Manual para tratar con hadas y otros incordios mágicos 25. El hilo de Wizz #3
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25. El hilo de Wizz #3

—No sé por qué merezco tanto, Vivi. Esto es… el mejor regalo de Navidad que me han hecho. —La abrazó con fuerza, con la voz rota—. Gracias.

—No tienes que agradecerme nada. Somos familia, Luna Holloway.

Con manos temblorosas, Luna abrió la caja pequeña. Dentro había bolsitas de tela numeradas con un hilo dorado. Buscó la número veinte: el pulso le retumbaba en las sienes.

—Voy a probarlo ahora mismo.

—¿No prefieres esperar un poco? —Sonrió Vivi, sabiendo la respuesta.

—No, claro que no.

Luna corrió a la cocina, puso agua a calentar y preparó el té con los dedos nerviosos. Cuando estuvo listo, lo bebió con cuidado, todavía caliente, y volvió a la zona de lectura con Cuentos y Leyendas vivas del Barrio Francés en los brazos.

Isabel, que terminaba de organizar unas pilas, levantó la mirada.

—¿Qué pasa ahora?

—¡Cierra y vete a tu cita, Isabel! ¡Es una orden!

Ella la miró, desconcertada, pero no discutió. Cerró el mostrador, cogió el bolso y salió de Dumont, negando con la cabeza y sonriendo.

Vivi la observaba con ternura. Luna colocó el libro sobre la mesa, se sentó frente a él, lo abrió y respiró hondo.

—¡Wizz!

El silencio llenó la sala… hasta que una voz molesta, curiosa y familiar resonó desde las páginas.

—¿Qué? ¿Quién me llama tan…? —La voz se interrumpió y volvió con un deje pícaro—. ¡Luna! ¡Por todos los cuentos jamás contados! ¿Eres tú? ¿Cómo lo has conseguido?

Luna soltó una risa ahogada. Las lágrimas le nublaron la vista.

—¡Wizz! Te echo tanto de menos. ¡Todos te echamos de menos!

La voz mudó de la queja al algodón.

—Y yo a vosotros, pero mira qué entrada: la protagonista pronuncia mi nombre y yo aparezco. Así, sí. A ver, ubícame: ¿es Navidad? ¿Huele a canela? ¿Y alguien llora sobre mis páginas? Porque noto humedad y ya sabes que las letras se me arrugan.

Luna rio entre sollozos que no se esforzó por controlar.

—Es Navidad. Estamos en Dumont. Vivi está aquí. Kai, en la trastienda. Isabel se va a una cita. Y yo… —Se tocó el pecho—. Yo estoy muy feliz de escucharte.

—Vaya, vaya… —Wizz chasqueó una lengua invisible—. Nuestra Vivi, ¿recuperada y haciendo tés que funcionan? Eso sí que es desarrollo de personaje. Y Kai… ¿sigue siendo un héroe medieval y encantador?

—Más que nunca. Ahora tiene trabajo: ayuda a cruzar fantasmas al otro lado. Una larga historia, pero todo bien. Y… —Luna sonrió, mirando la trastienda—. Y creo que le gustará saber que por fin tengo a alguien con quien hablar de la salsa del barrio.

—¡Oh, amiga mía! Mi reina trágica. La salsa del barrio es la gasolina de mi vida, sí, por favor. —Se aclaró la voz.

Luna sentía que el corazón se le saldría del pecho en cualquier momento.

—No tienes remedio, Wizz —dijo la librera, que se pasó los dedos por una lágrima que acababa de caer—. Te toca, ponme al día.

—A ver, actualización general: aquí dentro me tratan como a una celebridad.

Ya sabes, «el hada que se sacrificó y redecoró una librería».

Me piden autógrafos que no puedo firmar porque soy…

páginas. Pero tengo un club de fans y todo.

El capítulo de los cotilleos te lo cuento mañana, cuando vuelvas a conectarte. Hoy es Navidad. Solo quiero escucharos.

—Te hemos traído hasta aquí con uno de los tés de Vivi —explicó Luna—. Se llama «El hilo de Wizz».

—El nombre está a mi altura. —La voz sonó orgullosa—. Dile a Vivi que le debo un baile.

Vivi carraspeó, divertida.

—Wizz, querido, cuando quieras.

—Me lo apunto. Y dime algo, Luna… ¿Estás bien? ¿Bien de verdad?

Ella miró alrededor: las guirnaldas, la luz, Gato en lo alto, los murmullos de Kai en la trastienda y ese último momento compartido entre ellos. Vivi y aquel recetario que le habría llevado semanas preparar.

—Sí, Wizz. Dumont es una casa. Isabel está… descubriendo piezas de sí misma. Vivi me cuida como siempre. Y Kai… —Sonrió—. Kai es todo lo que está bien en un novio fantasma.

—Entonces misión cumplida —dijo él, con una serenidad nueva—. Te prometí que no te dejaría sola. Así que gracias, Vivi, por no convertirme en un ser mágico sin honor. —Suspiró hondo—. No puedo ir flotando por ahí, pero cada vez que me llames, vendré.

Luna asintió, ya sin temblor.

—Volveré a prepararlo mañana.

—Y pasado, y el otro, espero. Y dile a Kai que toque algo para mí. Algo que no suene a fantasma decimonónico. Creo que puedo oír la música.

—Se lo diré.

—Feliz Navidad, Luna.

—Feliz Navidad, Wizz.

Las letras se aquietaron.

Luna cerró el libro con cuidado y respiró. Se limpió las mejillas y volvió a mirar a Vivi.

—No tengo palabras.

La anciana sonrió y se acomodó el chal.

—En un rato te veo, querida. Voy a vender un poquito de magia.

—Como debe ser —dijo Luna, con el corazón lleno.

La librería olía a canela, a papel y a milagro.

Fuera, el tañido de las campanas de la catedral de San Luis anunció la hora.

Dentro, la Navidad siguió su curso: entre risas, libros envueltos, marcapáginas con flores y una promesa recién tejida con el hilo de Wizz.

Porque, a veces, la magia más poderosa era simplemente saber que la familia, esa que eliges, siempre responde cuando la llamas.