40
Maia
Dos meses después.
Caminar por Milán siempre tiene algo especial, incluso cuando solo estoy de paso.
Hay una forma particular en la que la luz se derrama sobre las fachadas antiguas, en la manera en la que el aroma del café recién hecho se mezcla con el murmullo de las conversaciones en las terrazas, como si la ciudad entera respirara al mismo ritmo que yo.
Irune camina a mi lado con una naturalidad que todavía me sorprende.
Lleva las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones, el gesto sereno y la mirada atenta a cada detalle que nos rodea.
Ya no es la mujer que observaba el mundo desde una distancia calculada y fría.
Ahora se permite detenerse, mirar de verdad y, sobre todo, sonreír sin reservas.
—No entiendo cómo podéis beber café a cualquier hora del día —murmura, alzando la taza de papel que acaba de comprar en un pequeño kiosco.
Da un sorbo cauteloso y frunce el ceño un segundo, como si estuviera evaluando un informe importante, antes de que su rostro se relaje por completo—. Pero reconozco que este está buenísimo.
La observo con una sonrisa que no puedo contener.
—Supongo que en mi caso es por tradición —le respondo, encogiéndome de hombros mientras ajusto el paso al suyo—. Mi nonna siempre ha dicho que el café no es solo para despertarte, sino para compartir un momento. Decía que una buena taza une más que muchas palabras.
Irune me mira entonces, se detiene un instante junto a una fuente, y yo me detengo con ella.
—Tu nonna es una mujer sabia, desde luego.
—La verdad es que sí —sonrío, recordando con cariño esas tardes en su cocina que echo de menos cada vez más—.
Y también insiste en que el amor se demuestra alimentando a los demás, cuidando los pequeños detalles del día a día.
« Piccola mia , un plato caliente o una buena conversación valen más que cualquier regalo» —entono.
—Entonces debería aprender de ella —comenta Irune y después me observa con una sonrisa en los labios—. Porque creo que es el mejor plan del mundo.
—Yo también —le digo, y beso su mejilla.
Seguimos caminando sin prisa, disfrutando de cómo el aire de Milán parece bendecir este momento. Un momento que me gustaría extender en el tiempo, pero que se agota más pronto que tarde.
· · ·
Horas después, el avión ya está en el aire y la rutina del vuelo nos envuelve.
La cabina se sumerge en esa calma que llega tras el servicio de comidas.
Las luces se atenúan, los pasajeros empiezan a relajarse, algunos se cubren con mantas y cierran los ojos, otros leen en silencio o miran por la ventanilla.
El murmullo constante de los motores del avión se convierte en un latido que acompasa cada uno de mis movimientos.
Desde fuera, nadie podría imaginar que, en este mismo lugar, de otro avión distinto, empezó a nacer una historia de amor.
Irune se mueve con esa elegancia que siempre la ha definido. Es la jefa de cabina que todos respetan, la que no deja espacio para ni un solo error. Sin embargo, cuando coincidimos en el galley y la cortina nos protege de las miradas curiosas, nuestro universo cambia por completo.
Le paso una taza de café y ella me sonríe.
—Gracias.
—Siempre.
El resto del mundo desaparece durante estos pequeños segundos robados. Como si estuviéramos solas en medio de las nubes. Y por supuesto, aprovechamos cada segundo para acercarnos un poco más.
Después, mientras recojo unas bandejas vacías, noto una presencia detrás de mí. Giro la cabeza y veo a Tessa apoyada contra la pared, con una sonrisa pícara en los labios.
—Vaya, vaya… —murmura con tono burlón—. Quién te ha visto y quién te ve. Pareces otra persona, ¿sabes?
—Cállate —le susurro, intentando no reírme mientras miro alrededor por si alguien nos oye—. No empieces.
Carolina aparece a su lado en ese momento, cruzándose de brazos con expresión divertida.
—No vayáis a cometer una locura durante vuestro descanso… —apunta, y mueve las cejas con picardía.
—Os voy a dar como no cerréis la boca —protesto.
Ambas se miran y se echan a reír en silencio, tapándose la boca.
—Tranquila —dice Carolina—. Nos encanta veros así. De verdad. Después de todo os lo merecéis.
Las veo alejarse hacia la zona delantera y, por un momento, me quedo quieta, observando la escena desde fuera.
