Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos Epílogo #2
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Epílogo #2

Coco, con su vestido amarillo y sus bailarinas rosas, correteaba de un lado a otro mientras todos se acomodaban a la mesa. Isabel y Aurora entraron con una caja grande, envuelta con un lazo de tela verde.

—Esto lo hemos hecho nosotras —anunció Isabel, con un brillo de orgullo infantil en los ojos.

Cuando Coco abrió la caja, descubrió una casita diminuta de madera, con paredes forradas en retales de colores, ventanitas cubiertas con papel de seda traslúcido y diminutas bombillas que se encendían con un interruptor escondido.

Dentro había cojincitos, una mesa minúscula y hasta una colcha bordada.

—Es para tus amigos —explicó Isabel, agachada junto a la niña—. Cuando yo era pequeña, también tenía una de estas. Mi… amigo especial vivía allí, y le encantaba tener su propio lugar.

Aurora rio con suavidad.

—Isabel llevaba semanas obsesionada con que quedara perfecta. Yo solo ayudé con las bombillas. No me escondo.

Coco se inclinó sobre la casita, tocando cada rincón con los deditos: las cortinas, los cojines, los dibujos grabados en las paredes.

Soltó una risita emocionada y balbuceó palabras ininteligibles.

Luego se giró hacia Isabel y Aurora con una sonrisa amplia y las abrazó como si hubiera recibido el tesoro más grande del mundo.

—¡Le ha encantado! —rio Marjorie, enternecida. —Qué bonito detalle, chicas.

—Ya la ha hecho suya —añadió Luna, sonriendo desde la mesa.

Vivi, que no se quedaba atrás, le entregó una muñequita de trapo hecha con retales de sus antiguos chales.

—Para que te acompañe en tus siestas —dijo, acomodándosela en los brazos. Miró a Luna y alzó ambas manos—. Prometo que solo tiene un uno por ciento de magia. Totalmente inocua. O casi.

Coco la apretó contra el pecho y le plantó un beso húmedo.

Peter y Marjorie también habían traído un regalo: un librito de tapa dura con ilustraciones pintadas por ellos. La mayoría de ellas capturaba estampas de Cayo Hueso.

—Es para que empieces a conocer el lugar donde nació mamá —dijo él, emocionado—. Cuando vengas a Cayo Hueso, iremos en barco a ver al tiburón limón —añadió señalando la ilustración del animal—. Te van a encantar, son majísimos.

Luna y Kai, por su parte, le entregaron un colgante en forma de medallón, de esos que se abren. Dentro guardaba una diminuta fotografía de los tres juntos.

—Quiero que siempre lo lleves contigo, Coco —dijo Kai con voz temblorosa pero firme—, y que lo abras cuando necesites ver a papá y no puedas.

Por un instante, el ambiente de la celebración se tiñó de una melancolía suave, como una sombra breve en medio de la luz.

Peter carraspeó, Marjorie se secó una lágrima con disimulo y hasta Vivi bajó la mirada hacia su taza de té.

Pero la tristeza no duró mucho. Coco, ajena a todo, aplaudió con entusiasmo y volvió a corretear de un regalo a otro, iluminando el patio con su alegría.

Todavía no sabía que su padre solo era visible dentro de Dumont.

Que eso no era normal. Que algún día lo entendería.

Fue entonces cuando una chispa plateada se posó sobre la mesa.

El aire vibró con un leve zumbido y Wizz apareció en pleno vuelo, las alas resplandecientes de expectación mientras arrastraban algo que parecía demasiado grande para él.

—¡Y ahora, mi turno! —anunció con solemnidad teatral.

Antes de revelar nada, el hada chasqueó los dedos y las dos velas del pastel se encendieron con un destello azul. Peter dio un respingo en su silla, incrédulo, y señaló con el tenedor.

—¡Eso no lo superaré nunca! —murmuró, entre risas nerviosas—. Por más días que pase aquí, la magia de este pequeño sigue dejándome sin palabras.

—¡«Pequeño»! —bufó Wizz, ofendido—. Soy un ser ancestral. Pero acepto su fascinación. Me halaga.

En ese momento, Gato saltó sobre la mesa con la calma de quien sabe que nadie se atreverá a echarlo. Se acercó a las velas encendidas y, con un soplo ronroneante, las apagó.

