Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos Epílogo
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Epílogo

Tres años después…

La mañana olía a jazmín y a pan tostado.

Mayo en Nueva Orleans había cubierto de verde el patio diminuto de la casita azul turquesa que Luna y Kai habían levantado en el terreno contiguo a Dumont.

La barandilla rosa del balcón relucía por el barniz y el buzón en forma de libro sobresalía, orgulloso, junto al letrero: Holloway-Delacroix .

Por la puerta interior, la que unía la casa con la librería, entraba una corriente con aroma a canela que provenía, sin misterios, de la nueva sección de clásicos ilustrados.

En la sala principal, Vivi descansaba en un sillón con un chal sobre los hombros mientras vigilaba a Coco.

Esta correteaba descalza por la sala, un vestido amarillo claro ondeando a su alrededor como un rayo de sol.

Reía con una risa clara que parecía contagiar al aire mismo, mientras un grupo de micromagos saltaba entre los cojines y las flores secas del jarrón que habían puesto sobre la mesa baja.

Eran diminutos, con cuerpos hechos de fibras, hilos y motas de polvo.

Cada vez que Coco daba una palmada, ellos respondían con pequeñas cabriolas en el aire.

Luna, desde la puerta que conectaba la casa con Dumont, se detuvo un segundo a mirar la escena.

Recordó lo difícil que le había resultado, al principio, aceptar que aquellos seres existían de verdad.

Isabel había sido la primera en hablarle de ellos; después empezó a verlos Vivi, luego Kai…

y, al fin, ella misma aprendió a distinguirlos en las rendijas de la librería, en los pliegues del polvo.

Para Coco, en cambio, nunca hubo transición: los veía como veía a Gato, sin dudas ni asombro, como si siempre hubieran estado allí.

—Sigo asimilando todo esto —dijo Luna.

Vivi suspiró, acariciando el brazo del sillón antes de levantarse.

—¿Sabes qué, Luna? —dijo con voz baja, casi un ronroneo—. Creo que la niña no los ve porque crea en ellos. Los ve porque nunca aprendió a no hacerlo.

Luna sonrió y dejó que esa certeza le calentara el pecho.

Coco había llegado a este mundo como un milagro.

Y no fue casualidad que naciera con la luna más grande de mayo ni a la hora más mágica del día: justo antes del amanecer, cuando el cielo es del azul más profundo.

Colette Holloway Delacroix había heredado la magia del lugar donde fue concebida y, aunque Luna siempre temió por el precio que Dumont pudiera cobrarle, eso nunca sucedió.

El equilibrio era la nueva normalidad desde que Wizz se sacrificó y nada de lo ocurrido desde entonces había alterado la magia de la librería.

«Quitando al hada de los dientes, el resto tenemos una misión y esa no está fuera de los libros», había dicho Wizz una de las tantas veces que Luna se indignó por su suerte.

En la cocina, Vivi preparaba el desayuno como si se tratase de una ceremonia.

Había dispuesto un mantel bordado con flores y colocado tazas desparejadas, cada una con una ramita de jazmín fresca dentro.

Murmuraba para sí misma mientras vertía agua en una tetera nueva, regalo de Luna y Kai el invierno pasado.

—Un té especial para un día especial —anunció al entrar en el salón con paso firme, pese a los años—. Coco, cariño, no me digas que tus amigos diminutos ya te han llenado la falda de polvo mágico otra vez.

La niña rio y escondió las manos detrás de la espalda. Vivi negó con la cabeza, pero la sonrisa la traicionó.

Desde un rincón, Kai ajustaba el tocadiscos que había encontrado en un mercadillo de Royal Street. Tras un par de crujidos, comenzó a sonar un viejo vinilo de jazz que llenó la sala con un ambiente cálido, como si Nueva Orleans entera se hubiera colado a celebrar.

En el sofá, Peter y Marjorie —los padres de Luna— disfrutaban de la mañana. Peter hojeaba distraído un periódico local, pero marcaba el ritmo de la música con los pies. Marjorie, a su lado, tejía con calma mientras vigilaba de reojo a Coco.

Luna respiró hondo. El día apenas comenzaba, pero la casa ya estaba llena de vida, de ruidos, de aromas y de magia. Y en el centro de todo, Coco celebraba sus dos años como si fuera la reina del mundo.

El lomo de Cuentos y leyendas vivas del Barrio Francés vibró con suavidad sobre la repisa y, de pronto, un destello brillante llenó la sala. Wizz apareció con una voltereta en el aire, sacudiéndose como si acabara de despertar de un sueño demasiado largo.

—¡Al fin libre un rato! —exclamó con voz teatral, aunque sus ojos fueron directos hacia Coco.

El hada se deslizó hasta ella y comenzó a describir círculos juguetones alrededor de su cabeza.

La niña, fascinada, lo siguió con las manitas alzadas, riendo sin parar.

Wizz le hizo cosquillas en la nariz con un ala y, después, se dejó atrapar entre sus manitas.

La niña lo abrazó con torpeza y, para sorpresa de todos, el hada no se quejó: se acomodó en sus brazos con gesto satisfecho.

—¿Ves? —Sonrió Luna, cruzándose de brazos—. A Coco es a la única a la que tratas bien.

