Capítulo 11La Sutil Ofensiva de la Ex Novia
La Sutil Ofensiva de la Ex Novia
Daniel
El memorando de entendimiento de la fusión de Transportes del Sur era, sobre el papel, un documento de una simetría impecable.
Había dedicado tres semanas a pulir cada cláusula de indemnización y garantía de activos, buscando un equilibrio matemático sin margen de sorpresa.
Sin embargo, mientras don Javier —el cliente más antiguo de mi padre— desglosaba por tercera vez las ventajas fiscales de la operación bajo la pérgola de buganvillas, mi atención no estaba en los balances de pérdidas y ganancias.
Se concentraba a quince metros de distancia, fija en un vestido de punto color teja que se movía con una soltura ajena a la rigidez del Mirador de las Olas.
—...y, por supuesto, Santiago coincide en que la reestructuración de la deuda debe firmarse antes del tercer trimestre —decía Javier, agitando una copa de champán que destellaba bajo el sol de mediodía—. ¿No es así, Daniel?
—Absolutamente, Javier. El análisis de contingencias está listo. Solo falta que la junta apruebe el anexo de responsabilidad solidaria.
Mi voz sonó automática, precisa; el tono de las juntas de accionistas para proyectar una seguridad que ahora mismo no tenía.
Javier asintió, satisfecho con la respuesta estándar, y volvió a dirigirse a mi padre.
Solté el aire despacio. Me pasé dos dedos por el cuello de la camisa de lino blanco.
El primer botón estaba desabrochado, una concesión al calor de Bahía Serena que ahora se sentía como una defensa rota.
Aún me quedaba en las yemas la textura de su pelo, áspero por la sal del acantilado y extrañamente cálido.
La mañana había comenzado con un intento ridículo de control de daños.
Había invocado la sección cuatro punto dos, las variables ambientales, el agotamiento físico.
Palabras. Un muro de jerga jurídica construido a toda prisa para tapar el hecho de que, por primera vez en mi vida adulta, había tomado una decisión sin calcular las consecuencias.
Julia me había seguido el juego con una rapidez mental exasperante, aceptando el término «lapsus» como una simple anotación al margen de un contrato inservible.
Pero no había sido un lapsus. Un lapsus es un error de transcripción, una fecha mal colocada en una notificación judicial. Lo que ocurrió bajo el edredón de la suite 312, con su respiración mezclada con la mía y la distancia reducida a cero, había sido una demolición.
Ella se detuvo junto a la barra de las mimosas. Sostenía una copa de agua con una rigidez inusual. Solía adueñarse del espacio; verla ahora con los hombros hundidos y la mirada perdida en el cristal me tensó la mandíbula.
No figuraba en el trato. El acuerdo estipulaba que ella actuaría como escudo, la novia perfecta que desarmara las preguntas de mi entorno.
Yo era el cliente; ella, la proveedora de una coartada.
Pero al ver su vacilación, mi reacción no tuvo nada que ver con la viabilidad de la inversión.
Fue un impulso físico: dar tres pasos, apartar a quien hiciera falta y colocarme a su lado.
Me toqué el cuello de la camisa. El tic. Lo había detectado el día anterior con esa agudeza que usaba para diseccionar invitados en su pódcast. Si se giraba ahora, sabría que estaba perdiendo el control.
Entonces apareció Sofía. Emergió entre los invitados vestidos de tonos pastel con la precisión de un vector de ataque.
Su vestido de lino blanco caía sin una sola arruga; llevaba el pelo en una coleta baja que exponía sus hombros bronceados.
Se desplazaba con esa seguridad aristocrática perfeccionada durante generaciones en los clubes de golf de la costa.
Conocía ese movimiento. La había visto usar esa aproximación pausada en docenas de cenas benéficas. Era la distancia exacta para evaluar el terreno, detectar la debilidad del oponente y lanzar el primer golpe pasivo-agresivo antes de cualquier defensa.
Julia ya la había visto. Su cuerpo se tensó; apretó el bolso de lona amarilla contra el costado como un escudo de tela barata frente a una armadura de diseño.
—Daniel, ¿me estás escuchando? —La voz de mi padre me devolvió a la pérgola. Me miraba con el ceño fruncido, la severidad que reservaba para los asociados que cometían errores en su primer año.
—Sí, papá. Disculpa. Estaba pensando en la cláusula de rescisión del contrato de distribución.
—La distribución puede esperar al lunes —dijo mi padre, bajando el tono y echando un vistazo hacia la barra de mimosas—. Tu novia parece estar en mitad de una conversación delicada.
No lo decía con hostilidad. Tras el cóctel de la noche anterior, Julia se había ganado su respeto memorizando términos de mi dossier de quince páginas. Pero su mirada seguía siendo la de un hombre que valora el orden por encima de todo; cualquier alteración del protocolo era un riesgo innecesario.
