Mapas en la piel
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Irune
El café está demasiado caliente para beberlo de un trago, pero aun así me acerco la taza a los labios y dejo que el vapor me roce la cara.
A primera hora, el aeropuerto de Madrid ya viaja en diferentes contrastes, donde el ruido y las maletas rodando con prisa, son el principal protagonista.
Las pantallas cambian de destino como si cada uno de estos lugares fueran simples posibilidades y no decisiones que podrían alterar el rumbo o el destino de alguien.
Pero la verdad, es que ninguna de estas cosas me altera. Prácticamente nada lo hace.
Es una forma de estar presente en la vida del resto que he perfeccionado con los años para que ellos no noten mi presencia. Y funciona en casi cualquier situación. Casi.
Ahora, apoyo el codo sobre la mesa y observo el movimiento sin implicarme. Todavía tenemos una hora antes del embarque para regresar a casa, y estos minutos son sagrados para mí.
—La verdad es que ya debería sentar cabeza. ¿No crees? —comenta Javier mientras remueve su café con lentitud, hablando de algo que no le pega en absoluto—. Esto de ir de cama en cama es un rollo.
Lo miro de reojo. Su expresión enmascara cierta diversión, como si al decirlo, en realidad supiera que no va a hacer nada para cambiarlo.
—Pues yo no tengo ganas de cambiar esa parte de mi vida —respondo sin apartar la vista del flujo constante de gente que pasa frente a nosotros—. ¿De verdad quieres la obligación de tener que justificarte ante alguien? Quita, quita, ni hablar —añado, y me centro en lo que nos rodea.
Siento su mirada fija en mí antes de que su mano me dé un par de golpes en el hombro.
—Algún día conocerás a alguien que te rompa los cimientos, ya lo verás.
Una sonrisa breve y contenida se me escapa. Es casi un reflejo condicionado cuando estoy con él. Javier es de las pocas personas que consiguen que baje la guardia lo justo como para parecer… una mujer normal.
—Lo dudo mucho —contesto, encogiéndome de hombros y llevándome el café a los labios. Después lo miro con una sonrisa cómplice—. Si quieres, hasta podríamos apostar.
—No hace falta —responde él—. La vida ya se encargará de ello y de darme la razón. Soy un pitoniso en potencia, ¿o es que ya te has olvidado?
No le contesto. Más que nada porque no me interesa prolongar esta línea absurda de conversación. Hay temas que no merecen ni más de dos frases. Y la idea de tener pareja formal, es una de ellas.
Me acabo el café con calma, dejando que el amargor se asiente en mi cuerpo.
—¿Listo? —pregunto, dejando la taza en el plato.
—Siempre —dice él, levantándose de inmediato.
Recogemos nuestras cosas y pronto empezamos a atravesar el aeropuerto con las maletas a cuestas, un par de maletines y la acreditación visible como parte de la tripulación.
Mientras caminamos hacia la puerta de embarque, saco el móvil y me doy cuenta de que tengo un mensaje de mi hermana Leire desde hace unas horas. Me muerdo el interior de las mejillas. No sé cómo puedo ser tan distraída.
Leire : ¿Sigues viva o es que pretendes ignorarme para siempre?
Sonrío. Leire tiene una manera muy directa de decir las cosas. De hecho, a veces roza lo incómodo, pero nunca lo suficiente como para molestarme.
Marco su número mientras avanzamos por el pasillo amplio y luminoso, y ella contesta al segundo tono. Hay que aprovechar que estamos casi en el mismo uso horario.
—¡Qué milagro! —dice sin saludar—. Pensaba que te habías olvidado de cómo usar un teléfono.
—Estoy en ello —bromeo—. Ya sabes que no me gusta estar pendiente del móvil todo el día.
Escucho su risa al otro lado de la línea.
—Salvo que tengas a una mujerona interesante a la que tirarte —apunta entre risas y luego se queda un par de segundos en silencio—. A ver si sacas tiempo para ir a ver a tu hermanita —añade Leire—. Londres no está muy lejos en el mapa, por si no te habías enterado.
Ajusto el paso para no perder el ritmo de Javier, que sigue caminando a mi lado en silencio, respetando la llamada.
—Prometo que en una de las próximas escalas te visito —comento sin pensármelo dos veces.
—Eso dijiste la última vez.
—Y la anterior —le recuerdo medio en broma.
—Exacto. —Se queda unos segundos en silencio y después pregunta—: ¿Estás bien?
Miro hacia adelante, enfocando la puerta de embarque que ya se distingue a unos metros.
—Claro —respondo—. ¿Por qué no iba a estarlo?
—No sé… parece que hayas echado un mal polvo o algo así.
Aprieto la mandíbula. Estoy a punto de reír ante su ocurrencia, pero opto por seguir caminando.
