Capítulo 11La Sutil Ofensiva de la Ex Novia #2
Su barbilla, que anoche se había apoyado contra mi hombro con una confianza frágil, tembló apenas un instante.
Su sonrisa, esa curva rápida e irónica que usaba como escudo, flaqueó.
Sus ojos buscaron el suelo del jardín, como si de repente los tacones de los que se había reído con mi tía Carmen pesaran una tonelada.
La precisión del ataque de Sofía era quirúrgica. Apuntaba directo a la grieta que Julia me había mostrado en la suite 312: el temor a no ser suficiente para alguien acostumbrado a un orden milimétrico.
—Debe de ser muy difícil —continuó Sofía, inclinando la cabeza con una simpatía artificial—.
Intentar encajar en una estructura que no está diseñada para ti.
Daniel es un hombre de costumbres, de silencios.
En Grecia, en aquel hotel de las Cícladas, solía levantarse a las cinco de la mañana solo para leer en la terraza antes de que nadie hiciera ruido.
No soporta la estridencia, Julia. Y tu mundo es.
.. bastante ruidoso. Me pregunto cuánto tiempo puede sostenerse una relación cuando uno de los dos tiene que actuar constantemente para no molestar al otro.
Julia tragó saliva. Tensó la mandíbula, buscando en su repertorio de réplicas rápidas una salida de emergencia que no llegaba. La agilidad mental que había desarmado a mi primo Borja se había evaporado bajo el peso de una verdad manipulada.
Las cláusulas de nuestro acuerdo de farsa se desintegraron.
No importaba la boda, ni la mirada de mi padre desde la pérgola, ni el protocolo.
Una rigidez helada me recorrió la espalda, la lucidez implacable de quien detecta un error fatal en el argumento del contrario.
Conozco esa condescendencia; era la misma con la que Sofía archivaba los aspectos de mi vida que no encajaban en su estándar.
Pero esto no era un litigio. Era Julia, la mujer que había desarmado a mi familia con una sonrisa y que, con una sola mirada en la oscuridad, había convertido mi orden milimétrico en una celda vacía.
Me pasé la mano por el cuello de la camisa de lino, donde el primer botón ya estaba desabrochado. Di los tres pasos que me separaban de ellas, pisando el césped con la firmeza de quien entra en una sala de vistas sabiendo que tiene el veredicto a su favor.
—A Daniel nunca le ha molestado el ruido cuando la conversación vale la pena —dije, con una precisión que cortó la distancia entre ambas.
Sofía se dio la vuelta con un leve sobresalto, perdiendo la simetría de su postura.
Julia levantó la vista de golpe. El destello de alivio en sus ojos oscuros disolvió el último rastro de nuestro contrato.
La tensión en el aire cambió de naturaleza; ya no era el miedo a ser descubiertos, sino la electricidad cruda de una verdad que empezaba a reclamar su propio espacio, ajena a los guiones que habíamos escrito para protegernos.
Sofía, incapaz de procesar la interrupción, abrió la boca para replicar, pero el silencio que se instaló entre nosotros fue más elocuente que cualquier argumento legal que ella pudiera esgrimir.
Por primera vez, el caos de Julia no parecía una amenaza, sino la única respuesta lógica a un mundo que, hasta hace apenas unos minutos, me había parecido perfectamente ordenado.
Terminé de acortar la distancia y me coloqué a su altura.
El hombro de Julia estaba tenso, una línea rígida bajo el tejido color teja que absorbía el calor del mediodía.
Sin pedir permiso, deslicé mi brazo por detrás de su espalda y apoyé la mano en su hombro, atrayéndola hacia mí con una suavidad firme.
El calor de su piel atravesó el punto del vestido; por un instante, el pulso se me aceleró de una forma que ningún tribunal de arbitraje habría considerado aceptable.
Sofía parpadeó, perdiendo por una milésima de segundo el control de su máscara de anfitriona perfecta. Su copa de champán osciló apenas un milímetro, con el líquido dorado a punto de desbordar el borde de cristal.
—Daniel —dijo, modulando la voz para recuperar la iniciativa—. No te había visto venir. Estábamos hablando de tus curiosas transformaciones recientes.
—La vida sin imprevistos es solo un balance de situación bien auditado, Sofía —respondí, esbozando una sonrisa tranquila que no llegó a mis ojos—.
Y el exceso de auditoría acaba siendo aburrido.
Julia es increíblemente espontánea. Es una de las cosas que más me gustan de ella.
Mantiene la vida interesante, a diferencia de, ya sabes, los planes de pensiones o las clasificaciones cronológicas de libros.
Julia se apoyó en mi costado. No fue el movimiento ensayado del dossier, sino un sutil abandono de su peso, como si mi cuerpo fuera la única superficie sólida en mitad del césped de la recepción.
Mis dedos se cerraron sobre su hombro, un gesto que el contrato permitía en la sección de contacto físico ante terceros, pero que en ese instante carecía de cualquier distancia jurídica.
Sofía apretó los labios, una línea delgada que delató su molestia antes de forzar la curva de cortesía.