—¡Y con razón! —replicó Wizz. Sacó pecho con aire solemne y luego trató de escabullirse de las manitas de la niña—. Es la mejor de todos vosotros. Si algún día gobierna el mundo, cosa que no dudo que hará, yo seré su consejero personal.

La risa estalló en la sala; incluso Vivi ocultó una sonrisa tras la taza de té.

Peter, que hasta entonces había observado con cierta distancia, dejó el periódico sobre las rodillas y resopló.

—Llevo una semana aquí y todavía no me acostumbro a ver salir un ser parlante y alado de un libro —confesó, con una mezcla de incredulidad y humor.

—Créame, caballero —bufó Wizz, volando hasta su hombro con descaro—, yo tampoco me acostumbro a usted. Pero hago un esfuerzo por respeto a la familia.

Peter parpadeó, sorprendido, y luego rompió en una carcajada que contagió a Marjorie.

Mientras tanto, Coco palmoteaba para reclamar de nuevo a su amigo brillante, y Wizz volvió a lanzarse hacia ella como si no existiera nadie más en la sala.

Hacía apenas unos meses que Vivi había llevado su té «El hilo de Wizz» a otro nivel: ahora el hada podía salir unas horas al día sin absorber apenas magia de la librería.

Cada mañana era Kai quien se encargaba de llevar el agua a ebullición, aunque era Wizz quien decidía cuándo utilizar su tiempo en el exterior.

Era una nueva normalidad que hacía felices a todos, sobre todo a Coco, que le había tomado un cariño genuino.

Un cariño que Wizz le devolvía multiplicado por mil.

Kai, desde el rincón donde estaba el tocadiscos, cambió de vinilo con gesto concentrado. Las primeras notas de una trompeta suave llenaron la sala y Peter levantó la cabeza de inmediato.

—Dios santo… —murmuró, entrecerrando los ojos—. ¿Es Louis Armstrong?

Kai sonrió apenas, satisfecho.

—Un original de What a Wonderful World . Encontré el disco en un mercadillo de segunda mano de la Rue Chartres.

Peter se acomodó hacia delante, los ojos brillantes con un entusiasmo que Luna no le veía desde hacía tiempo.

—Yo escuchaba a Armstrong en un garito de mala muerte de Miami, cuando tenía poco más que la edad de Isabel. Éramos pobres como ratas, pero cuando sonaba… nos creíamos los reyes del mundo.

Kai se inclinó hacia Coco, que lo miraba con fascinación desde el suelo.

—¿Oyes eso, pequeña? —le dijo mientras le cogía de las manitas y marcaba con ellas el compás de la música—. Este hombre sabía cómo hacer hablar a una trompeta.

Coco soltó una carcajada que estalló como un chispazo. Kai, con expresión orgullosa, la levantó en brazos y la hizo girar con suavidad al ritmo de la canción. Wizz, celoso de la atención, zigzagueó alrededor de ambos.

—Mira eso —susurró Luna, con el corazón encogido, mientras veía a Kai tararear la melodía bajito contra el oído de su hija—. Como si hubiera nacido para ser padre.

Peter se aclaró la garganta, algo incómodo ante la emoción, y golpeó la mesa con el periódico enrollado para marcar el compás.

—Te diré una cosa, Kai: para ser un fantasma, tienes un oído endemoniadamente bueno.

Kai arqueó una ceja, divertido, mientras Coco aplaudía entre sus manos.

—Lo tomaré como un cumplido.

—Lo es —respondió Peter, antes de dar un sorbo a su copa de vino.

Marjorie puso los ojos en blanco, aunque la sonrisa le suavizó el gesto.

—Dejad de hablar de jazz como si fuera un lenguaje secreto. Tenemos un cumpleaños que celebrar.

En el centro de la sala, Coco volvió a dar palmas al ritmo de la trompeta mientras espolvoreaba polvo de hada y hacía levitar a la niña.

—Hoy es domingo —comentó Peter, plegando el periódico con calma—. Y sé que no trabajas, hija. Pero, antes de marcharnos esta noche, queremos llevarnos algo para leer en el vuelo.

Luna sonrió y se acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Papá, ya sabéis que podéis entrar y escoger lo que queráis. Es lo que tiene que vuestra hija sea la jefa.

Marjorie negó despacio, con esa dulzura que siempre tenía cuando quería remarcar algo importante.

—No es lo mismo, Luna. Queremos que nos lo recomiendes tú.

Luna sintió un calor en el pecho. Esa frase era, de alguna forma, todo lo que siempre había soñado escuchar. Sus padres habían retomado el hábito de la lectura y, lo más importante, habían superado su odio irracional hacia ella.

—Vale. Entonces esta tarde os preparo una selección —dijo en cambio, aunque se guardó para ella el sentimiento tan profundo que le hacía sentir aquel gesto absurdo.

«¿O es que no recomiendo libros a diario? Pues esto es lo mismo», pensó. Pero no lo era.

El patio interior lucía como un pequeño jardín secreto vestido de fiesta.

Sobre un mantel de lino, bordado con flores azules, descansaban platos desparejados con dibujos antiguos, una jarra de limonada de jazmín y un pastel sencillo coronado por dos velas en forma de estrellas.

Guirnaldas de papel colgaban entre las buganvillas, y las lucecitas que Kai había instalado alrededor de las macetas parecían luciérnagas atrapadas en pleno día.