—Hemos tenido poco tiempo de descansar y ahora nos toca un vuelo largo, ya sabes cómo es esto.
—Sí —responde ella, aunque no parece del todo convencida—. Bueno, llámame cuando puedas.
—Lo haré renacuaja.
Cuelgo antes de que pueda enrollarse a hablar. No porque tenga prisa, sino porque no quiero darle espacio a algo que no tiene sentido explorar; al fin y al cabo, don pitoniso parece dar en el clavo más a menudo de lo que recordaba. «Javier y sus malditas conversaciones filosóficas».
Guardo el móvil y levanto la vista. Ya estamos en la puerta y parte de la tripulación está reunida, hablando en pequeños grupos. Reconozco caras conocidas, gestos repetidos, dinámicas que no cambian.
Y eso me tranquiliza. O al menos, lo hará durante unos días, porque la aerolínea nos avisó hace unos días de que dentro de nada iban a haber nuevas incorporaciones.
«Con lo tranquila que yo estaba», me digo. Aunque enseguida pongo una sonrisa en los labios.
—Buenos días —saludo.
Es en este momento cuando mi mente cambia de registro.
El trabajo no es solo una ocupación para mí. Tiene una parte estructural que nunca he roto, ni romperé. Es un pequeño sistema de control. Aquí todo tiene un orden, una lógica, una secuencia que se repite y que puedo anticipar sin esfuerzo.
Y dentro de ese sistema, yo soy quien lleva la dirección dentro de la cabina.
Reviso con atención la lista de pasajeros, los informes de seguridad y las indicaciones específicas del vuelo.
Como jefa de cabina, cada detalle pasa por mí antes de ponerse en marcha y la verdad es que mientras confirmo las asignaciones de asientos y verifico los requisitos de los pasajeros especiales; además de asegurarme de que el equipo de servicio esté perfectamente coordinado…
me siento, de maravilla. Tan en mi centro que nadie osa molestarme ni un solo segundo.
Me encanta mi trabajo.
—Atentos a las instrucciones —indico, reuniéndolos en la zona asignada.
Las miradas se centran en mí. Lucía y Henrik me observan con una sonrisa y no me piden ni una sola explicación.
A pesar de que es algo que ya conocemos, comento las particularidades de este vuelo concreto, los posibles escenarios meteorológicos y las medidas de emergencia adaptadas a la duración del trayecto.
Y mientras hablo y observo con atención todo lo que ocurre a mi alrededor detecto las pequeñas señales; el que está más cansado de lo habitual, quién parece estar más distraído o distraída.
Son detalles mínimos, pero suficientes para anticipar posibles problemas y asignar tareas de forma que compensen cualquier debilidad del equipo.
—¿Tenéis alguna duda? —pregunto al final, recorriendo con la mirada a cada uno de llos.
El resto niega y sonríen otra vez. La reunión se disuelve y cada uno toma sus cosas para ir directos al avión. Y yo, hago lo mismo.
Nada más entrar, ya siento el cosquilleo en mis brazos al ver los compartimentos superiores bien cerrados, y el resto en su sitio.
Me detengo un instante junto a la zona de servicio de a bordo para confirmar que el carro de bebidas está correctamente asegurado y que los suministros coinciden con la carga prevista.
Paso la mano por el respaldo de uno de los asientos, sintiendo la textura bajo los dedos, y cuando los pasajeros comienzan a embarcar, las primeras sonrisas profesionales, aparecen.
—Bienvenidos a bordo —repito una y otra vez, variando apenas el tono para que suene cálido.
Hay personas que buscan contacto, que necesitan sentir que alguien puede transmitirles la calma que necesitan para afrontar las próximas horas —no todos viajan por placer, ni les resulta fácil—.
Y yo soy quien se encarga de convertir este instante en algo perfecto.
A una señora mayor le ayudo con el abrigo y le indico con amabilidad el espacio para su bolso de mano; a una familia con niños pequeños les muestro cómo asegurarse de no tener problemas con ellos.
Cuando el flujo de pasajeros disminuye, me permito un segundo para respirar más despacio y hondo, preparándome para el inicio del vuelo.
Miro por una de las ventanillas y veo cómo la pista se extiende bajo una luz que todavía no revela con claridad la luz del sol. La voz de Javier llega desde la cabina, y me giro lo justo para ver cómo me sonríe.
—Irune, ¿estamos?
—Todo listo.
Sigo con las comprobaciones finales, y después, me coloco en mi posición. Escucho la voz del comandante que lo acompaña por el interfono, anunciando el inicio del vuelo.
Cierro los ojos un segundo, lo justo para centrarme.
Y cuando los abro, sonrío. Porque en este momento, no tengo idea de cuánto va a cambiar este último viaje para mí.