—Es Sofía —añadió mi padre, con una neutralidad que me encendió la sangre—. Quizá deberías intervenir antes de que la situación se vuelva incómoda para todos.
—No es necesario —mentí. Apreté la copa de agua hasta que el cristal crujió de forma casi imperceptible—. Julia sabe manejarse sola.
Lo había demostrado ante mi primo Borja, desarmándolo con una precisión que todavía me hacía sonreír. No era una víctima desvalida; tenía un ingenio afilado y una capacidad de improvisación que yo jamás lograría emular.
Pero Sofía no era Borja. No buscaba debatir sobre métricas de retención. Jugaba en su propio terreno: silencios calculados, miradas de soslayo a los zapatos sintéticos de Julia y alusiones a un pasado que yo había intentado enterrar bajo toneladas de expedientes.
Sofía le habló inclinando la cabeza con esa falsa calidez que reservaba para las esposas de los socios del bufete a las que consideraba inferiores.
Mis reflejos de litigador me exigieron moverme.
El contrato de la cafetería El Pacto, con su tipografía Courier y sus cláusulas de confidencialidad, era papel mojado.
Me daba igual la farsa, las críticas de mi tía Carmen sobre el calzado de Julia o lo que pensaran los socios de mi padre.
Solo importaba la línea recta que me separaba de ella, una distancia que se volvió insoportable.
—Disculpadme un momento —interrumpí a mi padre a mitad de frase, una falta de cortesía inédita en mí—. Tengo un asunto urgente.
Dejé la copa en la mesa auxiliar y caminé sobre el césped, acortando el espacio hacia la barra, con la mirada fija en el perfil de Julia y en la sonrisa de suficiencia que asomaba en el rostro de Sofía.
Cada paso sobre el césped húmedo del Mirador de las Olas acortaba la distancia.
El bullicio de la recepción se redujo a un zumbido lejano mientras me aproximaba a la barra de mimosas.
Me detuve a tres metros, al amparo de un macetón de limoneros que proyectaba una sombra densa sobre el sendero.
Desde allí, el viento de la costa traía sus voces con una nitidez impecable.
Sofía estaba de espaldas a mí, con la columna rígida bajo el lino blanco de su vestido.
Sostenía la copa de champán por el tallo, un gesto calculado que yo había visto en decenas de cenas de gala antes de que dictara sentencia sobre algún socio menor del bufete.
Julia, frente a ella, mantenía los hombros caídos, aunque sostenía la mirada con una fijeza que delataba la tensión de su mandíbula.
Su vestido de punto color teja, que en la penumbra de la suite me había parecido de una calidez reconfortante, ahora absorbía el sol del mediodía de una manera que la hacía destacar en exceso entre el mar de tonos pastel de los invitados.
—...es solo que me llama la atención —decía Sofía, con esa voz modulada que nunca necesitaba elevarse para marcar distancias—.
Daniel siempre ha sido inflexible con sus espacios.
Cuando estuvimos en aquella villa en Saint-Tropez, se pasó dos días enteros reorganizando la biblioteca del salón de lectura solo porque los lomos no seguían un orden cronológico.
Le produce un malestar físico ver cosas fuera de su sitio.
Por eso, cuando Clara me habló de tu... pequeño programa de radio, no pude evitar sonreír.
Los dedos de Julia se cerraron alrededor de la lona de su bolso hasta que el nudillo del pulgar se le puso blanco.
—Es un pódcast, Sofía —respondió Julia, intentando mantener el tono ligero que usaba para despachar comentarios hostiles en la red, aunque su voz se elevó un milímetro—.
Y no es tan pequeño. El mes pasado cerramos con un setenta y dos por ciento de margen operativo neto.
Supongo que los patrocinadores de tecnología financiera aprecian el desorden creativo más que los coleccionistas de Saint-Tropez.
Sofía soltó una risa breve y ensayada que no alteró la línea de sus hombros.
—Oh, estoy segura de que es muy lucrativo.
Hoy en día se monetiza cualquier cosa, ¿verdad?
Incluso las crisis personales. Aunque me pregunto si no resulta agotador.
Vivir buscando el próximo desastre para tener algo que contar el lunes.
Daniel odia los imprevistos, Julia. Su vida entera es un pliego de condiciones.
Cuando Marcos y yo decidimos decírselo..
. bueno, cuando todo cambió, él prefirió cerrar el apartamento y mudarse a un hotel antes que gestionar una mudanza sin un inventario detallado.
No sabe operar en el caos. Se ahoga en él.
La mención de la mudanza, de aquel apartamento que tardé tres meses en vaciar porque cada rincón me recordaba que mi capacidad de análisis había fallado, no me provocó el habitual nudo en el estómago. En su lugar, la opresión se trasladó al pecho al ver a Julia.