—¡¿En serio?! —protestó Wizz, abriendo mucho los ojos—. ¡Mi momento épico arruinado por un felino con halitosis!

La carcajada general estalló de inmediato, y las risas de Coco resonaron por el patio mientras abrazaba al gato, que se acomodó en su regazo como si nada.

Wizz carraspeó y, tras recuperar su aire solemne, sacó de entre un destello plateado una pequeña corona trenzada con hilos de plata y pétalos de lunaria que parecían no marchitarse jamás. Entre las fibras brillaban diminutos fragmentos de cristal que emitían un resplandor suave.

Se posó frente a Coco y, por primera vez en mucho tiempo, su voz se suavizó sin un ápice de burla.

—Esto, pequeña Colette, lo he estado haciendo para ti desde que naciste.

—Se inclinó y le colocó la corona con cuidado sobre la cabeza—.

No es una corona cualquiera. Es una corona de cuento.

Tiene el poder de guardar tus recuerdos más felices y mostrártelos cuando el mundo te parezca demasiado oscuro.

Todos contuvieron la respiración. El cristal de la corona brilló y, ante los ojos de Coco, aparecieron pequeñas figuras de luz: ella misma soplando burbujas con Kai; el día que dio sus primeros pasos junto a Luna; Vivi cantándole una nana en la cocina.

Y Wizz presente en todos y cada uno de esos momentos.

Eran como destellos de sueños flotando sobre su cabeza.

La niña lo miraba con ojos enormes, sin comprender del todo, pero rio encantada e intentó atrapar las imágenes con las manitas. Wizz sonrió, aunque sus ojos brillaban con algo más profundo.

—Ya sé que ahora no me entiendes —murmuró, acariciándole el cabello con una delicadeza sorprendente—, pero algún día lo harás. Y cuando llegue ese día, comprenderás que siempre fuiste y siempre serás nuestro regalo más grande, pequeña Colette.

El silencio que siguió estuvo lleno de ternura.

La fiesta de cumpleaños continuó, pero aquel momento quedó suspendido, grabado en el corazón de todos los presentes: la niña en el centro de su mundo, coronada de amor y de magia.

Cuando el sol empezó a caer y las luces del patio se encendieron solas, la celebración fue apagándose poco a poco.

Coco, agotada de tanto brincar, dormía en una de las sillas, con la corona de Wizz apoyada en su regazo y el colgante bien sujeto entre sus manitas pequeñas.

Gato la vigilaba desde una silla, como el guardián solemne que jamás admitiría ser.

En la mesa quedaban platos vacíos, migas de pastel y copas medio llenas.

Las conversaciones se fueron deshilachando en murmullos y risas suaves.

Peter y Marjorie, conscientes de que esa sería su última noche en Nueva Orleans antes del regreso, se levantaron para ayudar a recoger, no sin antes besar la cabeza de su nieta con devoción.

Luna se quedó un instante en silencio, contemplando la escena: Kai tocaba suavemente una melodía en la guitarra; Vivi arropaba a Coco con una manta ligera; Isabel y Aurora bromeaban entre ellas mientras recogían los regalos de la niña y los llevaban a su habitación.

Y allí, en ese patio pequeño conectado con Dumont, todo cobraba sentido.

Luna se acercó a Kai y apoyó la frente en su hombro. Él, tangible bajo los farolillos de papel, la rodeó con un brazo.

—Hemos hecho un buen trabajo, ¿verdad? —susurró Luna.

—El mejor, mi señora —respondió él.

El viento de mayo arrastró olor a canela y a papel viejo desde la librería para dar la razón a la pareja. Wizz, todavía planeando cerca de Coco, se inclinó con delicadeza y le dio un beso en la frente.

—Un final redondo…, aunque, si me preguntáis, todavía queda mucho por contar.

Con una última reverencia exagerada, saltó directo hacia su libro, Cuentos y leyendas vivas del Barrio Francés , que lo recibió con un destello plateado antes de cerrarse con suavidad.

Luna sonrió porque sabía que tenía razón.

Y mientras la noche cubría el Barrio Francés, la librería y la casa anexa permanecieron iluminadas, respirando al unísono. Como dos corazones que latían juntos, guardaban silencios y páginas en blanco que, poco a poco, Luna volvería a escribir leyendo.