Pienso en todo lo que ha cambiado en mi vida en los últimos meses.
Recuerdo cómo llegué a esta aerolínea, cargada con la sensación constante de no ser suficiente, de estar rota y de no saber cómo reconstruirme.
Las inseguridades me acompañaban cada vez que daba un paso.
Y ahora estoy aquí, rodeada de personas que me sujetan y apoyan sin pedir nada a cambio. Que celebran mis alegrías como si fueran propias y me acompañan incluso en mis momentos más oscuros. Y, además, tengo a Irune.
La mujer que, contra todo pronóstico, decidió quedarse quedarse a mi lado. La mujer que me elige cada día y que graba cientos de mapas en mi piel.
La noche se asienta en la cabina y, poco a poco, todo se vuelve más silencioso y más íntimo.
El galley está prácticamente a oscuras, iluminado solo por una luz tenue que dibuja suavemente las formas.
Irune está apoyada contra la pared, mirando por la pequeña ventanilla lateral.
La luz exterior apenas ilumina su perfil, pero es suficiente para reconocer los rasgos que tanto amo y que sigo aprendiéndome de memoria.
Me acerco sin hacer ruido.
—Pensaba que estarías descansando —murmuro al llegar a su lado.
—No tenía sueño —responde sin girarse de inmediato—. Demasiadas cosas en la cabeza. ¿Y tú?
—Tampoco. No podía dejar de pensar en ti.
Se gira, y nuestras miradas se encuentran en esa penumbra que lo vuelve todo más real y sincero. Doy un paso hacia ella. Luego otro. Y cuando estoy lo suficientemente cerca, entrelazo mis dedos con los suyos, saboreando el contacto.
Irune aprieta mi mano con firmeza.
—Nunca pensé que diría esto —confiesa, casi en un susurro—. Pero… me gusta esta sensación. La de tener a alguien esperándome, la de querer volver a casa, aunque esa casa sea un avión a treinta mil pies.
Sonrío y me acerco un poco más, hasta que puedo saborear el perfume de su piel.
—Es un buen avance —susurro.
Ella suelta una pequeña risa, y apoya su frente contra la mía durante un segundo.
—Es más que eso —añade—. Lo más maravilloso que te ha pasado en la vida. El único lugar donde quiero quedarme.
—No tienes por qué ir a ninguna parte —le digo, y me permito darle un pequeño beso en los labios—. Me tendrás en cada escala. Y mejor… cada fin de semana libre.
A través de la ventanilla, el horizonte empieza a cambiar. Una línea tenue de luz se dibuja en la oscuridad. El amanecer se abre paso lentamente, tiñendo el cielo de tonos suaves de rosa y naranja.
Nos acercamos un poco más a la ventana, sin soltarnos las manos.
El mundo ahí abajo sigue su curso, ajeno a nosotras. Pero aquí arriba, tengo la sensación de que podemos medir el tiempo de otra manera.
—Mira eso —susurro, señalando el horizonte—. Es precioso.
Irune observa el amanecer en silencio. Sus dedos se entrelazan aún más con los míos.
—Es increíble —admite mientras dibuja una sonrisa—. Y pensar que antes solo veía esto como parte del trabajo…
—¿Y ahora? —pregunto, girándome ligeramente hacia ella.
Tarda unos segundos en responder.
—Antes pensaba que el cielo era un lugar para huir de las cosas que me dolían —me confiesa—. Para escapar de las heridas que arrastraba. Pero ahora…, es donde te encuentro a ti.
Asiento, y siento que los ojos se me humedecen.
—Una especie de hogar —confirmo.
Irune sonríe, y se lleva mi mano hacia sus labios.
—Nuestro hogar.
Y en ese momento, mientras el sol termina de asomar en el horizonte y el avión avanza en silencio sobre el océano, entiendo algo que no necesita de ninguna palabra.
Que no importa cuántas ciudades recorramos. Cuántas escalas acumulemos. Cuántos vuelos nos esperen.
Porque ya no estamos de paso.
Ahora, por fin, nos hemos encontrado.
Y el cielo… deja de ser un lugar al que escapar, para convertirse en el espacio donde, sin darnos cuenta, hemos aprendido a saborear la vida, en el corazón de la otra.