
Exhalo un suspiro largo y tembloroso.
—Tienes que centrarte en esta nueva oportunidad… —murmuro, casi para convencerme a mí misma.
Como si estas palabras fueran a conseguir que no me esté arrepintiendo por haberla rechazado.