La Mañana Siguiente al Desastre Perfecto #2
Observé a Daniel. Estaba recogiendo dos tazas de porcelana. Al recibir el cambio, le sonrió a la camarera de forma educada, pero sus ojos buscaron de inmediato la zona del jardín donde me había dejado. Al encontrarme, su mirada se detuvo un segundo antes de iniciar el camino de vuelta.
—Nunca lo había visto tan relajado —continuó Clara, y sus palabras se clavaron en mi pecho—.
Desde lo de Sofía y Marcos, Daniel era una cáscara.
Venir aquí era una tortura para él, lo sé, aunque nunca lo admitiera.
Pero contigo... no sé, Julia. Es como si hubiera vuelto a encender los motores.
Ayer, cuando mi madre me contó cómo la desarmaste en el cóctel, y cómo te miraba él.
.. de verdad, no lo he visto así de tranquilo en años.
Contigo no tiene que fingir que es el abogado perfecto.
Tragué saliva, sintiendo el peso físico de la mentira. El comentario de Clara, cargado de una gratitud sincera, transformaba nuestra puesta en escena en una traición doble. Estábamos vendiendo un guion meticuloso para salvar el orgullo de Daniel y mi propia carrera.
Pero lo peor no era la culpa. El verdadero desastre, el que me aceleró el pulso mientras veía a Daniel acercarse con las tazas, era el anhelo.
El deseo absurdo de que las palabras de Clara fueran verdad.
De que esa relajación no fuera el agotamiento de haber pasado la noche conteniendo el aliento a un milímetro de mi boca.
De que su tranquilidad no fuera solo una cláusula de representación social ejecutada con maestría jurídica.
—Aquí tienes —la voz de Daniel interrumpió mis pensamientos. Me ofreció una de las tazas—. Negro, como pediste. Hola, Clara.
—Hola, hermanito. Le estaba diciendo a Julia que tienes buen aspecto. El aire de la costa te sienta bien. O tal vez la compañía.
Clara nos guiñó un ojo con una complicidad que me revolvió el estómago.
Daniel me miró, con los ojos fijos en mi frente. Para mantener la farsa ante su hermana, estiró la mano libre y me retiró un mechón de pelo que el viento de la playa había dejado sobre mi mejilla. El roce de sus dedos sobre mi piel desató un hormigueo que me obligó a tensar los hombros.
—La compañía, sin duda —dijo Daniel.
Su voz sonó baja, pausada, y por un instante la rigidez de su rostro pareció ceder. Pero me obligué a recordar el papel. No había espacio en su vida de carpetas simétricas para el desorden de mis dudas.
—Bueno, os dejo —Clara dio un golpecito en mi hombro—. Voy a ver si rescato a papá de las garras del primo Borja antes de que terminen hablando de fondos de inversión. Nos vemos luego.
La vimos alejarse entre las mesas. El silencio volvió a instalarse entre nosotros, amortiguado por el tintineo de los cubiertos y las risas de los invitados.
Sostuve la taza de café caliente, buscando un anclaje físico. La línea entre la Julia que actuaba para salvar su pódcast y la Julia que contenía la respiración cuando él le tocaba el pelo se había vuelto tan delgada que temía romperla con el próximo suspiro.
—¿Estás bien? —preguntó Daniel, dando un sorbo a su taza sin dejar de vigilar los alrededores.
—Perfectamente —mentí, forzando una sonrisa—. Solo calculando el nivel de cafeína que necesito para no confundir a tu tía Carmen con una de las mimosas de la barra.
Él esbozó una media sonrisa, pero sus ojos seguían serios, fijos en mí.
—La farsa se está volviendo complicada, Castro.
—No tienes ni idea, abogado —murmuré, mirando el reflejo del sol en el líquido negro de mi taza.
Al fondo del jardín, cerca de la gran mesa de bebidas, distinguí una silueta conocida.
Sofía, impecable en un vestido de lino blanco roto, nos observaba mientras sostenía una copa de champán con la misma frialdad con la que ayer evaluaba mi calzado.
Su mirada se clavó en nosotros, midiendo la distancia que nos separaba, buscando la grieta que Daniel y yo intentábamos ocultar.
Sostuve la mirada de Sofía a lo lejos durante un segundo, pero Daniel ya no prestaba atención a mi silencio.
Su padre, Santiago, le hacía señas enérgicas desde una mesa cercana, flanqueado por un hombre de pelo canoso y corbata de seda que solo podía ser un cliente preferente del bufete.
Daniel dudó. Su mirada osciló entre la mesa de su padre y la mía, con una sombra de indecisión que jamás habría mostrado en una reunión de negocios.
—Ve —le indiqué con un leve movimiento de cabeza, mientras forzaba una sonrisa—. Puedo sobrevivir cinco minutos junto a la mesa de mimosas sin provocar un incidente diplomático.
—No te muevas de aquí —pidió, con esa seriedad de quien redacta un contrato de permanencia—. Vuelvo enseguida.