—No sabía que hubieras desarrollado un gusto por el desorden creativo, Daniel. Pensaba que preferías los entornos controlados.
Su mirada bajó un segundo a mi brazo, que seguía rodeando los hombros de Julia. Mis dedos se habían acomodado en la curva de su clavícula, sintiendo el latido rápido de su pulso. No era una maniobra táctica; mis dedos simplemente se cerraron un poco más, ignorando las directrices del dossier.
—El control es útil para los contratos de fusión, no para las personas —dije, manteniendo la voz baja—. Julia no es un imprevisto que deba gestionar, Sofía. Es la primera decisión que tomo en mucho tiempo que no requiere un análisis de riesgos. Y, francamente, es la mejor que he tomado.
La cara de Sofía se endureció. El jazmín de su perfume pareció volverse denso bajo el sol de Bahía Serena. Miró a Julia, luego a mí, buscando esa fisura que delatara que todo era una comedia montada para salvar mi orgullo frente al altar.
No había fisura. Con el calor de su espalda contra mi pecho y la firmeza de su postura, el límite entre el guion y la realidad se volvía borroso. No defendía una cláusula de salvaguarda; defendía a Julia. La sola idea de que Sofía intentara empequeñecerla me tensaba la mandíbula.
—Vaya —murmuró Sofía, y por primera vez su tono carecía de esa entonación ensayada—. Parece que la librería del Barrio Mosaico realmente hace milagros. Quién diría que un tratado de derecho comparado del siglo diecinueve terminaría con el abogado más metódico de la ciudad aceptando el caos.
—A veces, el derecho comparado te enseña que las mejores estructuras son las que saben adaptarse a las tensiones externas —intervino Julia. Su voz había recuperado el aplomo, ese punto de ironía rápida que la caracterizaba—. ¿No es así, Daniel?
—Exactamente —asentí, mirándola de reojo.
El destello de complicidad en sus ojos oscuros me devolvió una tranquilidad que no había sentido en toda la mañana—.
Si nos disculpas, Sofía. Prometí presentarle a Julia a don Javier.
Parece que mi padre ya ha terminado de aburrirlo con los balances de Transportes del Sur.
—Por supuesto —dijo Sofía, dando un paso atrás. Su sonrisa ya era de puro hielo—. No os retraso más. Disfrutad del brunch, Julia. Cuidado con el sol; a veces confunde las cosas que parecen reales con las que no lo son.
—Gracias por el consejo, Sofía —respondió Julia, sosteniéndole la mirada—. Pero me protejo bien. Tengo un excelente asesor legal para las cláusulas de rescisión.
Giramos sobre el césped y comenzamos a caminar hacia la pérgola de buganvillas, alejándonos de la barra de mimosas.
No retiré el brazo de sus hombros de inmediato.
Ella tampoco se apartó. Avanzamos al unísono, adaptando el paso el uno al otro.
El tacto de su ropa y el vaivén de su cadera contra la mía se sentían peligrosamente naturales, como si hubiéramos caminado así durante años.
Cuando estuvimos lo bastante lejos, bajo la sombra de un gran sauce que filtraba la luz dorada, Julia soltó un suspiro largo, dejando caer los hombros.
—Gracias —susurró, tan bajo que el sonido casi se perdió en la brisa marina.
—No hay de qué, Castro —respondí, usando el apellido en un intento por restablecer la distancia que mi propio cuerpo se negaba a aceptar.
—Hablo en serio, Daniel. —Se detuvo y se giró hacia mí, obligándome a soltarla.
La súbita corriente de aire entre nosotros se sintió demasiado fría—.
Eso no estaba en el dossier. Lo de la librería, lo de don Javier.
.. Sí, estaba pactado. Pero lo de salir a defenderme de esa manera.
.. No tenías por qué hacerlo. Podrías haber dejado que me las arreglara sola. Sé defenderme.
—Estaba dañando la credibilidad del activo —mentí, buscando el refugio de la jerga corporativa. Pero mis propios dedos, que aún conservaban el calor de su hombro, me desmentían—. Si permito que cuestione tu presencia aquí, la farsa se cae. Es control de daños básico.
Julia me miró fijamente. Sus ojos oscuros, desprovistos de la máscara de la podcaster ingeniosa, buscaron los míos con una insistencia que me obligó a sostenerle la mirada. Había una seriedad en su rostro que nunca había visto, una vulnerabilidad que no pertenecía al guion.
—No ha sonado a control de daños, abogado.
—Entonces he hecho un buen trabajo de representación —dije, aunque la garganta se me cerró al ver cómo se humedecía los labios, el mismo gesto que me había desarmado en la suite de madrugada.
El contacto físico había terminado, pero la inercia de ese frente unido seguía flotando entre nosotros.
Su caos y mi estructura encajaban con una precisión que ningún contrato habría podido prever.
Me metí las manos en los bolsillos del pantalón de lino, apretando los puños para contener el impulso absurdo de volver a buscar su mano.
Lo peor de todo era que la farsa ya no se sentía como tal.
En mitad de esta boda de mentira, Julia era lo único real.