Lo vi alejarse entre las palmeras y las sombrillas de lino. Dejé la taza de café, ya tibia, sobre una mesa alta y me dirigí a la barra de las mimosas. Necesitaba agua fría.
El tintineo de las copas y el murmullo de las conversaciones me envolvieron como estática. Alargué la mano hacia una copa vacía junto al cuenco de plata con hielo, pero una sombra se proyectó sobre el mármol.
Un aroma a jazmín y laca de alta gama me erizó el vello de los brazos.
—Es un día precioso para una boda, ¿verdad? —La voz de Sofía era suave, modulada; de esas que nunca necesitan elevarse para mandar.
Me giré despacio, aferrando el bolso de lona amarilla contra el costado. Sofía sostenía una copa de champán con dos dedos, las uñas con un brillo porcelana a juego con su vestido blanco roto. No había hostilidad en sus ojos, sino la fría condescendencia de un examinador antes de un examen oral.
—Precioso —coincidí, mientras alcanzaba por fin la copa de agua—. Aunque el sol de Bahía Serena a esta hora no perdona.
—Oh, Daniel siempre ha odiado el sol directo —comentó, dando un sorbo milimétrico—. Solía decir que el calor nubla el juicio. Por eso me sorprendió tanto cuando Clara me dijo que estaba saliendo con alguien... tan diferente a su tipo habitual. Tan espontánea.
La palabra «espontánea» sonó en su boca como un diagnóstico médico.
—La gente cambia, Sofía —respondí, intentando recuperar el tono de mis mejores episodios de pódcast. Pero la garganta se me cerró al recordar la suite, las sábanas revueltas y la forma en que Daniel me había mirado al despertar.
—Por supuesto. Aunque Daniel es... particular.
Llevaba cinco años con él, Julia. Conozco sus rutinas.
Sé que desayuna avena con agua templada a las seis y media, que organiza sus camisas por degradado de color y que detesta el Barrio Mosaico porque el ruido de los tranvías le impide concentrarse.
Por eso me resulta tan fascinante vuestra historia de la librería.
Se me secó la boca. El agua de la copa pareció alejarse un metro.
—Las librerías de viejo tienen ese efecto —improvisé, con una voz un punto más aguda de lo normal—. Incluso en los abogados de hierro.
—Ya. —Sofía sonrió, una curva perfecta que no alcanzó sus ojos—.
Es solo que Daniel no soporta el desorden.
Ni los imprevistos. Cuando Marcos y yo..
. bueno, cuando todo pasó, prefirió cerrar el apartamento y mudarse a un hotel tres semanas antes de enfrentarse a la mudanza sin un inventario detallado.
Y ahora comparte su vida con una creadora de contenido que vive de airear sus crisis en internet.
Es casi... poético. O demasiado bueno para ser verdad.
La insinuación flotó en el aire, fría y afilada. Busqué una réplica rápida, un chiste sobre el algoritmo o una ironía salvavidas, pero mi cerebro seguía atrapado en el recuerdo de sus dedos enredados en mi pelo, en la vibración de su pecho contra el mío en la oscuridad de la suite.
—A veces —comencé, pero la voz me tembló ligeramente—, lo que llamas desorden es solo... otra forma de organización. Daniel no odia el caos, Sofía. Solo odia que le mientan.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, me arrepentí. El rostro de Sofía se tensó un milímetro. Sus ojos se entornaron. Había cruzado una línea que no venía en el dossier, defendiendo a Daniel con una implicación personal que iba mucho más allá de nuestro acuerdo.
Sofía inclinó la cabeza, estudiándome con una curiosidad renovada.
—Vaya. Parece que te importa de verdad.
Me quedé en silencio. El vestido de punto color teja de repente se sentía transparente bajo la luz implacable del mediodía.
Busqué auxilio por encima del hombro de Sofía.
A unos quince metros, junto a la pérgola de buganvillas, Daniel estaba de pie frente al socio de su padre.
No lo escuchaba. Tenía el cuerpo girado hacia nosotras, la mandíbula apretada y los nudillos blancos alrededor de su copa.
Al cruzar su mirada con la mía, la tensión en sus ojos, desprovista de su habitual máscara de abogado, me dio un vuelco en el pecho.
Se llevó la mano libre al cuello de la camisa blanca, aflojando imperceptiblemente el primer botón. El tic. El código de emergencia que solo yo conocía.
Mientras el sol carcomía el césped del resort y Sofía esperaba mi respuesta con una sonrisa triunfal, el aire pareció espesarse.
La mayor amenaza para la farsa ya no era la perspicacia de Sofía, ni las preguntas de su tía Carmen, ni las métricas inventadas para su padre.
El verdadero peligro era que ya no me importaba el pódcast. Cada palabra para defender a Daniel se estaba convirtiendo en una verdad que me aterraba admitir. Estaba perdiendo el control del guion, y lo peor era que no quería que nadie viniera a salvarme.